El niño,
Soñó que el mundo, en el mañana, sería una utopía.
El hombre,
Se despertó viendo el mundo convertido en distopía.
El niño,
Soñó que el mundo, en el mañana, sería una utopía.
El hombre,
Se despertó viendo el mundo convertido en distopía.
Síndrome de Proscuto.
Eco sordo a cada minuto
De quien carece de atributos.
Puntos cardinales.
Meridianos espirituales.
Paralelos naturales.
Del alma nacionales.
De los sentidos locales.
El ser humano es propenso
A ser en origen y fin indefenso.
Bebé y anciano,
Amanecer y ocaso.
Vulnerables.
Primero, rostro amable.
Último, cara insoportable.
Que es fortaleza.
Que es riqueza.
Aunque no lo creas.
Aunque no lo quieras.
Eternamente joven.
Temo llegar a la vejez.
Temo asumir la vejez.
Constante trabajo del presente.
Arduo camino hacia el futuro.
Vanidad y vergüenza conjugo
Rememorando pasado ausente.
Viciosa de la lucidez.
Temo la consciencia
Perder.
Temo no conducirme
Caprichosa del dominio
De mi ser.
Memoria de la infancia.
Logaritmo de la nostalgia.
Y cicatrices
De guerra…
Qué clamor.
Y de amor
En el corazón…
Qué admiración.
Entre los miedos y la osadía
Hay una conjunción
Entre las noches y los días.
En la perspectiva mi yo interior
Se desintegra.
En un mundo acostumbrado a lo malo.
¿Qué hay más escalofriante que un final feliz?
¿Qué hay más estremecedor que el sol al relucir?
Modesta vanidad al trasluz
De tu mirada.
La naturalidad a la contraluz
De tu confianza.
Juega con magia.
Hazme divina.
Hazme Afrodita.
Tus ojos
Son mi conjuro.
Tus labios
Son mi augurio.
Y la profecía
Se ciñe en tu sonrisa
Y en tus mejillas
Y en tu pupila
Y en lo de mi bendita
Cuando me mira.
Ahí va un poema que he escrito hace un par de años:
En una magia de humareda de cal
Tierra y aire entre tormentas que se rozan
Pero nunca se llegaron al tacto palpar
En un viaje sin destino ni vuelta atrás
Almas malditas en frenesí.
Que queremos salvar el mundo
Antes salvémonos a nosotros, sí
Pero, ¿quién me va a salvar de mí?
Tanta cobardía, tanta humildad.
¿Qué es mentira y qué es verdad?
Los acordes suenan a marear.
Que no me despierten si esto es soñar.
Entre los vivos,
Muertos sin perdón.
Entre el delirio.
Acorazando corazón.
Me he distanciado de mí misma y me siento una extraña.
Elijo la ignorancia.
El saber no ocupa lugar en la mente pero sí en el
alma.
Sigamos jugando. Juguemos al yo nunca.
Nunca me disculparé por el tiempo que necesito en
soledad.
Por decir lo que pienso de verdad.
Nunca pediré perdón por mi desorden, decir que no.
Por pedir auxilio en el camino.
Nunca me excusaré porque me vaya bien. Por expresar
mis sentimientos.
Por mi espontaneidad, cuando la tengo.
Cambio la perspectiva. Cambio el ángulo.
Sé que siempre te he estado esperando.
Primer capítulo de "La Profecía de La Perla".
Fabián
nunca olvidaría el día en que dos de las familias mafiosas de la ciudad habían
decidido renunciar a su intimidad y se embarcaban en convivir juntas, poniendo
un nuevo precio a sus negocios y a su alma. Ese numeroso grupo de sombras que
se encaminaban decididas por un elegante puente de madera hacia una solitaria
isla. Los insectos en la noche veraniega sorprendían por su ausencia, salvo dos
solitarias polillas que aleteaban danzando bajo la luna. La madera crujía bajo
las diversas pisadas pero en compás con el mar que rodeaba el puente en un leve
murmullo sin llamar la atención, como solían comportarse estas oscuras figuras.
El
sol se estaba escondiendo en un ocaso de fuego, rozando con sus rayos las
suaves olas de pálida espuma que guiaban hacia la isla. La brisa acariciaba el
rostro de Fabián con la vista clavada en su futuro nuevo hogar, acompañado por
el chillido de las gaviotas. El olor intenso a salitre le hacía pensar en su
antiguo hogar en la nieve y lo distinto pero, a la vez, emocionante que iba a
ser su nueva vida. Fabián era un muchacho de dieciocho años de buena apariencia,
o al menos eso pensaban todas las jóvenes. Entre su piel morena y cabello
desenfadado y castaño, destacaban sus ojos de un verde brillante. De hecho, tal
color de ojos era habitual en su familia. Por ello, esta familia mafiosa era
conocida como la familia de los ojos verdes.
Fabián,
al fin y al cabo, era el benjamín de una de las tres familias mafiosas más
poderosas de La Perla. Y, aquel día, la familia de los ojos verdes comenzaría a
vivir con la familia Linares. Toda la situación era un misterio para el joven.
Parcas explicaciones y muchas órdenes. Curioso como era, le hubiese gustado
ponerse a analizar a todos sus acompañantes. Sin embargo, las instrucciones de
su madre habían sido claras: debía ser educado y discreto. Lo que le mandaba su
madre había que obedecerlo siempre.
Su
familia estaba formada por sus abuela, Eulalia, una prima de su abuela,
Dolores, y su madre, Minerva. Fabián había quedado hace unos años huérfano de
padre y su tío, Rober, que era poco mayor que él y también huérfano, se había convertido
en su nueva referencia masculina y un tanto como mala influencia.
La
Perla era la joya más próspera de todas las islas mágicas de la Tierra. Estaba
situada cerca de la costa de Galicia, en España. Al fin y al cabo, la mayor
parte del mundo lo controlaban los no mágicos. Una decena de islas gobernadas
por la magia se desperdigaban por los océanos del mundo. La magia hacía
funcionar todo e incluso existían criaturas que los no mágicos habían descrito
en sus mitos, leyendas y obras de fantasía aunque ellos pensaban que solo eran
fruto de una imaginación desmesurada.
La
Perla destacaba en todo tipo de servicios e, incluso su clima y geografía, la
envolvían en un aura de belleza que la convertía en un espectacular regalo para
los sentidos. En el centro se alzaba un majestuoso volcán cuyo pico estaba
nevado, a pesar de tener un cráter repleto de magma, latente, dormido. Hacía
miles de años que el volcán no entraba en erupción y, controlado por magia como
estaba, tardaría mucho en volver a hacerlo. En los alrededores de este
imponente volcán, se alzaban la ciudad principal y tres pueblos más con
diferentes condiciones meteorológicas. El camello, de explanadas con escasa
vegetación tropical y un gran manto de arena tanto negra como dorada acabando
en una playa quilométrica de aguas cristalinas. El Jardín, rebosante de bosques
y todo tipo de vegetación en parques y en caminos; a la vez un pueblo vivo por
la fiesta. La Torre, pueblo nevado en la cima del volcán, un tanto aislado del
resto. Y, para completar la ecuación, La Dorada. La Dorada era la capital de La
Perla y destacaba por su gran actividad en todos los sectores, gobernada por
una gran playa de aguas oscuras y arenas de muchos colores que eran bañadas por
el tranquilo mar de la ciudad.
El
manejo de la isla lo llevaban las mafias. Ellas eran quienes controlaban los
flujos de ríos de magia y, como allí todo dependía de la magia, eran quienes
más influencia ostentaban. Aquel lejano día esas dos familias mafiosas llegaban
por fin a la pequeña isla en frente de la Dorada que el presidente había tenido
a bien de regalarles por motivos desconocidos.
—Veremos
si habéis llegado todos —les recibió firme una mujer joven de cabellos rizados
y rubios y una gran sonrisa de dientes blancos entre un cierto olor a humedad
cargada por el calor. Fabián no quiso desaprovechar la ocasión y le guiñó un
ojo con picardía, gesto al que la muchacha respondió bajando la mirada y
tocándose el pelo.
La
joven comenzó a nombrar a todos los presentes. Fabián reparó lo mínimo en la
otra familia, siguiendo las órdenes de su madre. Escuchó que sus nuevos
acompañantes se llamaban Juan, Sofía, Aurora, Rosa, Helena y Jose. Quien
primero llamó su atención, sin poder evitarlo, fue Juan, el padre y líder del
clan Linares. Era un hombre robusto de cabello canoso bien cuidado que le daba
cierto aire de galán. Bien vestido, emanaba un aura de seguridad y cordialidad
que te invitaban a comenzar una conversación con él. Precisamente fue ese
hombre quien quiso romper el hielo. Como si inevitablemente tuviera que ser él.
Minerva,
de cabello castaño claro y firmes ojos verdes, y Juan se miraron de manera
desafiante pero de apariencia cordial. Juan, con su eterna sonrisa congelada en
el rostro se acercó a ella y le estrechó la mano. Pocas veces Fabián había
visto a Juan, o por lo menos, reparar bien en él. Le agradaba. Quizás su
sonrisa siempre presente era un tanto artificial pero era muy educado y sabio
regalando buenas palabras.
—Por
lo visto nuestras familias tienen que unirse de nuevo. Aunque esta vez de una
manera un tanto más íntima —comenzó Minerva estrechando firmemente la mano de
su nuevo compañero.
—Así
son los negocios. Y la mafia es como los negocios y ahora nuestra familia
emprendemos con vosotros una fusión interesante y productiva.
—A
la vez que urgente y necesaria —sentenció Minerva—. Y tienes razón. La mafia en
la Perla son negocios en los que el fin justifica los medios.
—Detalle
que no es tan diferente de cualquier otra empresa —intervino Sofía. Era una
mujer de cabello negro alborotado, tez morena y algo ancha de cintura, tirando
a menuda pero de gesto letal—. Me encanta tu cicatriz en la frente —añadió.
—Hecha
en la antigua guerrilla —se limitó a responder Minerva sonriendo y encogiéndose
de hombros.
—Mamá,
deja de incomodar a la gente —dijo la muchacha a la que Sofía había estado
acariciando el cabello.
—No
importa. Me gustan las cicatrices. Son señales de que has luchado, haber
burlado a la muerte y haber sobrevivido.
Minerva
y Sofía intercambiaron miradas. A pesar de la leve hostilidad que destilaban
sus palabras, parecía que congeniaban. Sofía asintió.
—Y
todo el mundo sabe de sobra el gran papel que has logrado en la guerra de
guerrillas. Heroína de guerra, sin duda —añadió Juan en referencia a Minerva,
que simplemente se mantuvo con una media sonrisa.
—Por
ahí viene el presidente —dijo Sofía cambiando de tema. Y así era. Dos figuras
silenciosas se encaminaban hacia la entrada a la isla—. Parece que no trae
escolta. Las novedades que traen deben de ser relevantes si prefiere que nadie
más lo oiga.
—Desde
luego debe ser un asunto bien gordo para montar la que ha montado —dijo Álvaro.
Incorporándose a la conversación.
—A
veces me pregunto porque no nos lo quitamos del medio y gobernamos ya
directamente nosotros. Luego me doy cuenta de que a veces es mejor mover los
hilos del mundo desde la sombra y sin dar la cara —Reflexionó un tanto
divertida Sofía. El resto rieron y dieron muestra de asentimiento.
El
presidente no necesitaba presentación y era una persona clara y tajante. Era un
anciano de cuerpo delgado y cabello un poco largo, salpicado de canas como
hebras de plata, las cuales no se molestaba en ocultar. Saludó cordialmente y
se dispuso a dar sus noticias pero no contaba con la interrupción de Dolores:
—Mira,
señor presidente. A mí esta casa no me agrada. Prefería la antigua.
—¡Pero
señora! Usted que se mantiene joven y lozana… observe que estamos rodeados de
mar. Y, aunque usted no le haga falta, el mar rejuvenece a cualquiera—intervino
Jose. Fabián evitó reír pues Dolores era una señora mayor que no se conservaba
nada bien precisamente—. A pesar de que debería ser un anciano me mantengo
joven visitando el mar todos los días. No hay nada mejor que un baño en agua
fría...
—Papá,
este no es el momento —le cortó su hija Sofía. Fabián reparó en que, en cambio,
Jose para su edad si se mantenía bien porque aunque las arrugas adornaban su
piel había en él un aura y una energía contagiosa, no como Dolores, que sólo
inspiraba negatividad.
Dolores
rio, cosa que extrañó a Fabián, pues esa mujer pocas veces reía. Él no pudo
reprimir una sonrisa, cesada por un codazo de su tío Rober. Rober, la viva
imagen de Fabián, eran muy parecidos sólo que a Rober se le notaba la década
más que tenía delante.
—¡Pues
alguien tendrá que limpiar y cocinar en esta casa de tantos secretos! —continuó
Dolores ante alguna mirada de impaciencia entre los presentes—. Otra cosa no me
dejan hacer… siempre con asuntos secretos y gestiones. Mira que no me gusta
esta familia, pero no tengo problema en cocinar para ellos.
--Seguro
que su comida es exquisita, Dolores—dijo Juan, ya cortante—. Y si quieres
limpiar nadie se lo prohibirá. De todas formas, tengo gente de confianza para
ayudarla en esas tareas. Y, volvamos al asunto.
—¿Podré
traer animales, señor presidente? —Rosa aprovechó la ocasión para hacer su
pregunta. Rosa era una niña de cabello negro y grandes ojos del mismo color. Su
mirada desprendía curiosidad e ilusión.
—Pequeña,
seguro que tu madre te deja traer una granja entera si quieres y yo no me voy a
oponer —repuso el presidente con una sonrisa bondadosa.
—Si
aún trajeran unos buenos cerdos—. Todo el mundo ignoró a Dolores.
—Claro
que sí, preciosa —respondió Jose—. Los animales son de lo más bonito de este
mundo. Buenos, llenos de amor y cariño y dispuestos a dar siempre lo mejor de
si mismos si los tratas bien y solo atacan para defenderse… Todo lo contrario
que nosotros.
—Por
favor, señor presidente, prosiga —instó cordialmente Juan.
—Bien,
mi gobierno y todos los que me han precedido llevamos mucho tiempo tolerando
vuestras actuaciones, las de la mafia. Hasta consentimos que gobernéis
influyendo en nuestras gestiones sin dar más la cara que a través de
infiltrados en nuestros órganos e incluso tratando directamente con vuestros
representantes… o incluso vosotros mismos —. El presidente hizo una pausa,
tranquilo—. Es una buena situación. Alejáis a la Perla de peligros aunque a
veces el peligro ya lo sois vosotros mismos y controláis de manera eficiente el
flujo de los ríos de magia. Por supuesto, yo ya sabía que vuestras dos familias
planeabais un acercamiento entre vosotros —otra pausa, todos los presentes
escuchaban, expectantes y atentos—, y yo he decidido acelerar el proceso
proporcionándoos esta maravillosa isla con esta increíble casa para que
conviváis—. Álvaro quiso interrumpirlo pero el presidente lo hizo callar con un
gesto de su mano de arrugas creadas por los años—. Pero algo más grande que
todo lo que conocemos se avecina. La última semana he sido el afortunado de
escuchar una profecía que también conoce vuestra familia mafiosa enemiga, la
familia del Diamante, como todos la conocemos.
—Se
escuchan profecías todos los días y la mayoría suelen ser falsas —intervino
Eulalia.
—Si
gentil señora. No obstante, durante la última semana se produjeron fenómenos en
el universo y en las constelaciones que influyen de manera casi increíble en la
magia. ¿Qué hay más mágico que el firmamento? Me habían avisado y por mi mismo
me di cuenta de que los astrólogos estaban en lo cierto… La profecía decía que
dos factores llevarían al fin de las familias de la mafia: un arma muy poderosa
y un niño…
—Eso
parece totalmente improbable… —comenzó a decir Sofía.
—Pero
es cierto. Tan cierto como que la familia del Diamante ha escuchado la profecía
y ya se ha puesto manos a la obra en la búsqueda de esas dos cosas.
Se
produjo un silencio tenso. Hasta Fabián se daba cuenta de la gravedad de los
hechos.
—¿Por
qué nos lo dices? —Preguntó Minerva.
—Porque
quiero que vosotros encontréis el arma y la destruyáis. No negaría que estaría
encantado con el fin de la mafia pero sé lo que ello conllevaría: guerra. Una
guerra de dimensiones colosales y consecuencias catastróficas para mi pueblo y
mis habitantes, que son mis protegidos. Además, prefiero que seáis cualquiera
de vuestras dos familia quien se haga con ella. Sé que no se puede entrar en
razones con la familia del Diamante y, si ellos la encuentran, no quiero ni
imaginar lo que ocurriría. Y eso os atañe a vosotros, pues os destruirían.
—De
acuerdo —dijo Juan tras un momento de reflexión por todos los presentes—. Mi
familia colaborará.
—La
mía también —terció Álvaro.
—Excelente
—prosiguió el presidente—. Mi única condición es que os olvidéis del niño y
dejéis esa parte de la profecía para que yo me encargue. Por suerte, la familia
del Diamante no escuchó la profecía entera y desconocen la parte del niño. Y
los niños son inocentes. La infancia hay que protegerla. Mis colaboradores y yo
seremos quienes lo busquen e intentaremos protegerlo y alejarlo de vosotros
para que la profecía no se culpa. Sin derramar sangre inocente.
Parecía
que Sofía iba a replicar, pero Juan la detuvo.
—Estupendo.
Estaremos en contacto. Ahora marcharé y espero que meditéis mis palabras y, a
pesar de que ya veo que colaboraréis conmigo, mañana esperaré vuestra
respuesta. Ahora Pedro os explicará la estructura de la isla y de la casa.
Buenas noches.
Sin
más preámbulos. El presidente se marchó con su silenciosa acompañante.
—¿Qué
pensáis? —Rompió el silencio Álvaro.
—Que
tiene razón y que en cuanto hayamos hecho el paripé de instalarnos en nuestro
nuevo hogar deberíamos reunirnos —decidió Minerva—. Sólo los veteranos—. Añadió
mirando a Fabián y dándole un beso en la frente.
—Yo
puedo estar, ¿no papá? —Preguntó con dulzura la muchacha de cabello castaño a
Juan.
—Tesoro,
tú no eres una veterana.
—Sabes
que puedo aportar cosas interesantes —insistió con picardía la joven con una
sonrisa que derretiría glaciares.
—Aurora,
todos en nuestra familia te damos la razón. Pero no puedes asistir.
El
semblante de la joven llamada Aurora se ensombreció y se puso muy seria.
—A
pesar de que tengo veintidós años soy eficiente y nunca he fallado en ninguna
misión. Soy mejor que muchos de los hombres preparados que reclutéis —a medida
que hablaba su tono de voz iba aumentado hasta acabar gritando.
—Aurora,
¡no! —le bramó exasperada su madre, Sofía.
El
rostro de la joven era un poema. Respiró profundamente, lista para gritar
todavía más pero su padre se acercó a ella y le puso una mano en el hombro,
enfrentándose a esos grandes ojos oscuros llenos de ira.
—Te
pondremos al tanto de todo lo posible. Y, claro está, tendrás tu papel en este
cometido. Pero no es el momento. Sé consciente de lo delicada que está la
situación, cariño.
Aurora
volvió a suspirar y calló. A Fabián le llamó la atención como el carácter de la
chica iba in crescendo. De cómo pasó de ser la más alegre y luminosa joven a
pasar a ser un huracán de carácter con sus rectas cejas fruncidas. Había algo
duro y a la vez indefenso en su apariencia. Con su rostro inocente parecía
hasta gracioso verla enfadada. Finalmente, se rindió dando la espalda a todo el
mundo y encendiendo un cigarrillo cuya humareda que soltaba se perdía en el
oscuro cielo nocturno, como su mirada, que también apuntaba alto, ya un tanto
perdida de lo que le rodeaba en la tierra.
Se
adentraron en la isla entre el gorjeo de los pájaros que asomaba de los árboles
de un pequeño bosque que rodeaba la que sería la casa de todos los presentes
por un tiempo incierto. La casa era de grandes dimensiones. Más bien ancha que
alta y de paredes albinas con grandes ventanales por todos lados. El hombre
llamado Pedro era un señor de prominente barriga con el cabello pelirrojo un
tanto dubitativo. El zumbido del viento acompañaba sus palabras. Les explicó
que la casa tenía dos plantas. En toda la planta superior estarían sus cuartos
y el resto de habitaciones de convivencia como el salón o la biblioteca. En la
planta inferior estaba la cocina, el comedor y las salas de reuniones y
trabajo. Además, en los terrenos contaba con una piscina, una terraza, un
pequeño acantilado y una breve cala donde podrían bañarse en el mar. A Fabián
le parecía un hogar de ensueño en el que seguramente ya no echaría tanto de
menos su antigua casa.
En
cuanto Pedro acabó de hablar, todos se dispusieron a acomodarse en su cuarto.
La primera en tomar la decisión fue Aurora que, cuando entraron en la casa,
subió primera las escaleras con pisadas apresuradas y un deje de enojo. La
fueron siguiendo poco a poco y, aunque tanto el recibidor como el corredor
mostraban escasa decoración, tenían su encanto, entre alfombras de colores
elegantes y algún que otro cuadro de paisajes.
Su
madre, Minerva, le deseó las buenas noches con un gran abrazo y un beso en la
frente. El joven estaba acostumbrado a las muestras de cariño de su madre y le
gustaban. Su abuelo, Álvaro, decía que podía llegar a ser un joven un tanto
caprichoso con ese trato. Lo cual lograba que a veces Fabián se avergonzase
pero con el tiempo aprendió a apreciar ese cuidado especial.
Le
agradó su amplio cuarto en el que no faltaba de nada. Disponía de una gran cama
de edredón escarlata, dos armarios anchos de roble, un escritorio y un cuarto
de baño. Destacaba también el gran ventanal con terraza entre paredes de un
amarillo suave y luminoso. Cuando acabó de instalarse, decidió asomarse a la
terraza.
Su
habitación daba a la piscina. Dio una profunda calada para impregnarse del olor
a vegetación y a mar. No obstante, le llamó la atención la presencia de Aurora
en una tumbona frente a la piscina. Estaba tomando una copa de vino blanco,
contemplando todo lo que le rodeaba. Fabián, como siempre, nunca dejaba escapar
una situación para ligar y entonces no quiso desperdiciar la situación.
—Ya
me puedes ir diciendo dónde has encontrado el minibar que a un vino como tú no,
pero a un cócktail si me apunto.
La
muchacha se giró tranquilamente, un tanto sorprendida.
--No
deberías espiar a las señoritas —repuso—. Y esta botella de vino la llevaba en
la maleta.
—¿Me
invitas a una copa?
—¿No
querías un cocktail?
—Creo
que con un vino puedo conformarme.
—Otro
día quizás. Hoy prefiero beber sola.
—¿Un
mal día?
—Todos
los días son malos.
—¡Qué
pesimista! Los hay buenos.
—Todos
los días son buenos también. Los días son buenos y malos siempre, depende con
lo que te quedes de lo que te ha ocurrido.
—Vaya
si eres toda una filósofa. Yo también puedo ser muy misterioso. Tú eres
misteriosa e interesante.
Aurora
calló y clavó su vista en el rostro de Fabián como si lo estuviese estudiando
con el ceño fruncido. Sólo se oía el compás de las ramas de los árboles a
merced del viento. Fabián se lo tomó como una victoria.
—¿Sabes?
Eres la imagen de tu tío Rober.
Aquel
comentario frustró al muchacho. Acababa de lanzarle un dardo y le contestaba
con una de las cosas que más odiaba que hiciese la gente: compararlo con su
tío.
—Yo
soy más guapo.
—¿No
deberías estar durmiendo? —Replicó de nuevo, esta vez ya sin prestar atención y
con la vista fija en las danzantes hojas Aurora.
—No
tengo gran sueño. Podía bajar ahí contigo y escapar de este mundo juntos.
Confiaba
que quizás con ese comentario pudiera tener algún efecto para ligar con ella.
—Al
fin del mundo creo que preferiría ir sola… o con mi novio.
Y
volvió a envolverse en una humareda, guiñándole un ojo con sonrisa pícara mientras
Fabián no hacía más que frustrarse con aquella muchacha.
—Buenas
vistas, ¿eh? —Añadió apurando un trago.
La
luminosa piscina alumbraba el ambiente creando un ambiente un tanto fantasmagórico
y dotando a ella de un aura que se le antojaba divina. Envuelta en sus nubes de
ceniza y con el vino en la mano, mirando la piscina, Fabián se dio cuenta de
que ni siquiera era guapa. Sólo era una chica que parecía del montón con su
cabello un poco largo castaño y su piel pálida, delgada pero sin llegar a ser
demasiado flaca. Sin embargo, no podía describirlo pero había algo en ella que
llamaba su atención. Cualquier otra chica hubiese caído en su red de juego de
seducción que se había propuesto en ese mismo instante… pero ella no.
—Las
vistas son increíbles. Pero no tan bonitas como tú —dijo finalmente Fabián. Un
tanto desesperado ya.
Aurora
suspiró y se levantó, dispuesta a marcharse.
—Si
me disculpas voy a acabar lo poco que me queda de copa viendo el mar. Me ha
aburrido la piscina. No te molestes en buscarme, en un rato ya me retiraré a mi
cuarto.
Y
así, sin más, dejando a Fabián mudo, Aurora se encaminó entre la penumbra rumbo
al otro lado de la casa. Caminaba con decisión y porte seguro. Con un tanto de
rabia en sus pisadas. Fabián se dio cuenta de que eso no iba a quedar así y
esta chica acabaría por caer ante sus encantos, como todas. Era un nuevo reto,
un nuevo objetivo. La conversación lo había desvelado y decidió salir de la
habitación a tomar el aire. Aunque ella actuaba como un imán, no quiso ir a
verla al mar. Aquello era una partida de póker donde no debía mostrar todas sus
cartas. Era una comida que se cocinaba a fuego lento.
Cuando
estaba en la planta baja unas voces llamaron su atención. Se dio cuenta de que
provenían de la sala de reuniones. Adivinó que era la reunión de los mayores. A
pesar de que sabía que habitualmente insonorizaban las salas de reuniones
también se percató de que podía ser que el primer día de reunión no pudieran
insonorizarla. Curioso como era, acercó su cabeza a la puerta para escuchar
aunque fuese solo un rato.
—…Enrique
dice que el chivatazo es de fiar. Fran también quiere comprobarlo —decía la voz
de Álvaro. Enrique era un infiltrado de la mafia de los Ojos Verdes y Fran su
colaborador.
—Suena
extraño. Muy propio del presidente que tenga el arma esa inscripción —comentaba
seria Sofía.
—No
me doy por vencido y el amor podrá con todo —murmuraba Juan meditabundo.
—En
fin, parece que tendremos que buscar un arma con esa frase. Las cosas se ponen
más fáciles ahora que tenemos una pista —intervino Eulalia.
—No
es tan fácil. Debemos intentar adivinar qué tipo de arma es exactamente y,
también, tener algún indicio de dónde se encuentra. La Perla es muy grande
—apuntó Juan.
—Enrique
comentó que escuchó algo más —dijo Minerva—. Que le pareció entender que el
arma se encontraba en una playa probablemente de La Perla.
—Eso
aclara cosas —exclamó Juan con un leve triunfo en su voz—. Pero no podemos dar
pasos en falso hasta que tengamos más información. ¿Estáis seguros de que la
otra mafia no sabe nada?
—Eso
dice Enrique, aunque no está del todo seguro. Habrá que esperar a que Fran lo
corrobore —respondió Álvaro—. Y, tienes razón, hay que actuar con cautela sin
ser escandalosos ni levantar sospechas. La búsqueda del arma tendrá que esperar
a nuevas noticias.
—En
el plazo de dos semanas —terció Minerva—. Más no veo conveniente esperar.
—Aurora
podría ayudar bastante en este tema —indicó Juan—. No me miréis con esa cara.
Ya sé que sólo tiene veintveintidós pero es hábil para misiones secretas. Es
sigilosa, discreta, sabe guardar y ocultar asuntos y ve cosas donde nadie más
las ve.
—Ya
lo pensaremos. Habrá planes para ella, desde luego —lo cortó Sofía, en un amago
protector con su hija. Como si su retoño se le escapara de las manos—. Y, antes
de acabar, deberíamos hablar del tema del niño que menciona la profecía.
—Hay
que eliminarlo —terció Juan.
A
pesar de toda su curiosidad por el asunto, Fabián decidió subir otra vez a su
cuarto porque la conversación estaba finalizando y podrían descubrirlo. Sabía
de sobra que no era nada bueno que los mafiosos te cazaran escuchando sus
conversaciones a escondidas. Ni siquiera siendo parte de su misma familia. Se
metió en cama rápidamente y en pocos minutos comprobó cómo la reunión había finalizado
escuchando pisadas por el corredor. Se quedó dormido meditando todo lo que
había ocurrido en aquel intenso día.
Noche de luna ladeada de pálida plata.
Esplendorosas estrellas que arden alumbrando
La bella bóveda del firmamento infinito.
Tiembla la brisa templada en la tempestad.
Las nubes danzan al compás de las hojas.
Ecos de un viejo piano desafinado por estrenar.
Pasan las horas y escribo nuestra historia.
El espejo me dice que soy un día más vieja.
Se consume, lentamente, como una vela
Derritiéndose, poco a poco, lágrimas de cera.
Una historia sin miedo ni lamentos, hoy ya.
Alma perdida y hallada, mejor que un sueño.
¿Te unirás a mi sueño
En una valiente cruzada
Batallando entre sábanas?
Ayer pasó.
Hoy ya no es hoy.
Mañana siempre tarda.
El sol espera, paciente, a alzarse.
La canción de insomnio se termina
Bajo los acordes de la vigilia.
Otro día, en la alborada estival.
Otro destino, otra día más.
¿Qué traerá el vendaval?
SIN CORAZÓN
El
pueblo Novaesmeralda recibía la templada noche de mediados de julio con un gran
acontecimiento que debatía a sus habitantes entre la indiferencia y la
indignación. El alcalde acababa de ordenar la quema de todos los libros de la
villa. Una gran hoguera que emitía olor a papel chamuscado se alzaba en el
centro de la plaza del ayuntamiento, alentada por la brisa veraniega. Sus
edificios antiguos se mostraban bañados con un rubor anaranjado ante tal
colosal pila de fuego. El día ya había agonizado y los libros, escritos por
diccionarios de palabras, por diccionarios de sentimientos y emociones humanas,
ardían. El poder de la palabra en papel se esfumaba entre llamaradas de humo,
que danzaban al compás de los rayos de la alta y pálida luna menguante.
Pablo,
como otros, se traicionó a sí mismo arrojando su libro favorito a la hoguera; cuyo
autor había sido lo más cercano a la idolatría que tuvo jamás. Así, Shakespeare
se juntó a Cervantes, Espronceda, Bécquer, Rosalía de Castro y muchos otros en
la tumba de fuego. La plaza repleta de transeúntes, creaba más expectación que
las criaturas de feria ambulante o animales de circo que, a menudo, se dejaban
caer por Novaesmeralda. El pueblo sangraba por los libros desterrados.
—La
incineración de la cultura —escuchó decir Pablo a José, un profesor de su
modesto colegio que siempre tenía consejos sobre libros para cualquiera que estuviera
interesado en escucharle—. Parece que el fuego es el arma de los poderosos
contra el saber. Como la inquisición contra aquellas brillantes mujeres que
hacían pasar por brujas.
—Hoy
el pueblo está de luto —murmuraba Helena, con su translúcido rostro compungido,
cuando Pablo se juntó al corrillo de sus amigos, atestado de una incierta
inquietud interna. Helena adoraba leer y tenía risa fácil, pero en aquella
ocasión ese rasgo estaba dormido. En cambio Andrés, se mantenía mirando con
gesto sabio la casa del alcalde en la plaza del ayuntamiento. Adoptaba su
típico gesto de entendido cuando quería decir algún chisme, o algo que nadie más
supiera. Verdaderamente, parecía enterarse de todo gracias a su padre, Roberto.
Roberto paraba poco por casa y solía dar paseos o mezclarse en las tertulias de
los bares cuando su trabajo de vigilante le dejaba tiempo libre. Su mujer no
hacía preguntas, exceptuando las que tenían que ver con cotilleos. Era feliz en
casa, cuando no peleaba con el rebelde de su hijo Andrés.
—Lo
que dices es imposible. Es cierto que ese tío es un desalmado, pero de ahí a lo
que tú afirmas… —comentaba Magdalena. Una ruda amiga de Pablo a la que le
encantaba llevar la contraria pero que le gustaba ser partícipe de sus
elucubraciones.
—Mi
padre vio a la bruja entrar en su casa esa noche. Hacedme caso, el alcalde ha
hecho un pacto con el diablo. Ha vendido su alma.
Luis
rio y asintió como solía hacer cuando escuchaba palabras que no llegaba a
entender bien. Aunque lo cierto es que Luis siempre reía, no importaba la
situación. Cosa que sacaba de quicio a sus padres y profesores. Nunca parecía
tomarse nada en serio. Excepto cuando perdía partidas a las cartas. Por otro
lado, el resto de amigos del corrillo escuchaban impresionados a Andrés.
No
era el primero de los rumores sobre el alcalde de Novaesmeralda. Temido y
querido al mismo tiempo, Alberto había llegado hace diez años al pueblo. Entre
la incertidumbre, lo único que se sabía y, de hecho, se supo con certeza sobre
su vida fue que había combatido en la guerra y se había casado en dos
ocasiones. Por un lado amado, pues mejoró la economía del pueblo atrayendo a
prósperas empresas, logrando pactos favorables para la política y mejorando, en
general, el progreso de la localidad. Pero a la vez temido, debido a las
sospechosas muertes y destrucciones de carreras de personas alrededor de su
persona. Además, la figura de Alberto hacía recelar a sus habitantes por su
carácter ermitaño. Apenas salía de su casa en el ayuntamiento, ni siquiera para
pasear, y solía apalabrar sus negociaciones a través de segundos, evitando el
contacto directo con la gente.
Una
figura silenciosa se encaminaba también desde las afueras de Novaesmeralda
hasta la puerta trasera de la casa del alcalde. Se trataba de la doctora
Ramírez. Era una mujer poco expresiva que durante el camino se preocupaba de
que las piedras del arenoso camino no ensuciase sus cuidados y caros zapatos.
El alcalde Alberto era otro más de los peces gordos de su lista de pacientes.
Los altos cargos la querían a ella como médico. No sólo por su experiencia y
conocimientos, sino también por su profesionalidad y secretismo. Discrección,
rigor, objetividad. Valores que destacaban en ella. Pacientes que se curan,
pacientes que siempre padecen, pacientes que mueren. Era el pan de cada día para
ella que apenas le importaban, sin contar el salario que obtenía por ello,
fuese quien fuese.
La doctora Ramírez no estaba, en absoluto,
intimidada por ver a tan polémico dirigente. Esperaba obtener de él quizás
algún empujón en su inmaculada carrera. No obstante, la doctora traía malas
noticias. A pesar de que no despertaba ninguna emoción en ella ni parecía
mostrar empatía por sus pacientes, dar malas noticias era la parte que menos le
gustaba de su trabajo. Nunca se sabía cómo podría reaccionar la gente.
Le
sorprendió ligeramente la precaución por cómo la hicieron entrar en casa del
alcalde. Sabía que el pueblo estaba realizando una fiesta para quemar libros, y
se le antojó una barbaridad sin sentido. Polvo a polvo, los libros se
desintegraban por el rostro escarlata de su prematura muerte. Pero ella no
residía allí y las decisiones que se tomaran en Novaesmeralda no le incumbían.
Los vigilantes apenas le echaron un vistazo, los sirvientes de la mansión de
piedra ni la miraban, exceptuando un mayordomo con el que apenas tuvo contacto
visual. Nadie parecía querer reparar en ella. Mientras que la luna contemplaba
la escena, impasible.
La
estancia del alcalde Alberto era digna de un dirigente aunque parca en
decoración. La doctora miró instintivamente hacia abajo al entrar, ya que le
recordaba a un cuarto de un empresario que había atendido hace poco en la que
tropezó con su alfombra; pero esta vez no había alfombra. Llamó su atención la
fina capa de polvo que había en algunos muebles como si nadie acudiese a
limpiar allí con asiduidad. Las paredes guardaban secretos y los muebles
callaban, envueltos en un halo de misterio. Menos un cuadro firmado por el
mismo alcalde. Permaneció mirándolo, impresionada. Todo artista suele tener su
toque de incomprendido, pero lo que había en ese cuadro estaba más allá de la
incomprensión. Se preguntó qué habría en la mente del alcalde para motivarlo a
crear esos enrevesados hilos de colores un tanto atormentados. Y, sentado sobre
un sillón verde, al final de la habitación, se encontraba Alberto, el famoso
alcalde.
A
pesar de que la doctora Ramírez solía ser una mujer inmutable, Alberto le dio
escalofríos. Si un color lo definiese sería el gris, en su opinión. Cabello de
hebras de plata y tez morena y cenicienta. Su mirada semejaba vacía y en su
rostro era más difícil interpretar una expresión que en la “Gioconda” de
Leonardo Da Vinci. Volviendo a reparar en su último pensamiento, se fijó en su
rostro inexpresivo. Ningún asomo de emoción afloraba en su rostro. Simplemente
permaneció observando a la doctora con mirada hueca y ojos sin vida, como en la
oscuridad de un túnel sin salida.
—Buenas
noches, alcalde —saludó la doctora, incómoda. Sentía que aquella mirada la
estaba taladrando.
—¿Y
bien? —se limitó a responder el alcalde sin ápice de movimiento en su cara.
—En
vista de las pruebas se le ha detectado un tumor…
—¿Cuánto
me queda? —Pregunta impasible Alberto, haciendo un ademán con la mano como si
le estuviera restando importancia al asunto.
—Con
tratamiento…
—No
quiero tratamiento que me haga vivir sufriendo.
La
doctora se estaba desesperando de que el alcalde no le permitiese hablar. Y, su
reacción, otra de las tantas que había presenciado a lo largo de su carrera.
—Debe
tratarse. Quizás pueda ganar cuatro años más de vida.
—Doctora,
mi pregunta es cuánto me queda y no pienso medicarme.
Ramírez
tomó aire. Realmente le desagradaba aquel hombre. La mayor insolencia no era
que no quisiera aferrarse a unos pocos años más de vida, sino que no le
permitía realizar su trabajo.
—Así,
sin más, unos dos años. Pero insisto, podría ganar años o incluso producirse un
milagro médico y vivir mucho más…
—Los
milagros son peligrosos y muy caros —se limitó a responder, tranquilo y neutro,
Alberto—. Puede marcharse.
Aquello
sentó a la doctora Ramírez como una bofetada. Se fijó en la mirada azabache del
alcalde que permanecía vacía y sin asomo de sentimiento ante tan terrible
noticia. Aun acabando de recibir la noticia de su prematura muerte, el hombre
no mostraba ningún atisbo de emoción. La doctora agarró su maletín de piel y se
marchó frustrada, pero obediente; incapaz de acceder a la oscuridad que lo
envolvía. Siempre había pensado que la enfermedad era algo que se podía
combatir y aplazar, incluso vencer. Pero los entresijos que no lograba entender
de la mente de Alberto le inhabilitaban su acción. El mal de su cuerpo había
vencido a su mente y a sus ganas de vivir.
Una
segunda figura entró en la casa del alcalde esa noche. A pesar del secretismo,
los guardias, sin evitarlo, se fijaron en que era una mujer joven que vestía
estrafalariamente e, incluso, semejaba paranoica. Miraba hacia todos los lados
pero sin reparar en nada exactamente. Fulares, bisutería… no parecía del
pueblo.
—Dos
mujeres la misma noche —comentó un guardia con sonrisa grotesca.
—El
alcalde también tiene derecho a divertirse —respondió el otro y estallaron en
risas.
La
joven se llamaba Lisa y era una hechicera bastante reconocida para su temprana
edad. Un escalón, tres escalones, cinco escalones. ¿Qué querría de ella el
alcalde? Nueve escalones. Sabía que había visto hace años a la bruja Eugenia y
esa no tenía escrúpulos. Quince escalones, diecisiete escalones, nadie a la
vista. ¿Qué barbaridad habría hecho Eugenia con el alcalde? Cuando dos personas
sin escrúpulos se juntan no se puede esperar nada bueno. Lisa seguía contando
los escalones y examinando el ambiente para descartar amenazas. Sabía que ella
misma tenía una enfermedad mental y, aunque hubiese gente que lo atribuyese a
sus poderes como hechicera, Lisa sabía cuándo debía distinguir entre ciencia y
entre magia. Para ella, sus conocimientos
el interior de su pensamiento correspondían sólo a ella y a nadie más.
Rara vez se paraba a pensar en asuntos de interés común. Su relación con el
mundo y las personas se había tornado algo muy automático, relegado a la
intuición. Veintiún escalones, veintitrés… ya está. Llegó a la primera planta
recordándose a sí misma que estaba a la altura de la situación. Se había
formado por todo el mundo en magia en toda su vida. Chamanes de áfrica, monjes
de la India, brujos de Europa… Fuera lo que fuera lo que había hecho Eugenia ella
podría superarlo. No obstante, no sabía qué encontraría en la habitación que
tenía ante ella. El alcalde había sido muy breve en su carta.
Entró
tras haber llamado tres veces con una breve respuesta en la estancia. Se le
antojó un lugar tenebroso y ceniciento, falto de color. Pero él. ¿Cómo lo
describiría? Aparentemente un hombre de mediana edad serio, pero a la vez como
si se tratase de un fantasma. Inexpresivo, sin mostrar seña de saludo. Era
extraño, como los días sin amaneceres. Semejaba que faltaba algo en él. Parecía
que le habían amputado algo sin darse exactamente cuenta de qué. Tras escasos
segundos observándolo minuciosamente, se percató. Un chakra.
Se
acercó sin mediar palabra y le tocó el corazón. Ambos inmutables. Ambos mirándose.
Pero nada romántico en ello.
—¿Qué
te han hecho? —Preguntó triste Lisa. Estaba desconcertada, vencida, sin poder
reaccionar—. Te han arrancado el chakra del corazón.
—Me
han arrancado el corazón —contestó el alcalde Alberto.
—¿Por
qué semejante atrocidad?
—Te
has dado cuenta en seguida. Los rumores de tu eficacia son ciertos —comentó,
imperturbable, el alcalde.
—Pero…
¿por qué? —. Se limitó a responder la hechicera. Nunca hubiese imaginado tal
cosa. La bruja Eugenia era más malvada de lo que había pensado.
Alberto
suspiró y se sentó. Aun sin mostrar un ápice de emoción. Al fin y al cabo, no
tenía corazón. Lisa hizo lo mismo en un sillón verde musgo a sus espaldas. La
luna se filtraba con halos de plata entre las cortinas del ventanal y aun se
distinguía el manto escarlata de la luz que emitían las escalofriantes hogueras
de libros.
—Pasé
por una guerra. Muertes, mutilaciones, heridas tanto físicas como psicológicas
—comenzó a hablar el alcalde—. Compañeros que nunca olvidaré, muertos olvidados
ya, parientes que suplicaron ayuda que nunca pude conceder, represalias,
torturas, traiciones, hijos que quedaron sin padre, padres que quedaron sin
hijos… no obstante, pude con ello. Luego llegó Priscila y su muerte fue como
una nueva tortura, peor que las que sufrí en la misma guerra. Y llegó Amalia,
con sus aventuras y su rechazo. Se aprovechó como quiso de mí, de mi dinero, de
mis sentimientos… Tras tanto sufrimiento no me veía capaz de seguir viviendo.
Quería arrancarme el corazón, arrojarlo a las llamas de la chimenea. Cada
error, cada vaso caído, cada fallo era un nuevo martirio para mí. Ya no sabía
lo que era la felicidad. Fui débil, no fui capaz de sobrellevar mis emociones.
>>Por
ello me puse en contacto con la bruja Eugenia. Ella me comprendió y me ofreció
una alternativa aunque hasta a mí se me antojó fuera de lo normal. Me ofreció
anular el chakra de mi corazón, o lo que es lo mismo, arrancarme el corazón y
cualquier forma de sentimiento que pudiese florecer en mí.
>>
El resultado fue instantáneo. Fui libre. Podía hacer lo que se me antojase sin
sentir nada. Y sin sentir nada me sentía bien. Me levanté, me superé, me
convertí en alcalde y traje prosperidad a este pueblo. Vivir sin sentimientos
es alcanzar la libertad. Obrar libremente sin culpas, decepciones,
frustaciones… Pero es una libertad maldita, incluso antinatural. Aunque el
animal es natural y por naturaleza actúa sin emoción, sin orgullo, sin culpa…
Sin embargo, al ser humano le hacen creer que hace sentir cuando actúa. De
todas formas, había una forma de que sintiese algo. Los libros. Cuando leía un
poema, una novela, un ensayo, una obra de teatro; sentía. Las palabras hacían
revivir en mí lo ya olvidado. Incluso con lo que no era capaz de notar emoción,
sentía la frustración por ello. Transportado a mentes de otros personajes que
describían sus sentimientos, en mí afloraban los míos. Llegó el punto en el que
no pude soportarlo y ordené quemar todos los libros del pueblo.
>>Hace
poco me he enterado de que me estoy muriendo. Lo sabía antes de que me lo
certificara la doctora. Un tumor. No obstante, en cuanto fui consciente de ello
reparé en lo que había hecho. ¿No es cuándo nos hacemos conscientes de nuestra
propia muerte cuando nos sentimos más vivos? Reparar en que dentro de poco
moriré hizo volver algo en mí. Creo que se trata del ansia de sentir emociones
de, como he dicho, volver a sentirme vivo—. Hace una pausa y mira a Lisa
penetrantemente—. ¿Podría devolverme el corazón?
En
contraste con la inexpresividad del alcalde, en el rostro de Lisa podría
entreverse la pena y el asombro que el relato habían causado en ella. La
emoción, mezclada con la expectación ante semejante reto, la invadía
progresivamente. Se revolvió las manos, nerviosa, para luego apoyar su mejilla
en su puño derecho.
—¿No
es lo que siempre habías querido? —Preguntó con un hilo de voz. La brujería
podría trabajar con corazones intactos, enteros, elásticos, rotos, partidos.
Sin embargo, haber eliminado el chakra del corazón y volver a instaurarlo no
sería fácil. Un corazón, tantas veces regalado. Ahora muerto, sin dueño.
—Ya
no.
Los
empleados de la casa del alcalde se preguntaban el porqué de las extrañas
tonalidades de voz, de los ruidos y los gritos que esa noche se produjeron en
el cuarto de Alberto hasta el amanecer. Sabían que había una señorita, y los
vigilantes pensaban que se trataba de una noche loca. Era algo extraño. Al
alcalde no le gustaban las visitas y, mucho menos, por la noche. Finalmente, al
alba la extraña doncella marchó de la casa en un mar de lágrimas.
Dolor.
¿Por qué tuvo que ser esa la primera emoción que tuvo que sentir Alberto al
recuperar su corazón? Hecho un ovillo torturado en su estancia, el torrente de
emociones que creía desaparecidas volvió a él. Comenzó a ser más consciente de
todos sus actos en los últimos años. Gente asesinada, gente cuyas carreras y
reputaciones fueron arruinadas, personas que por su culpa se sumieron en la
pobreza… Recordó las palabras de Lisa: “Ahora has de reconstruir tu mundo”.
Decidió que sería fuerte y empezaría de nuevo mientras tuviera tiempo.
A
los habitantes del pueblo les sorprendió la nueva orden del alcalde. Fue
convocado un nuevo festejo en el que se repartirían libros gratuitos para todos
los habitantes. Nadie comprendía nada pero pensaban que se trataría de una
nueva argucia de Don Alberto para traer prosperidad al pueblo. Aquella noche la
alegría brillo en toda la fiesta. Hubo una sorpresa. El mismísimo alcalde bajó
a celebrarlo.
Las
copas de los árboles brillaban con luces; las llamas ya no quemaban los libros,
sino que los alumbraban en las casetas repletas de obras para que los
habitantes eligiesen cual quedarse, cual devorar. El alcohol corría por los
bares y la gente bailaba al compás de una orquesta. Solo el alcalde parecía no
disfrutar. Se paseaba entre la multitud mirándolos con gesto nostálgico. No se
sentía cómodo, como si fuese ajeno a todo ello y no mereciese sentir la alegría
que sentían el resto de las personas.
—Gracias
por devolvernos los libros —lo sorprendió el pequeño Pablo cuando se cruzó con
él.
El
alcalde lo miró con curiosidad y le sonrió antes de que se marchara con ligeras
zancadas a reunirse con sus amigos. La sonrisa. La creía muerta en su rostro.
Se le antojaba ahora una mueca forzada que no sabía si se vería incluso
estética. Pero debía sonreír.
Alberto
se dirigió a la caseta que vendía libros menos concurrida. El toldo era azotado
por la infatigable brisa marina del este. Aún seguía siendo un lobo solitario y
quiso apartarse momentáneamente de la marabunta. Pero unas delicadas manos blancas
tropezaron con las suyas.
—Perdóneme,
señor —una voz suave y dulce se disculpó a su lado. No había reparado en la
joven que acababa de llegar a la caseta.
Alberto
se giró para sonreírle pero, al verla, se quedó helado. Algo se removió dentro
de él y volvió a notar las llamadas “mariposas en el estómago”. Larga melena
repeinada con bucles castaño claro, vestido con remiendos que semejaba ser
vestigio de una cara pieza de costura; quizás demasiado gastado pero muy caro
en su compra. Y un palo alargado en su mano izquierda mientras que con manos
hábiles de quien ha perdido un sentido rebuscaba algo entre los libros en braille.
La muchacha era ciega. Solo que aquello no detuvo al alcalde Alberto.
—No
se disculpe, señorita. Daría lo que fuera por que sus manos rozasen otra vez
las mías —dijo, tras una pausa.
—¿Daría
su corazón? —Replicó, poco impresionada, apuntando a saber dónde con unos ojos
que no veían. El viento peinaba sus cabellos en un tocado de rizada melena
salvaje. A Alberto le parecía que esta mujer emanaba algo. Quizás luz, quizás
calor. Hasta su mirada inerte estaba llena de vida. Sintió que ya estaba
perdido.
—Sé
lo que es no tener corazón. Ya lo he dado una vez. Y no me importaría
entregárselo ahora a usted.
La
chica rio dulcemente y comenzó a mostrarse nerviosa y a tocarse el cabello.
—¿Sabe
una cosa, señor? Soy ciega. Y no ciega de amor. Ni ciega de odio. Ni siquiera
ciega para no ver los males del mundo. Soy ciega de verdad. Tan ciega como
ahora quiero llevarme un libro en braille y necesito un bastón para poder
moverme.
—Lo
sé. ¿Qué importa eso? —replicó, sin ser vencido por su angustiada confesión.
—No
juegue conmigo.
—Jamás.
No
abandonaría la escena todavía, ya que la osadía era uno de sus atributos más fuertes.
—¿Cómo
se llama? —Inquirió la muchacha tras una pausa—. Yo soy Esperanza.
—Yo
soy Alberto.
—¿El
alcalde? Entonces es cierto que usted no tiene corazón.
Alberto
rio y comenzó hasta adorar los raídos zapatos de Esperanza, sin poder evitar
rendirse a sus pícaras palabras.
—Lo
he recuperado —respondió burlón.
—Entonces
demuéstrelo.
—Ya
he traído mucho dinero y prosperidad al pueblo. Ahora comenzaré a tomar medidas
para ayudar a la gente y realizar obras de caridad.
—Estoy
totalmente de acuerdo. Pero creo que usted va muy rápido conmigo —replicó
frunciendo el ceño Esperanza.
—Vayamos
despacio, pues —. Alberto estaba feliz. Hacía mucho que no sentía la felicidad.
Bendijo su decisión de recuperar su corazón. Puede que hubiese hecho mucho mal
pero el amor es la mejor medicina para curar cualquier herida del alma—.
¿Bailaría usted conmigo, Esperanza?
—Sí
—aceptó sonriente Esperanza, buscando el brazo del alcalde. Su hueca mirada
también denotaba felicidad—. Y cuénteme, ¿cómo es que no tenía corazón?
—Es
una larga historia —culminó, esperando por un venturoso nuevo momento antes de
que las sombras de su enfermedad apagasen la llama de los latidos de su
corazón, recién recuperado.