viernes, 6 de abril de 2018

Haikus



    El haiku es un tipo de poesía de origen japonés que suele tratar desde el sentimiento a lo simple, pasando por la naturaleza. Su métrica tradicional son tres versos de cinco o siete sílabas aunque actualmente se tiende más al verso libre y a no seguir tan a rajatabla dicha métrica. Aquí incluyo algún haiku propio, en castellano y en gallego.

El día claro
Olvidaba la luna
Recordada por ocasos.

Tic tac de reloj.
Contaba segundos ir
de tiempo infinito.

Suéñame ya hoy
Y dormiré, pues,
Con tu recuerdo.

Ruxe o vento
En mudo movemento
Escoito os ecos.

viernes, 9 de marzo de 2018

E-444

Aquí os va otro relato ya registrado.

E.-444


Algunos dijeron que se había producido una explosión. Otros, que era otro choque más de coches en aquellas casas situadas en los lindes de la carretera. Al día siguiente, todo había quedado claro. Una fiesta que se había ido de las manos tras una rencilla familiar. Si es que los humanos son muy fáciles de engañar. Les das una explicación coherente y, mientras no los incumba, se despreocupan. De momento, a nosotros nos llaman aliens. Como no llamamos la atención más que en sus imaginaciones e historias de libros y películas tampoco se preocupan de nosotros. Inocentes.

Lo que realmente ocurrió aquella noche es que los E-44 irrumpimos en la familia de cuatro miembros de un pueblo remoto de Galicia. Eran idóneos. Un padre empresario, una madre a punto del divorcio que se iba a marchar a trabajar a un hotel de Mallorca, un hijo de dieciocho años recién cumplidos que los humanos llamaban “ni-ni” y una hija, la de mi interés. Se llamaba Verónica. Era la hermana melliza del chico e iba a empezar la carrera de filología hispánica en A Coruña. Claro, tanto personaje que abandona el pueblo solitario era una buena coartada para poder invadir sus cuerpos y alejarse de conocidos que sospechasen de la contaminación.

Verónica era alta y delgada. No sabía sacarse partido aunque no era fea. Lo que no me gustaba era su enorme frente. Yo soy E-444. Los miembros del planeta E estábamos invadiendo ciertos cuerpos humanos para estudiar mejor su raza. Mi sector es, como he mencionado, el E-44. Sí, somos números. No tenemos nombres. A los humanos tampoco debería de extrañarles, ellos también son números. Mira que insisten en poner nombre a todo. En realidad, son un número del documento nacional de identidad, de la seguridad social, del coche… son un número en todas partes. Pero mira que insisten con los nombres.

Mi distrito se dividió según sus coartadas para evitar preguntas innecesarias. Acudí siendo, en ese momento, Verónica, a la universidad de A Coruña. Evité su piso compartido pues no quería estar demasiado cerca de sus compañeras de piso mientras no me habituara a su cuerpo humano. Para nosotros no es problema obtener dinero, aunque no queremos ser ostentosos. Los humanos no paran de complicarse la vida para ganar dinero. Viven en una sociedad curiosa que los obliga a consumir lo que sea y como sea. Compran, venden, beben, comen y más… todo a cambio de dinero. Y, claro, para tener ese dinero las pasan moradas. Hacen lo que sea.

En fin, mi primer paso fue crear de Verónica alguien viable en esa sociedad. El físico parecía ser importante. No tenía gran idea de que cánones guiaban aquel mundo pero me bastó una visita a sus redes de información, que llaman internet, para hacerme una idea. Fui a un sitio llamado peluquería donde pedí extensiones y un alisado con volumen. Asalté tiendas de maquillaje. Hasta la hice adelgazar a base de una dieta baja en carbohidratos que tanto gustan a los humanos. No olvidé comprarle ropa a la moda que la hiciese resaltar, eso también era importante. Así pues, a quince días de empezar la universidad, ya tenía una Verónica atractiva. Esa frente que me gustaba tan poco decidí disimularla con un flequillo.

En esos quince días decidí sumergirme en la red para informarme sobre su ciudad, comunidad autónoma y país. Además, indagué sobre sus contactos y amigos en redes sociales para hacerme una idea de cómo actuaban allí los humanos de su edad. Su cuerpo al principio me parecía un lastre al que tuve que domar. Me pedía alimento. Los E-4 nos alimentamos siempre de lo mismo. Los humanos tienen infinidad de alimentos para elegir y no pueden comer siempre lo mismo, tienen necesidades biológicas de vitaminas, hidratos de carbono, proteínas, grasas y minerales. Tras estudiarme su pirámide alimentaria le elaboré una dieta sana para mantener en buenas condiciones su cuerpo. También procuré darle los tres litros diarios de agua al día como sus instituciones sanitarias recomendaban y aislarla de bebidas nocivas para su cuerpo. Estaba el tema de la higiene y otras necesidades que también procuré satisfacer como las directrices de salud de ese mundo y su propio cuerpo me pedían.

Comencé tranquila el primer día de universidad. La verdad que me pareció sumamente aburrido. Sabía que mi capacidad de E-444 me permitiría aprenderme sus temarios sin apenas esfuerzo. Entonces, me centré en los alumnos y profesores. Decidí hacer pasar a Verónica por una muchacha introvertida pero inteligente. Repito, no quería mezclarme mucho entre humanos hasta acostumbrarme a su cuerpo. No obstante, una joven de pelo largo negro azabache y piel pálida me abordó el primer día.

—Tú no te andas con tonterías, ¿eh?
—Me has pillado —intenté sonar graciosa.
—Soy Elena.
—Verónica.
—Podremos ser amigas.

“Potencialmente cercanas”, pensé.

—¿Por qué no?
Se rio.

A medida que pasaban los días y quería que Verónica tuviera algo parecido a la capacidad intelectual que tenía yo siendo E-444, intenté ponerme al día con las lecturas de la carrera. Tal cosa me sorprendió. Descubrí muchos humanos con gran potencial analítico a lo largo de la historia y con gran talento para jugar con el lenguaje. Poco común para un E-444 pues nosotros, utilizamos el lenguaje para lo justo y necesario de nuestros asuntos. Además, los textos despertaban emociones intensas en el cuerpo humano de Verónica, que ahora era el mío. Narraciones sobre vidas y sociedades humanas que me hacían sentir pena, melancolía, ira, indignación, alegría, conmoción… entre otras sensaciones.

Esa faceta me llevó a leer más y más libros de humanos. Con mi capacidad, podía leer dos libros sin esfuerzo al día. Decidí acudir a ese lugar que los humanos llaman bibliotecas y están cada vez más abandonadas para tener más lecturas y sentir esas emociones que emanaban en Verónica, a la par que disfrutar de sus juegos de estilismos y retórica. Entonces, indagando, me interné en las artes humanas desde mi portátil. Comencé a interesarme por el cine, por las pinturas y esculturas, por la arquitectura, el baile y la música. Los humanos eran hábiles denotando sentimientos desde estas materias. Sentimientos que, hasta el momento, desconocía. Pero había aún más: mensajes, moralejas, críticas… La poesía se tornó como una obsesión intentado descifrar palabras que se juntaban con musicalidad y significado. Unidas por una serie de estilismos y rimas creando algo que tocaba el alma humana.

Los humanos eran pura emoción que un E-4 sólo podría explicar como magnetismos que se unían y chocaban al mismo tiempo creando un espectáculo magistral llamado vida. Y muchos vivían sin vivir. Y los había que vivían hasta consumirse. Y los que vivían sin ser mientras otros eran tan ellos, tan intensamente que cegaban con su luz del alma.
Era curioso como la sociedad los llevaba a una espiral donde si fracasaban en aquel modelo del éxito y trabajo se frustraban y desarrollaban patologías tanto físicas como mentales. Entonces, pensé que había acertado escogiendo el cuerpo de Verónica. Me gustaba su faceta vital y emocional, de momento.

Elena resultó ser una chica sumamente inteligente y rebelde al mismo tiempo. Probé a relacionarme con otros estudiantes pero me di cuenta rápidamente de que algo fallaba. Recelaban de mí. Mostraban miradas temerosas y sus sonrisas, en principio amables, se congelaban cuando empezaba hablar. Fui consciente de que debería aprender a mostrarme más natural. En cambio, Elena, que también tendía a aislarse, me tenía aprecio.

—¿Quieres un cigarrillo? —Preguntó tras acabar la jornada de un martes y nos dirigíamos a la biblioteca para hacer juntas un trabajo en parejas.
—Prefiero no contaminar mis pulmones con nicotina ni ningún tipo de drogas legales —respondí—. Y, menos, ilegales —añadí.

Ella rio tras apurar una calada seguida por una gran humareda.

—Todo mata —respondió simplemente.

“Las probabilidades de la muerte humana son grandes si no tienes un mínimo de precaución entre todos los peligros a lo que expone esta sociedad” pensé corrigiéndome y tomando una pausa antes de decir:

—De algo hay que morir.

Esa frase la había escuchado en una película. Elena me dio su aprobación.

—Debería emborracharte. El jueves hay una manifa feminista por la tarde. ¿Te vienes? 

Conocía el movimiento feminista, cosa que me parecía muy arcaica por parte de los humanos. Era raro que tras tantos siglos de desarrollo en todos los ámbitos en la vida humana todavía tuvieran que reafirmar las condiciones de las mujeres. Los E no teníamos diferencias de género. Vaya estupidez.

—No creo que pueda ir —intenté aparentar lamento. De momento, no quería implicarme en asuntos sociales de ese planeta.
—Da igual. Cuando acabe nos vemos y tomamos unas cervezas. ¿Quieres invitar a alguien de clase?
—He observado que en esta primera semana de clase que llevamos todavía no se han formado grupos sólidos de amigos.
Rio.
—Ya claro, chica lista. Tienes razón, como siempre. Habrá que esperar. ¿Tú y yo, entonces?

Acepté.

Durante su “manifa” feminista, decidí acabar yo nuestro trabajo. Tarea fácil. Supuse que le agradaría. Así fue que, en cuanto le mostré el trabajo al llegar a su piso, me anunció que me invitaría a tres cervezas.

—¡Qué jodida! ¡Nadie lo podría hacer mejor! Ya verás cómo nos ponen notaza. Por cierto, ¿Me subes la cremallera del vestido?

Era un vestido largo y negro, su color favorito, que resaltaba su figura delgada y sus ojos claros. Yo llevaba un vestido rojo que resaltaba la figura de Verónica. Intenté poner tacones pero eran demasiado incómodos. Había leído que los tacones habían pasado a ser de un elemento represor para las mujeres en el pasado hasta un accesorio imprescindible de estilo en este nuevo siglo. No me gustaban. A Elena tampoco. Nos decantamos por unas cómodas bailarinas.

Elena me llevó a un bar con gran ambiente entre la decoración y la multitud de gente, casi todos de nuestra edad. La cerveza estaba bien y empecé a notar el hormigueo del alcohol en el cuerpo de Verónica. Me gustó, era muy agradable. Elena soltaba peroratas políticas y feministas que intenté seguir con interés y escucha activa hasta que apareció un chico alto, delgado, de cabello perfectamente peinado y color castaño. Fijó sus ojos negros en mí y sentí algo que no había llegado a sentir hasta el momento. No sé describir esa emoción. Pero era muy bonito.

Rebusqué entre los recuerdos de Verónica, ya que el chico en cuestión no apartaba su mirada de mí y me saludó, saludo que respondí. Resultaba que lo conocía. Se llamaba Alex y habían sido una especie de novios en el instituto del pueblo. A Verónica le gustaba mucho y no pude evitar que la tremenda emoción del corazón de la humana que había invadido me llegase a mí.

—Estás increíble, Verónica. Me costó reconocerte —saludó Alex, muy sonriente.
—Es un pibón, como tú —replicó Elena, ya borracha—. Soy Elena.

Presentaciones hechas, empezamos a hablar. La cerveza me había vuelto más alegre y eso facilitó que no se notase tanto que yo era ahora un E-444. Llegó el punto que la charla desvió en la causa animalista, algo que tanto Alex como Elena compartían y pude mantenerme ausente, escuchando, alegando que me había sentado mal el alcohol.

—Sí que estás borracha. Hablas raro —bromeó Alex.
—Seremos voluntarios contigo en la fundación —culminó Elena, arrastrando las palabras—. Verónica estará encantada.

Soltó una risita.

“Los animales son infravalorados muchas veces por los humanos, incluso explotados. Debo intervenir.” Pensé.

—Sí. Quiero ayudar —respondí hasta que tuvimos que acompañar a Elena hasta su casa.
Alex se ofreció a venir conmigo hasta mi casa. Me opuse pero insistió. Apenas hablamos pero, cuando iba a entrar en el portal, me besó. Fue extraño. Como E-444 nunca lo había hecho. Despertó un torrente emocional tremendo en mí del que me tuve que deshacer despidiéndome.

—No olvido nada de lo que hay entre nosotros, Vero —dijo para marcharse.

Me propuse, antes de quedar con Alex, investigar sobre el amor en la información de la red. Era fascinante la de aproximaciones que existieron a lo largo de la historia e incluso en la actualidad referidas al tema del amor. La literatura se veía adornada con diversidad de puntos de vista. Desde el comienzo de la chispa hasta las dolorosas despedidas. El lado triste y el lado feliz. Multitud de puntos de vista con los que no di llegado a una conclusión clara más allá de lo que sentía realmente el cuerpo humano que había invadido. Yo sentía lo que algunos llamaban “mariposas en el estómago”, junto con una euforia y ansia por ver a Alex, a la par que subía mi lívido.

El amor parecía, a su vez, tener ciencia y no tenerla. Como un arte donde lo racional y lo sentimental se fusionan con fuerza del fuego, del agua, del viento o de la Tierra… elementos humanos. Era algo que sacaba lo mejor y lo peor de la gente. Había que ser valiente si se quería llevar a buen puerto. Como dicen ellos. Estaba en todas partes, hasta las empresas se alimentaban de él para vender más. Donde más me gustaba verlo era en el arte. Ahí se reflejaba su esencia.

Semejaba que a veces, solo desde lo irracional, el ser humano se descubría a sí mismo en su esplendor y en como un E-4 podía ver realmente lo que era un humano en su esencia. En su arte, en sus sueños, en sus emociones. Territorios desconocidos para mí hasta el momento, como E-444.

Elena y yo acudimos puntuales al centro de animales como nuevas voluntarias. Volví a experimentar nuevas emociones desbordantes. Ver animales abandonados y, muchos, muy tristes, hizo despertar en mi la pena, la compasión e incluso la ira y rabia. Por otro lado, era bonito ver como muchos eran adoptados y como jugaba yo a regalar cariño a tantos otros y estas criaturas respondían con puro amor. Me sentía conmovida en todo este ser.
Alex y yo tuvimos varias citas con las que empecé a inquietarme. Al principio se mostraba dispuesto y afable. Poco a poco, su lenguaje no verbal comenzó a cambiar para volverse más distante y defensivo. Sus palabras y sus sonrisas se reducían. Un día tuve que hacérselo ver. Quizás no fueron palabras muy humanas de mi parte. Estábamos en el centro de voluntariado y Elena nos había dejado solos con el pretexto de que debía limpiar a un pequeño bulldog travieso.

—Has cambiado, Verónica. No sé qué te pasa. No te reconozco. Estás más guapa, sí. Pero no eres la chica de la que me enamoré hace unos meses.
Sentí mucho dolor ante sus palabras. Me veía venir lo que iba a ocurrir.
—Puedo cambiar.
—Ese es el problema. Ya has cambiado. No siento nuestra química. No me siento cómodo contigo. No puedo seguir intentando crear contigo una relación.

En ese instante, se apoderó de mí una gran ira. A pesar de que mi mente racional me lo quiso impedir, la rabia me hizo golpear a Alex. Él calló al suelo, gritando. Elena llegó rápido y contempló la estampa. Me agarró del brazo y me arrastró a un vestuario apartado.

—Verónica, no sé qué pasa contigo. No puedes hacer esto. Intentaré hablar con Alex para que no te pase nada. Pero date cuenta de que te van a echar del voluntariado. No puedo seguir cerca de ti si me vas a meter en líos. Estate una semana tranquila ¿Vale? Desconecta de todo… y de mí también. Siento lo vuestro.

Ya en casa, tras haber recorrido el camino como en estado de shock, me derrumbé en la cama y no salí de ella hasta el día siguiente. Evité ir a clase. No quería cruzarme ni con Elena. En mi interior había un gran dolor. Un desborde de emociones. Pena, tristeza, apatía, rabia, culpa, ira. Sentía la pérdida de un novio potencial y de una posible mejor amiga. 

Decidí que las emociones humanas eran algo demasiado fuerte para mí. Contacté con los E-44 para abandonar mi cuerpo humano. Me entendieron bien. Crearon una coartada para hacer desaparecer a Verónica de A Coruña antes de ser invadida por otro E-44 de nuevo. Era un cuerpo demasiado idóneo como para desaprovecharlo. 

Yo no estaba lista para ser humana. Por lo menos una chica hormonada recién salida de la adolescencia. Volvería a vivir como E-444 y nuestras normas. De momento.




martes, 23 de enero de 2018

Nuevo poema!

Ya sé que debería tener más actividad por aquí pero el tiempo no me lo permite. Ahí os va otro poema (registrado eh, ;). Espero que os guste:

Los rayos de luz del sol se escapan
Del encierro de las nubes doradas.
Cubren con su manto la ciudad sin ruidos.
Y su playa entre aroma a salitre de labios
Que pronuncian mi nombre sin sonido
Como un eco del océano tranquilo,
Del que el aire me quiere proteger tardía.
Siempre tardía, como un peligro de alegría.
Las olas, tan caprichosas. Bailan la vida,
Sin importar el rumbo al compás su melodía.
De algo tan raro como la libertad sin cadenas.
Sin camuflar. Sin disfraces entre las almenas.
Sorteando fuego y llamas y tormentas ocultas.
Y las rocas zalameras que esperan sin preguntas
A que su furia las disminuya a arena, acumulando.
Que lo sabe todo en dunas, tras miles de años.
Con su sabiduría, testigo omnipresente en arañazos.
De dichas y desastres, de conquistas y naufragios.
En la marea y de días que nacen y mueren.
La felicidad y caninidad en las playas aparecen.
Estos seres y entes cada día más presentes.
Danzando con la serenata de las aves, aún jóvenes.
Compañeras entre acordes mayores y menores

Sobre criaturas marinas, tan escondidas…

miércoles, 27 de diciembre de 2017

El camino que nadie quiere nombrar

Ya está disponible en Amazon mi novela "El camino que nadie quiere nombrar", en formato ebook. En un post anterior os he ofrecido un adelanto de tres capítulos. Os invito a que la descarguéis en el siguiente enlace:
https://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_noss/258-8530352-7872444?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&url=search-alias%3Daps&field-keywords=el+camino+que+nadie+quiere+nombrar

Aquí va el cuarto capítulo, para que os hagais una idea:



                                           4
Empiezo a correr lo más rápido que me permiten mis piernas y, debido a mi práctica, es una velocidad considerable. Mi casa se encuentra en el centro de la capital así que no está muy lejos. Recorro las calles del camino con memoria experta y habituada. De hecho, los habitantes de Lanan solemos movernos o a pie o a caballo. El otro vehículo más rápido que tenemos el carro. Y, según he estudiado en los libros de historia, antes no era así.
Lo que sucede es que, tras la gran guerra de hace cien años, los recursos energéticos habituales de los humanos (petróleo, combustibles, pólvora etc) desaparecieron debido al gasto y derroche de ataques y armamento. Además, la magia también jugó un gran papel en ello. Una estrategia de los brujos fue esa, dejar a los no mágicos sin sus fuentes de energía. Como contraataque los mágicos también dejaron a los brujos sin ese tipo de fuentes de energía. Según nos cuenta el gobierno y según hemos estudiado, él único recurso energético que utiliza actualmente Hafix es su propia magia. Es muy limitada en ese aspecto así que nos describen Hafix como un mundo poco desarrollado, parecido a la antigua Edad Media. Todos nos hemos preguntado cómo será realmente y yo decido que pronto lo sabré por mis propios ojos.
Así pues, solo nos queda la electricidad. A pesar de ello, no hay dinero para mantener muchos generadores. Por lo tanto, no es muy utilizada. Más bien es controlada por el gobierno para sus propios intereses. Y, como vivimos en una cultura de guerra, para la propaganda de esta: con televisores y pantallas gigantes en todo el continente. Es cierto que también poseemos vehículos eléctricos pero es demasiado caro mantenerlos, incluso para el gobierno. He estudiado que antiguamente también había armas de fuego y armas nucleares. Ahora no podemos permitírnoslas y volvemos a luchar con espadas.
A medida que avanzo entre las poco transitadas calles de la ciudad mi plan va cobrando forma en mi cabeza, como una chispa que se enciende y ya no se puede apagar. Adivino que la mayoría de la gente estará ya en sus casas, meditando la situación que se avecina y añorando a sus seres queridos reclutados, por eso casi no encuentro a ninguna persona por mi camino.
Precisamente la parte del plan que más problemática me podría resultar es la que me parece más sencilla. Llegaré desde la capital a la frontera de Daos mediante mi segundo poder mágico: el teletransporte. A mi madre casi le dio algo cuando yo tenía tres meses y vio que había aparecido desde la trona a la cuna por arte de magia. Fue en ese preciso momento cuando descubrió que yo era una bruja.
A pesar de que no controlo mucho mis poderes porque nunca he podido utilizarlos libremente, sé que lo conseguiré. Estoy tan decidida a llegar a la frontera con mi poder que sé que no fallaré. No existe otra alternativa, debo teletrasportame y lo lograré. Por primera vez en mi vida siento una emoción hasta entonces desconocida: estoy orgullosa de ser bruja. Toda la vida he estado avergonzada de ello, debido a la represión del continente de Lanan sobre los brujos, pero hoy siento lo opuesto. Ya que, mi poder puede significar que mis seres más queridos sobrevivan.
El plan parece perfecto. Escribiré una nota para la señora que se encarga de las tareas de mi casa en la que le contaré que he partido en barco junto al resto de los soldados por decisión de Dani y que, además, es un asunto secreto. Sé que ella no lo cuestionará ni sospechará. Confía en nosotros y siempre se le ha dado bien guardar nuestros secretos. Después cogeré provisiones y me prepararé para el viaje y, finalmente, me teletransportaré a la frontera con Daos lo antes que pueda.
Cuando por fin llego a mi casa actúo muy rápido. Escojo y guardo las provisiones en mi mochila especial para la guerra, que me ha regalado Dani hace dos años y apenas he tenido ocasión de utilizar. Guardo ropa, alimentos que pueda necesitar, armas y utensilios que sean útiles para la supervivencia (como linterna, cerillas, medicinas, cuerda entre otras cosas). Garabateo apresurada la nota para la encargada de la limpieza y la deposito sobre la mesa del recibidor. Sé que ahí la verá.
Sin embargo, no puedo evitar observar mi casa con aire nostálgico, a pesar de que aún no he partido. Paseo entre sus paredes recordando los momentos vividos en ella, el lugar donde crecí. Porque una parte de mí se da cuenta de que no la volveré a ver y, también, de que seguramente no volveré con vida.
Percatarme de ello no me asusta. Tengo claro los riesgos de mi plan y está claro que lo más probable y seguro es la muerte. Pero la otra opción sería quedarme aquí y esperar resignada a observar cómo se desarrollan los acontecimientos sin mi intervención. Yo nunca he sido así. Nunca me he quedado a esperar resignada. Siempre he sido dueña de mi destino y lo seguiré siendo, sin confiar en la suerte.
Por otro lado, pienso que el fracaso no es una opción. He de conseguirlo y confiar en ello me dará fuerzas para lograrlo. Me mentalizo de que soy capaz, ya que he sido entrenada durante toda mi vida para ocasiones como esta.
Me pongo manos a la obra y, con todo listo y preparado, agarro un viejo mapa del continente de mi hermano y localizo la frontera con Daos. La visualizo con mucha concentración y cierro los ojos imaginándome que aparezco allí. Sorprendiéndome incluso a mí misma, ya que no estoy habituada a utilizar mi poder, aparezco justo dónde quería. Pero no ha salido tan bien como esperaba.
Estoy en una explanada de arena ante un oscuro cielo repleto de nubes de las que se asoman los plateados rayos de la luna. Me encuentro entre dos grandes murallas; ambas de piedra gris, según lo que mis ojos en la penumbra de la noche pueden distinguir. Solo que no contaba con el estrepitoso ruido de una alarma sonando. Permanezco paralizada porque no sé qué significa.
De pronto, escucho pasos de gente corriendo hacia a mí y sólo se me ocurre una idea: alejarme corriendo de ellos lo más rápido que pueda. Comienzo a correr en dirección opuesta a los pasos justo cuando logro ver a dos mujeres y un hombre con uniforme de guardias avanzando velozmente hacia mí.
—¡Detente! —Vocifera una de las mujeres con una voz ronca y potente.
La ignoro y observo como la primera flecha que me disparan pasa por encima de mi cabeza pero sin alcanzarme. Decido apresurar más mi carrera, preguntándome si lanzarán más flechas y sabiendo que no puedo hacerles caso ni hablarles porque intentan matarme.
La segunda flecha me roza la oreja y, sin tiempo a recuperarme de la impresión, la tercera flecha que me disparan me alcanza el brazo izquierdo. No puedo evitar gritar de dolor pero reúno todas mis fuerzas para seguir corriendo. Oigo sus risas de regodeo y triunfo a mis espaldas. No obstante, he tenido suerte. La flecha no se ha incrustado en el brazo. El dolor me hace aflojar el paso contra mi voluntad y me percato que seguirán disparando hasta matarme.
--¡Así no podrás ir muy lejos, bruja! —Se burla de mí el hombre.
Claro que no podré ir muy lejos, hasta yo lo sé. Intento pensar con más rapidez que mis piernas, que ya flojean el paso, y decido teletrasportarme hacia el otro lado del muro. Cuando siento como se tensa un arco para dispararme de nuevo, cierro los ojos concentrándome en mi poder. Y, a pesar del dolor y la fatiga,  aparezco en lo alto del muro, no al otro lado de él.
Me acuesto e intento ocultarme velozmente. No ha salido como esperaba y deduzco que se debe a que con la fatiga y la herida abierta, no tengo fuerzas para teletransportame más lejos. De todas formas, he logrado salvarme la vida.
Tumbada sobre la fría y dura piedra intento rebajar el ritmo de mi respiración, que era frenético, e intentar respirar sin hacer ruido. Es un esfuerzo considerable debido a lo asustada, cansada y preocupada que estoy. Me doy cuenta de que la herida sangra mucho y que tengo que hacer algo para solucionarlo. Oigo las voces de los guardias que me perseguían y sé que no puedo arriesgarme a coger el botiquín de mi mochila porque haría demasiado ruido. Por lo tanto, cojo un pañuelo y hago un torniquete improvisado con él.
—Mi primer día como guardia en la frontera ha sido bastante emocionante —comenta una de las mujeres.
 Sé que son guardias por su uniforme. Y me reprocho interiormente no haber previsto que me encontraría con ellos. Me doy cuenta de que fallé en la planificación de mi plan. No debería haber sido tan impulsiva y haberme parado por lo menos un par de horas a pensarlo.
—Sí has tenido suerte —afirma el hombre—. ¡Una bruja poderosa! A veces no tenemos esa diversión en semanas.
—¿A dónde creéis que ha ido?
—No tengo ni idea pero si está tan loca y desesperada como para aparecer en la frontera de Daos haciendo sonar la alarma es que volverá.
—Entonces la mataremos —tercia la mujer de voz más grave y autoritaria con voz escalofriantemente fría y tranquila.
—Sí, yo también la quiero muerta. Para el presidente valdrá más sin vida —comenta con anhelo el hombre—. Puede utilizarla como arma en esta guerra.
—¿A qué te refieres?
—A que es un golpe contra los brujos que el primer día desde el anuncio de la guerra aparezca uno más muerto.
Los tres ríen a carcajadas.
—¿Es momento para abrir el Whiskey?
—No, espera a que la matemos a ella o a otro de su calaña —se mofa la mujer de voz grave.
Escucho como se alejan, eufóricos. Sigo intentando controlar mi respiración porque cada vez parece que quiero respirar más fuerte. La curiosidad puede conmigo y asomo la cabeza para ver a dónde se dirigen los guardias. A lo lejos, entreveo una enorme tienda de tela blanca con estandartes y banderas del continente. Los guardias entran y supongo que es donde pasan la mayor parte del tiempo.
Vuelvo a girarme y me permito respirar con fuerza. Me repugna como los guardias se toman a los brujos, como si fueran animales que hay que cazar y, aún encima, celebrar su muerte con alcohol. De todas formas yo no quiero matarlos. Intento pensar en algún modo de salir de estas sin tener que matar a nadie y no veo la forma. Me debí haber planteado que tendré que matar si quiero que mi misión tenga éxito. Muchas veces he tenido la tentación de preguntarle a Dani qué se siente al matar a una persona. Nunca me he atrevido. Sobre todo por el hecho de que, cada vez que nos acercábamos al tema, el semblante de Dani se apagaba y oscurecía por una sombra de dolor.
La herida sigue doliendo y, como los guardias ya están lejos, saco el botiquín con cuidado de mi mochila. Desinfecto la herida e intento coserla tal y como me han enseñado. Tengo algo de anestesia que me inyecto antes de proceder a coserla. Pero aun así debo morder un trozo de tela para aguantar mejor el dolor. Me cuesta una barbaridad coserla y el resultado no es muy bueno, aunque es lo mejor posible teniendo en cuenta de que sólo dispongo de un brazo para ello. Después vendo la herida y me doy por vencida, desplomándome sobre la fría piedra y observo la luna.
Pienso que quizás es mejor desistir y volver a teletransportarme a la capital. No sé cómo atravesar la frontera sin que los guardias me maten. Pero entonces, una nube solitaria se aparta de la luna y esta reluce con fuerza sobre mí, logrando que el colgante de plata de mi cuello brille a su vez. Lo agarro dulcemente y lo observo. Pienso en Marc y en el futuro que deberíamos haber tenido juntos; pienso en Tom y en que tiene muy pocas posibilidades de salir con vida de esta a no ser que alguien lo ayude; también en Pedro y en su infatigable sonrisa que necesito en estos momentos y en los del resto de mi vida; y, por supuesto, en Dani, que siempre me ha protegido y entrenado para ocasiones como esta y no puedo permitir desperdiciar todo lo que me ha enseñado y hecho por mí.  Decido que no hay marcha atrás y que estoy haciendo todo esto por ellos.
Con este pensamiento y, a pesar de lo asustada que estoy, el sueño comienza a apoderarse de mí y cierro los ojos, pensando que no se está tan mal. Que vengan a por mí, los estaré esperando…
Al alba despierto sobresaltada. La alarma está sonando de nuevo. Pero esta vez no he sido yo quien la ha accionado.