EL CAMINO QUE NADIE QUIERE NOMBRAR
1
El ardiente sol del amanecer me
acaricia el rostro mientras yo tengo fijada la vista en mis apuntes de
matemáticas. Siempre me han gustado las matemáticas, ya que en esta materia
todo problema siempre tiene una solución. La roca sobre la que estoy sentada
comienza a parecerme incómoda y empiezo a tener que moverme y apartar mi mirada
de mis apuntes.
Alzo la cabeza y veo la llanura de
tierra entre un círculo de rocas situada en lo alto de una montaña en la que
estoy situada. Desde aquí hay unas vistas maravillosas del océano y del
espectáculo que es la salida matutina del sol. En frente de mí están Dani y
Pedro luchando con toda la fiereza que es posible en un combate simulado. No
luchan con armas de verdad, sino con espadas de madera. Es indudable quien está
ganando, ya que siempre es así: Dani.
Dani es mi hermano mayor, de hecho el
único. Guapo a rabiar, famoso y el mejor guerrero del continente. No es de
extrañar que tenga centenares de seguidoras y que todo el continente lo
admiren. En ocasiones me pregunto qué ve todo el mundo en él. Quiero decir, yo
lo veo simplemente como Dani: el chulo, el prepotente, el engreído… pero
también el cariñoso, leal, inteligente y único hermano que tengo que es a la
vez la persona que más quiero y que más rabia le tengo en este mundo. Dani,
quien lleva toda la vida cuidándome y protegiéndome. Solo que me gustaría saber
si sus fans pensarían lo mismo de él de pasar un día entero a su lado. A veces,
aguantar a Dani es todo un arte más complicado que la guerra.
—Vamos, Pedro. Puedes hacerlo mejor
—espeta Dani con fanfarronería a su contrincante tras realizar una arriesgada
pirueta.
—Ambos lo sabemos, pero no quiero
dejarte en ridículo.
Dani
resopla y no puedo evitar reírme, distrayéndome del estudio. Pedro, con su
eterna sonrisa. Es el mejor amigo de mi hermano y es también como un segundo
hermano para mí. Él y yo somos los únicos capaces de sacar de quicio a Dani y
los únicos de los que parece no importarle que nos riamos de él. Pedro es de
estatura mediana y bastante fuerte. Su cabello es negro y sus ojos, ámbar. Lo
que más me gusta de él es que siempre está ahí; ocurra lo que ocurra, siempre
dispuesto a ayudar desde el más grande hasta el más mínimo de los problemas,
ofreciendo siempre consejo y ánimo. Creo que el mundo sería un lugar mucho peor
si él no existiese.
Dani y yo nos parecemos, como
hermanos que somos, en que somos altos, delgados y de tez pálida; con ojos
negros y de cabello castaño oscuro. A pesar de que Dani esté teñido de un rubio
platino y lleve siempre la melena muy repeinada, para el agrado de sus fans.
Yo, en cambio, no presto tanta atención a mí físico y mi melena parece que
siempre va por libre así que ni me devano los sesos en peinarla. Ambos somos
fuertes y hemos heredado las habilidades de lucha y combate de nuestros padres.
Me quedo mirando la lucha entre Dani
y Pedro y paro de estudiar. Es evidente que, aunque Pedro también es un
renombrado guerrero, Dani es superior. Se mueven entre florituras de sus
espadas y piruetas hasta que Dani gana a Pedro. Él simplemente se encoge de
hombros y estrecha la mano de Dani sin perder su blanca sonrisa.
—Te toca, hermanita —me dice Dani con
una media sonrisa chulesca.
—¿En serio? Vas a hacer que eche todo
el desayuno —replico volviendo a fijar mi vista en los apuntes de matemáticas.
—Deja eso, sacarás un diez
igualmente, como siempre —farfullea Pedro, jadeando del esfuerzo, mientras se
acerca a mí para cogerme del brazo y arrastrarme hasta la planicie.
—¿Tienes miedo, hermanita?
Pongo los ojos en blanco. Mi nombre
es Miranda y tengo quince años. Dani lleva toda la vida dándome clases de
combate. Con cinco años agarré mi primera espada y él siempre se ha encargado
de mi entrenamiento. Descartó la idea de que asistiera a una escuela militar,
prefirió dirigir mi formación de guerrera él mismo. Sé que es, sobre todo,
porque no quiere separarse de mí. Nuestros padres murieron hace diez años en
una guerra contra los bárbaros del norte. Yo tenía cinco años y lamento no
conservar muchos recuerdos sobre ellos. Desde aquel momento Dani se ocupó de mi
educación, protección y cuidado. Él tiene veintisiete años, es decir, que ya
era mayor de edad cuando nuestros padres murieron y se pudo encargar de mí. Por
eso siempre estuvimos tan unidos y pasamos tanto tiempo juntos. Por eso, él
solo me pierde de vista cuando tiene que partir a una batalla.
—Lista —replico solamente, agarrando
de manera brusca la espada de Pedro.
Como soldados experimentados que
somos, comenzamos a luchar sin mediar palabra. Sin ánimo de querer presumir, he
decir que soy muy buena en esto, mejor que la mayoría de los soldados
profesionales; al fin y al cabo, he aprendido del mejor. Conozco su estilo de
combate y comienzo a moverme de manera automática. Permito que mi mente divague
sobre cosas irrelevantes mientras ejecuto los golpes sin ser consciente de
ellos. Tras un minuto, la intensidad de Dani aumenta y tengo que ser más
consciente de mis acciones. Dani nunca me ha dejado ganar y eso me motiva más.
Sin embargo, hoy ocurre lo nunca visto. Consigo acertar con mi espada de madera
en el cuello de mi hermano. He ganado.
Los tres permanecemos mudos unos
instantes. Dani y yo respiramos agitadamente del esfuerzo y yo miro a Pedro,
quien no abandona su sonrisa pero un deje de sorpresa aparece en su rostro.
—¿Es que tienes un día blando, Dani?
—espeto riendo—. ¡Es la primera vez que me dejas ganar!
Sigo riendo pero Dani no responde.
Sino que mira hacia el suelo con el ceño fruncido. Conozco esa mirada demasiado
bien y lo conozco también a él demasiado bien como para darme cuenta de que no
me ha dejado ganar. Pedro comienza a reír a carcajadas y a aplaudir.
—Por fin la alumna ha superado al
maestro —dice eufórico.
—Ni una palabra a nadie —musita serio
Dani. Pero luego sonríe y me da un abrazo. Algo normal en él: pasar de la
dureza a la ternura en tan sólo un segundo.
Durante la siguiente hora hablamos
del futuro; concretamente, de mí futuro. Dani y, en general, todas las personas
que conozco quieren que me haga soldado. Pues soy muy buena y, a pesar de que
nunca he asistido a clases de guerra o combate, soy más apta para una batalla y
para una difícil lucha que la mayoría de los soldados ya formados. Hoy mismo lo
he demostrado venciendo a mi hermano, y él no lo ve sino como un argumento más
a su favor para que siga su estela y me convierta yo también en una renombrada
guerrera. ¿Qué pienso yo del tema? Ni lo sé realmente ni lo tengo muy claro. Es
cierto que llevo la guerra en la sangre; no solo por mi hermano, sino también
por mis padres. No obstante, las profesiones que más me llaman la atención para
un futuro son aquellas con las que pueda ayudar a la gente. Soy la mejor
estudiante de mi curso y opino que eso me abre puertas para poder dedicarme a
lo que desee. Sin embargo, siento que me dejo llevar por las opiniones de los
demás más de lo que debería y comienzo a pensar que si todos creen que la lucha
sería mi mejor opción, ¿por qué no iba de hacerles caso?
La conversación es interrumpida
cuando suenan los tambores de la plaza del centro de la ciudad. Significa que
todos los habitantes de la ciudad debemos acudir allí a escuchar el discurso
del presidente. Dani, Pedro y yo enfilamos el camino a la plaza por un estrecho
sendero pedregoso que conocemos perfectamente. Aquella planicie de tierra donde
nos encontrábamos era nuestro lugar habitual para practicar combates. Era
nuestro lugar. Suponíamos que nadie más lo conocía porque era muy difícil
llegar a él a través de los senderos angostos y llenos de silvas que permitían
su acceso. A nosotros nos gustaba esa circunstancia porque nos permitía
intimidad. No como en los centros oficiales de entrenamiento, que estaban
llenos de soldados entrenando, ávidos admiradores de mi hermano que, si bien no
lo hacían con mala intención, nos interrumpían para hablar con él y, de hecho,
nos molestaban.
Vivimos en el año dos mil trescientos
veinticuatro de la Tierra, en el continente Lanan. Según he estudiado en clase,
hace cien años se produjo una guerra mundial entre el bando de los brujos y
gente mágica y el bando de los no mágicos. La guerra fue catastrófica y
sumamente potente. Con el resultado que el aspecto de la Tierra cambió y se
formaron dos únicos continentes entre el infinito océano. En el continente de
Lanan pasamos a vivir la población no mágica; mientras que en el continente
Hafix es donde viven los brujos. Para evitar la destrucción total de la Tierra,
que parecía probable debido al alcance de las batallas, en las que se
derrocharon las armas nucleares y las armas mágicas; ambos bandos firmaron un
tratado en el que acordaron esta distribución para vivir.
Ignoro cómo será la vida en Hafix, ya
que en Lanan tenemos prohibido cualquier tipo de contacto con el otro
continente y el gobierno tampoco parece dispuesto a facilitarnos información al
respecto. Pero aquí las condiciones de vida no me agradan. Vivimos en una
cultura de guerra. Se entrena a todo el mundo para el combate desde que son
pequeños y en cuanto comienzan a destacar se los segrega para que exploten sus
habilidades, siempre de manera enfocada a la guerra. Los soldados y guerreros
son las personas que mejor opinión y posición social ostentan y las guerras son
televisadas en pantallas gigantes en todo el reino de Conan, nuestro presidente.
Actualmente luchamos contra los pueblos bárbaros del norte y contra los
rebeldes del este. Ya que hace cien años que no tenemos noticias de Hafix.
Además, la desigualdad entre la gente
es escandalosa. Simplemente existen dos clases: los guerreros y los no
guerreros. Los que se dedican a la guerra son los que mejor viven, aunque solo
los de mayor rango disfrutan de lo más parecido al lujo que se puede encontrar
en este continente. Los otros, viven en la pobreza. Solo parecen tener mejores
condiciones los médicos, enfermeros, profesores y profesiones que, en general,
puedan también ayudar en la guerra, aunque sea de forma indirecta.
Y luego está la ley antimagia.
Resulta que existen algunas personas que dentro de nuestro continente nacen con
poderes mágicos, es decir, que son brujos. Estos son los marginados del
continente. O se los repudia o se los destina para oficios que nadie quiere. Si
dan problemas, son enviados a campos de trabajo. La mayoría de la gente cree
que son solo eso, lugares donde se los hace trabajar. Pero mi hermano debido al
puesto que ostenta dentro del gobierno sabe que son lugares donde se los
explota y maltrata. No quiere hablar mucho del tema, pero una vez se le escapó
decir que experimentaban con ellos para averiguar más cosas sobre el enemigo,
es decir, los brujos.
La ley antimagia es lo que más me
afecta. Y eso se debe a que yo he nacido con dos poderes mágicos: piroquinesia
y telequinesia. Yo soy una bruja.
Mis padres se dieron cuenta de ello
desde que cumplí un mes de vida. No quisieron deshacerse de mí, como la mayoría
de los que tienen hijos con poderes. Los orfanatos están llenos de repudiados
niños con algún poder. Mis padres decidieron criarme en una casa apartada de la
civilización hasta que fuera lo suficientemente mayor como para poder controlar
mis poderes. Desde que tengo uso de razón recuerdo estar practicando en ello.
Esta circunstancia hizo todavía más difícil que Dani me criara.
Afortunadamente, con seis años ya fui capaz de controlarlos y nadie sospecha
nada. A parte de mí y de Dani, solo Pedro conoce mi secreto.
Miro al horizonte que se asoma entre
las silvas mientras emprendemos la caminata y me pregunto, de nuevo, qué sería
de mí si me descubrieran. Probablemente, debido a que soy tan buena guerrera,
me utilizarían como rata de laboratorio o me matarían, considerándome una
amenaza. Siento asco hacia el gobierno por tratarnos así. También aborrezco a
la gente que le sigue el juego y ayuda a marginarnos más a los brujos. Sin
embargo, también siento desprecio por mí cuando veo a alguien tratando mal a un
brujo y yo no hago nada. ¡Cuánto me gustaría decirle unas cuantas palabras a
quien se atreve a insultar o a reírse de la gente mágica! Pero no puedo. Me han
educado desde pequeña a no llamar la atención al respecto. Y, aunque me muera
ganas de incumplir esta orden, no puedo hacerlo por agradecimiento a Dani. Él
ha luchado tanto por mí y por ocultar mi secreto que no puedo pagárselo
haciendo que me descubran.
Sacudo la cabeza saliendo de mis
pensamientos y vuelvo a fijar la vista en el camino y en todos sus obstáculos
que ya me conozco de memoria y no me suponen ninguna dificultad. Comienzo a
atender a la conversación de Dani y Pedro sobre el discurso y quiero hacerme
partícipe.
—Dani, ¿tú sabes de qué irá esta vez
el discurso de Conan? —Pregunto intentando adoptar un tono jovial.
—Acerca de eso te quería advertir
algo, Mirs.
Mirs es mi diminutivo. Lo odio pero
reconozco que Miranda es un nombre largo para pronunciar tan seguido.
Afortunadamente solo me lo llaman los más allegados a mí y no son muchos ya que
intento no inmiscuirme demasiado con la gente.
Noto una sombra en la voz de mi
hermano y agarro los apuntes con fuerza involuntariamente. Los días en los que
el presidente da sus discursos se cancelan las clases. Habitualmente concede
sobre dos o tres discursos por año sobre asuntos relevantes para el gobierno
como el anuncio de festejos, ceremonias, eventos; también sobre nuevas leyes y,
en ocasiones, los más temidos: sobre guerras. Este año no ha dado ninguno
todavía y ya estamos en otoño. Así que solo puedo preocuparme ante las palabras
de mi hermano y levanto la vista de la tierra llena de piedras para girarme
hacia los oscuros ojos de mi hermano.
—¿Qué ocurre? —Pregunto.
—Por ahora solamente he oído rumores
—comienza él con cuidado, como si estuviese midiendo sus palabras. Yo me
encrespo más porque mi hermano es tan importante que suele estar siempre
enterado de todo. Que solo haya oído rumores es algo extraño —. Quiero que
comiences a relajarte y a controlar tus poderes porque debes prometerme que,
oigas lo que oigas, controlarás tus poderes.
Doy una seca cabezada como señal de
asentimiento pero tengo la impresión de que una jarra de agua helada ha
invadido mi cuerpo. Por suerte o no, llegamos ya a la ciudad, entonces no puedo
hacer más preguntas ya que nos oirían.
Los tres emprendemos la marcha por
las lúgubres calles de la capital del continente hacia la Gran Plaza. Lugar
donde el presidente dará el discurso. Permanecemos serios y en silencio, tan
sólo distraídos por amigos y admiradores de mi hermano. Intento despreocuparme
observando el paisaje. Los edificios son tan grises y cochambrosos que aún me
deprimo más. Intento restarle importancia a la situación, pensando que son sólo
rumores. Aun así comienzo con mis técnicas de relajación y a intentar relegar
mis poderes y sentimientos en lo más profundo de mi alma; donde no puedan
aflorar al exterior.
Llegamos a la Gran Plaza en quince
minutos. Ya está a rebosar de gente expectante, de todas las clases y de todos
los aspectos y comentan entre murmullos de expectación qué será la notica que
nos dará esta vez el presidente. Mi hermano se despide de Pedro y de mí para
dirigirse al palco de autoridades. Mientras tanto, Pedro y yo nos encaminamos a
los asientos principales que tenemos reservados en las primeras filas. Pedro se
sienta ahí porque también es un guerrero importante y yo, por ser la hermana de
Daniel, el mayor guerrero de Lanan.
A mí lado se sienta un joven soldado
pelirrojo que me sonríe. Yo permanezco mirándolo fría para después girar la
cabeza a Pedro, que se ríe, acostumbrado a mi actitud. Dudo si el soldado me
sonríe porque verdaderamente le parezca agradable, lo cual dudo, o porque
quiere acercarse a mi hermano. La mirada de Pedro me calma y fijo mi vista en
la cicatriz que tiene en la mejilla derecha que se provocó en una batalla hace
dos años. Dani también tiene varias cicatrices y no por ello gusta menos al
continente. Las cicatrices están bien vistas en Lanan. Significan que has tenido
una batalla difícil y has sobrevivido, a pesar de todo.
Resuenan de nuevo los tambores y mi
hermano aparece en las pantallas de todo el continente. En cuanto se da cuenta,
esboza la mejor de sus sonrisas y saluda acostumbrado ya a tanta admiración y
el público estalla en aplausos y gritos de júbilo. No puedo evitar resoplar y
Pedro ríe dándome un codazo mientras aplaude y silba divertido. Acabo soltando
una risa nerviosa, después de todo.
El presidente Conan aparece en el
palco y se sitúa en el estrado con mirada serena y decidida. Es un hombre de
cincuenta años de cabello oscuro y piel oliva que emana autoridad con su
presencia y sus palabras. Ni siquiera sé cómo llegó al poder; pero ya hace
veinte años que es presidente. Según los libros de historia, en la antigüedad
los presidentes eran elegidos por votación del pueblo. Ahora hay otros
criterios que nadie parece preguntarse. Supongo que los gobernantes siguen
siendo llamados presidente por hábito más que por otro motivo. Conocí a Conan
hace un año en un evento del que mi hermano era protagonista. Recuerdo mirarlo
con odio por permitir que vivamos en esta sociedad y él simplemente sonrió y
bromeó diciendo que era una chica muy seria.
—Estimados ciudadanos —comienza su
discurso el presidente con voz solemne. El silencio que provoca en el público
es espeluznante. Semeja que se ha paralizado el mundo y pienso que así es—. La
semana pasada ha sido avistado en la costa este de Lanan un barco de Hafix—.
Todo el flujo de pensamientos que había en mi interior se paraliza para
escuchar con toda mi atención el discurso del presidente—. Tras investigar,
hemos descubierto que Hafix planea invadirnos. Lanan no sólo responderá sino
que atacará antes que ellos. Por ello, todos los varones mayores de catorce
años serán reclutados desde este mismo día. Y, por supuesto, todos los soldados
mayores de diecisiete años; hombres o mujeres; serán llamados a filas también
desde este momento. Lanan declara la guerra a Hafix y estamos seguros de que
venceremos. Tras cien años volvemos a enfrentarnos y Lanan luchará hasta el
final. ¡Gloria a Lanan!
Breve, claro y conciso; como todos
sus discursos. Y, entre vítores y aplausos, se anuncia la mayor guerra desde
hace cien años.
2
El mundo se detiene y el sonido de
las palabras del general se convierte en tan sólo un susurro que es para mí
como un eco lejano. Tenía razón Dani al pedirme que controlase mis poderes.
Siento como las llamas de las antorchas que adornan el estrado tintinean en un
vaivén poco habitual. Me obligo a controlarme y a concentrarme para que mi
piroquenis, que es el poder de controlar el fuego, no vaya a más y no empeore
todo aún más delatando que soy una bruja. Afortunadamente, todo el mundo debe
estar tan absorto con la noticia que ni se ha dado cuenta.
Guerra, guerra, guerra…
Esa palabra resuena en mis
pensamientos y, a pesar de que intento distraerme, no logro quitármela de la
mente. Apenas consigo entender al general dando instrucciones tanto a los
soldados como a los civiles. Clavo mi mirada en un estandarte situado en el
estrado e intento dejar mi mente en blanco cuando un increíble peso se cierne
en mis entrañas y me dan ganas de vomitar todo lo que he comido en el desayuno.
El general deja de hablar y noto la
mano de Pedro sobre mi hombro mientras yo sigo con la mirada perdida. Me giro y
veo su sonrisa. Pedro nunca deja de sonreír aunque esta vez es una sonrisa
triste, compungida y alarmada.
—Vamos —me susurra.
Y alzo la mirada viendo como todos
los presentes comienzan a abandonar la plaza entre murmullos. No reparo en cómo
hablan sino que sigo a Pedro, quien me sostiene por el hombro, y emprendo el
camino a su lado con la mente en blanco y en estado de shock. Adivino que me
lleva junto a mi hermano y no me equivoco. Allí está Dani muy serio pero
todavía sereno y me da un gran abrazo. Pedro se une y aguanto las ganas de
llorar.
Quiero hablar y decir mil cosas pero
de mis labios no salen las palabras y solo puedo apretar más fuerte ese abrazo.
Finalmente, los tres nos separamos y Dani me dice:
—Ya lo has oído. Partiremos esta
noche. Deberías ir a despedirte de tus amigos. Nos vemos por la tarde —quiero
replicar porque mis ojos no quieren perder la visión de mi hermano y la de su
mejor amigo—. Prometo estar pronto en casa —añade.
Asiento sin rechistar y me dirijo
hasta la zona de la plaza donde estarán mis compañeros de colegio. Mi cerebro
comienza a volver a funcionar y reparo en la gente que me rodea. A pesar de que
la mayoría adoptan un tono serio y sobrio; cuchicheando, hablando serios y
muchos, llorando; me lamenta ver a gente celebrando la noticia. Al fin y al
cabo, nos han criado en una cultura de guerra y las guerras están bien vistas.
Fue mucho decir por parte de Dani que
fuera a despedir a mis amigos. Creo que los amigos se cuentan con los dedos de
la mano; en mi caso, con uno. Mi mejor amigo y, de hecho, la única persona que
me atrevo a llamar amigo es Tom. Es un chico menudo y bajito de pelo negro y
tez pálida que va conmigo en clase. Desde los ocho años decidí no
entremezclarme mucho con la gente de mi edad, salvo lo necesario, pues como soy
una bruja debía tener la guardia siempre alta para no ser descubierta. Así
pues, siempre me he limitado a ir a clase para sacar las mejores notas y nada
más. Pero Tom es distinto. Es un joven tímido y muy buena persona. Me aporta
una increíble confianza y, aunque no le he contado mi secreto, estoy segura de
que lo aceptaría y no lo contaría.
Tom, tan ajeno a la guerra y tan
diferente a mí en fuerza que no sé cómo será capaz de apañárselas en una
batalla. Problema más grave aún sabiendo lo que solo los militares saben: a los
soldados sin preparación menores de 17 años; es decir, menores de edad; los
envían a las batallas perdidas. Batallas en las que solo necesitan enviar a los
menos válidos, los prescindibles, los innecesarios… como en las maniobras de
distracción. Ellos, los menores de diecisiete, irán a una muerte segura. Así
que sé que esta es la última vez que veré a Tom y a…. Él.
Él es Marc. También es compañero de
clase y es mi amor platónico desde que tengo siete años. Es un chico alto,
esbelto, de cabello castaño y ojos grises. Es muy guapo, siempre lo ha sido y
casi todas las chicas del colegio se morirían por salir con él. No hablamos ni
nos saludamos a pesar de que a veces me doy cuenta de que me mira. Pero no
siempre ha sido así.
Llegué nueva al colegio de la capital
con siete años y él fue la primera persona que conocí. Aún recuerdo su sonrisa
divertida cuando le espeté bruscamente a la profesora Elis dónde podía sentarme
y él se ofreció para ayudarme. Éramos grandes amigos. Ideábamos juegos propios
y los poníamos en práctica en lugares secretos como los bosques o las cuevas de
las cercanías. A veces él venía a mí casa o yo a la suya y veíamos películas.
Recuerdo cómo se reía con los chistes malos y, sobre todo, recuerdo su bondad.
Era el primero en ayudar a cualquiera que se cayese, se le olvidase algo o tuviera
un accidente; siempre tenía buenas palabras que regalar a los compañeros; era
el primero en defender a un niño de alguien que se burlara de él y siempre era
muy educado. Quizás fue esa faceta suya la que hizo que me enamorara
perdidamente de él. Hasta el día del incidente.
Aquel día estábamos jugando ante la
chimenea de su casa. Podía permitirse tal lujo por ser hijo de un alto cargo
del gobierno y su casa era muy lujosa en comparación con las de la mayoría de
la población. Me acuerdo que se acercó a mí en el juego de una manera que, a
mis por entonces nueve años, me puso muy nerviosa y perdí el control de mis
poderes. Surgieron unas llamaradas de la chimenea que me quemaron la pierna
derecha y, horrorizada a la vez que avergonzada por lo que acababa de ocurrir,
salí corriendo de su casa. Desde entonces no hemos vuelto a hablar.
No quise volver a mirarlo a los ojos
después del suceso ni quise volver a acercarme a él. Me había expuesto
demasiado y no podía permitir que volviese a pasar. Él tampoco me volvió a
dirigir la palabra. Me pregunto si aquel día averiguaría mi secreto y ese es el
motivo de que no me hable. Sea como fuera, me comporté de manera demasiado
extraña ese día y no lo culpo por que no quiera relacionarse conmigo nunca más.
Sin embargo, a pesar de que he intentado enamorarme de otros chicos, no consigo
quitármelo de la mente. Aún conservo la marca de la quemadura de aquel día en
la pierna derecha. Por ello nunca uso faldas y siempre llevo pantalones.
Me acerco a la zona donde están mis
compañeros de colegio y no puedo evitar que se me encoja en corazón en un puño.
Cada estudiante está con sus familiares, despidiéndose. Algunos lloran ante lo
que se les avecina, otros parecen alarmados y algunos, los que tienen
preparación en lucha, fanfarronean. Pienso que son unos necios que no saben que
irán a una muerte segura. No quiero desvelarles la terrible realidad de lo que
se les viene encima. Mejor que vayan felices y animados, así disfrutarán mejor
sus últimos momentos.
Cuando veo a Tom le doy un abrazo y
él me cuenta lo asustado que está. Consuelo a su destrozada madre e intento
darle consejos sobre el combate. Sé que no servirán de nada ya que él no tiene
práctica, pero al menos servirán para tranquilizarlo tanto a él como a su
familia.
—No creo que pueda serles útil —se
lamenta. Y yo tengo una idea.
—Debes demostrarles que eres más útil
fuera del campo de batalla que dentro de él —le espeto, mirándolo fijamente. Un
ligero rayo de esperanza dentro de las tinieblas—. Eres uno de los más
inteligentes de la clase y tienes muchos conocimientos de ciencia y medicina.
Házselo saber a tu superior y así te harán ayudante de enfermeros.
—¿Tú crees? —pregunta él, mordiéndose
un labio.
“Te lo garantizo”, pienso. Porque se
lo diré a mi hermano y él lo logrará. Pero como
supuestamente no puede haber favoritismos en el ejército, simplemente
añado.
—Inténtalo—. Y le sonrío.
Entonces lo siento y le veo. Los ojos
grises de Marc me miran y le devuelvo la mirada. Solo que esta vez no la
esquivo, como acostumbro. Nos quedamos mirándonos fijamente unos instantes y
veo el miedo de su mirada. No entiendo porque me está mirando. Pero quiero
observarle bien los últimos minutos que pueda. El momento es interrumpido por
el padre de Marc, que se lo lleva y le dice algo al oído. Pues llega el momento
que han de marcharse.
—Suerte, Tom —le digo a punto de
llorar—. Saldrás con vida de esta —añado sin creerme nada de lo que digo. Pero
tengo esperanza. Me quito una de mis pulseras y se la doy—. Toma, para que no
te olvides de mí y de mis consejos cuando estés en la guerra. Me la regaló mi
hermano, es un hombre fuerte, lo sabes. Espero que te transmita parte de su
fuerza.
Nos damos un último abrazo y me
dirijo corriendo a mi casa, esperando encontrarme pronto a mi hermano y a Pedro
allí. Vivo en la calle más importante de la capital y en una de las mejores
casas que se pueden encontrar por allí, debido a relevancia de mi hermano. Es
blanca, de dos plantas y columnas griegas con un amplio jardín que la bordea.
Como todas las casas de los guerreros, tiene una bandera del continente y en el
jardín destaca una fuente de cenicienta piedra que a veces considero un
derroche.
Entro y veo a mi hermano en el salón
con Pedro. Hablan muy serios y es muy raro ver a Pedro serio. La televisión
está puesta pero no le hacen caso. En cuanto me ven se levantan del sofá negro.
—Mirs, no tengo mucho tiempo. Esta
guerra es la grande y tengo que acudir al palacio…
No dejo terminar de hablar a mi
hermano porque cojo un jarrón del mueble caoba del recibidor y lo estampo
contra la pared. Tanto Pedro como Dani se quedan callados y me miran alarmados.
—¿Me estás diciendo que puede que sea
la última vez de mi vida que te vea y tú no quieres pasar este tiempo conmigo?
—Mirs… —comienza Dani con cautela.
Cojo un cuadro y también lo lanzo contra una pared haciendo que quiebre su
cristal—. Mirs, me despediré de ti en el puerto. Haré que te permitan vernos
partir y ese rato lo pasaré contigo.
Miro a mi hermano con la respiración
entrecortada pero sus palabras han hecho mella en mí así que mi furia mengua y
dejo de tirar cosas. No obstante, estoy tan enfadada con la situación que,
aunque sé que puede que sean unos de los últimos momentos que pase con mi
hermano no puedo evitar estar furiosa y pagarla con mi él. Aunque sé que me
arrepentiré de ello.
—¡No vayas! —grito histérica—. Ya
eres el mejor soldado del continente. ¡No necesitas más méritos! —Dani abre la
boca para replicar, pero yo no le dejo—. Ya sé que te pueden condenar por
desertor pero los tres somos hábiles. Podíamos huír.
—Esta vez es distinto Mirs, te
prometo que sobreviviré —tercia con voz queda.
—Todos dicen lo mismo. ¡Pero esta es
la mayor guerra en cien años! ¿Cómo voy a confiar en que tanto tú como Pedro
saldréis con vida?
—Por eso mismo, Mirs. Porque es la
mayor guerra en cien años y todo lo que has dicho es cierto —añade, decaído. Y
es raro verlo así, parece vencido. Yo no sé lo que quiere decir y lo miro,
apremiante—. Muy poca gente sobrevivirá a esta guerra. Ni siquiera puedo
conjeturar que bando será el vencedor, ya que no se sabe nada sobre Hafix. Solo
sé que en esta guerra no tengo que demostrar nada, pues por mucho que haga no
decidirá ninguna batalla. Lucharé para sobrevivir y no sobresalir, te lo
prometo. No me buscaré grandes objetivos ni me arriesgaré si puedo evitarlo.
Creo que tú eres más importante que mi reputación y quiero volver, a buscarte.
Entonces me derrumbo, y aunque
intento con todas mis fuerzas no llorar, una lágrima resbala en mi mejilla.
Dani me abraza más fuerte que nunca y me da un beso en la mejilla.
—No quiero que te mueras, no quiero
perderte —digo con una voz tan infantil que me sorprende.
—Pedro se quedará contigo esta tarde
y te llevará al puerto al anochecer —responde sin soltarme y yo asiento.
La tarde me resulta dura y no sé si
estoy flotando por culpa del torbellino de emociones que hay en mi interior o
si estoy viviendo tan vívidamente la realidad que estoy aterrorizada. Pedro se
mantiene firme y recupera su sonrisa. Me cuenta el plan de Dani para mí. A
partir de los catorce años el gobierno de Lanan permite vivir sin tutor a la
gente. Me quedaré en casa con la compañía de Katerina, la mujer que viene a
hacer las tareas domésticas de casa. En estos momentos no está, puesto que uno
de sus hijos también partirá a la guerra y lo debe estar despidiendo como es
debido. Tendré que seguir asistiendo a clase con normalidad, como todos los
alumnos que nos quedemos en Lanan y deberé seguir entrenando por mi cuenta. En
caso de que ellos no volviesen ingresaría en una academia militar. No quiero ni
pensar en esa alternativa porque perderlos duele demasiado.
Dan las seis y el rojizo sol comienza
a declinar. Decido que este año no veré las pantallas de guerra. Lanan pone
pantallas en todo el continente donde se televisan los combates de la guerra.
Solo los he visto dos veces y fue una experiencia que no recomendaría a nadie.
No soporto ver a mi hermano matando y luchando por su vida de la manera en que
lo hace; perdiendo su humanidad y su bondad para convertirse en el más fiero y
despiadado de los guerreros. No obstante, aunque no los vea sabré que es él el
que está luchando por los bramidos y vítores de la multitud que observa las
pantallas en las calles. Sufrí en su último combate porque por las reacciones
de la gente podía adivinar lo que estaba pasando. Con cada silbido me daba un
vuelco el corazón y con cada grito de júbilo sonreía inevitablemente.
El puerto está a rebosar de soldados
uniformados y centenares de barcos inmensos están amarrados en la costa, listos
para zarpar. Pedro me lleva hasta la zona ocupada por los altos cargos del
gobierno que acuden para despedirlos pero los dejamos atrás para dirigirnos a
la caseta donde están mi hermano y los oficiales de mayor rango. Pero algo me
detiene.
—Miranda, se te ha caído esto.
Mi corazón da un vuelco y me doy la
espalda. Marc está ahí, con su padre que es un alto cargo. Se acerca a mí,
tembloroso, sujetando algo. Me pregunto qué se me habrá caído ya que no noto
ausencia de nada. Cuando Marc me enseña lo que hay en sus manos no puedo creer
lo que veo.
Se trata de una muñeca de trapo que
fabriqué yo misma de pequeña y se la regalé a él con siete años, cuando lo
conocí. ¿Qué hace Marc con ella en estos momentos? Presa de la sorpresa me
dirijo a hacer algo que no hacía desde hacía años: hablar con él.
3
—Sí, es mío —digo, siguiéndole el
juego—. Y creo que se le ha caído un botón.
Me dirijo rápidamente a él y le
agarro por el brazo bruscamente para llevarlo a un sitio apartado donde nadie
pueda oírnos. Veo una caseta pero está cerrada con llave así que llevo a Marc a
su parte trasera. Desde allí aún se puede ver el mar y escuchar el rumor de las
olas y de la multitud. Pero decido que es lo suficientemente privado.
—¿Qué pretendes? ¿Estás jugando
conmigo? —le espeto con dureza mirándolo fijamente a sus ojos grises. Él parece
asustado, pero dudo que se trate de mí. Me mira respirando agitadamente y
dubitativo.
—¿Jugando contigo? —repite y
suspira—. Miranda, ¿por qué me odias?
Lo miro sin comprender y no digo
nada.
—Antes éramos tan amigos… Eras la
mejor amiga que he tenido nunca—, comienza a decir agachando la mirada—.
Entiendo que aquel día te fallé. Debí haberte ayudado con el fuego y no
quedarme simplemente mirando. También debí haber corrido detrás de ti cuando te
marchaste herida y enfadada. Pero… ¡Tenía nueve años! —exclama fijando sus ojos
en los míos—. No sabía lo que hacer… estaba asustado —. Hace una pausa y yo
sigo incapaz de articular palabra, incrédula—. He pensado cientos de veces en
pedirte disculpas pero tú desde entonces me mirabas con desprecio. Y aun encima
tu hermano se hizo famoso y te aislaste, como si te consideraras superior a
todos los demás. Nunca di reunido el valor suficiente de pedirte disculpas.
Trago saliva y agacho la mirada,
procesando todo lo que me está diciendo.
—No te odio —murmullo con un hilo de
voz, abrumada—. Ni siquiera sabía que significaba tanto para ti. De hecho, era
yo la que pensaba que me odiabas.
—¿Qué? —Pregunta, frunciendo el ceño
y negando con la cabeza—. ¿Por qué te crees que he decidido llevarme la muñeca
que me regalaste el día que me caí y me hice la brecha en la rodilla? Me
acuerdo que quisiste consolarme con ella… —. Una sonrisa se esboza en su rostro—.
Porque quiero llevarme un recuerdo sobre ti.
—¿Te acuerdas de eso? —Pregunto
impresionada.
—De eso y más. Como que amas el
chocolate blanco y el negro te hace fruncir la nariz; que siempre levantas la
mano izquierda en clase, porque con la derecha apuntas a la vez que preguntas;
de tu mirada, siempre dura y seca pero firme y alzada…—Sigue enumerando hechos
sobre mí que me sorprende que se haya fijado en ellos y más aún, que se
acuerde. Y, con su mirada y sus gestos, sé que lo que dice es cierto.
—Nunca te he odiado—. Lo corto,
sobrecogida—. Si todo cambió aquel día es porque pensé que habías descubierto
mi horrible secreto—. Respiro profundamente y pienso que en la situación en la
que estoy, con Marc sincerándose y a punto de morir, no tiene sentido seguir
ocultando la verdad—. ¡Soy una apestosa bruja!
Marc me mira impresionado unos
instantes y abre más sus ojos grises. Permanezco mirándole, nerviosa pero
desafiante. Estoy expectante de cuál va a ser su reacción.
—Siempre te he querido Mirs mirs. Eso
no cambia nada.
Mirs mirs, el nombre que me puso
cuando éramos pequeños. Al oírlo me doy cuenta de que a él no le importa mi
secreto. Más aún, que lo que ha pasado los últimos años no ha cambiado nada y
que volvemos a ser los de antes. Pero es mejor todavía porque ahora sé que él
también me quiere.
Olvido unos segundos la situación que
se nos avecina y lo beso. Siento sus labios cálidos y, aunque no es el primer
beso de mi vida, sí es el primero que le doy a Marc. Y puede que también el
último. Parece que ambos nos damos cuenta pues no nos separamos y nos apretamos
en un abrazo muy fuerte.
—Yo también te quiero. Desde el
primer día en que te vi. Siempre ha sido así —susurro cuando separamos nuestros
labios pero continuamos abrazados.
—¿Por qué hemos esperado tanto? —se
lamenta Marc.
—No pienses en eso —digo
acariciándole el rostro y una lágrima resbala de mi mirada. Él me la seca con
el dedo de forma tierna—. Piensa en que no nos hemos despedido sin saberlo y,
cuando vuelvas, estaré aquí.
El niega con la cabeza.
—Sabes como yo de sobra a dónde nos
envían a los menores de diecisiete años—. Espeta con una sonrisa amarga. Yo no
sé qué decir porque sé que tiene razón. Y no me extraña que él también lo sepa
porque su padre es un alto cargo del gobierno y probablemente se lo haya
comentado en alguna ocasión, quizás para disuadirlo de que se alistara
voluntariamente—. Estoy muerto de miedo. Sobre todo ahora que sé que te perderé
de verdad.
Lo vuelvo a abrazar con todas mis
fuerzas. Durante la siguiente media hora aprovechamos el poco tiempo que nos
queda. Nos ponemos al día de nuestros sentimientos, de nuestras vivencias, de
los cambios que no nos hemos podido contar. Y nos besamos y damos cariño como
siempre quisimos hacer. No puedo evitar pensar en lo estúpida que he sido y del
tiempo que he perdido ignorándolo. Finalmente, el rojizo sol del crepúsculo
está a punto de ponerse y se oyen los tambores que anuncian la partida. Me
siento aterrada, no quiero dejarle marchar.
—Quédate la muñeca —digo aguantando
el llanto—. Que te recuerde que siempre te he querido y que nada lo cambiará.
Me da un beso para luego quitarse su
colgante. Lo conozco de sobra. Lo lleva siempre en el cuello desde pequeño. Es
una luna de plata.
—Y tú quédate con esto, Mirs. Nunca
te he contado qué significa, ¿verdad?
Lo agarro y me lo pongo con cuidado,
mientras niego esbozando una sonrisa que no es de felicidad sino de amor.
—La luna siempre está ahí, aunque no
la veamos. Cuando nosotros no la vemos la está viendo gente del otro lado del
mundo y, al acabar el día, vuelve; porque siempre ha estado ahí. Lo mismo que
yo, que aunque no esté a tu lado, estaré en el otro lado del mundo, siempre
para ti.
No puedo evitar estallar del
torbellino de emociones que recorren mi cuerpo y sucumbo al llanto. Marc me
estrecha con fuerza contra su cuerpo, mientras me llena de besos. De pronto,
oigo la voz de mi hermano a mis espaldas. Y, tras un último intenso beso, nos
despedimos.
Sigo llorando pero intentando
calmarme, y esta vez es Dani quien me abraza y me susurra suavemente que me
calme, acariciándome el cabello como a una niña pequeña y recordándome a mi
infancia. Siempre hacía lo mismo cada vez que tenía una pesadilla sobre la
muerte de nuestros padres.
—¿Cuánto tiempo llevas escuchando?
—Digo, entrecortada por mis sollozos.
—Lo suficiente —responde y añade
susurrando a mi oído—. Lo protegeré, haré que vuelva sano y salvo para ti, si
puedo.
Dejo de llorar y lo miro con ojos muy
abiertos, sintiendo renovadas esperanzas.
—Pero no puedes. Siempre has dicho
que los chicos no deberían acercarse a mí por conveniencia ya que te tú nunca
harías nada por ellos.
—No es solo un chico, Mirs, y lo
sabes… has encontrado a un gran hombre.
Siento una oleada de agradecimiento y
afecto hacia mi hermano y lo lleno de besos. Él se ríe, recuperando su risa
fanfarrona pero con un deje de tristeza.
—¿Podrías ayudar también a Tom? No
duraría ni un minuto en un combate. Le he sugerido que sea ayudante de
enfermeros.
—Lo intentaré, te lo prometo —dice él
firme.
—Lo intentarás —repito débilmente. Sé
el significado de sus palabras y la desesperanza vuelve a oprimir mis entrañas.
Lo intentará y hará todo lo que pueda. Pero primero debe mantenerse a él con
vida. Y, aun así, lo tendrá muy difícil.
Los barcos de los soldados de menor
rango zarpan y oigo los vítores con los que son despedidos desde el puerto y la
ciudad entera. Permanezco observando la escena abrazada a mi hermano, que zarpará una hora después,
con el resto de guerreros renombrados. Durante ese tiempo charlamos e
intentamos hacer el momento agradable. No más llantos, no más quejas. Solo que
denoto de sus palabras que se está despidiendo. No tengo fuerzas para
reprocharle que no lo haga, que vuelva con vida y que proteja a Pedro, a Marc y
a Tom. A medida que pasan los minutos la charla se vuelve más forzada y se nos
acaban los temas de conversación pues se acerca el momento inevitable. Los
últimos barcos con soldados acaban de zarpar y llega el turno del “Raudo”, el
navío más importante de Lanan, el navío de los mejores guerreros. Me da asco
pensar que el presidente y la mayoría de los más poderosos del gobierno se
quedarán aquí, sin partir a la guerra, haciendo que los soldados decidan la
guerra que ellos han inventado. Del gobierno, sólo zarpan hacia Hafix el
ministro de combate, el ministro de estrategia y el ministro de batalla. Pues
sí, tenemos tres ministerios encargados de la guerra. Al fin y al cabo, vivimos
en una cultura en la que la guerra es importante y está bien vista.
—Ten —me dice mi hermano cuando los
últimos rayos de sol se esconden en el horizonte. Me entrega su más preciado
anillo que, aunque esté colmado de riquezas, es el más preciado porque era de
nuestro padre. Es de oro blanco y era su antigua alianza. Yo me quedé con la de
nuestra madre y Dani con el de nuestro padre. En el interior tiene escritos sus
nombres: María y Bruno—. Por si no vuelvo, quiero que lo tengas tú.
En ese preciso momento se despide de
mí y yo me aferro a él en un fuerte abrazo y susurro frenéticamente:
—Vive, haz lo que sea, pero vive y
tráemelos a todos.
Él me mira como si no me conociese.
Lo cierto es que yo tampoco me reconozco. Antes solía decirle a mi hermano que
no luchase, que no matase, que dejara las armas… Ahora me sorprendo pensando lo
contrario, no me importa lo que haga con tal de que vuelva y consiga proteger a
Marc, Pedro y Tom.
Pedro llega hasta nosotros y también
me despido con emoción de él. Aunque hemos tenido toda la tarde para
despedirnos no desperdicio el momento de dedicarle otro abrazo. Él también me
hace un regalo: una pulsera de cuero que ha hecho él mismo. Me la pongo con
cariño y me inunda la gratitud. Pedro es de familia humilde y sólo como
guerrero ha conseguido llevar comida a su familia, que vive lejos de la
capital.
Permanezco inmóvil, observando como
suben al navío. El “Raudo” es el más grande de todos y está decorado por
estandartes escarlata con incrustaciones de oro. No evito pensar que es un
derroche, con eso se podría mantener a decenas de familias.
La ruta más aconsejable para llegar a Hafix es
por el mar. Para ello, la capital de Lanan es la mejor situada. Hay otra ruta,
pero nadie parece querer recordarla y a nadie le gusta nombrarla.
“La tierra maldita”, “El otro
continente”, “El sendero de la muerte”. Son algunos de los nombres con los que
la gente conoce la ruta alternativa. Aunque tiene un nombre: Daos. Es como un
ancho pero corto país situado en el único trozo de tierra que puede unir a los
continentes de Lanan y Hafix. Pero tras la guerra ambos continentes firmaron el
un tratado en el que conseguir que aquella tierra no fuera concurrida por
ningún habitante de ninguno de los dos continentes. Las historias cuentan que
nadie puede salir de allí con vida. Y, lo cierto, es que es muy difícil. Dani
me ha contado como verdaderamente es. Es una tierra donde los brujos pierden
sus poderes, así pues, inhabitable para ellos; pero a la vez una tierra llena
de peligros mágicos, así que también inhabitable para los no brujos. Si bien no
es imposible atravesarla, es muy improbable salir de allí con vida o en
suficientes buenas condiciones como para que los miembros del continente
contrario no te maten. Se habla de miles de peligros que allí se encuentran.
Muchos fueron consecuencia del derroche de armas tanto mágicas como no mágicas
de la guerra de hace cien años. Pero otros tantos fueron impuestos tras la
misma para que nadie quisiera atravesarla.
A pesar de que la mayoría de la gente
cree que Daos es un lugar donde encontrar una muerte segura, Dani me ha
revelado que hay gente que vive allí. Se trata de los desterrados y los
delincuentes que huyen de la ley. Es muy fácil ser localizado dentro del
continente, por eso se ven obligados a refugiarse en Daos.
El bullicio de la muchedumbre
aplaudiendo y emitiendo vítores me hace salir de mis pensamientos. El ruido de
las exclamaciones me molesta. No sólo porque no lo considero un momento de
celebración, sino porque necesito estar tranquila y sola. Así que busco un
lugar para mí, donde nadie pueda encontrarme ni hablarme, ya que ahora me
siento como un ser inerte capaz de reaccionar ante nada. Tras alejarme unos
metros del puerto, encuentro unas rocas solitarias, a las que no me es difícil
llegar debido a las enseñanzas de mi hermano que me permiten moverme como el
mejor de los guerreros, es decir, como Dani mismo.
Me siento y arrebujo abrazándome a
mis rodillas y observo como los barcos se van alejando y se pierden en la
oscuridad de la temprana noche. Miro el agua del mar que casi roza mis pies y
la toco con los dedos. Pienso que, en estos momentos, es el único elemento
físico que me une a mis seres queridos: a los ojos ámbar de Tom, a la sonrisa
de Pedro, a los brazos de Dani que siempre me han cuidado y a los labios de
Marc.
Ese pensamiento duele y me hace
desviar la vista hacia la luna, que aún no está llena pero reluce con fuerza
bañando el océano con rayos de plata. Esa visión causa que, instintivamente,
agarre el colgante con forma de luna que ahora cuelga de mi cuello: el regalo
de Marc. Y, en estos instantes, me doy cuenta de que Marc también está mirando
la luna en este momento. Algo me dice que de veras lo está haciendo y que está
pensando en mí, como yo estoy pensando en él.
Entonces siento lo sola que estoy y
el miedo que tengo. Ahora se hace tangible. Ya es una realidad. No temo ni al
dolor ni a la muerte y nunca he tenido miedo de cosas triviales como los
insectos o la oscuridad. Solo tengo miedo a una cosa: la pérdida. Quizás porque
la viví siendo muy pequeña cuando murieron mis padres.
El miedo a la pérdida aflora en mí y
se hace tan intenso que tengo ganas de gritar, patalear y llorar hasta quedar
sin energías. Pero en lugar de eso me quedo inmóvil, tiesa como una piedra,
observando el océano. Me siento como en un abismo del que estoy a punto de
caer. Lo que me mantenía y me hacía sentir viva se ha ido y ahora siento que
estoy a punto de precipitarme sin brazos que me socorran.
No reparo en quien pueda salir
vencedor o no de esta guerra ya que eso no me importa. Puede ser que viviera
mejor si ganaran los brujos, al fin y al cabo, yo también soy bruja. Intento
imaginar cómo será mi vida a partir de ahora y me doy cuenta de que ya nada
será igual y lo único que podré hacer será sobrevivir. Ese pensamiento me hace
sentir débil y me recuerdo a mí misma que yo no soy débil, que soy una de las
mejores guerreras que existen y he conseguido que nadie descubriera que soy una
bruja, lo cual es también un gran logro en este continente. Solo que yo lo que
realmente quiero es ir a la guerra con ellos y estar a su lado, tanto si puedo
protegerlos como si no; porque la muerte y la guerra no medan miedo si yo estoy
en ella.
Entonces, tengo una idea.
Partir tras ellos. Ese pensamiento me
enciende y hace que mi cabeza vuelva a funcionar. Sé que ya no quedan barcos a
los que subir para llegar a Hafix. Pero hay otra ruta, aquella que nadie quiere
nombrar.
Algo me dice que puedo conseguirlo. A
pesar de que tenga quince años, no sólo soy una de las mejores guerreras de
Lanan, al fin y al cabo he vencido hasta a mi hermano, sino que también soy bruja.
Además saco las mejores notas de mi clase y estoy sobrada en experiencia sobre
supervivencia que me han enseñado tanto Dani como mis padres y Pedro.
Si los criminales pueden vivir allí,
¿por qué yo no? Ellos no pueden escapar de la Tierra Maldita porque serían
descubiertos y ejecutados. Yo sí puedo salir: soy bruja y en Hafix me recibirán
como a una de ellos. El modo de llegar a la guerra ya lo encontraré al llegar a
Hafix.
Me levanto de un salto y corro hacia
mi casa con energías renovadas y una única idea en la mente: atravesaré Daos y
llegaré hasta mis seres queridos.
Daos, la tierra a la que sólo los
desesperados quieren llegar. Pues bien, yo estoy aún más desesperada que ellos.
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