sábado, 23 de septiembre de 2017

Primeros capítulos de mi obra "El Camino que nadie quiere nombrar"

En adelante comenzaré a publicar los primeros capítulos de algunas de mis obras. Por suspuesto, todo registrado. Espero que los disfrutéis:

EL CAMINO QUE NADIE QUIERE NOMBRAR

1
El ardiente sol del amanecer me acaricia el rostro mientras yo tengo fijada la vista en mis apuntes de matemáticas. Siempre me han gustado las matemáticas, ya que en esta materia todo problema siempre tiene una solución. La roca sobre la que estoy sentada comienza a parecerme incómoda y empiezo a tener que moverme y apartar mi mirada de mis apuntes.
Alzo la cabeza y veo la llanura de tierra entre un círculo de rocas situada en lo alto de una montaña en la que estoy situada. Desde aquí hay unas vistas maravillosas del océano y del espectáculo que es la salida matutina del sol. En frente de mí están Dani y Pedro luchando con toda la fiereza que es posible en un combate simulado. No luchan con armas de verdad, sino con espadas de madera. Es indudable quien está ganando, ya que siempre es así: Dani.
Dani es mi hermano mayor, de hecho el único. Guapo a rabiar, famoso y el mejor guerrero del continente. No es de extrañar que tenga centenares de seguidoras y que todo el continente lo admiren. En ocasiones me pregunto qué ve todo el mundo en él. Quiero decir, yo lo veo simplemente como Dani: el chulo, el prepotente, el engreído… pero también el cariñoso, leal, inteligente y único hermano que tengo que es a la vez la persona que más quiero y que más rabia le tengo en este mundo. Dani, quien lleva toda la vida cuidándome y protegiéndome. Solo que me gustaría saber si sus fans pensarían lo mismo de él de pasar un día entero a su lado. A veces, aguantar a Dani es todo un arte más complicado que la guerra.
—Vamos, Pedro. Puedes hacerlo mejor —espeta Dani con fanfarronería a su contrincante tras realizar una arriesgada pirueta.
—Ambos lo sabemos, pero no quiero dejarte en ridículo.
            Dani resopla y no puedo evitar reírme, distrayéndome del estudio. Pedro, con su eterna sonrisa. Es el mejor amigo de mi hermano y es también como un segundo hermano para mí. Él y yo somos los únicos capaces de sacar de quicio a Dani y los únicos de los que parece no importarle que nos riamos de él. Pedro es de estatura mediana y bastante fuerte. Su cabello es negro y sus ojos, ámbar. Lo que más me gusta de él es que siempre está ahí; ocurra lo que ocurra, siempre dispuesto a ayudar desde el más grande hasta el más mínimo de los problemas, ofreciendo siempre consejo y ánimo. Creo que el mundo sería un lugar mucho peor si él no existiese.
Dani y yo nos parecemos, como hermanos que somos, en que somos altos, delgados y de tez pálida; con ojos negros y de cabello castaño oscuro. A pesar de que Dani esté teñido de un rubio platino y lleve siempre la melena muy repeinada, para el agrado de sus fans. Yo, en cambio, no presto tanta atención a mí físico y mi melena parece que siempre va por libre así que ni me devano los sesos en peinarla. Ambos somos fuertes y hemos heredado las habilidades de lucha y combate de nuestros padres.
Me quedo mirando la lucha entre Dani y Pedro y paro de estudiar. Es evidente que, aunque Pedro también es un renombrado guerrero, Dani es superior. Se mueven entre florituras de sus espadas y piruetas hasta que Dani gana a Pedro. Él simplemente se encoge de hombros y estrecha la mano de Dani sin perder su blanca sonrisa.
—Te toca, hermanita —me dice Dani con una media sonrisa chulesca.
—¿En serio? Vas a hacer que eche todo el desayuno —replico volviendo a fijar mi vista en los apuntes de matemáticas.
—Deja eso, sacarás un diez igualmente, como siempre —farfullea Pedro, jadeando del esfuerzo, mientras se acerca a mí para cogerme del brazo y arrastrarme hasta la planicie.
—¿Tienes miedo, hermanita?
Pongo los ojos en blanco. Mi nombre es Miranda y tengo quince años. Dani lleva toda la vida dándome clases de combate. Con cinco años agarré mi primera espada y él siempre se ha encargado de mi entrenamiento. Descartó la idea de que asistiera a una escuela militar, prefirió dirigir mi formación de guerrera él mismo. Sé que es, sobre todo, porque no quiere separarse de mí. Nuestros padres murieron hace diez años en una guerra contra los bárbaros del norte. Yo tenía cinco años y lamento no conservar muchos recuerdos sobre ellos. Desde aquel momento Dani se ocupó de mi educación, protección y cuidado. Él tiene veintisiete años, es decir, que ya era mayor de edad cuando nuestros padres murieron y se pudo encargar de mí. Por eso siempre estuvimos tan unidos y pasamos tanto tiempo juntos. Por eso, él solo me pierde de vista cuando tiene que partir a una batalla.
—Lista —replico solamente, agarrando de manera brusca la espada de Pedro.
Como soldados experimentados que somos, comenzamos a luchar sin mediar palabra. Sin ánimo de querer presumir, he decir que soy muy buena en esto, mejor que la mayoría de los soldados profesionales; al fin y al cabo, he aprendido del mejor. Conozco su estilo de combate y comienzo a moverme de manera automática. Permito que mi mente divague sobre cosas irrelevantes mientras ejecuto los golpes sin ser consciente de ellos. Tras un minuto, la intensidad de Dani aumenta y tengo que ser más consciente de mis acciones. Dani nunca me ha dejado ganar y eso me motiva más. Sin embargo, hoy ocurre lo nunca visto. Consigo acertar con mi espada de madera en el cuello de mi hermano. He ganado.
Los tres permanecemos mudos unos instantes. Dani y yo respiramos agitadamente del esfuerzo y yo miro a Pedro, quien no abandona su sonrisa pero un deje de sorpresa aparece en su rostro.
—¿Es que tienes un día blando, Dani? —espeto riendo—. ¡Es la primera vez que me dejas ganar!
Sigo riendo pero Dani no responde. Sino que mira hacia el suelo con el ceño fruncido. Conozco esa mirada demasiado bien y lo conozco también a él demasiado bien como para darme cuenta de que no me ha dejado ganar. Pedro comienza a reír a carcajadas y a aplaudir.
—Por fin la alumna ha superado al maestro —dice eufórico.
—Ni una palabra a nadie —musita serio Dani. Pero luego sonríe y me da un abrazo. Algo normal en él: pasar de la dureza a la ternura en tan sólo un segundo.
Durante la siguiente hora hablamos del futuro; concretamente, de mí futuro. Dani y, en general, todas las personas que conozco quieren que me haga soldado. Pues soy muy buena y, a pesar de que nunca he asistido a clases de guerra o combate, soy más apta para una batalla y para una difícil lucha que la mayoría de los soldados ya formados. Hoy mismo lo he demostrado venciendo a mi hermano, y él no lo ve sino como un argumento más a su favor para que siga su estela y me convierta yo también en una renombrada guerrera. ¿Qué pienso yo del tema? Ni lo sé realmente ni lo tengo muy claro. Es cierto que llevo la guerra en la sangre; no solo por mi hermano, sino también por mis padres. No obstante, las profesiones que más me llaman la atención para un futuro son aquellas con las que pueda ayudar a la gente. Soy la mejor estudiante de mi curso y opino que eso me abre puertas para poder dedicarme a lo que desee. Sin embargo, siento que me dejo llevar por las opiniones de los demás más de lo que debería y comienzo a pensar que si todos creen que la lucha sería mi mejor opción, ¿por qué no iba de hacerles caso?
La conversación es interrumpida cuando suenan los tambores de la plaza del centro de la ciudad. Significa que todos los habitantes de la ciudad debemos acudir allí a escuchar el discurso del presidente. Dani, Pedro y yo enfilamos el camino a la plaza por un estrecho sendero pedregoso que conocemos perfectamente. Aquella planicie de tierra donde nos encontrábamos era nuestro lugar habitual para practicar combates. Era nuestro lugar. Suponíamos que nadie más lo conocía porque era muy difícil llegar a él a través de los senderos angostos y llenos de silvas que permitían su acceso. A nosotros nos gustaba esa circunstancia porque nos permitía intimidad. No como en los centros oficiales de entrenamiento, que estaban llenos de soldados entrenando, ávidos admiradores de mi hermano que, si bien no lo hacían con mala intención, nos interrumpían para hablar con él y, de hecho, nos molestaban.
Vivimos en el año dos mil trescientos veinticuatro de la Tierra, en el continente Lanan. Según he estudiado en clase, hace cien años se produjo una guerra mundial entre el bando de los brujos y gente mágica y el bando de los no mágicos. La guerra fue catastrófica y sumamente potente. Con el resultado que el aspecto de la Tierra cambió y se formaron dos únicos continentes entre el infinito océano. En el continente de Lanan pasamos a vivir la población no mágica; mientras que en el continente Hafix es donde viven los brujos. Para evitar la destrucción total de la Tierra, que parecía probable debido al alcance de las batallas, en las que se derrocharon las armas nucleares y las armas mágicas; ambos bandos firmaron un tratado en el que acordaron esta distribución para vivir.
Ignoro cómo será la vida en Hafix, ya que en Lanan tenemos prohibido cualquier tipo de contacto con el otro continente y el gobierno tampoco parece dispuesto a facilitarnos información al respecto. Pero aquí las condiciones de vida no me agradan. Vivimos en una cultura de guerra. Se entrena a todo el mundo para el combate desde que son pequeños y en cuanto comienzan a destacar se los segrega para que exploten sus habilidades, siempre de manera enfocada a la guerra. Los soldados y guerreros son las personas que mejor opinión y posición social ostentan y las guerras son televisadas en pantallas gigantes en todo el reino de Conan, nuestro presidente. Actualmente luchamos contra los pueblos bárbaros del norte y contra los rebeldes del este. Ya que hace cien años que no tenemos noticias de Hafix.
Además, la desigualdad entre la gente es escandalosa. Simplemente existen dos clases: los guerreros y los no guerreros. Los que se dedican a la guerra son los que mejor viven, aunque solo los de mayor rango disfrutan de lo más parecido al lujo que se puede encontrar en este continente. Los otros, viven en la pobreza. Solo parecen tener mejores condiciones los médicos, enfermeros, profesores y profesiones que, en general, puedan también ayudar en la guerra, aunque sea de forma indirecta.
Y luego está la ley antimagia. Resulta que existen algunas personas que dentro de nuestro continente nacen con poderes mágicos, es decir, que son brujos. Estos son los marginados del continente. O se los repudia o se los destina para oficios que nadie quiere. Si dan problemas, son enviados a campos de trabajo. La mayoría de la gente cree que son solo eso, lugares donde se los hace trabajar. Pero mi hermano debido al puesto que ostenta dentro del gobierno sabe que son lugares donde se los explota y maltrata. No quiere hablar mucho del tema, pero una vez se le escapó decir que experimentaban con ellos para averiguar más cosas sobre el enemigo, es decir, los brujos.
La ley antimagia es lo que más me afecta. Y eso se debe a que yo he nacido con dos poderes mágicos: piroquinesia y telequinesia. Yo soy una bruja.
Mis padres se dieron cuenta de ello desde que cumplí un mes de vida. No quisieron deshacerse de mí, como la mayoría de los que tienen hijos con poderes. Los orfanatos están llenos de repudiados niños con algún poder. Mis padres decidieron criarme en una casa apartada de la civilización hasta que fuera lo suficientemente mayor como para poder controlar mis poderes. Desde que tengo uso de razón recuerdo estar practicando en ello. Esta circunstancia hizo todavía más difícil que Dani me criara. Afortunadamente, con seis años ya fui capaz de controlarlos y nadie sospecha nada. A parte de mí y de Dani, solo Pedro conoce mi secreto.
Miro al horizonte que se asoma entre las silvas mientras emprendemos la caminata y me pregunto, de nuevo, qué sería de mí si me descubrieran. Probablemente, debido a que soy tan buena guerrera, me utilizarían como rata de laboratorio o me matarían, considerándome una amenaza. Siento asco hacia el gobierno por tratarnos así. También aborrezco a la gente que le sigue el juego y ayuda a marginarnos más a los brujos. Sin embargo, también siento desprecio por mí cuando veo a alguien tratando mal a un brujo y yo no hago nada. ¡Cuánto me gustaría decirle unas cuantas palabras a quien se atreve a insultar o a reírse de la gente mágica! Pero no puedo. Me han educado desde pequeña a no llamar la atención al respecto. Y, aunque me muera ganas de incumplir esta orden, no puedo hacerlo por agradecimiento a Dani. Él ha luchado tanto por mí y por ocultar mi secreto que no puedo pagárselo haciendo que me descubran.
Sacudo la cabeza saliendo de mis pensamientos y vuelvo a fijar la vista en el camino y en todos sus obstáculos que ya me conozco de memoria y no me suponen ninguna dificultad. Comienzo a atender a la conversación de Dani y Pedro sobre el discurso y quiero hacerme partícipe.
—Dani, ¿tú sabes de qué irá esta vez el discurso de Conan? —Pregunto intentando adoptar un tono jovial.
—Acerca de eso te quería advertir algo, Mirs.
Mirs es mi diminutivo. Lo odio pero reconozco que Miranda es un nombre largo para pronunciar tan seguido. Afortunadamente solo me lo llaman los más allegados a mí y no son muchos ya que intento no inmiscuirme demasiado con la gente.
Noto una sombra en la voz de mi hermano y agarro los apuntes con fuerza involuntariamente. Los días en los que el presidente da sus discursos se cancelan las clases. Habitualmente concede sobre dos o tres discursos por año sobre asuntos relevantes para el gobierno como el anuncio de festejos, ceremonias, eventos; también sobre nuevas leyes y, en ocasiones, los más temidos: sobre guerras. Este año no ha dado ninguno todavía y ya estamos en otoño. Así que solo puedo preocuparme ante las palabras de mi hermano y levanto la vista de la tierra llena de piedras para girarme hacia los oscuros ojos de mi hermano.
—¿Qué ocurre? —Pregunto.
—Por ahora solamente he oído rumores —comienza él con cuidado, como si estuviese midiendo sus palabras. Yo me encrespo más porque mi hermano es tan importante que suele estar siempre enterado de todo. Que solo haya oído rumores es algo extraño —. Quiero que comiences a relajarte y a controlar tus poderes porque debes prometerme que, oigas lo que oigas, controlarás tus poderes.
Doy una seca cabezada como señal de asentimiento pero tengo la impresión de que una jarra de agua helada ha invadido mi cuerpo. Por suerte o no, llegamos ya a la ciudad, entonces no puedo hacer más preguntas ya que nos oirían.
Los tres emprendemos la marcha por las lúgubres calles de la capital del continente hacia la Gran Plaza. Lugar donde el presidente dará el discurso. Permanecemos serios y en silencio, tan sólo distraídos por amigos y admiradores de mi hermano. Intento despreocuparme observando el paisaje. Los edificios son tan grises y cochambrosos que aún me deprimo más. Intento restarle importancia a la situación, pensando que son sólo rumores. Aun así comienzo con mis técnicas de relajación y a intentar relegar mis poderes y sentimientos en lo más profundo de mi alma; donde no puedan aflorar al exterior.
Llegamos a la Gran Plaza en quince minutos. Ya está a rebosar de gente expectante, de todas las clases y de todos los aspectos y comentan entre murmullos de expectación qué será la notica que nos dará esta vez el presidente. Mi hermano se despide de Pedro y de mí para dirigirse al palco de autoridades. Mientras tanto, Pedro y yo nos encaminamos a los asientos principales que tenemos reservados en las primeras filas. Pedro se sienta ahí porque también es un guerrero importante y yo, por ser la hermana de Daniel, el mayor guerrero de Lanan.
A mí lado se sienta un joven soldado pelirrojo que me sonríe. Yo permanezco mirándolo fría para después girar la cabeza a Pedro, que se ríe, acostumbrado a mi actitud. Dudo si el soldado me sonríe porque verdaderamente le parezca agradable, lo cual dudo, o porque quiere acercarse a mi hermano. La mirada de Pedro me calma y fijo mi vista en la cicatriz que tiene en la mejilla derecha que se provocó en una batalla hace dos años. Dani también tiene varias cicatrices y no por ello gusta menos al continente. Las cicatrices están bien vistas en Lanan. Significan que has tenido una batalla difícil y has sobrevivido, a pesar de todo.
Resuenan de nuevo los tambores y mi hermano aparece en las pantallas de todo el continente. En cuanto se da cuenta, esboza la mejor de sus sonrisas y saluda acostumbrado ya a tanta admiración y el público estalla en aplausos y gritos de júbilo. No puedo evitar resoplar y Pedro ríe dándome un codazo mientras aplaude y silba divertido. Acabo soltando una risa nerviosa, después de todo.
El presidente Conan aparece en el palco y se sitúa en el estrado con mirada serena y decidida. Es un hombre de cincuenta años de cabello oscuro y piel oliva que emana autoridad con su presencia y sus palabras. Ni siquiera sé cómo llegó al poder; pero ya hace veinte años que es presidente. Según los libros de historia, en la antigüedad los presidentes eran elegidos por votación del pueblo. Ahora hay otros criterios que nadie parece preguntarse. Supongo que los gobernantes siguen siendo llamados presidente por hábito más que por otro motivo. Conocí a Conan hace un año en un evento del que mi hermano era protagonista. Recuerdo mirarlo con odio por permitir que vivamos en esta sociedad y él simplemente sonrió y bromeó diciendo que era una chica muy seria.
—Estimados ciudadanos —comienza su discurso el presidente con voz solemne. El silencio que provoca en el público es espeluznante. Semeja que se ha paralizado el mundo y pienso que así es—. La semana pasada ha sido avistado en la costa este de Lanan un barco de Hafix—. Todo el flujo de pensamientos que había en mi interior se paraliza para escuchar con toda mi atención el discurso del presidente—. Tras investigar, hemos descubierto que Hafix planea invadirnos. Lanan no sólo responderá sino que atacará antes que ellos. Por ello, todos los varones mayores de catorce años serán reclutados desde este mismo día. Y, por supuesto, todos los soldados mayores de diecisiete años; hombres o mujeres; serán llamados a filas también desde este momento. Lanan declara la guerra a Hafix y estamos seguros de que venceremos. Tras cien años volvemos a enfrentarnos y Lanan luchará hasta el final. ¡Gloria a Lanan!
Breve, claro y conciso; como todos sus discursos. Y, entre vítores y aplausos, se anuncia la mayor guerra desde hace cien años.


2
El mundo se detiene y el sonido de las palabras del general se convierte en tan sólo un susurro que es para mí como un eco lejano. Tenía razón Dani al pedirme que controlase mis poderes. Siento como las llamas de las antorchas que adornan el estrado tintinean en un vaivén poco habitual. Me obligo a controlarme y a concentrarme para que mi piroquenis, que es el poder de controlar el fuego, no vaya a más y no empeore todo aún más delatando que soy una bruja. Afortunadamente, todo el mundo debe estar tan absorto con la noticia que ni se ha dado cuenta.
Guerra, guerra, guerra…
Esa palabra resuena en mis pensamientos y, a pesar de que intento distraerme, no logro quitármela de la mente. Apenas consigo entender al general dando instrucciones tanto a los soldados como a los civiles. Clavo mi mirada en un estandarte situado en el estrado e intento dejar mi mente en blanco cuando un increíble peso se cierne en mis entrañas y me dan ganas de vomitar todo lo que he comido en el desayuno.
El general deja de hablar y noto la mano de Pedro sobre mi hombro mientras yo sigo con la mirada perdida. Me giro y veo su sonrisa. Pedro nunca deja de sonreír aunque esta vez es una sonrisa triste, compungida y alarmada.
—Vamos —me susurra.
Y alzo la mirada viendo como todos los presentes comienzan a abandonar la plaza entre murmullos. No reparo en cómo hablan sino que sigo a Pedro, quien me sostiene por el hombro, y emprendo el camino a su lado con la mente en blanco y en estado de shock. Adivino que me lleva junto a mi hermano y no me equivoco. Allí está Dani muy serio pero todavía sereno y me da un gran abrazo. Pedro se une y aguanto las ganas de llorar.
Quiero hablar y decir mil cosas pero de mis labios no salen las palabras y solo puedo apretar más fuerte ese abrazo. Finalmente, los tres nos separamos y Dani me dice:
—Ya lo has oído. Partiremos esta noche. Deberías ir a despedirte de tus amigos. Nos vemos por la tarde —quiero replicar porque mis ojos no quieren perder la visión de mi hermano y la de su mejor amigo—. Prometo estar pronto en casa —añade.
Asiento sin rechistar y me dirijo hasta la zona de la plaza donde estarán mis compañeros de colegio. Mi cerebro comienza a volver a funcionar y reparo en la gente que me rodea. A pesar de que la mayoría adoptan un tono serio y sobrio; cuchicheando, hablando serios y muchos, llorando; me lamenta ver a gente celebrando la noticia. Al fin y al cabo, nos han criado en una cultura de guerra y las guerras están bien vistas.
Fue mucho decir por parte de Dani que fuera a despedir a mis amigos. Creo que los amigos se cuentan con los dedos de la mano; en mi caso, con uno. Mi mejor amigo y, de hecho, la única persona que me atrevo a llamar amigo es Tom. Es un chico menudo y bajito de pelo negro y tez pálida que va conmigo en clase. Desde los ocho años decidí no entremezclarme mucho con la gente de mi edad, salvo lo necesario, pues como soy una bruja debía tener la guardia siempre alta para no ser descubierta. Así pues, siempre me he limitado a ir a clase para sacar las mejores notas y nada más. Pero Tom es distinto. Es un joven tímido y muy buena persona. Me aporta una increíble confianza y, aunque no le he contado mi secreto, estoy segura de que lo aceptaría y no lo contaría.
Tom, tan ajeno a la guerra y tan diferente a mí en fuerza que no sé cómo será capaz de apañárselas en una batalla. Problema más grave aún sabiendo lo que solo los militares saben: a los soldados sin preparación menores de 17 años; es decir, menores de edad; los envían a las batallas perdidas. Batallas en las que solo necesitan enviar a los menos válidos, los prescindibles, los innecesarios… como en las maniobras de distracción. Ellos, los menores de diecisiete, irán a una muerte segura. Así que sé que esta es la última vez que veré a Tom y a…. Él.
Él es Marc. También es compañero de clase y es mi amor platónico desde que tengo siete años. Es un chico alto, esbelto, de cabello castaño y ojos grises. Es muy guapo, siempre lo ha sido y casi todas las chicas del colegio se morirían por salir con él. No hablamos ni nos saludamos a pesar de que a veces me doy cuenta de que me mira. Pero no siempre ha sido así.
Llegué nueva al colegio de la capital con siete años y él fue la primera persona que conocí. Aún recuerdo su sonrisa divertida cuando le espeté bruscamente a la profesora Elis dónde podía sentarme y él se ofreció para ayudarme. Éramos grandes amigos. Ideábamos juegos propios y los poníamos en práctica en lugares secretos como los bosques o las cuevas de las cercanías. A veces él venía a mí casa o yo a la suya y veíamos películas. Recuerdo cómo se reía con los chistes malos y, sobre todo, recuerdo su bondad. Era el primero en ayudar a cualquiera que se cayese, se le olvidase algo o tuviera un accidente; siempre tenía buenas palabras que regalar a los compañeros; era el primero en defender a un niño de alguien que se burlara de él y siempre era muy educado. Quizás fue esa faceta suya la que hizo que me enamorara perdidamente de él. Hasta el día del incidente.
Aquel día estábamos jugando ante la chimenea de su casa. Podía permitirse tal lujo por ser hijo de un alto cargo del gobierno y su casa era muy lujosa en comparación con las de la mayoría de la población. Me acuerdo que se acercó a mí en el juego de una manera que, a mis por entonces nueve años, me puso muy nerviosa y perdí el control de mis poderes. Surgieron unas llamaradas de la chimenea que me quemaron la pierna derecha y, horrorizada a la vez que avergonzada por lo que acababa de ocurrir, salí corriendo de su casa. Desde entonces no hemos vuelto a hablar.
No quise volver a mirarlo a los ojos después del suceso ni quise volver a acercarme a él. Me había expuesto demasiado y no podía permitir que volviese a pasar. Él tampoco me volvió a dirigir la palabra. Me pregunto si aquel día averiguaría mi secreto y ese es el motivo de que no me hable. Sea como fuera, me comporté de manera demasiado extraña ese día y no lo culpo por que no quiera relacionarse conmigo nunca más. Sin embargo, a pesar de que he intentado enamorarme de otros chicos, no consigo quitármelo de la mente. Aún conservo la marca de la quemadura de aquel día en la pierna derecha. Por ello nunca uso faldas y siempre llevo pantalones.
Me acerco a la zona donde están mis compañeros de colegio y no puedo evitar que se me encoja en corazón en un puño. Cada estudiante está con sus familiares, despidiéndose. Algunos lloran ante lo que se les avecina, otros parecen alarmados y algunos, los que tienen preparación en lucha, fanfarronean. Pienso que son unos necios que no saben que irán a una muerte segura. No quiero desvelarles la terrible realidad de lo que se les viene encima. Mejor que vayan felices y animados, así disfrutarán mejor sus últimos momentos.
Cuando veo a Tom le doy un abrazo y él me cuenta lo asustado que está. Consuelo a su destrozada madre e intento darle consejos sobre el combate. Sé que no servirán de nada ya que él no tiene práctica, pero al menos servirán para tranquilizarlo tanto a él como a su familia.
—No creo que pueda serles útil —se lamenta. Y yo tengo una idea.
—Debes demostrarles que eres más útil fuera del campo de batalla que dentro de él —le espeto, mirándolo fijamente. Un ligero rayo de esperanza dentro de las tinieblas—. Eres uno de los más inteligentes de la clase y tienes muchos conocimientos de ciencia y medicina. Házselo saber a tu superior y así te harán ayudante de enfermeros.
—¿Tú crees? —pregunta él, mordiéndose un labio.
“Te lo garantizo”, pienso. Porque se lo diré a mi hermano y él lo logrará. Pero como  supuestamente no puede haber favoritismos en el ejército, simplemente añado.
—Inténtalo—. Y le sonrío.
Entonces lo siento y le veo. Los ojos grises de Marc me miran y le devuelvo la mirada. Solo que esta vez no la esquivo, como acostumbro. Nos quedamos mirándonos fijamente unos instantes y veo el miedo de su mirada. No entiendo porque me está mirando. Pero quiero observarle bien los últimos minutos que pueda. El momento es interrumpido por el padre de Marc, que se lo lleva y le dice algo al oído. Pues llega el momento que han de marcharse.
—Suerte, Tom —le digo a punto de llorar—. Saldrás con vida de esta —añado sin creerme nada de lo que digo. Pero tengo esperanza. Me quito una de mis pulseras y se la doy—. Toma, para que no te olvides de mí y de mis consejos cuando estés en la guerra. Me la regaló mi hermano, es un hombre fuerte, lo sabes. Espero que te transmita parte de su fuerza.
Nos damos un último abrazo y me dirijo corriendo a mi casa, esperando encontrarme pronto a mi hermano y a Pedro allí. Vivo en la calle más importante de la capital y en una de las mejores casas que se pueden encontrar por allí, debido a relevancia de mi hermano. Es blanca, de dos plantas y columnas griegas con un amplio jardín que la bordea. Como todas las casas de los guerreros, tiene una bandera del continente y en el jardín destaca una fuente de cenicienta piedra que a veces considero un derroche.
Entro y veo a mi hermano en el salón con Pedro. Hablan muy serios y es muy raro ver a Pedro serio. La televisión está puesta pero no le hacen caso. En cuanto me ven se levantan del sofá negro.
—Mirs, no tengo mucho tiempo. Esta guerra es la grande y tengo que acudir al palacio…
No dejo terminar de hablar a mi hermano porque cojo un jarrón del mueble caoba del recibidor y lo estampo contra la pared. Tanto Pedro como Dani se quedan callados y me miran alarmados.
—¿Me estás diciendo que puede que sea la última vez de mi vida que te vea y tú no quieres pasar este tiempo conmigo?
—Mirs… —comienza Dani con cautela. Cojo un cuadro y también lo lanzo contra una pared haciendo que quiebre su cristal—. Mirs, me despediré de ti en el puerto. Haré que te permitan vernos partir y ese rato lo pasaré contigo.
Miro a mi hermano con la respiración entrecortada pero sus palabras han hecho mella en mí así que mi furia mengua y dejo de tirar cosas. No obstante, estoy tan enfadada con la situación que, aunque sé que puede que sean unos de los últimos momentos que pase con mi hermano no puedo evitar estar furiosa y pagarla con mi él. Aunque sé que me arrepentiré de ello.
—¡No vayas! —grito histérica—. Ya eres el mejor soldado del continente. ¡No necesitas más méritos! —Dani abre la boca para replicar, pero yo no le dejo—. Ya sé que te pueden condenar por desertor pero los tres somos hábiles. Podíamos huír.
—Esta vez es distinto Mirs, te prometo que sobreviviré —tercia con voz queda.
—Todos dicen lo mismo. ¡Pero esta es la mayor guerra en cien años! ¿Cómo voy a confiar en que tanto tú como Pedro saldréis con vida?
—Por eso mismo, Mirs. Porque es la mayor guerra en cien años y todo lo que has dicho es cierto —añade, decaído. Y es raro verlo así, parece vencido. Yo no sé lo que quiere decir y lo miro, apremiante—. Muy poca gente sobrevivirá a esta guerra. Ni siquiera puedo conjeturar que bando será el vencedor, ya que no se sabe nada sobre Hafix. Solo sé que en esta guerra no tengo que demostrar nada, pues por mucho que haga no decidirá ninguna batalla. Lucharé para sobrevivir y no sobresalir, te lo prometo. No me buscaré grandes objetivos ni me arriesgaré si puedo evitarlo. Creo que tú eres más importante que mi reputación y quiero volver, a buscarte.
Entonces me derrumbo, y aunque intento con todas mis fuerzas no llorar, una lágrima resbala en mi mejilla. Dani me abraza más fuerte que nunca y me da un beso en la mejilla.
—No quiero que te mueras, no quiero perderte —digo con una voz tan infantil que me sorprende.
—Pedro se quedará contigo esta tarde y te llevará al puerto al anochecer —responde sin soltarme y yo asiento.

La tarde me resulta dura y no sé si estoy flotando por culpa del torbellino de emociones que hay en mi interior o si estoy viviendo tan vívidamente la realidad que estoy aterrorizada. Pedro se mantiene firme y recupera su sonrisa. Me cuenta el plan de Dani para mí. A partir de los catorce años el gobierno de Lanan permite vivir sin tutor a la gente. Me quedaré en casa con la compañía de Katerina, la mujer que viene a hacer las tareas domésticas de casa. En estos momentos no está, puesto que uno de sus hijos también partirá a la guerra y lo debe estar despidiendo como es debido. Tendré que seguir asistiendo a clase con normalidad, como todos los alumnos que nos quedemos en Lanan y deberé seguir entrenando por mi cuenta. En caso de que ellos no volviesen ingresaría en una academia militar. No quiero ni pensar en esa alternativa porque perderlos duele demasiado.
Dan las seis y el rojizo sol comienza a declinar. Decido que este año no veré las pantallas de guerra. Lanan pone pantallas en todo el continente donde se televisan los combates de la guerra. Solo los he visto dos veces y fue una experiencia que no recomendaría a nadie. No soporto ver a mi hermano matando y luchando por su vida de la manera en que lo hace; perdiendo su humanidad y su bondad para convertirse en el más fiero y despiadado de los guerreros. No obstante, aunque no los vea sabré que es él el que está luchando por los bramidos y vítores de la multitud que observa las pantallas en las calles. Sufrí en su último combate porque por las reacciones de la gente podía adivinar lo que estaba pasando. Con cada silbido me daba un vuelco el corazón y con cada grito de júbilo sonreía inevitablemente.
El puerto está a rebosar de soldados uniformados y centenares de barcos inmensos están amarrados en la costa, listos para zarpar. Pedro me lleva hasta la zona ocupada por los altos cargos del gobierno que acuden para despedirlos pero los dejamos atrás para dirigirnos a la caseta donde están mi hermano y los oficiales de mayor rango. Pero algo me detiene.
—Miranda, se te ha caído esto.
Mi corazón da un vuelco y me doy la espalda. Marc está ahí, con su padre que es un alto cargo. Se acerca a mí, tembloroso, sujetando algo. Me pregunto qué se me habrá caído ya que no noto ausencia de nada. Cuando Marc me enseña lo que hay en sus manos no puedo creer lo que veo.
Se trata de una muñeca de trapo que fabriqué yo misma de pequeña y se la regalé a él con siete años, cuando lo conocí. ¿Qué hace Marc con ella en estos momentos? Presa de la sorpresa me dirijo a hacer algo que no hacía desde hacía años: hablar con él.

  3
—Sí, es mío —digo, siguiéndole el juego—. Y creo que se le ha caído un botón.
Me dirijo rápidamente a él y le agarro por el brazo bruscamente para llevarlo a un sitio apartado donde nadie pueda oírnos. Veo una caseta pero está cerrada con llave así que llevo a Marc a su parte trasera. Desde allí aún se puede ver el mar y escuchar el rumor de las olas y de la multitud. Pero decido que es lo suficientemente privado.
—¿Qué pretendes? ¿Estás jugando conmigo? —le espeto con dureza mirándolo fijamente a sus ojos grises. Él parece asustado, pero dudo que se trate de mí. Me mira respirando agitadamente y dubitativo.
—¿Jugando contigo? —repite y suspira—. Miranda, ¿por qué me odias?
Lo miro sin comprender y no digo nada.
—Antes éramos tan amigos… Eras la mejor amiga que he tenido nunca—, comienza a decir agachando la mirada—. Entiendo que aquel día te fallé. Debí haberte ayudado con el fuego y no quedarme simplemente mirando. También debí haber corrido detrás de ti cuando te marchaste herida y enfadada. Pero… ¡Tenía nueve años! —exclama fijando sus ojos en los míos—. No sabía lo que hacer… estaba asustado —. Hace una pausa y yo sigo incapaz de articular palabra, incrédula—. He pensado cientos de veces en pedirte disculpas pero tú desde entonces me mirabas con desprecio. Y aun encima tu hermano se hizo famoso y te aislaste, como si te consideraras superior a todos los demás. Nunca di reunido el valor suficiente de pedirte disculpas.
Trago saliva y agacho la mirada, procesando todo lo que me está diciendo.
—No te odio —murmullo con un hilo de voz, abrumada—. Ni siquiera sabía que significaba tanto para ti. De hecho, era yo la que pensaba que me odiabas.
—¿Qué? —Pregunta, frunciendo el ceño y negando con la cabeza—. ¿Por qué te crees que he decidido llevarme la muñeca que me regalaste el día que me caí y me hice la brecha en la rodilla? Me acuerdo que quisiste consolarme con ella… —. Una sonrisa se esboza en su rostro—. Porque quiero llevarme un recuerdo sobre ti.
—¿Te acuerdas de eso? —Pregunto impresionada.
—De eso y más. Como que amas el chocolate blanco y el negro te hace fruncir la nariz; que siempre levantas la mano izquierda en clase, porque con la derecha apuntas a la vez que preguntas; de tu mirada, siempre dura y seca pero firme y alzada…—Sigue enumerando hechos sobre mí que me sorprende que se haya fijado en ellos y más aún, que se acuerde. Y, con su mirada y sus gestos, sé que lo que dice es cierto.
—Nunca te he odiado—. Lo corto, sobrecogida—. Si todo cambió aquel día es porque pensé que habías descubierto mi horrible secreto—. Respiro profundamente y pienso que en la situación en la que estoy, con Marc sincerándose y a punto de morir, no tiene sentido seguir ocultando la verdad—. ¡Soy una apestosa bruja!
Marc me mira impresionado unos instantes y abre más sus ojos grises. Permanezco mirándole, nerviosa pero desafiante. Estoy expectante de cuál va a ser su reacción.
—Siempre te he querido Mirs mirs. Eso no cambia nada.
Mirs mirs, el nombre que me puso cuando éramos pequeños. Al oírlo me doy cuenta de que a él no le importa mi secreto. Más aún, que lo que ha pasado los últimos años no ha cambiado nada y que volvemos a ser los de antes. Pero es mejor todavía porque ahora sé que él también me quiere.
Olvido unos segundos la situación que se nos avecina y lo beso. Siento sus labios cálidos y, aunque no es el primer beso de mi vida, sí es el primero que le doy a Marc. Y puede que también el último. Parece que ambos nos damos cuenta pues no nos separamos y nos apretamos en un abrazo muy fuerte.
—Yo también te quiero. Desde el primer día en que te vi. Siempre ha sido así —susurro cuando separamos nuestros labios pero continuamos abrazados.
—¿Por qué hemos esperado tanto? —se lamenta Marc.
—No pienses en eso —digo acariciándole el rostro y una lágrima resbala de mi mirada. Él me la seca con el dedo de forma tierna—. Piensa en que no nos hemos despedido sin saberlo y, cuando vuelvas, estaré aquí.
El niega con la cabeza.
—Sabes como yo de sobra a dónde nos envían a los menores de diecisiete años—. Espeta con una sonrisa amarga. Yo no sé qué decir porque sé que tiene razón. Y no me extraña que él también lo sepa porque su padre es un alto cargo del gobierno y probablemente se lo haya comentado en alguna ocasión, quizás para disuadirlo de que se alistara voluntariamente—. Estoy muerto de miedo. Sobre todo ahora que sé que te perderé de verdad.
Lo vuelvo a abrazar con todas mis fuerzas. Durante la siguiente media hora aprovechamos el poco tiempo que nos queda. Nos ponemos al día de nuestros sentimientos, de nuestras vivencias, de los cambios que no nos hemos podido contar. Y nos besamos y damos cariño como siempre quisimos hacer. No puedo evitar pensar en lo estúpida que he sido y del tiempo que he perdido ignorándolo. Finalmente, el rojizo sol del crepúsculo está a punto de ponerse y se oyen los tambores que anuncian la partida. Me siento aterrada, no quiero dejarle marchar.
—Quédate la muñeca —digo aguantando el llanto—. Que te recuerde que siempre te he querido y que nada lo cambiará.
Me da un beso para luego quitarse su colgante. Lo conozco de sobra. Lo lleva siempre en el cuello desde pequeño. Es una luna de plata.
—Y tú quédate con esto, Mirs. Nunca te he contado qué significa, ¿verdad?
Lo agarro y me lo pongo con cuidado, mientras niego esbozando una sonrisa que no es de felicidad sino de amor.
—La luna siempre está ahí, aunque no la veamos. Cuando nosotros no la vemos la está viendo gente del otro lado del mundo y, al acabar el día, vuelve; porque siempre ha estado ahí. Lo mismo que yo, que aunque no esté a tu lado, estaré en el otro lado del mundo, siempre para ti.
No puedo evitar estallar del torbellino de emociones que recorren mi cuerpo y sucumbo al llanto. Marc me estrecha con fuerza contra su cuerpo, mientras me llena de besos. De pronto, oigo la voz de mi hermano a mis espaldas. Y, tras un último intenso beso, nos despedimos.
Sigo llorando pero intentando calmarme, y esta vez es Dani quien me abraza y me susurra suavemente que me calme, acariciándome el cabello como a una niña pequeña y recordándome a mi infancia. Siempre hacía lo mismo cada vez que tenía una pesadilla sobre la muerte de nuestros padres.
—¿Cuánto tiempo llevas escuchando? —Digo, entrecortada por mis sollozos.
—Lo suficiente —responde y añade susurrando a mi oído—. Lo protegeré, haré que vuelva sano y salvo para ti, si puedo.
Dejo de llorar y lo miro con ojos muy abiertos, sintiendo renovadas esperanzas.
—Pero no puedes. Siempre has dicho que los chicos no deberían acercarse a mí por conveniencia ya que te tú nunca harías nada por ellos.
—No es solo un chico, Mirs, y lo sabes… has encontrado a un gran hombre.
Siento una oleada de agradecimiento y afecto hacia mi hermano y lo lleno de besos. Él se ríe, recuperando su risa fanfarrona pero con un deje de tristeza.
—¿Podrías ayudar también a Tom? No duraría ni un minuto en un combate. Le he sugerido que sea ayudante de enfermeros.
—Lo intentaré, te lo prometo —dice él firme.
—Lo intentarás —repito débilmente. Sé el significado de sus palabras y la desesperanza vuelve a oprimir mis entrañas. Lo intentará y hará todo lo que pueda. Pero primero debe mantenerse a él con vida. Y, aun así, lo tendrá muy difícil.
Los barcos de los soldados de menor rango zarpan y oigo los vítores con los que son despedidos desde el puerto y la ciudad entera. Permanezco observando la escena abrazada  a mi hermano, que zarpará una hora después, con el resto de guerreros renombrados. Durante ese tiempo charlamos e intentamos hacer el momento agradable. No más llantos, no más quejas. Solo que denoto de sus palabras que se está despidiendo. No tengo fuerzas para reprocharle que no lo haga, que vuelva con vida y que proteja a Pedro, a Marc y a Tom. A medida que pasan los minutos la charla se vuelve más forzada y se nos acaban los temas de conversación pues se acerca el momento inevitable. Los últimos barcos con soldados acaban de zarpar y llega el turno del “Raudo”, el navío más importante de Lanan, el navío de los mejores guerreros. Me da asco pensar que el presidente y la mayoría de los más poderosos del gobierno se quedarán aquí, sin partir a la guerra, haciendo que los soldados decidan la guerra que ellos han inventado. Del gobierno, sólo zarpan hacia Hafix el ministro de combate, el ministro de estrategia y el ministro de batalla. Pues sí, tenemos tres ministerios encargados de la guerra. Al fin y al cabo, vivimos en una cultura en la que la guerra es importante y está bien vista.
—Ten —me dice mi hermano cuando los últimos rayos de sol se esconden en el horizonte. Me entrega su más preciado anillo que, aunque esté colmado de riquezas, es el más preciado porque era de nuestro padre. Es de oro blanco y era su antigua alianza. Yo me quedé con la de nuestra madre y Dani con el de nuestro padre. En el interior tiene escritos sus nombres: María y Bruno—. Por si no vuelvo, quiero que lo tengas tú.
En ese preciso momento se despide de mí y yo me aferro a él en un fuerte abrazo y susurro frenéticamente:
—Vive, haz lo que sea, pero vive y tráemelos a todos.
Él me mira como si no me conociese. Lo cierto es que yo tampoco me reconozco. Antes solía decirle a mi hermano que no luchase, que no matase, que dejara las armas… Ahora me sorprendo pensando lo contrario, no me importa lo que haga con tal de que vuelva y consiga proteger a Marc, Pedro y Tom.
Pedro llega hasta nosotros y también me despido con emoción de él. Aunque hemos tenido toda la tarde para despedirnos no desperdicio el momento de dedicarle otro abrazo. Él también me hace un regalo: una pulsera de cuero que ha hecho él mismo. Me la pongo con cariño y me inunda la gratitud. Pedro es de familia humilde y sólo como guerrero ha conseguido llevar comida a su familia, que vive lejos de la capital.
Permanezco inmóvil, observando como suben al navío. El “Raudo” es el más grande de todos y está decorado por estandartes escarlata con incrustaciones de oro. No evito pensar que es un derroche, con eso se podría mantener a decenas de familias.
 La ruta más aconsejable para llegar a Hafix es por el mar. Para ello, la capital de Lanan es la mejor situada. Hay otra ruta, pero nadie parece querer recordarla y a nadie le gusta nombrarla.
“La tierra maldita”, “El otro continente”, “El sendero de la muerte”. Son algunos de los nombres con los que la gente conoce la ruta alternativa. Aunque tiene un nombre: Daos. Es como un ancho pero corto país situado en el único trozo de tierra que puede unir a los continentes de Lanan y Hafix. Pero tras la guerra ambos continentes firmaron el un tratado en el que conseguir que aquella tierra no fuera concurrida por ningún habitante de ninguno de los dos continentes. Las historias cuentan que nadie puede salir de allí con vida. Y, lo cierto, es que es muy difícil. Dani me ha contado como verdaderamente es. Es una tierra donde los brujos pierden sus poderes, así pues, inhabitable para ellos; pero a la vez una tierra llena de peligros mágicos, así que también inhabitable para los no brujos. Si bien no es imposible atravesarla, es muy improbable salir de allí con vida o en suficientes buenas condiciones como para que los miembros del continente contrario no te maten. Se habla de miles de peligros que allí se encuentran. Muchos fueron consecuencia del derroche de armas tanto mágicas como no mágicas de la guerra de hace cien años. Pero otros tantos fueron impuestos tras la misma para que nadie quisiera atravesarla.
A pesar de que la mayoría de la gente cree que Daos es un lugar donde encontrar una muerte segura, Dani me ha revelado que hay gente que vive allí. Se trata de los desterrados y los delincuentes que huyen de la ley. Es muy fácil ser localizado dentro del continente, por eso se ven obligados a refugiarse en Daos.
El bullicio de la muchedumbre aplaudiendo y emitiendo vítores me hace salir de mis pensamientos. El ruido de las exclamaciones me molesta. No sólo porque no lo considero un momento de celebración, sino porque necesito estar tranquila y sola. Así que busco un lugar para mí, donde nadie pueda encontrarme ni hablarme, ya que ahora me siento como un ser inerte capaz de reaccionar ante nada. Tras alejarme unos metros del puerto, encuentro unas rocas solitarias, a las que no me es difícil llegar debido a las enseñanzas de mi hermano que me permiten moverme como el mejor de los guerreros, es decir, como Dani mismo.
Me siento y arrebujo abrazándome a mis rodillas y observo como los barcos se van alejando y se pierden en la oscuridad de la temprana noche. Miro el agua del mar que casi roza mis pies y la toco con los dedos. Pienso que, en estos momentos, es el único elemento físico que me une a mis seres queridos: a los ojos ámbar de Tom, a la sonrisa de Pedro, a los brazos de Dani que siempre me han cuidado y a los labios de Marc.
Ese pensamiento duele y me hace desviar la vista hacia la luna, que aún no está llena pero reluce con fuerza bañando el océano con rayos de plata. Esa visión causa que, instintivamente, agarre el colgante con forma de luna que ahora cuelga de mi cuello: el regalo de Marc. Y, en estos instantes, me doy cuenta de que Marc también está mirando la luna en este momento. Algo me dice que de veras lo está haciendo y que está pensando en mí, como yo estoy pensando en él.
Entonces siento lo sola que estoy y el miedo que tengo. Ahora se hace tangible. Ya es una realidad. No temo ni al dolor ni a la muerte y nunca he tenido miedo de cosas triviales como los insectos o la oscuridad. Solo tengo miedo a una cosa: la pérdida. Quizás porque la viví siendo muy pequeña cuando murieron mis padres.
El miedo a la pérdida aflora en mí y se hace tan intenso que tengo ganas de gritar, patalear y llorar hasta quedar sin energías. Pero en lugar de eso me quedo inmóvil, tiesa como una piedra, observando el océano. Me siento como en un abismo del que estoy a punto de caer. Lo que me mantenía y me hacía sentir viva se ha ido y ahora siento que estoy a punto de precipitarme sin brazos que me socorran.
No reparo en quien pueda salir vencedor o no de esta guerra ya que eso no me importa. Puede ser que viviera mejor si ganaran los brujos, al fin y al cabo, yo también soy bruja. Intento imaginar cómo será mi vida a partir de ahora y me doy cuenta de que ya nada será igual y lo único que podré hacer será sobrevivir. Ese pensamiento me hace sentir débil y me recuerdo a mí misma que yo no soy débil, que soy una de las mejores guerreras que existen y he conseguido que nadie descubriera que soy una bruja, lo cual es también un gran logro en este continente. Solo que yo lo que realmente quiero es ir a la guerra con ellos y estar a su lado, tanto si puedo protegerlos como si no; porque la muerte y la guerra no medan miedo si yo estoy en ella.
Entonces, tengo una idea.
Partir tras ellos. Ese pensamiento me enciende y hace que mi cabeza vuelva a funcionar. Sé que ya no quedan barcos a los que subir para llegar a Hafix. Pero hay otra ruta, aquella que nadie quiere nombrar.
Algo me dice que puedo conseguirlo. A pesar de que tenga quince años, no sólo soy una de las mejores guerreras de Lanan, al fin y al cabo he vencido hasta a mi hermano, sino que también soy bruja. Además saco las mejores notas de mi clase y estoy sobrada en experiencia sobre supervivencia que me han enseñado tanto Dani como mis padres y Pedro.
Si los criminales pueden vivir allí, ¿por qué yo no? Ellos no pueden escapar de la Tierra Maldita porque serían descubiertos y ejecutados. Yo sí puedo salir: soy bruja y en Hafix me recibirán como a una de ellos. El modo de llegar a la guerra ya lo encontraré al llegar a Hafix.
Me levanto de un salto y corro hacia mi casa con energías renovadas y una única idea en la mente: atravesaré Daos y llegaré hasta mis seres queridos.
Daos, la tierra a la que sólo los desesperados quieren llegar. Pues bien, yo estoy aún más desesperada que ellos.




lunes, 11 de septiembre de 2017

En el agua

En las pálidas olas he visto las risas de los envidiosos,
Sus calumnias, sus crueles palabras en lunes azulados.
En lagunas de plata he visto las injusticias del mundo,
Gigantes pisando derechos. Templados martes soleados.
En la cascada torrencial he visto la ignorancia de quien
No quiere creer ni saber. Tétricos miércoles añorados.
En el oasis del desierto he visto la pobreza y el hambre
Encubierta de verdes imaginados y jueves anhelados.
En el hielo he visto derretirse las luchas de quien
No defiende en aquello que cree. Viernes esperados.
En la niebla he visto ahogarse los pensamientos
Que tantos han callado por miedo. Queridos sábados
Y el domingo he visto su mirada.
Reflejada en su mirada vi como el mar recibía al fuego.
Reflejada en sus palabras vi como florecían mil sueños.
Reflejada en su voz vi una ciega, sorda y muda pasión.
Reflejada en una ilusión vi ir y volver a mi corazón.
En sus ojos he visto los cuatro elementos y estaciones.
Los siete días de la semana y los siete pecados capitales.

sábado, 26 de agosto de 2017

Fría, dura e independiete

Ahí va otro de mis poemas incluídos en el libro "Verbas do Corazón". Lo incluyo tanto en castellano como en gallego.

Eres como una mañana de invierno
Con el sol acariciando a la nieve, tierno.
Rayos dorados y calientes y relucientes
Que derriten el frío hielo cuando aparecen.

Pero no pretendas de todo cambiarme.
Pero no quieras que renuncie a mí al enamorarme.
Porque son mármol, zafiro, diamante, granito.
Porque soy dura granizo abrazando a los cultivos.

Eres como el aventurero que encontró la isla solitaria.
Isla del tesoro, remota, apartada, hermosa, agachada.
Contra la tormenta y tempestad hizo suya.
Conquistó su corazón y riqueza. Testigo: la luna.

Pero no pretendas que renuncie mi independencia.
Pero no quieras que abandone a mi conciencia.
Porque soy como el águila que sobrevuela los cielos libre.
Porque soy como la primeriza rosa que en primavera florece.

Quiéreme dura, fuerte, fría, independiente.
Trátame bien, cual aroma de la rosa, y serás mi rey.
Trátame mal, cual espina de la rosa, y huiré.
Y seré más dura, más fuerte, más fría e independiente.

..........................................................................................



Eres coma unha mañá de inverno
Co sol agarimando á neve, tenro.
Raios dourados e quentes e refulxentes
Que derriten o frío xeo cando aparecen.

Pero non pretendas de todo cambiarme.
Pero non queiras que renuncie a min ao namorarme.
Porque son mármore, zafiro, diamante, granito.
Porque son dura saraiba abrazando aos cultivos.

Eres coma o aventureiro que atopou a illa solitaria.
Illa do tesouro, remota, apartada, fermosa, agachada.
Contra a tormenta e tempestade fixo súa.
Conquistou o seu corazón e riqueza. Testigo: a lúa.

Pero non pretendas que renuncie a miña independencia.
Pero non queiras que abandone á miña conciencia.
Porque son coma a aguía que sobrevoa os ceos ceibe.
Porque son coma a primeriza rosa que en primaveira florece.

Quéreme dura, forte, fría, independente.
Trátame ben, cal aroma da rosa, e serás o meu rei.
Trátame mal, cal espiña da rosa, e fuxirei.

E seréis máis dura, máis forte, máis fría e independente.


viernes, 11 de agosto de 2017

Princesa y Bruja

Os invito a que os descarguéis mi novela juvenil en formato e-book "Princesa y Bruja". Decir que es mi primera novela, la comencé a escribir con quince años. El resultado fue un bicho de muchísimas páginas que no es fácil de publicar hoy en día si no es por internet, sobre todo siendo yo autora novel. Es una novela de fantasía, aventuras e intriga y espero que la disfrutéis. Muchas gracias por todas las descargas!! Quedan pocas para las 400!!

https://espanol.free-ebooks.net/ebook/Princesa-y-Bruja

lunes, 8 de mayo de 2017

E-book "Verbas Galegas" disponible gratis en lulu.

Ya disponible mi e-book de poemas en gallego: "Verbas Galegas". Os animo a descargarlo gratis en este enlace: http://www.lulu.com/content/e-book/verbas-galegas/20898327

Feliz semana a todos!!

miércoles, 3 de mayo de 2017

Romance aos soños/ Romance a los sueños




Ahí va otro poema registrado:

Soñando el hombre en esencia vive.
¿Acaso la inocente niña o el
Valiente sus ilusiones eligen?
Sueños de amor, de dinero, salud.
Sueños de justicia y metas que se consiguen.
Sueños de libertad. Sueños.
Sueños que, al vencernos el sueño, existen,
Vívidos de fantasía y deseos.
Sueños que, al vencernos el sueño, persisten;
Tenaces, palpables, fuertes.
Sueños ardientes, apasionados, felices.
Sueños que crean ilusiones con matices.
Ilusiones que inspiran objetivos reales.
Objetivos que derivan en sueños posibles.
Cual estrella polar en el firmamento que guía
A los intrépidos por parajes visibles.
Margarita que florece en primavera
En invierno se habían helado sus raíces.
Hojas perennes de los verdes pinos
Que en otoño fueron impasibles.
Sol radiante que gobierna
Los cielos de verano, hasta los más grises.
Los cultiva y los riega cada día
Con esperanzas fieras de los tigres.
Que no mueran por envidias,
No, que sean fuertes como fusiles.
No dudes, no temas, no flojees,
Pues son oro... ¡son rubíes!
Que sean reales o descabellados
Y cada jornada, sin envite
Un paso más para lograrlos,
Y que vuelen más alto que un águila.
Que lleguen lejos, al Caribe.
Pregunta el hada madrina:
Niña, ¿por qué no te vistes?
Vístete y levántate para
el Mundo comerte y ser libre
Para no lamentarlo al acabar el viaje.
De sueños muertos, lamentos hay miles.
-----------------------------------------------------------------------------------------
Soñando o home en esencia vive.

¿Acaso a inocente nena ou

o Valente as súas ilusións elixen?

Soños de amor, de cartos, saúde.

Soños de xustiza e metas que se consiguen.

Soños de liberdade. Soños.

Soños que, ao vencernos o sono, existen,

Vívidos de fantasía e desexos.

Soños que, ao vencer nos ao sono, persisten;

Tenaces, palpables, fortes.

Soños ardentes, apaixonados, felices.

Soños que crean ilusións con matices.

Ilusións que inspiran obxectivos reais.

Obxectivos que derivan en soños posibles.

Cal estrela polar no firmamento que guía

Aos intrépidos por paraxes visibles.

Margarida que florece en primaveira,

No inverno xeáranse as súas raíces.

Follas perennes dos verdes piños

Que en outono foron impasibles.

Sol radiante que goberna

Os ceos de verán, ata os máis grises.

Cultívaos e régaos cada día

Con esperanzas feras dos tigres.

Que non morran por envidias,

Non, que sexan fortes coma fusiles.

Non dubides, non temas, non floxees,

Pois son ouro… ¡son rubíes!

Que sexan reais ou descabelados

E cada xornada, sen envite

Un paso máis para logralos,

E que voen máis alto ca un aguía.

Que cheguen lonxe, ao Caribe.

Pregunta a fada madriña:

Nena, ¿por qué non te vistes?

Vístete e érguete para o

Mundo comerte e ser libre

Para non lamentalo o acabala viaxe.

De soños mortos, lamentos hai miles.

sábado, 4 de marzo de 2017

La maniquí/ A maniquí

Un nuevo poema registrado tanto en castellano como en gallego. Espero que os guste ;)

Maniquí de ojos oscuros
¿por qué lloras sin lágrimas
Como cientos de penas y lástimas?
Ojos que no ven, inmutos.
Eres hermosa, eres esbelta.
¡Tantas muchachas con envidia envenenan!

La maniquí no come ni bebe
Ni duerme ni se mueve ni siente.
A lo mejor, sentimientos afloran breves.
Está prohibido, la maniquí no debe.
Quebrando las reglas, su corazón
De plástico explota, explota la razón.

Reina inmóvil de la belleza.
A nadie le sienta mejor una prenda.
Cumpliendo suda labor está contenta.
Siempre erguida, siempre a la espera
A que se fijen en ella unos ojos vivos.
Mas rápido caerá en el olvido.
Cumpliendo, ¿cuántos años lleva?

Quizás sueña con mover las piernas
Y bailar por la playa en el ocaso,
Con las ondas rozando sus pies pálidos
Y caminar descalza sobre la hierba.
Quizás sueña con tener alas
Y sobrevolar los cielos del verano.

¡Pobre maniquí de tez pálida!
Como margarita de la primavera,
Que se ve despojada de los pétalos, dolida.
Que está presa, que está atrapada
Como el árbol de hoja caduca
Que pierde las hojas al compás de la luna.

Vive la maniquí un sinvivir.
Por la pasarela del escaparate hace posado.
Ser mirado e ignorado.
¿Acaso le tienen que decir
Que aunque de las miradas es blanco
Es por sus ropas, no por su tocado?

Asoma uno lamento, con el fin de sus días.
No vivió, no sintió, no pensó.
Otra su lugar tomó.
Se fió del que otros le prometían.
Tratando siempre de agradar a los demás.
No hay vuelta atrás. Jamás.

.............................

Maniquí de ollos escuros

¿por qué choras sen bágoas

Coma centos de penas e mágoas?

Ollos que non ven, inmutos.

Eres fermosa, eres esbelta.

¡Tantas raparigas te envexan!



A maniquí non come nin bebe

Nin durme nin se move nin sinte.

Se cadra, sentimentos afloran nese intre.

Está prohibido, a maniquí non debe.

Quebrando as regras, o seu corazón

De plástico explota, explota a razón.



Raíña inmóvil da beleza.

A ninguén lle senta mellor unha prenda.

Cumprindo súa labor está contenta.

Sempre erguida, sempre á espera

A que se fixen en ela uns ollos vivos.

Mais rápido caerá no olvido.

Cumprindo, ¿cántos anos leva?



Quizáis soña con movelas pernas

E bailar pola praia no ocaso,

Coas ondas rozando os seus pes pálidos

E camiñar descalza sobre a herba.

Quizáis soña con ter ás

E sobrevoar os ceos do verán.



¡Pobre maniquí de tez pálida!

Coma margarida da primaveira,

Que se ve despoxada dos pétalos, dolida.

Que está presa, que está atrapada

Coma a árbore de folla caduca

Que perde as follas ao compás da lúa.



Vive a maniquí un sinvivir.

Pola pasarela do escaparate fai posado.

Ser mirado e ignorado.

¿Acaso lle teñen que dicir

Que aunque das miradas é branco

É polas súas roupas, non polo seu tocado?



Asoma un lamento, co fin dos seus días.

Non viviu, non sentiu, non pensou.

Outra o seu lugar tomou.

Fiouse do que outros lle prometían.

Tratando sempre de agradar aos demáis.

Non hai volta atrás. Xamáis.


miércoles, 1 de febrero de 2017

Nuevo poema registrado!


La música, tocando, se siente melancólica.

Agonizan, en el piano, sus melosas melodías

Por un placentero y dulce delirio en sus días,

Desmayándose en violines sus notas acórdicas.



La poesía, recitando, se siente taciturna.

Empalidece, empalagada de suspiros.

Enferma, entregada a ver zafiros,

Brillantes en la constelación nocturna.



La música está enamorada de un fantasma.

Palabras que siente y, luminosas, escucha lejos.

Que encienden su alma, de blanco, tal eco.

Que ve sin ver hasta que se cruzan sus miradas.



La poesía está enamorada de una sombra

Que dirige, pálida cual rayo, palabras sin rumbo

Y alcanzan pirueteando su corazón profundo.

Identificada por ella, intangible, la adora.



La música anhela enredarse

En los labios de la poesía.

La poesía desea, algún día

De la música un abrazo salvaje.



Tan lejos, tan cerca. Sol y luna.

Canciones de palabras más bellas.

Acordes que dan vida a las letras.

Logrando sintonía perfecta. Sin duda.


Despertando entre lirios. Efímero momento.

Inconsciente sueño recordando sueño que ama.

En los lindes de la vigilia, sus letras escribiendo.

Regateando la moral y rehusando la plata.



¡Ay, niña! Así es la música. Es espectro, es sueño.

Con acordes de sentimientos de la vida fantasma.

Así es la poesía. Alas ligeras sorteando truenos.

Persiguiendo suspiros por soleados cielos escarlatas.


lunes, 23 de enero de 2017

Nuevo poema!

¿Es cobardía no seguir tus sueños?
¿Es cobardía no ser fiel a un mismo?
¿No hablar, callar, el silencio elegir?
¿Es cobardía no buscar corazón sin dueño?
¿No replicar a las palabras del destino sin nuestros acentos?
¿No hacer lo que gusta para vivir?

¿Es valentía hacer lo que guste a los demás?
¿Es valentía escoger el camino por otros acordado?
¿Ser en toda rama del árbol del éxito el mejor?
¿Es valentía aplastar a nuestros hermanos sin más?
¿Resignarse, no levantarse, aceptar el dado?
¿La lucha individual, y no el bien mayor?

Gente de la noche


Fuegos artificiales. Aitor nunca entendió el porqué de tanta expectación. . Los dos amigos con los que había venido se encontraban en una atracción, cosa que no iba con Aitor. De hecho, parecía que esa verbena no iba con él. Sus lugares habituales eran los pubs, las discotecas e incluso los garitos pijos que se estaban poniendo tanto de moda en la ciudad.

Le quedaban un par de minutos que matar antes de que diera el momento de reencontrarse con sus colegas pero en lugar de en los fuegos que estaban atronando sus oídos, reparó en una joven de cabello moreno con volumen que, al igual que él, los ignoraba. Tenía el ceño de sus afilados rasgos fruncido con la vista fija en un libro. Decidió acercarse a ella, pues le parecía más fascinante que el espectáculo de luces del cielo nocturno. Esa mujer podría convertirse en una pieza más de su larga lista en el juego del amor.

—He leído ese libro.

—Voy por la cuarta página. Parece aburrido —contestó ella sin apenas alzar la vista de las líneas que estaba leyendo.

—Mejora —Aitor correspondió a su alarde de amabilidad con la mejor de sus sonrisas.

—¿Y es interesante?

—No tanto como tú.

Edurne alzó la vista de su libro, intrigada por aquel extraño que había llamado su atención. Sin reparo, paseando los ojos por toda su apariencia. Ella era del pueblo y había pasado un aburrido día de reunión con su familia en la fiesta, entre conversaciones de niños y bodas de la que no paraban de caerle indirectas. Harta, decidió que su familia se acercase sin ella al meollo de los fuegos y buscar un poco de tranquilidad leyendo, a pesar del alboroto festivo. Pensó que ese hombre llamado Aitor con maneras de caballero misterioso podría ser un error más de su currículum de exnovios y examantes.

Fue parca la conversación inicial pero Aitor recordó las palabras de su padre, ya encorvado por los años, de que algún día llegaría la mujer que le haría plantearse su vida tal y como la conocía.

Lo que surgió entre ellos en cuanto se dieron dos modestos besos en la mejilla era más grande que sus miedos o deseos. Unión, lazo, pasión… Tiene muchos nombres. Tras escasas palabras, Edurne cerró su libro y siguió cogiendo la áspera mano de Aitor y se sentaron en una terraza bohemia con muebles de mimbre marrón cercana a la orquesta de las fiestas. Nadie preguntaría por ellos. La familia de Edurne daría por sentado que se había ido al chalet familiar de las afueras del pueblo y los amigos de Aitor, darían por sentado lo que ocurría, ya que siempre ocurría: Aitor ya habría encontrado a alguna chica. Solo que esta chica no era como las demás para él, ni él era como los demás para ella.

Dedicaron la noche entera a conocerse. A Edurne la forma de actuar de Aitor le parecía un reflejo de ella misma. Un depredador. Seguro, erguido, zalamero e incluso inquietante. Pues bien, ella también era una depredadora. Así que decidió comenzar la actuación de la que rápido olvidaría el guion. Pensó que había llegado el hombre capaz de tocar el escudo de su corazón. Se fascinaban, se adoraban desde el primer segundo. Ambos eran personas de la fiesta y la noche.

Hay noches de borrachera que unen más que meses de amistad. Cosa que les ocurrió a ellos charlando en una terraza llena de alboroto y acompañada por pasodobles provenientes de la verbena. Bebían con la embriaguez suficiente para notarse por los aires pero lo justo para recordarlo todo al día siguiente. Su conversación se asemejaba a un juego de póker o a una partida de ajedrez, con jugadas y ases bajo la manga de la que, sin empatar, ambos salieron ganadores. El premio era el otro.

 Cuando el amanecer ya se acercaba se propusieron perfilar una vida juntos. Él seguiría dando clases de francés particulares mientras se abría camino en el mundo de la escritura. En cambio, ella intentaría buscar trabajo como física. Edurne, como mujer de números que era encontraba fascinante la pasión de Aitor por las letras.

—Una cosa que encuentro excitante de escribir es decidir más vidas que la mía— confesó Aitor en un halo de misterio.

—Te gusta jugar a ser dios.

—Creía que era a eso a lo que os dedicabais los físicos—. Edurne no respondió y se metió una aceituna en la boca para amortiguar el silencio. Hay silencios que hablan. Aitor puso su palma sobre la palma de ella—. Si fuéramos física, seríamos la ecuación con más elementos y más complicada de todas.

—Al fin y al cabo, el amor es sólo química. Y nuestra química es más explosiva que los fuegos artificiales —sentenció ella y apuró un trago de su cóctel.

Hay algo bello en contemplar la destrucción, como cuando la madera arde en la hoguera. Había llegado el ocaso de sus vidas tal y como la conocían para renacer como el fénix de sus cenizas o los árboles que pierden sus hojas para volver a recuperarlas tras el gélido invierno y la llegada de la primavera y comenzar otra nueva. Esa noche sus miradas color gris y color chocolate se encontraron y se dieron cuenta que estaban perdidos. Edurne pensó que ya no existía su pasado, pues nunca podría volver a él por mucho que lo desease a cambiarlo. Importaba el ahora. Pero él sí pensaba en un futuro en el que despertarse besando, con el sonido del despertador, esos finos labios. Ya no pertenecían a la noche, se pertenecían el uno al otro.

Quizás fue el destino o quizás debía ocurrir sin que la mano de la fortuna interviniese. Enterraron sus armas de la guerra de la noche de fiesta. Aitor, su gomina y su cartera con la que invitar a copas a sus posibles víctimas. Edurne, su pintalabios carmín y sus tacones de aguja, la mayoría de las veces color negro. Él quiso dejar atrás las noches en que tanto rubias, como morenas, pelirrojas subían a su segundo piso sin ascensor, armando ruido con sus pisadas ebrias por las escaleras. Ella, renunció a sus despertares en pisos de hombres desconocidos en un amanecer con cierto olor a hábitat extraño y cigarrillos consumiéndose en un cenicero al lado de una cama que no conocía para luego desaparecer en un halo de misterio despidiéndose de un pretendiente que nunca más volvería a ver. Rostros que no recuerdan, teléfonos borrados de la sim de su teléfono móvil. Almas por y para la fiesta. Atrás dejaron los remordimientos de haberse pasado tras una noche loca. Atrás quedan las bebidas sin control. Dos almas perdidas que se encuentran. Ella fría como un iceberg, él caliente como el sol. Hielo y llamas que se juntan. Ángeles caídos que se encuentran y deciden ascender juntos al cielo como salvación.

Así empezó su amor. Gente de la noche, olvidaos de ellos.

domingo, 15 de enero de 2017

Los sueños ajenos

Ahí va otro de mis relatos:
Beltrán leyó la carta con gran consternación. ¿Por qué el afamado burgués Antonio Ramírez querría verlo?

Beltrán se encontraba en un barco cargado de otros delincuentes como él. Se había ganado el pasaje tras haber robado una raída camiseta en un mercadillo. No sentía remordimientos. La vida lo había acostumbrado a aquellos actos pero solamente aquella vez le había salido tan caro.

Sujetaba la elaborada carta del burgués mientras oteaba el horizonte. El ocaso reinaba en el paisaje dejando detrás de sí un cielo color carmín mientras que el sol, astro de fuego, se escondía dejando paso a la oscura noche. Ya era visible el pueblo de Alcenova, lugar dónde ingresaría en prisión. Y el mar se mecía en el puerto punteado de barcos que resbalaban hacia la costa.

Mientras que el resto de los pasajeros del barco desviaban la mirada del pueblo porque éste sería el lugar de su condena, Beltrán no cesaba de mirarlo con ganas de llegar mientras pensaba. El burgués lo había citado en la taberna más concurrida del lugar aquella misma noche. Sabía que tenía tiempo de hacer una ligera escapada para averiguar qué era lo que aquel rico hombre querría de él. Al fin y al cabo, el burgués mismo se había puesto en contacto con los guardias que lo custodiaban para que dejasen a Beltrán acudir a la misteriosa cita. Y, a pesar de que Beltrán agradecía esa efímera libertad, no dejaba de preguntarse qué pretendía Antonio Ramírez.



Al caer la noche ya se encontraba sentado en una mesa de la concurrida taberna. Las camareras se movían como bailarinas y sonreían al pasar. El inconfundible olor a alcohol impregnaba el aire. El guardia supervisor estaba a su lado, mientras bebía una cerveza que le chorreaba por la copiosa barba. Beltrán no bebía nada. De hecho, no tenía ni dinero.

Tras media hora de espera, Antonio Ramírez hizo aparición. Iba discretamente vestido, quizás para no llamar la atención y con un aspecto impecable que transmitía un aura misteriosa y enigmática con cada gesto. Recorrió con la mirada el lugar y su vista se detuvo en Beltrán y su guardián. Inmediatamente se acercó hasta ellos, sonriendo amablemente, y se sentó en frente de Beltrán.

—Me gustaría que pudiésemos charlar a solas –dijo con voz queda pero mirando con ojos intimidantes al guardia que custodiaba a Beltrán. Parecía que éste quería replicar, titubeante entre míralo a él o a las esposas que llevaba en las manos. Pero, tras hacer unas muecas, se levantó dejando solos a aquella extraña pareja—. Debes tener muchas preguntas, Beltrán. Pero iré al grano, ya que sé que ahora el hombre que te custodiaba debe estar discutiendo con su supervisor y en breves vendrán a buscarte, dado que no se fían de ti y a mí me deben tomar por loco por haber exigido una cita contigo.

—¿Qué quieres? –preguntó Beltrán con gesto desafiante. Sus ojos se encontraron con unos ojos negros y profundos tras una maraña de pelo rizado bien domado y peinado. No le intimidaba el burgués y quería demostrarlo. Antonio Ramírez sonrió condescendiente.

—¿Sabías que si tenemos un sueño con gran intensidad; queremos seguirlo, lograrlo y luchar por él; pero si tomamos el camino equivocado ese sueño será cumplido por otra persona?

Beltrán no supo qué contestar. Decidió que aquel hombre estaba loco.

—No sé de qué me hablas –contestó secamente.

—¿Eras sastre de pequeño? –preguntó el burgués, sin inmutarse.

—¿Cómo lo sabes? ¿Lo has averiguado al igual que has averiguado mi paradero?

Antonio Ramírez negó con la cabeza.

—Beltrán, yo he cumplido tu sueño—. Beltrán permaneció unos instantes como absorto en sus pensamientos. Decididamente, el burgués estaba loco. Al ver que Beltrán no articulaba palabra, Antonio Ramírez añadió—: ¿No ha sido desde siempre mi vida tu sueño? Es decir, poseer un imperio en el mercado textil.

Beltrán bajó la mirada. Lo que decía el burgués tenía sentido. Claro que ese siempre había sido su sueño. De hecho, desde pequeño cuando su madre le había enseñado a coser.

—Lo sigue siendo –respondió finalmente Beltrán—. ¿Pero qué me quieres decir con ello?

El burgués tomó aire.

—Hace poco, yo mismo impresionado por mi propia fortuna, acudí a una afamada bruja. Ella me dijo que yo estaba cumpliendo el sueño de otra persona. También me dijo que seguramente esa otra persona estaba realizando acciones deshonestas y malvadas y que, por eso, no cumplía su sueño y el sueño había recaído en mí. Pagándole una buena suma, la bruja accedió a realizar un conjuro para averiguar quién era esa persona… y esa persona resultaste ser tú. Quería verte y recompensarte pues me siento inmensamente agradecido.

—¿Acciones deshonestas? Qué fácil es para ti decirlo que no te falta de nada. Para mí la vida nunca ha sido fácil. Nunca he tenido dinero y me he visto obligado a robar o amenazar para poder sobrevivir.

—Lo entiendo –terció el burgués sin impresionarse—. No soy yo quién para juzgar a nadie y menos a mi benefactor. Por lo tanto, quiero compensarte. Quiero que cumplas mi sueño.

Antonio Ramírez sacó un colgante de plata con una piedra blanca de su bolsillo y se lo tendió a Beltrán.

—Si te pones esto, cumplirás mi sueño.

Justo en aquel instante, regresó el guardia que supervisaba a Beltrán con un fornido hombre que semejaba ser un matón. Beltrán agarró el colgante, intrigado, y se marchó con sus captores.

Beltrán pasó toda la noche pensativo, debido al encuentro con el famoso burgués. Lo que afirmaba aquel hombre parecía una locura, no obstante, había adivinado demasiado como para no darle crédito.

Y la mañana amaneció con una gran noticia en el ambiente un tanto fúnebre del calabozo. El guardia informó a Beltrán de que estaba libre, alguien había pagado su fianza. Las sonrisas frívolas de los carceleros eran un tanto halagüeñas pero no mentían. Beltrán no tuvo duda de que había sido asunto de Antonio Ramírez. Así pues, con ánimos renovados, se colocó el colgante y salió para inspeccionar la ciudad y comprobar si se cumpliría aquel sueño prometido.

La libertad hizo ver con nuevos ojos a Beltrán lo que le rodeaba. Sobre todo cuando la vio a “ella” y chocó con “ella”. Era una joven de cabello y ojos oscuros que a Beltrán se le antojaba como la imagen de un ser divino bajo los rayos del sol matutino. Después de palabras torpes, al principio, no se sentía capaz de vocalizar sonidos con sentido. Pero ella lo miraba con aire paciente y finalmente estuvieron juntos charlando toda la mañana. Su nombre era María y, curiosamente, vendía ropa. Beltrán sintió que se había enamorado y, cuando María marchó para entrar de nuevo en su trabajo, juró a sí mismo que no se iría nunca de Alcenova para poder estar siempre con ella.

Sin embargo, durante el resto del día no sintió que se hubiera cumplido su sueño. Aun así, se sentía en deuda con el burgués por haber pagado su fianza y porque además, si no fuera por ese hecho nunca habría conocido a María. Beltrán decidió probar suerte en la misma taberna de la noche anterior para localizar al burgués.

Por sorpresa, el burgués se hallaba de nuevo sentado en la misma mesa que habían ocupado el día anterior ojeando un libro. Beltrán se acercó decidido y se sentó esbozando una sonrisa. Apuró de un trago la jarra chorreante de cerveza que ya había sido pedida en su nombre.

—Gracias –dijo sin saludar. Se desplomó un espeso silencio.

Antonio Ramírez lo miró fijamente.

—¿Y bien? ¿Has cumplido mi sueño? Pues la libertad que decidí pagarte era para que cumplieses mi sueño.

—No soy más rico –contestó Beltrán. Pero el burgués no le permitió terminar de hablar.

—Pero has conocido al amor de tu vida –terció con voz queda—. Ese era mi sueño. Sólo podías cumplir mi verdadero sueño, o al menos eso es lo que me ha dicho la bruja. Pero debes saber que el amor hará que quieras superarte y te dará apoyo en los momentos más difíciles. Por lo cual, si sigues una vida de rectitud y lejos de acciones deshonestas vivirás mi sueño y el tuyo juntos. Además, para ayudarte más, siempre y cuando prometas no fallarme, te daré un puesto en mi empresa.

Su tono daba a entender que hablaba en serio y los pensamientos del reciente afortunado joven parecían palabras banales para poder contestarle. Desangrada su alma por tantas fechorías llegaba el tiempo de curarla. Beltrán sonrió por el cambio que la fortuna había hecho en su vida en tan poco tiempo y estrechó la mano del burgués con decisión.
                      

jueves, 5 de enero de 2017

Poema a la naturaleza

No hay obra de arte más hermosa.
Ni escultura de mejor técnica,
Ni más colosal maravilla arquitectónica,
Ni pintura más asombrosa.

No hay maestro de los artistas mayor.
Ni música más sonora y emotiva,
Ni danza más atrevida y movida,
Ni libro ni película que toquen corazón.

Le dedicaré los versos más luminosos
En sus anaranjados amaneceres en la playa,
En las rojas amapolas, que mecen las hadas
En el sol que juega con la llovizna en los bosques frondosos.

Le dedicaré los versos más oscuros
En las noches con lagunas de plata.
Por la luna  y su infinidad reflejada.
En las cavernas tan impenetrables sus muros.

Naturaleza, eres fuerte y extraña.
Siempre te necesitaremos, menos con los años.
Un día nos sonríes, un día nos destrozas.
Como niña consentida, tu carácter cambia.

martes, 13 de diciembre de 2016

A Fervenza


Fervenza, que se alza no seu santuario virxe.

Da furia perderon a cor as augas,

tan pálidas, tan albinas, tan brancas.

O xeado sol as agarima na súa orixe

e o verde, nas beiras, expándese cal sonata.



O torrente da vida fonte

ábrese camiño en liberdade.

Impetuoso, fero, con perigosidade.

Co tempo no azúl océano morre.

Mais reúnese cos seus veciños antes.



Natureza, ¿por qué estás pálida?

Branco o ceo, branca a espuma,

brancos os raios do sol e da lúa.

Pode que sinta a tristura das ánimas

cando a artifical tormenta as asusta.



Nace e morre no mar dos libros.

¡Ai, poesía, torrente das letras!

Xordes, cal chispa, na alma dos poetas.

Nace e queda no papel, no pergamiño.

¡Ai, literatura, torrente das verbas!


Cascada, que se alza en su santuario virgen.
De la furia perdieron el color las aguas,
tan pálidas, tan albinas, tan blancas.
El helado sol las acaricia en su origen
y el verde, en las orillas, se expande cual sonata.

El torrente de la vida fuente
se abre camino en libertad.
Impetuoso, fiero, con peligrosidad.
Con el tiempo en el azúl océano muere.
Mas se reúne con sus vecinos antes.

Naturaleza, ¿por qué estás pálida?
Blanco el cielo, blanca la espuma,
blancos los rayos del sol y de la luna.
Puede que sienta la tristeza de las ánimas
cuando la artifical tormenta las asusta.

Nace y muere en el mar de los libros.
¡Ay, poesía, torrente de las letras!
Surges, cual chispa, en el alma de los poetas.
Nace y queda en el papel, en el pergamino.
¡Ay, literatura, torrente de las palabras!