lunes, 19 de julio de 2021

Nitimur in Vetitum

 

Nitimur in vetitum.

Nos acercamos hacia lo prohibido.

El silencio de la verdad.

La opresión de la bondad.

El amor reprimido.

Por la esencia de un ideal

Batallaremos sin piedad.

 

Vendo la ilusión por la moralidad

En este mundo tan superficial.

Vendo la idealizada fraternidad

En este mundo tan individual.

 

Mi persona.

Qué milagro.

Lo confieso.

De virtudes,

Sobrada.

Inventario

Que anhelo.

 

Compraría la amplia sonrisa

Más bella que ya pude ver.

Compraría la manera misma

Más bella que me hace ser.

 

Eres el claroscuro

Fruto de o superado.

Eres en este mundo

Fruto de lo logrado.

 

Me río.

La cantarina carcajada suena

Cual cascada que llega y llena

El río.

En la tempestad hacia la marea

Desembocando contra la pena.

Y este corazón puro y frío.

Ya lo estás robando.

9 Oportunidades.

 

Si…

Pienso.

Quiero decir.

Creo decir.

Digo.

Quieres oír.

Oyes.

Crees entender.

Quieres entender.

Entiendes.

 

“Tú y yo”.

 

Hay nueve oportunidades de que hable de nosotros.

Te elijo

 

Claroscuro el secreto a voces.

La paciente espera desesperada.

Y la dulce locura se impone

Ante la cruel cordura vaga.

 

Jaula de barrotes de cristal.

Quisiera romperlos.

Está el miedo de herirme más

Con los restos.

 

Tengo envidia de mi nombre

Cuando brota de tus labios.

De mi ropa cuando la rozas,

De mi pupila oscura

Cuando en la tuya se posa.

 

Afortunada por surcar mares

De iris de numerosos colores

Afortunada cabalgando sobre

 cabellos de hebras dispares.

 

Afortunada por la isla dorada.

Templo y bastión de tu alma

Que las caritativas cariátides

Para mi mano sujetaban.

 

Solo un infinito de versos

Imaginaría por siempre

Para hacer justicia al beso

Que me robaste en septiembre.

 

Te abro puertas

Si llamas pausado

Y me despiertas.

Olvida el candado.

Del corazón vedado

Para quien

Solo la piel

Está buscando.

 

Y al ver que no veo y mi iris mira ciego,

Nunca y en ningún lugar. En círculos y paralelo.

Perdiendo y encontrando fijo el juicio.

Donde sea, cuando sea. Te elijo.

sábado, 17 de julio de 2021

Esa diana ya la he acertado yo.

 

He mordido la manzana del pecado original.

Serpiente de sonrisa envenenada, mi Adán.

Ya sabes, nos han expulsado del paraíso.

Tierra árida, la haremos florecer en delirio.

Pues ya no queda lo que poder hacer pedazos.

La nada. Por enfado en duelo eufórico destrozado.

 

Aprieto el gatillo

Entre el humo

Del helado cigarrillo.

Vaivenes de lado

La pierna cambio.

Con ceño fruncido.

La impresión de uno.

Risa descarada

Aflora de mi garganta.

La pistola empuño.

No es de juguete.

Juego yo, sin embargo.

Me divierto así,

De vez en cuando.

Si no hay malabares

En barras de bares.

Niña mimada y traviesa,

Sonríen sus labios fresa

Teñidos de escarlata

Mordiendo tu cara.

Concédeme un recital

Que no pueda descifrar.

Que me haga carcajear.

 

Encanto,

Me parto.

Diversión

En tu canción.

SOS Tirador,

Qué error.

 

Esa diana

Ya la he acertado yo.

Fusión

 

No puedo evitar querer otras alas,

Desplegarlas a volar, ¿me las regalas?

No puedo evitar querer navegar los cielos.

Escapar de tu labio, ¿capricho ciego?

Y la libertad conjuga tu verbo,

Lleva tu nombre y declina tu tiempo.

Y lejos, muy lejos,

de la prisión de tus ojos me libero.

 

Un abrazo que habla.

Una alegría que no engaña.

Un beso cálido

Un consuelo válido.

Caricias en el tacto.

Todo sobrevalorado

En solitario.

 

Fundirlos, la gloria.

A fuego, grabados

En la memoria.

 

A veces pido disculpas,

Justificadas voces mudas.

A veces no pido disculpas,

Por ciertas certeras dudas.

Perdón impuntual

Dardo a diana a evitar.

Ven, si lo quieres averiguar.

jueves, 15 de julio de 2021

PROMETEO EN EL DESEO

 

 

Soy Prometeo,

Si provocas

En el deseo.

El corazón habla una lengua

A través de sus latidos sin freno.

Metrónomo del palpitar

Escampando sus victorias.

celebrando sus derrotas.

Esta noche sé mi trofeo.

 

Tengo un bloque de mármol.

Un cincel en la mano.

En él veo un romance.

Como Miguel Ángel.

Y los bloques vienen y van.

Esculpo, sin cesar ni pesar,

Cada historia en trance.

 

Y la obra habla de cada amor.

De yo. El escarlata de mis mejillas.

De tú. De tu labio rozando mi piel escarlata.

De él y ella. Nos observan y alzan la voz ruidosos.

Ellos y ellas. Zumbido de tumulto que mudo chilla.

De vosotros. Diles que se callen con monedas de plata.

De nosotros. Vámonos a perdernos en el silencio ensordecedor.

 

 

LA MUJER QUE NO ERA NADIE


Recupero este relato escrito para el Club Literario Olladas.


LA MUJER QUE NO ERA NADIE

Tomás jugaba a las cartas con su hermana pequeña mientras esperaban a que la tormenta tropical se calmase, respirando lo que les quedaba tras los estragos en el interior de su casa. A sus dieciocho años vivía en un pequeño pueblo rodeado de mar en el que la mayoría de sus habitantes eran marineros. Algo que esperaban también de él pero no estaba seguro de si cumpliría.

Tras horas de espera, por fin pudieron salir de su refugio para comprobar los estragos. Sorprendentemente, los daños fueron escasos. Lo extraño fue cuando la gente comprobó que se había producido un naufragio que había traído a una muchacha joven al borde de la muerte por ahogamiento e hipotermia. Días después, la joven seguía siendo la comidilla de los comentarios ya que, al recuperar la consciencia parecía ilesa del desastre, sin daños aparentes, como si una gran determinación interna la hubiese salvado de la inevitable muerte sin más secuela que no ser capaz de hablar. Había quien decía que el susto la había dejado muda. Había quien decía que seguramente ya era muda de nacimiento. “La mujer que no era nadie” o “la mujer sin nombre”, le llamaban.

Hospedaron a la chica en el hospital del pueblo y siguió dando lugar a habladurías ya que muchas veces se escapaba a la playa a sentarse en la arena a observar las olas batiendo contra sus pies descalzos en un verano templado en aquellas tierras del norte. Algunos intentaban adivinar sus intenciones o incluso instarla a reinsertarse en la vida del pueblo. Ella nunca daba señal de querer obedecer a nadie, ni siquiera de entender sus palabras.

Tomás solía dar cortos paseos nocturnos por la playa y, el día que se enteró de la noticia de que ahora la playa era frecuentada por la misteriosa náufraga, quiso caminar cerca de ella para ver su rostro. En medio de una noche de luna llena alta y pálida, escuchó una voz femenina que cantaba cual sinfonía fantasmal en un idioma extraño. Un eco dulce y melodioso que resultó ser producto de la misteriosa muchacha. Él permaneció inmóvil, absorbiendo las notas que emanaban de su voz. Ella tenía una maraña de pelo castaño y la piel aceitunada. Sus ojos eran oscuros y sus rasgos afilados. Era de belleza interpretable. No sobresalía pero resultaba atractiva. Aquel día, el joven sintió como si una ola perdida de la tormenta por fin lo hubiese alcanzado y le atase a la extraña.

Los paseos nocturnos por la playa despertaron algo dentro de Tomás. De repente, todo lo que había vivido y lo que había sido su vida hasta el momento  le pareció que carecía de sentido. Las mañanas estudiando y leyendo, las tardes aprendiendo a pescar como un profesional y tejiendo redes con sus ya callosas manos, curtidas de tanto ensayo; los antiguos paseos solitarios en los que se limitaba a contemplar las vistas… La llegada de la muchacha sin nombre y el haberse acostumbrado a escuchar sus solitarios cantos con tan sólo el mar, la arena y firmamento como testigos; habían calado su alma como un relámpago. Esa mujer era el rayo que lo fulminaba poco a poco, llegado de la tempestad.

Aquel día que cambió su vida, decidió escucharla más cerca y aventurarse a intentar descifrar el idioma de su melodía. No cantaba seguido. A veces hacía pausas sin despegar su mirada del mar, siempre lo prudentemente cerca para que la espuma no la rozase.

Soplaba brisa cortante y, mientras Tomás intentaba acercarse sigilosamente, la mujer estaba callada. El viento frío arrastraba arena entre los arbustos en los que Tomás se había escondido con prudencia. Solamente se escuchaba el eco de las olas rompiendo contra la arena. De pronto, volvió a entonar otra canción:

—“La noche es oscura y es la que mejor guarda secretos. Caminante consentido de la noche, el destino ha querido que tú me encontrases y que yo te encontrara…”

Acto seguido, se giró levemente fijando sus profundos ojos oscuros en Tomás, o lo que se distinguía de él en la penumbra de la playa iluminada bajo una media luna. Esbozó una sonrisa que tiñó de amargura su rostro. Tomás captó la indirecta: lo había descubierto, aun antes de lo que él imaginaba. Fue junto a ella.

Ella volvió a girarse al océano y Tomás se sentía como los marineros de Ulises acercándose a las peligrosas sirenas que los seducían con sus canciones para luego matarlos. Algo de su sentido común le decía que se alejara, que era peligrosa. Pero él no hacía caso más que de su curiosidad y corazón.

—Pensé que no hablabas, de pronto te escucho cantar. Pensé que no sabías mi idioma y hoy he descubierto que sí que lo hablas —dijo Tomás sentándose a su lado y manchándose de arena.

—La vida está llena de sorpresas. Nunca sabes que te va a revelar el océano.

La muchacha hablaba con acento sureño y su piel oliva delataba que venía del sur, a su vez. Al muchacho le gustó su aire envuelto en misterio.

—¿Cuál es tu historia, chico? —Preguntó con tono duro. A pesar de vestir andrajos y mostrar un aspecto tan deteriorado tenía cierto aire de dama, de buenos modales y mostrando una gran fuerza.

—La mía no es interesante. Sólo soy un estudiante y aprendiz de marinero.

—Ya. Supongo que da más morbo la mía. La de una pobre náufraga que trajo la marea que no pronuncia palabra.

A Tomás la mujer que no era nadie se le antojaba como una delicada arma que había que manejar con cuidado para que nadie saliese herido.

—Eres del sur. ¿Me equivoco?

—Supongo que lo has adivinado por mi acento. Sí, soy del sur. ¿Y qué sabes del sur?

—Sólo historias —comenzó a explicar Tomás, emocionándose—. Está muy lejos. El sur y el norte deben estar separados por un gran océano y apenas se comunican.

—Muy listos los hombres del norte —intervino con un ademán la muchacha.

—¿Tan malo es eso?

—Lo es. ¿Qué más sabes?

—Que es tierra de príncipes y reyes…

—Y damas, princesas y reinas. Además de caballeros y guerras —prosiguió la joven un tanto impaciente.

—Sí, eso he oído.

—Por tu voz denoto que puede parecerte emocionante. Pero no lo es. En absoluto. Es una tierra donde gente inocente es torturada y muere todos los días. Es un lugar donde el poder se forja a base de luchas y matrimonios concertados entre grandes señores—. Hizo una pausa. Su voz sonaba ronca de tanto haber callado. Parecía que escupía sus palabras tras haberlas guardado tanto tiempo—. Yo me llamo Dafne. Era una dama de un reino cruel. Y me prometieron con un marido más que cruel. Era un monstruo, un sádico… Pero conocí a un príncipe que era como una luz en una oscura soledad. Cosme. Era bueno y tenía principios. La parte mala del asunto es que su reino se rivalizó con el de mi prometido. Hubo una guerra y, aunque Cosme perdió, yo me uní a él y nos embarcamos juntos y huimos de mi prometido y mi familia. Pero naufragamos.

—Y has llegado hasta este momento —concluyó, muy impresionado, Tomás.

Ella se limitó a asentir con la cabeza.

—¿Y por qué no has hablado nada? ¿Por qué te pasas el tiempo sentada en la arena mirando el mar?

Dafne suspiró y esbozó una sonrisa acongojada.

—Prefiero que nadie sepa mi identidad. Tengo miedo, un espantoso miedo de que me reconozcan y me quieran mandar de vuelta al sur. Si algún mercenario se enterase de tal revelación no dudaría en ponerme precio y comerciar conmigo.

—El norte es diferente —terció Tomás con voz queda.

—Eso dicen las historias. Aquí sois libres. Podéis tener oficios humildes y estar seguros. Podéis ser quien queráis. Tenéis gobernantes que os otorgan libertad… Desde niña soñaba con el mar y embarcarme a este mundo. Lástima la manera de cumplir mi sueño.

—Lo siento mucho.

-—Gracias. La razón porque no soy capaz de hacer otra tarea que no sea mirar el mar es porque espero que me devuelva lo que me ha arrebatado. Aunque sea un sueño inverosímil.

Se hizo una pausa tensa entre ambos, mientras una solitaria nube tapaba la media luna y el rostro oliva de Dafne se oscurecía aún más.

—Si no confías en nadie… ¿por qué me lo has contado?

—Hace tiempo que sé que me espías y te he estado analizando. Tengo el don de conocer a la gente y he visto amor en tus ojos. Adoro ver amor en los ojos de la gente. Sé que eres de fiar y no me traicionarás. De todas formas, sería procedente que me dieses tu palabra.

—La tienes.

—Gracias.

 Dafne dio un beso en la frente a Tomás ante el sonrojo de éste. Tomás quiso deshacerse del embarazoso momento ante la condescendencia de Dafne.

—Tú siempre has soñado con el mar. Y yo con la tierra. Siempre he soñado con explorar desiertos y montañas. Cascadas y ríos…

—Sueños nobles. Me caes bien. ¿Cómo te llamas, muchacho?

—Tomás.

—Deberías descansar, Tomás. Mañana habrá tormenta y marejada. Te necesitarán.

—Parece que para ser sureña conoces bien el mar del norte.

—El conocimiento no entiende de barreras, Tomás —se limitó a contestar ella, encogiéndose de hombros.

Tomás no fue capaz de dormir aquella noche. No cesaban de dar vueltas en su mente las revelaciones de Dafne. Estaba decidido a ayudarla, aunque no sabía cómo. Finalmente, al nacer el día con un sol escarlata, le venció el sueño.

Despertó horas después entre el rugido del viento azotando los cristales de sus ventanas a golpe de calor y frío. Su madre gritaba alarmada. Al principio, el letargo no permitió al joven entender lo que decía, pero tras el desconcierto inicial consiguió distinguir que la náufraga se había vuelto loca y se había echado al mar.

Reaccionó deprisa, como impulsado por un fuego hueco y loco que le obligaba a buscar a Dafne. Ante la confusión de su familia los instó a que permanecieran en casa seguro, excusando su marcha con que ayudaría a los marineros. Se dirigió corriendo en la playa. Allí estaba Dafne, en una orilla de un océano fiero y alborotado, esquivando las olas buscando pedazos del naufragio que la marejada estaba llevando a la costa.

—¿Habéis intentado sacarla de ahí? —Preguntó Tomás asustado a un hombre que comenzaba a alejarse de la escena.

—Claro que lo hemos intentado —respondió otro hombre a sus espaldas—. No hace caso. La chica ha perdido el juicio en el naufragio. Afortunadamente nosotros no, así que nos largamos.

Pero Tomás no se marchó, sino que se encaminó hacia Dafne para intentar rescatarla de la locura que hubiese en su cabeza.

Dafne se agachaba y levantaba continuamente recogiendo extraños objetos que iba encontrando para arrojarlos al mar de nuevo con su rostro teñido de un llanto desesperado. El cielo estaba inundado por nubes grises y la lluvia arreciaba, aportando al mar la apariencia de una jungla de plata. La joven estaba empapada y él se descalzó para intentar disuadirla de lo que fuera que se propusiera. Cuando se acercaba, se lastimó con una luna de oro y la cogió, pensando que era valiosa. En el preciso instante en que pensó que esa preciada joya podría distraer a Dafne, la joven la vio y corrió hacia él; cumpliendo sus suposiciones.

—¿Por qué eres tan estúpida? —Farfulló abrazándola en medio de lágrimas desesperadas. Dafne parecía parte de la marejada, una ola que viene y va.

—Es la luna que me regaló Cosme —musitó de forma casi inaudible una joven derrumbada—. Me la regaló en uno de nuestros encuentros clandestinos… —. Agarró el colgante y se lo puso en su fino cuello, desplomándose en la arena mojada y, acto seguido, incorporada por los brazos de Tomás.

—Vámonos, estás muy débil y esta marejada nos puede matar.

—No lo entiendes —insistió ella con una luz renovada en su mirada—. La luna es un astro que está siempre en el cielo. Aunque sea de día no la vemos, pero sigue en el cielo. Es lo que decía que era él para mí. Pero… pero… también decía que me guiaría cuando él no estuviera y que este colgante me guiaría hacia él.

—Dafne…

Dafne lo ignoró y fijó su vista en el grisáceo horizonte como si de nuevo quisiera sumirse en su bosque de silencio, una pausa en la tempestad.

—El mar me ha arrebatado a Cosme y me lo ha devuelto de otra manera. Cosme ha muerto pero lo he recuperado en ti. Me preguntaste porqué me he fiado de ti. Pude ver en tu mirada enamorada la esencia de Cosme. Le vi en ti y ahora sé que estoy destinada a estar contigo.

—Oh…

Dafne besó con un beso húmedo al aturdido muchacho mientras la lluvia los calaba y las olas se alejaban.

—Desde que te vi estoy enamorado, Dafne. Aunque no sé si merezco tu afecto, acabas de sufrir una gran tragedia.

Y en aquel momento adoraba todo de ella, como si la marejada no existiera. Su pelo despeinado y mojado, sus ojos achinados por las lágrimas y la lluvia, los lunares de su cuello, sus desgastadas ropas que no le pertenecían. Conservaba el porte de la dama que había sido, pero ahora había un ímpetu en su mirada que mostraba que estaba dispuesta a una nueva vida.

—Te repito que tengo el don de sentir a la gente. En el sur era horrible. ¡Tanta maldad! ¡Tanto odio! Constantemente me impregnaba de energía negativa. Ni hablarte quiero de lo que notaba de mi prometido… Cosme era diferente de la misma manera que lo eres tú. Ambos puros y buenos. Seamos libres en estas tierras del norte. Viajemos por tierra y mar con la libertad como único señor.

Dafne lo miraba con un destello que hacía pensar a Tomás que la libertad era como un deseo mucho tiempo anhelado y un tanto infantil para ella. Sin embargo, a pesar de ser ambos invisibles en medio del caos, no podía ser más feliz. Sintió que sus antiguas elucubraciones sobre su futuro habían obtenido respuesta con la llegada de esta mujer que parecía sacada de alguna de sus novelas de aventuras que tanto adoraba. La vida que le proponía era lo que él siempre había querido y que era un paso que no se había atrevido a dar sólo. Y la mujer de la que se había enamorado le correspondía. Quería ayudarla y que ambos se salvasen. El momento había llegado.

—Lo haremos. Seremos libres y viviremos juntos. Te lo prometo. Recorreremos mar y tierra si es preciso. Hasta el fin del mundo.

—Hasta el fin del mundo —repitió.

 

 

 

  

miércoles, 14 de julio de 2021

Ay, mis sentidos.

 

Ay, mis sentidos.

Tu susurro

En arrullo

Los trastoca

A cada latido.

 

Mi vista que arda

Al reflejar tu cara.

Tarde en llamaradas.

 

Olfato encandilado,

Perfumado en tu esencia

De flores en la hierba.

 

Mi tacto flota anhelando

Tu piel en hormigueo

Sobre la mía en un beso.

 

Y mi gusto es solo mío.

De ti… Mío, tan frío

Saboreando tus labios.

 

 

CAPÍTULO 1 NUEVO PROYECTO

 

1

2016

Un café extraordinario, una vista preciosa… Helena García se estaba preparando para una visita del equipo de una prestigiosa revista a su mansión de Malibú. Era una manera de seguir impulsando su carrera y fama tras unos meses en los que estuvo desaparecida. No parecía exactamente un trabajo. Lo era. Era modelo. Más que eso. Top model a nivel mundial. Parecía hasta inusual. Era absurdo. La gente se interesaba por todo lo qué comía, por el ejercicio que hacía, por cómo vestía… Tenía siempre respuestas para ellos. Pero ningún secreto en especial. Había sido tocada por una varita mágica hacía exactamente diez años. Como le recordó la llamada. Como no le podía contar a nadie.

Se revolvió en su silla de ambiente mediterráneo en la terraza de su casa que le dejaba ver una pequeña cala del océano pacífico. Sí, sin duda tenía vistas maravillosas. El día era cálido y agradable. Le apetecía dar unos largos en su piscina pero el asunto de la entrevista en su casa la mantuvo ocupada, intentado apartar los pensamientos negativos de su cabeza. Había ordenado a Graciela, su asistenta, que mantuviera presentable la casa.

Recordó la primera llamada, hacía cuatro meses.

Salía de una entrevista en un conocido programa de televisión estadounidense. Lo que en principio había parecido una pregunta inocente se había convertido en condena.

--Hay tanta debilidad en la risa como valentía en el llanto. Alguien que brilla por sí mismo es más grande que quien brilla a causa de los demás –dijo con la mejor de sus perfectas sonrisas a una pregunta que no sabía muy bien como contestar.

El público aplaudía. El presentador la miró de arriba abajo, para luego preguntar:

--Fantástica, Helena. Cuéntanos, ¿cuál crees que es el secreto de la belleza?

--La belleza es actitud.

Había otra pregunta que había contestado en su anterior entrevista. La que en su interior dudaba cómo contestar. ¿Cómo te ves en diez años? Hacía diez años que le habían hecho aquella pregunta. En un contexto muy diferente. Helena contestó: si te lo dijera tendría que matarte.

Era literal.

También recordó la última pregunta de aquella tonta entrevista:

--Dime una mentira.

--He hecho un pacto con el diablo para estar donde estoy.

Tras las risas del público ella sucumbió también a la risa. Una risa histérica ya que no era del todo una mentira.

La segunda llamada llegó al acabar la entrevista. Su asistente le pasó con el número desconocido del que sospechaba sería algún publicista ya que tenía pendientes campañas de marketing de belleza. Antes de poder pronunciar un saludo, escucho la voz de un hombre distorsionada:

--No se cambia de opinión en pleno ascenso.  Diez años.

El interlocutor no colgaba. Helena, empezando a temblar, contestó con aplomo improvisado:

-- No sé con quien ha estado hablando. Ni qué ha leído. Si se trata de mi representante y ha compinchado una entrevista privada conmigo lo despediré.

Colgó lo más serena que sus fuerzas le ofrecían.

Inmediatamente, tiró de la agenda de su móvil y mandó el mismo mensaje a cuatro personas:

--¡¡Está pasando!! Ya he cumplido diez años desde mi promesa. No contestéis. Solo tened cuidado.

Xosé, Coco, Renata, Stella. Les iba genial en sus respectivas carreras. Los cinco de aquel grupo de Barcelona se habían distanciado pero todos eran famosos. Su hermano, un reputado fotógrafo. Una actriz, una editora jefa de una prestigiosa revista francesa y una influencer.

Hicieron un pacto y cumplieron sus sueños. Era hora de pagar el precio.

Helena trató de contactar con el número desconocido sin respuesta. Tras un mes dándole vueltas en su cabeza, le restó importancia al asunto pero contrató guardaespaldas y se encerró con ansiedad en su mansión de Malibú.

A pesar de su miedo.

Era incumplir su promesa. Pero no tenía opción. Ellos eran tan solo un cuento de hadas de su pasado. Se acordó de “Cuento de Navidad” de Charles Dickens. Quizás era un fantasma de su pasado, nada más.

Hasta la segunda llamada. Una voz distorsionada pronunció palabras en otra lengua.

--¿Disculpe? –le preguntó a la voz distorsionada--. ¿Con quién hablo? ¡No pienso ceder a ningún chantaje! Le denunciaré, ¿me oye? Soy una de las modelos mejor pagadas del mundo. La policía irá a por usted.

No hubo respuesta. Temblando, ojeó su redor rozando la paranoia hasta que, tras unos segundos, su interlocutor dijo con voz que rezumaba hostilidad:

--Paga.

Removió un mechón de su larga melena rubia acompasando su respiración con un suspiro que rezumaba nostalgia mientras hacía memoria. Cuatro meses después de la última llamada, se había relajado. Suspiró en la silla de su terraza y repasó todas sus rutinas durante las últimas semanas y quiso preparar  mentalmente las respuestas al equipo de la revista, que llegaría en dos horas.

El miedo seguía impregnado en su ser. Tuvo un deseo infantil de su llamar a su madre. De pequeña, era la única que sabía como apaciguarla, tranquilizarla. Quiso hacer una llamada a su hermano, quien era lo más parecido una madre que teína en aquel momento. No obstante, su hermano estaba metido en lo que ella sospechaba y no quería que peligrase.

Sacudió la cabeza para intentar liberarse de sus pensamientos y se dispuso a arreglarse.

Antes de lo esperado, sonó el telefonillo. Fue corriendo, ya preparada y despegó con brusquedad el auricular.

--Señora, dicen que ya están listos. Cambios de última hora –le apremió la voz de Graciela.

La entrevista llegaba antes de tiempo.

--Sí –se limitó a responder.

Sí. Que mejor manera de hablar por última vez en tu vida. Una palabra positiva. Lo que con todas sus clases de meditación había conseguido. Vestida con un cómodo mono blanco en su enorme y preciosa casa de Malibú, Helena abrió la puerta con una gran sonrisa de dentadura perfecta. Perfecta, como ella.

Se colocó el pelo y esbozó la mejor de sus sonrisas para recibir a sus invitados.

No recordaría nunca nada segundos antes, más que las palabras: “pagas o mueres”, del disparo en la frente, que la mató al instante.

Fragmento nuevo proyecto 2

 Sigo trabajando en este nuevo proyecto del que tengo muchas ganas de seguir colgando fragmentos pero sin destapar la trama. Se trata de una novela coral con muchos puntos de vista, lo cual espero que conforme con éxito, diferentes novelas dentro de una misma novela. ¡Que los disfrutéis!


Annika Kanaeva, sentía el tranquilizador tacto de su pistola en su gabardina. Se movía ligera mientras trataba de no llamar la atención a la espera de su siguiente presa. Como un águila ligera y veloz sobrevolando y acechando por su alimento. Sabía que la mejor manera de actuar para atrapar a un objetivo era actuar como un blanco móvil y no fijo. Así pues, se dispuso a caminar calle abajo, atenta a pasos que pudieran perseguirla. Entre una calle desértica sin contar con el pub abierto hasta las tantas, no había peligros. Mejor. Si el objetivo salía borracho sería más fácil atacarlo. Esperaba no contar con testigos. Entró en el pub y ojeó a el hombre alto y barrigudo que se correspondía a la foto del encargo. Era un hombre que se había hecho famoso debido a sus inversiones en bolsa los últimos diez años. Y rico. Asquerosamente rico. Annika se deshizo de su gabardina, pero no de su gorro y gafas de sol, y mostró un vestido que la dejaba muy destapada.

--¿Quieres pasar un buen rato, hombretón? –le susurró al oído.

Ignorando como el hombre balbuceaba, olvidando su nombre, se lo llevó al exterior del pub.

El hombre reía y le recomendó un hotel. En cuanto estuvieron aislados, Annika realizó su trabajo.

--Antes de nada, vamos a divertirnos –le susurró.

Consiguió meterle la suficiente cantidad de cocaína en el cuerpo (droga que ya había averiguado que su objetivo frecuentaba) para dejarlo KO. Aguantó que la sobara con asco unos minutos hasta que cayó muerto.

--Si no pagas, mueres.

Susurraba mientras marchaba con su calzado de botines planos que no hacían ruido con sus pisadas. Satisfecha por haber realizado, con éxito y discreción, otro de sus trabajos.

Acto seguido, se colocó su peluca bajo su sombrero. Se refugió del frío del norte de Europa con su gabardina y volvió a su hotel que estaba situado en una zona tranquila.

Fría, como solía ser, nada más darse una ducha y preparar su equipaje para largarse de aquel lugar, ojeó su correo en su portátil. Le llegó un informe muy interesante. El remitente era Nadia, hablando de cuatro estrellas a nivel mundial. Un proyecto ambicioso que podría suponerle a ella el reconocimiento que necesitaba dentro de la organización. Lo estudió mientras guardaba sus nuevos billetes de avión rumbo a Los Ángeles.

El caso que tenía ahora encima, sería su culmen de éxito. Solo debía mantenerse calmada y confiar en sí misma. Como siempre había hecho. Su vida no había sido como imaginaba de pequeña pero le contaron una vez que puedes triunfar en la vida de manera que nunca imaginarías.

--Tienes que volar a Los Ángeles. ¿Estás lista?

--Absolutamente.

Tanto viaje le aburría pero sobrevolar y contemplar las nubes al atardecer era un espectáculo que se le antojaba como un capricho que siempre se permitía.



martes, 13 de julio de 2021

MUESTRA DE MI NOVELA "PRIMAVERA DE TORMENTO" (PRÓLOGO Y CAPÍTULO 1)

 

 

PRÓLOGO

—Demostraremos que la libertad y una vida con valores no es sólo un sueño.

Crepitaban las llamas de las antorchas dando al lugar un aspecto de penumbra parda. El rey Laisho, con su típico ceño fruncido en señal de concentración, selló así su nuevo pacto con la reina Elzia. El rey Laisho era un joven de cabello pajizo y fornido. Hábil estratega militar, a la par que gobernante. La reina Elzia era de mediana edad aunque su cabello oscuro brillante y su piel tersa y pálida no lo aparentaban.

—Los valores nos definen. Como personas, como pueblo, como reino —contestó la reina Elzia con voz firme y gutural—. Compartimos valores. Compartiremos ejércitos para inculcarlos a un mundo en peligro.

El rey Laisho dio una seca cabezada en señal de asentimiento. Se encontraban en una parca tienda de campaña típica de los enclaves de guerra. De hecho, estaban en medio de una batalla. Se dispuso a salir al exterior, donde le esperaría la lucha hasta que el plan girase el destino de sus actos.

Con ojo analítico, observó a su escasa caballería en cuanto salió. No se trataba de una refriega usual ni convencional como sería alguna para alcanzar algún territorio o, quizás,  no perderlo. Estaba en juego un conocimiento mayor que escondían aquellos bosques. Los hechiceros habían anunciado que, en aquel día, una profecía sería desvelada en ciertas rocas de la espesura de los árboles húmedos de ese bosque. Así pues, el dictador Osles del Reino del Este contra los reyes Laisho y Elzia había enviado una escasa infantería para encontrarla. Sólo que Osles no había sido el único en ser avisado por los hechiceros de la profecía. Y eso él no lo sabía.

La aparición de la caballería de Laisho los cogería por sorpresa y ello les daría ventaja. Pero nunca se podía dar una batalla por ganada antes de librarla. La calma de una primavera que comenzaba anunciando tormenta traía tan sólo sonidos de pájaros noctámbulos e insectos atraídos por el incipiente buen clima. Entre la húmeda brisa y el sonido de ramas crujiendo al compás del vendaval, Laisho avanzó hacia la comitiva en su oscuro caballo. Eran buenos soldados bien escogidos. Mujeres y hombres entrenados e instruidos en educación militar. Le apesadumbraba tener que perder a algunos de ellos. Así era la guerra. Al menos, no estaba sacrificando inocentes entrenados a la fuerza como su enemigo, Osles.

—Aunque los ríos y mares se secasen, aunque el sol dejara de alumbrar, aunque el fuego helara y el hielo quemara… ¡Nuestro valor siempre seguirá intacto!

El rey pronunció estas palabras acercándose a sus soldados, que permanecían rezagados en su posición a la espera de órdenes. A modo de respuesta, se pronunciaron con vítores. Era la señal que Laisho quería alcanzar para que las fuerzas de Osles se dieran cuenta de que contaban con enemigos en el territorio y se desviasen de su objetivo: conseguir la profecía.

—Ni el dolor de la noche ni las lágrimas de la lluvia de las nubes del mediodía podrán con nuestros valores —prosiguió Laisho, con voz firme y soberana, ante el clamor de sus treinta soldados—. En el ocaso se quebrarán los enemigos y en el amanecer florecerá nuestro reino. La libertad no es sólo un sueño. Es un ideal por el que merece la pena luchar. ¡Que la libertad no sea sólo un privilegio de unos pocos!

Se causó el efecto perseguido. La noche calmada y centelleante bajo una luna menguante pálida y brillante cesó su calma, tan sólo quebrada por los vítores de los soldados del rey Laisho, y llegó el eco de pasos de gente trotando y gritando hacia ellos

Era el momento.

Laisho hizo un gesto y una comitiva de sus cinco soldados más cercanos se dirigieron al lugar donde el hechicero de la reina había indicado que se debería encontrar la profecía. Con culpa de honra por dejar al resto de su batallón combatiendo sin él, siguió las instrucciones de la reina Elzia y cruzó trotando los horondos y anchos troncos del bosque hacia donde la misma Elzia con su hechicero, Carlo, lo esperaban.

No cruzaron palabra y se internaron en la espesura entre el eco del resonar de la batalla intentando pasar desapercibidos hasta que se toparon con los combatientes del rey que buscaban la profecía. Todo iba saliendo bien. La maniobra de distracción había funcionado. Laisho, con maestría militar se dispuso junto a sus soldados a proteger a la reina y a Carlo.

El hechicero era listo e investigaba entre rocas milenarias sin descanso para su búsqueda. No obstante, nada era visible. No había señal de ninguna profecía. ¿Se habrían equivocado? ¿Habrían sido ellos los realmente engañados?

—Carlo, ¿estáis seguro de que es este lugar y esta noche? —Preguntó la reina en tono grave.

—Cuando el universo habla, hay que escucharlo —se limitó a responder el hechicero envuelto en un halo de misterio.

—¿Sois firme de que es lo correcto, mi reina? —preguntó el rey Laisho, afinando los sentidos hacia cualquier amenaza.

—Creo en la paz, en la libertad, en el amor a quien nos rodea… Podría seguir, tengo una lista de valores infinita —contestó ella, pendiente de los pasos de Carlo—. Si la profecía es cierta, será una gran ayuda para conseguirlo en esta gran guerra.

—Las profecías siempre han cumplido un papel importante en las guerras que he librado. Decisivo o no, es un rol en la batalla a tener en consideración —terció el hechicero, concentrado en su tarea pero pendiente de la conversación.

La guerra. La mayor guerra en décadas se cernía en el continente. Laisho sintió una punzada de preocupación ante todas las consecuencias. Hacía apenas un mes que se había declarado y las consecuencias primerizas ya habían sido nefastas.

En ese preciso instante, una nube solitaria clara y perlada se impuso sobre la reluciente luna y, en las rocas, aparecieron unas inscripciones doradas en un lenguaje desconocido para todos menos para el hechicero.

—Lo tengo —anunció Carlo, triunfante.

***

Días grises, pensamientos grises. A veces la historia no sólo se define por lo que la gente hace. A veces la historia se desarrolla por lo que la gente no hace. Aquella noche nublada de primavera congelada en su memoria, Marta desapareció.

 Se encontraba en una discoteca de la noche festiva universitaria de los jueves en Santiago de Compostela. Estaba bailando con dos amigas y, tras haber bebido más de la cuenta, decidió marcharse ella sola intentando buscar algún rincón donde vomitar sin ser vista. Vomitó y, tras ello, se desplomó en el suelo con toda su cabeza dándole vueltas. No se supo más de ella en toda la noche.

Marta pudo haber dado señales de vida, o de lo que estaba haciendo. Pudo haber avisado a sus amigas de que marchaba y qué pretendía al salir ella sola de la discoteca. Pudo haber pedido ayuda. Pudo haber llorado por teléfono a algún conocido. No hizo nada de eso. Simplemente se esfumó.

Sus amigas de la noche compartían su borrachera y no se enteraron hasta la mañana siguiente de que Marta no aparecía. No contestaba al móvil, su última conexión del whatsapp era de las tres de la madrugada, ningún conocido más tenía noticias de ella… En fin, era Marta. No había que dar mayor explicación.

Marta era una joven estudiante de medicina de veinticinco años. Estaba en el último curso, pendiente de entrar en la residencia de pediatría. Marta siempre había sido un espíritu libre. Por lo que sus amigas sabían, toda su infancia y adolescencia las desarrolló apuntándose a hacer muchas actividades y a sacar las mejores notas. Era experta en esgrima y artes marciales. Quiso entrar en el ejército pero lo descartó para, finalmente, a los dieciocho años marchar como voluntaria al Sáhara.

Todo el mundo se olió siempre algo fuera de lo normal en Marta. Ella también lo sentía.

Siempre destacó por ser altruista. Andaba buscando sin saber dónde encontrarse. Tras pasar meses entre africanos viviendo en la miseria, regresó a España y comenzó la carrera de medicina. Aun así, por un lado y por otro, Marta vivía a caballo entre mil lugares. Seguía realizando actividades de voluntariado de pueblo en pueblo de Galicia; cursó cuatro meses de Erasmus en Italia; se presentaba a cada beca permitida para ampliar sus horizontes… A veces los profesores ignoraban sus faltas a clase, que eran muchas.

Marta era alegre y llena de vida. Los profesores la adoraban por su dedicación, notas de matrícula de honor y entusiasmo y curiosidad por aprender. Motivaba a sus compañeros y, por ello, eran indulgentes con ella.

En fin, que era Marta. Había desaparecido, sí. Su gran defecto era beber demasiado al salir de fiesta y perder el norte. Ya aparecería. Aunque no sería extraño que apareciese en el otro lado del mundo, como Nueva Zelanda.

Quizás tras una semana sin aparecer por la residencia de estudiantes donde era lo más parecido a una casa que tenía; quizás sin asistir a clase ni actividades, quizás sin cambiar su hora de conexión del móvil y sin dar rastro de vida para ningún conocido… quizás así sus amigas alertarían a sus tíos y la policía la buscaría sin obtener resultado de que siguiera viva. Se iría apagando el sentimiento pero no el recuerdo en aquellos a los que tocó su corazón puro.

Una chica más desaparecida. Bien pudo ser violada, secuestrada, asesinada… Pasaba todos los días. Sólo que sus tíos tenían sospechas que no podían contar a la policía. Marta tenía un gran secreto en su vida que ni ella misma conocía.

El mundo miró para otro lado. Al menos este mundo llamado Tierra.


1 LA NOCHE NO ES ETERNA

—Casualidad y coincidencia son conceptos importantes en el transcurso de los hechos de nuestro destino. Decís que esta es la noche en que debe hacerse pues la coincidencia ha querido que me traigáis un pegaso, el último de su raza, antiguo amigo de los extintos elfos para traer con nosotros a la última elfa de su raza, legítima heredera del pegaso, que ha estado exiliada en otro mundo. Y la casualidad nos trae la coincidencia de que esta sea la noche apropiado para vos, Carlo, mi hechicero, invoquéis su presencia.

—Se trata de los astros, mi señora. El universo es lo único que comunica cualquier mundo y esta noche la luna…

La reina alzó la mano en una floritura elegante para que el hechicero dejase de hablar. Se encontraban en la majestuosa pero austera gran sala de palacio. Una estancia de piedra parda de la que colgaban, a ambos lados, estandartes con el escudo del reino. En la noche que se percibía desde el ventanal, la pálida luna relucía sobre el mar y la capital. Los allí presentes escuchaban con atención a la esbelta reina, luciendo un sencillo pero estiloso vestido esmeralda, y al hechicero, ataviado con su túnica azul marino.

—He oído hablar muchos de los astros y parece que siempre son parte de las profecías de los hechiceros. No os cuestiono. ¿De veras afirmáis que esta elfa será decisiva en la gran guerra?

—Sin duda. Mas siendo sinceros alteza, la profecía no ha especificado en qué modo será decisiva.

—¿Queréis decirme que puede ser peligrosa?

—Las profecías son complicadas de interpretar. No obstante, el pegaso ha venido a nosotros y a vos, alteza. Cabe decir que eso significa que se inclinará por nuestro bando.

—Y afirmáis que la habéis observado en una visión.

—Exacto. Es una chiquilla perdida pero de gran corazón y gran moral. Estoy seguro de que luchará por vuestra causa.

—Bien—. La reina desvió sus ojos grises del hechicero y se dirigió al resto de los presentes, que escuchaban inquisidores—. Carlo dice que nos traerá un gran arma para esta guerra. Todos sabemos que esta es la mayor guerra en siglos, una guerra de la cual puede depender la justicia y la defensa de los derechos de la gene en nuestro mundo. Ha habido una profecía que enuncia que la última elfa con vida será decisiva en esta guerra—. Hizo una pausa para hacer callar a hombre que estaba sentado a su lado—. Puede que seáis escépticos con la idea de que aun existan elfos vivos. Yo también lo soy. Pero debemos adelantarnos al rey del este, pues las profecías son escuchadas por todo hechicero del continente.

—Los elfos han desaparecido del mundo hace un siglo —dijo un hombre joven.

—Y los pegasos —se limitó a responder la reina—. Y resulta que Carlo me ha traído uno. Debemos tener fe. La noche no es eterna y esta es la propicia para que Carlo, mi hechicero, demuestre si podremos contar con la presencia de esa misteriosa elfa.

Carlo sonrió. Extrajo de su bolsillo raído un pelo y encendió una llama con dos piedras, que iluminaron la penumbra de la estancia pedregosa.

—Con el cabello del último pegaso vivo, invoco en la noche de los astros a la última elfa viva.

No sucedió nada. Los presentes, tras segundos atónitos, comenzaron a reír. La reina suspiró sin unirse a las risas. Miró al hechicero negando con la cabeza. Carlo seguía mirando el suelo que se extendía a sus pies.

 Entonces, ocurrió el milagro.

Una muchacha de cabello oscuro y despeinado desnuda apareció en el medio de la sala. Tenía los ojos cerrados, como si algo la cegara. Se desplomó sobre sus rodillas. Carlo se adelantó para taparla con su capa. Hombres y mujeres de la estancia la miraban, expectantes.