domingo, 26 de agosto de 2018

Primeros capítulos "El camino que nadie nombra"

Hace mucho que ya he publicado algún capítulo de esta novela. Sin embargo, hay que tener en cuenta que ahora también está publicada en otra plataforma en formato e-book. Aquí el enlace:

https://espanol.free-ebooks.net/ebook/El-Camino-que-nadie-nombra


1
El ardiente sol del amanecer me acaricia el rostro mientras yo tengo fijada la vista en mis apuntes de matemáticas. Siempre me han gustado las matemáticas, ya que en esta materia todo problema siempre tiene una solución. La roca sobre la que estoy sentada comienza a parecerme incómoda y empiezo a tener que moverme y apartar mi mirada de mis apuntes.
Alzo la cabeza y veo la llanura de tierra entre un círculo de rocas situada en lo alto de una montaña en la que estoy situada. Desde aquí hay unas vistas maravillosas del océano y del espectáculo que es la salida matutina del sol. En frente de mí están Dani y Pedro luchando con toda la fiereza que es posible en un combate simulado. No luchan con armas de verdad, sino con espadas de madera. Es indudable quien está ganando, ya que siempre es así: Dani.
Dani es mi hermano mayor, de hecho el único. Guapo a rabiar, famoso y el mejor guerrero del continente. No es de extrañar que tenga centenares de seguidoras y que todo el continente lo admiren. En ocasiones me pregunto qué ve todo el mundo en él. Quiero decir, yo lo veo simplemente como Dani: el chulo, el prepotente, el engreído… pero también el cariñoso, leal, inteligente y único hermano que tengo que es a la vez la persona que más quiero y que más rabia le tengo en este mundo. Dani, quien lleva toda la vida cuidándome y protegiéndome. Solo que me gustaría saber si sus fans pensarían lo mismo de él de pasar un día entero a su lado. A veces, aguantar a Dani es todo un arte más complicado que la guerra.
—Vamos, Pedro. Puedes hacerlo mejor —espeta Dani con fanfarronería a su contrincante tras realizar una arriesgada pirueta.
—Ambos lo sabemos, pero no quiero dejarte en ridículo.
            Dani resopla y no puedo evitar reírme, distrayéndome del estudio. Pedro, con su eterna sonrisa. Es el mejor amigo de mi hermano y es también como un segundo hermano para mí. Él y yo somos los únicos capaces de sacar de quicio a Dani y los únicos de los que parece no importarle que nos riamos de él. Pedro es de estatura mediana y bastante fuerte. Su cabello es negro y sus ojos, ámbar. Lo que más me gusta de él es que siempre está ahí; ocurra lo que ocurra, siempre dispuesto a ayudar desde el más grande hasta el más mínimo de los problemas, ofreciendo siempre consejo y ánimo. Creo que el mundo sería un lugar mucho peor si él no existiese.
Dani y yo nos parecemos, como hermanos que somos, en que somos altos, delgados y de tez pálida; con ojos negros y de cabello castaño oscuro. A pesar de que Dani esté teñido de un rubio platino y lleve siempre la melena muy repeinada, para el agrado de sus fans. Yo, en cambio, no presto tanta atención a mí físico y mi melena parece que siempre va por libre así que ni me devano los sesos en peinarla. Ambos somos fuertes y hemos heredado las habilidades de lucha y combate de nuestros padres.
Me quedo mirando la lucha entre Dani y Pedro y paro de estudiar. Es evidente que, aunque Pedro también es un renombrado guerrero, Dani es superior. Se mueven entre florituras de sus espadas y piruetas hasta que Dani gana a Pedro. Él simplemente se encoge de hombros y estrecha la mano de Dani sin perder su blanca sonrisa.
—Te toca, hermanita —me dice Dani con una media sonrisa chulesca.
—¿En serio? Vas a hacer que eche todo el desayuno —replico volviendo a fijar mi vista en los apuntes de matemáticas.
—Deja eso, sacarás un diez igualmente, como siempre —farfullea Pedro, jadeando del esfuerzo, mientras se acerca a mí para cogerme del brazo y arrastrarme hasta la planicie.
—¿Tienes miedo, hermanita?
Pongo los ojos en blanco. Mi nombre es Miranda y tengo quince años. Dani lleva toda la vida dándome clases de combate. Con cinco años agarré mi primera espada y él siempre se ha encargado de mi entrenamiento. Descartó la idea de que asistiera a una escuela militar, prefirió dirigir mi formación de guerrera él mismo. Sé que es, sobre todo, porque no quiere separarse de mí. Nuestros padres murieron hace diez años en una guerra contra los bárbaros del norte. Yo tenía cinco años y lamento no conservar muchos recuerdos sobre ellos. Desde aquel momento Dani se ocupó de mi educación, protección y cuidado. Él tiene veintisiete años, es decir, que ya era mayor de edad cuando nuestros padres murieron y se pudo encargar de mí. Por eso siempre estuvimos tan unidos y pasamos tanto tiempo juntos. Por eso, él solo me pierde de vista cuando tiene que partir a una batalla.
—Lista —replico solamente, agarrando de manera brusca la espada de Pedro.
Como soldados experimentados que somos, comenzamos a luchar sin mediar palabra. Sin ánimo de querer presumir, he decir que soy muy buena en esto, mejor que la mayoría de los soldados profesionales; al fin y al cabo, he aprendido del mejor. Conozco su estilo de combate y comienzo a moverme de manera automática. Permito que mi mente divague sobre cosas irrelevantes mientras ejecuto los golpes sin ser consciente de ellos. Tras un minuto, la intensidad de Dani aumenta y tengo que ser más consciente de mis acciones. Dani nunca me ha dejado ganar y eso me motiva más. Sin embargo, hoy ocurre lo nunca visto. Consigo acertar con mi espada de madera en el cuello de mi hermano. He ganado.
Los tres permanecemos mudos unos instantes. Dani y yo respiramos agitadamente del esfuerzo y yo miro a Pedro, quien no abandona su sonrisa pero un deje de sorpresa aparece en su rostro.
—¿Es que tienes un día blando, Dani? —espeto riendo—. ¡Es la primera vez que me dejas ganar!
Sigo riendo pero Dani no responde. Sino que mira hacia el suelo con el ceño fruncido. Conozco esa mirada demasiado bien y lo conozco también a él demasiado bien como para darme cuenta de que no me ha dejado ganar. Pedro comienza a reír a carcajadas y a aplaudir.
—Por fin la alumna ha superado al maestro —dice eufórico.
—Ni una palabra a nadie —musita serio Dani. Pero luego sonríe y me da un abrazo. Algo normal en él: pasar de la dureza a la ternura en tan sólo un segundo.
Durante la siguiente hora hablamos del futuro; concretamente, de mí futuro. Dani y, en general, todas las personas que conozco quieren que me haga soldado. Pues soy muy buena y, a pesar de que nunca he asistido a clases de guerra o combate, soy más apta para una batalla y para una difícil lucha que la mayoría de los soldados ya formados. Hoy mismo lo he demostrado venciendo a mi hermano, y él no lo ve sino como un argumento más a su favor para que siga su estela y me convierta yo también en una renombrada guerrera. ¿Qué pienso yo del tema? Ni lo sé realmente ni lo tengo muy claro. Es cierto que llevo la guerra en la sangre; no solo por mi hermano, sino también por mis padres. No obstante, las profesiones que más me llaman la atención para un futuro son aquellas con las que pueda ayudar a la gente. Soy la mejor estudiante de mi curso y opino que eso me abre puertas para poder dedicarme a lo que desee. Sin embargo, siento que me dejo llevar por las opiniones de los demás más de lo que debería y comienzo a pensar que si todos creen que la lucha sería mi mejor opción, ¿por qué no iba de hacerles caso?
La conversación es interrumpida cuando suenan los tambores de la plaza del centro de la ciudad. Significa que todos los habitantes de la ciudad debemos acudir allí a escuchar el discurso del presidente. Dani, Pedro y yo enfilamos el camino a la plaza por un estrecho sendero pedregoso que conocemos perfectamente. Aquella planicie de tierra donde nos encontrábamos era nuestro lugar habitual para practicar combates. Era nuestro lugar. Suponíamos que nadie más lo conocía porque era muy difícil llegar a él a través de los senderos angostos y llenos de silvas que permitían su acceso. A nosotros nos gustaba esa circunstancia porque nos permitía intimidad. No como en los centros oficiales de entrenamiento, que estaban llenos de soldados entrenando, ávidos admiradores de mi hermano que, si bien no lo hacían con mala intención, nos interrumpían para hablar con él y, de hecho, nos molestaban.
Vivimos en el año dos mil trescientos veinticuatro de la Tierra, en el continente Lanan. Según he estudiado en clase, hace cien años se produjo una guerra mundial entre el bando de los brujos y gente mágica y el bando de los no mágicos. La guerra fue catastrófica y sumamente potente. Con el resultado que el aspecto de la Tierra cambió y se formaron dos únicos continentes entre el infinito océano. En el continente de Lanan pasamos a vivir la población no mágica; mientras que en el continente Hafix es donde viven los brujos. Para evitar la destrucción total de la Tierra, que parecía probable debido al alcance de las batallas, en las que se derrocharon las armas nucleares y las armas mágicas; ambos bandos firmaron un tratado en el que acordaron esta distribución para vivir.
Ignoro cómo será la vida en Hafix, ya que en Lanan tenemos prohibido cualquier tipo de contacto con el otro continente y el gobierno tampoco parece dispuesto a facilitarnos información al respecto. Pero aquí las condiciones de vida no me agradan. Vivimos en una cultura de guerra. Se entrena a todo el mundo para el combate desde que son pequeños y en cuanto comienzan a destacar se los segrega para que exploten sus habilidades, siempre de manera enfocada a la guerra. Los soldados y guerreros son las personas que mejor opinión y posición social ostentan y las guerras son televisadas en pantallas gigantes en todo el reino de Conan, nuestro presidente. Actualmente luchamos contra los pueblos bárbaros del norte y contra los rebeldes del este. Ya que hace cien años que no tenemos noticias de Hafix.
Además, la desigualdad entre la gente es escandalosa. Simplemente existen dos clases: los guerreros y los no guerreros. Los que se dedican a la guerra son los que mejor viven, aunque solo los de mayor rango disfrutan de lo más parecido al lujo que se puede encontrar en este continente. Los otros, viven en la pobreza. Solo parecen tener mejores condiciones los médicos, enfermeros, profesores y profesiones que, en general, puedan también ayudar en la guerra, aunque sea de forma indirecta.
Y luego está la ley antimagia. Resulta que existen algunas personas que dentro de nuestro continente nacen con poderes mágicos, es decir, que son brujos. Estos son los marginados del continente. O se los repudia o se los destina para oficios que nadie quiere. Si dan problemas, son enviados a campos de trabajo. La mayoría de la gente cree que son solo eso, lugares donde se los hace trabajar. Pero mi hermano debido al puesto que ostenta dentro del gobierno sabe que son lugares donde se los explota y maltrata. No quiere hablar mucho del tema, pero una vez se le escapó decir que experimentaban con ellos para averiguar más cosas sobre el enemigo, es decir, los brujos.
La ley antimagia es lo que más me afecta. Y eso se debe a que yo he nacido con dos poderes mágicos: piroquinesia y telequinesia. Yo soy una bruja.
Mis padres se dieron cuenta de ello desde que cumplí un mes de vida. No quisieron deshacerse de mí, como la mayoría de los que tienen hijos con poderes. Los orfanatos están llenos de repudiados niños con algún poder. Mis padres decidieron criarme en una casa apartada de la civilización hasta que fuera lo suficientemente mayor como para poder controlar mis poderes. Desde que tengo uso de razón recuerdo estar practicando en ello. Esta circunstancia hizo todavía más difícil que Dani me criara. Afortunadamente, con seis años ya fui capaz de controlarlos y nadie sospecha nada. A parte de mí y de Dani, solo Pedro conoce mi secreto.
Miro al horizonte que se asoma entre las silvas mientras emprendemos la caminata y me pregunto, de nuevo, qué sería de mí si me descubrieran. Probablemente, debido a que soy tan buena guerrera, me utilizarían como rata de laboratorio o me matarían, considerándome una amenaza. Siento asco hacia el gobierno por tratarnos así. También aborrezco a la gente que le sigue el juego y ayuda a marginarnos más a los brujos. Sin embargo, también siento desprecio por mí cuando veo a alguien tratando mal a un brujo y yo no hago nada. ¡Cuánto me gustaría decirle unas cuantas palabras a quien se atreve a insultar o a reírse de la gente mágica! Pero no puedo. Me han educado desde pequeña a no llamar la atención al respecto. Y, aunque me muera ganas de incumplir esta orden, no puedo hacerlo por agradecimiento a Dani. Él ha luchado tanto por mí y por ocultar mi secreto que no puedo pagárselo haciendo que me descubran.
Sacudo la cabeza saliendo de mis pensamientos y vuelvo a fijar la vista en el camino y en todos sus obstáculos que ya me conozco de memoria y no me suponen ninguna dificultad. Comienzo a atender a la conversación de Dani y Pedro sobre el discurso y quiero hacerme partícipe.
—Dani, ¿tú sabes de qué irá esta vez el discurso de Conan? —Pregunto intentando adoptar un tono jovial.
—Acerca de eso te quería advertir algo, Mirs.
Mirs es mi diminutivo. Lo odio pero reconozco que Miranda es un nombre largo para pronunciar tan seguido. Afortunadamente solo me lo llaman los más allegados a mí y no son muchos ya que intento no inmiscuirme demasiado con la gente.
Noto una sombra en la voz de mi hermano y agarro los apuntes con fuerza involuntariamente. Los días en los que el presidente da sus discursos se cancelan las clases. Habitualmente concede sobre dos o tres discursos por año sobre asuntos relevantes para el gobierno como el anuncio de festejos, ceremonias, eventos; también sobre nuevas leyes y, en ocasiones, los más temidos: sobre guerras. Este año no ha dado ninguno todavía y ya estamos en otoño. Así que solo puedo preocuparme ante las palabras de mi hermano y levanto la vista de la tierra llena de piedras para girarme hacia los oscuros ojos de mi hermano.
—¿Qué ocurre? —Pregunto.
—Por ahora solamente he oído rumores —comienza él con cuidado, como si estuviese midiendo sus palabras. Yo me encrespo más porque mi hermano es tan importante que suele estar siempre enterado de todo. Que solo haya oído rumores es algo extraño —. Quiero que comiences a relajarte y a controlar tus poderes porque debes prometerme que, oigas lo que oigas, controlarás tus poderes.
Doy una seca cabezada como señal de asentimiento pero tengo la impresión de que una jarra de agua helada ha invadido mi cuerpo. Por suerte o no, llegamos ya a la ciudad, entonces no puedo hacer más preguntas ya que nos oirían.
Los tres emprendemos la marcha por las lúgubres calles de la capital del continente hacia la Gran Plaza. Lugar donde el presidente dará el discurso. Permanecemos serios y en silencio, tan sólo distraídos por amigos y admiradores de mi hermano. Intento despreocuparme observando el paisaje. Los edificios son tan grises y cochambrosos que aún me deprimo más. Intento restarle importancia a la situación, pensando que son sólo rumores. Aun así comienzo con mis técnicas de relajación y a intentar relegar mis poderes y sentimientos en lo más profundo de mi alma; donde no puedan aflorar al exterior.
Llegamos a la Gran Plaza en quince minutos. Ya está a rebosar de gente expectante, de todas las clases y de todos los aspectos y comentan entre murmullos de expectación qué será la notica que nos dará esta vez el presidente. Mi hermano se despide de Pedro y de mí para dirigirse al palco de autoridades. Mientras tanto, Pedro y yo nos encaminamos a los asientos principales que tenemos reservados en las primeras filas. Pedro se sienta ahí porque también es un guerrero importante y yo, por ser la hermana de Daniel, el mayor guerrero de Lanan.
A mí lado se sienta un joven soldado pelirrojo que me sonríe. Yo permanezco mirándolo fría para después girar la cabeza a Pedro, que se ríe, acostumbrado a mi actitud. Dudo si el soldado me sonríe porque verdaderamente le parezca agradable, lo cual dudo, o porque quiere acercarse a mi hermano. La mirada de Pedro me calma y fijo mi vista en la cicatriz que tiene en la mejilla derecha que se provocó en una batalla hace dos años. Dani también tiene varias cicatrices y no por ello gusta menos al continente. Las cicatrices están bien vistas en Lanan. Significan que has tenido una batalla difícil y has sobrevivido, a pesar de todo.
Resuenan de nuevo los tambores y mi hermano aparece en las pantallas de todo el continente. En cuanto se da cuenta, esboza la mejor de sus sonrisas y saluda acostumbrado ya a tanta admiración y el público estalla en aplausos y gritos de júbilo. No puedo evitar resoplar y Pedro ríe dándome un codazo mientras aplaude y silba divertido. Acabo soltando una risa nerviosa, después de todo.
El presidente Conan aparece en el palco y se sitúa en el estrado con mirada serena y decidida. Es un hombre de cincuenta años de cabello oscuro y piel oliva que emana autoridad con su presencia y sus palabras. Ni siquiera sé cómo llegó al poder; pero ya hace veinte años que es presidente. Según los libros de historia, en la antigüedad los presidentes eran elegidos por votación del pueblo. Ahora hay otros criterios que nadie parece preguntarse. Supongo que los gobernantes siguen siendo llamados presidente por hábito más que por otro motivo. Conocí a Conan hace un año en un evento del que mi hermano era protagonista. Recuerdo mirarlo con odio por permitir que vivamos en esta sociedad y él simplemente sonrió y bromeó diciendo que era una chica muy seria.
—Estimados ciudadanos —comienza su discurso el presidente con voz solemne. El silencio que provoca en el público es espeluznante. Semeja que se ha paralizado el mundo y pienso que así es—. La semana pasada ha sido avistado en la costa este de Lanan un barco de Hafix—. Todo el flujo de pensamientos que había en mi interior se paraliza para escuchar con toda mi atención el discurso del presidente—. Tras investigar, hemos descubierto que Hafix planea invadirnos. Lanan no sólo responderá sino que atacará antes que ellos. Por ello, todos los varones mayores de catorce años serán reclutados desde este mismo día. Y, por supuesto, todos los soldados mayores de diecisiete años; hombres o mujeres; serán llamados a filas también desde este momento. Lanan declara la guerra a Hafix y estamos seguros de que venceremos. Tras cien años volvemos a enfrentarnos y Lanan luchará hasta el final. ¡Gloria a Lanan!
Breve, claro y conciso; como todos sus discursos. Y, entre vítores y aplausos, se anuncia la mayor guerra desde hace cien años.


2
El mundo se detiene y el sonido de las palabras del general se convierte en tan sólo un susurro que es para mí como un eco lejano. Tenía razón Dani al pedirme que controlase mis poderes. Siento como las llamas de las antorchas que adornan el estrado tintinean en un vaivén poco habitual. Me obligo a controlarme y a concentrarme para que mi piroquenis, que es el poder de controlar el fuego, no vaya a más y no empeore todo aún más delatando que soy una bruja. Afortunadamente, todo el mundo debe estar tan absorto con la noticia que ni se ha dado cuenta.
Guerra, guerra, guerra…
Esa palabra resuena en mis pensamientos y, a pesar de que intento distraerme, no logro quitármela de la mente. Apenas consigo entender al general dando instrucciones tanto a los soldados como a los civiles. Clavo mi mirada en un estandarte situado en el estrado e intento dejar mi mente en blanco cuando un increíble peso se cierne en mis entrañas y me dan ganas de vomitar todo lo que he comido en el desayuno.
El general deja de hablar y noto la mano de Pedro sobre mi hombro mientras yo sigo con la mirada perdida. Me giro y veo su sonrisa. Pedro nunca deja de sonreír aunque esta vez es una sonrisa triste, compungida y alarmada.
—Vamos —me susurra.
Y alzo la mirada viendo como todos los presentes comienzan a abandonar la plaza entre murmullos. No reparo en cómo hablan sino que sigo a Pedro, quien me sostiene por el hombro, y emprendo el camino a su lado con la mente en blanco y en estado de shock. Adivino que me lleva junto a mi hermano y no me equivoco. Allí está Dani muy serio pero todavía sereno y me da un gran abrazo. Pedro se une y aguanto las ganas de llorar.
Quiero hablar y decir mil cosas pero de mis labios no salen las palabras y solo puedo apretar más fuerte ese abrazo. Finalmente, los tres nos separamos y Dani me dice:
—Ya lo has oído. Partiremos esta noche. Deberías ir a despedirte de tus amigos. Nos vemos por la tarde —quiero replicar porque mis ojos no quieren perder la visión de mi hermano y la de su mejor amigo—. Prometo estar pronto en casa —añade.
Asiento sin rechistar y me dirijo hasta la zona de la plaza donde estarán mis compañeros de colegio. Mi cerebro comienza a volver a funcionar y reparo en la gente que me rodea. A pesar de que la mayoría adoptan un tono serio y sobrio; cuchicheando, hablando serios y muchos, llorando; me lamenta ver a gente celebrando la noticia. Al fin y al cabo, nos han criado en una cultura de guerra y las guerras están bien vistas.
Fue mucho decir por parte de Dani que fuera a despedir a mis amigos. Creo que los amigos se cuentan con los dedos de la mano; en mi caso, con uno. Mi mejor amigo y, de hecho, la única persona que me atrevo a llamar amigo es Tom. Es un chico menudo y bajito de pelo negro y tez pálida que va conmigo en clase. Desde los ocho años decidí no entremezclarme mucho con la gente de mi edad, salvo lo necesario, pues como soy una bruja debía tener la guardia siempre alta para no ser descubierta. Así pues, siempre me he limitado a ir a clase para sacar las mejores notas y nada más. Pero Tom es distinto. Es un joven tímido y muy buena persona. Me aporta una increíble confianza y, aunque no le he contado mi secreto, estoy segura de que lo aceptaría y no lo contaría.
Tom, tan ajeno a la guerra y tan diferente a mí en fuerza que no sé cómo será capaz de apañárselas en una batalla. Problema más grave aún sabiendo lo que solo los militares saben: a los soldados sin preparación menores de 17 años; es decir, menores de edad; los envían a las batallas perdidas. Batallas en las que solo necesitan enviar a los menos válidos, los prescindibles, los innecesarios… como en las maniobras de distracción. Ellos, los menores de diecisiete, irán a una muerte segura. Así que sé que esta es la última vez que veré a Tom y a…. Él.
Él es Marc. También es compañero de clase y es mi amor platónico desde que tengo siete años. Es un chico alto, esbelto, de cabello castaño y ojos grises. Es muy guapo, siempre lo ha sido y casi todas las chicas del colegio se morirían por salir con él. No hablamos ni nos saludamos a pesar de que a veces me doy cuenta de que me mira. Pero no siempre ha sido así.
Llegué nueva al colegio de la capital con siete años y él fue la primera persona que conocí. Aún recuerdo su sonrisa divertida cuando le espeté bruscamente a la profesora Elis dónde podía sentarme y él se ofreció para ayudarme. Éramos grandes amigos. Ideábamos juegos propios y los poníamos en práctica en lugares secretos como los bosques o las cuevas de las cercanías. A veces él venía a mí casa o yo a la suya y veíamos películas. Recuerdo cómo se reía con los chistes malos y, sobre todo, recuerdo su bondad. Era el primero en ayudar a cualquiera que se cayese, se le olvidase algo o tuviera un accidente; siempre tenía buenas palabras que regalar a los compañeros; era el primero en defender a un niño de alguien que se burlara de él y siempre era muy educado. Quizás fue esa faceta suya la que hizo que me enamorara perdidamente de él. Hasta el día del incidente.
Aquel día estábamos jugando ante la chimenea de su casa. Podía permitirse tal lujo por ser hijo de un alto cargo del gobierno y su casa era muy lujosa en comparación con las de la mayoría de la población. Me acuerdo que se acercó a mí en el juego de una manera que, a mis por entonces nueve años, me puso muy nerviosa y perdí el control de mis poderes. Surgieron unas llamaradas de la chimenea que me quemaron la pierna derecha y, horrorizada a la vez que avergonzada por lo que acababa de ocurrir, salí corriendo de su casa. Desde entonces no hemos vuelto a hablar.
No quise volver a mirarlo a los ojos después del suceso ni quise volver a acercarme a él. Me había expuesto demasiado y no podía permitir que volviese a pasar. Él tampoco me volvió a dirigir la palabra. Me pregunto si aquel día averiguaría mi secreto y ese es el motivo de que no me hable. Sea como fuera, me comporté de manera demasiado extraña ese día y no lo culpo por que no quiera relacionarse conmigo nunca más. Sin embargo, a pesar de que he intentado enamorarme de otros chicos, no consigo quitármelo de la mente. Aún conservo la marca de la quemadura de aquel día en la pierna derecha. Por ello nunca uso faldas y siempre llevo pantalones.
Me acerco a la zona donde están mis compañeros de colegio y no puedo evitar que se me encoja en corazón en un puño. Cada estudiante está con sus familiares, despidiéndose. Algunos lloran ante lo que se les avecina, otros parecen alarmados y algunos, los que tienen preparación en lucha, fanfarronean. Pienso que son unos necios que no saben que irán a una muerte segura. No quiero desvelarles la terrible realidad de lo que se les viene encima. Mejor que vayan felices y animados, así disfrutarán mejor sus últimos momentos.
Cuando veo a Tom le doy un abrazo y él me cuenta lo asustado que está. Consuelo a su destrozada madre e intento darle consejos sobre el combate. Sé que no servirán de nada ya que él no tiene práctica, pero al menos servirán para tranquilizarlo tanto a él como a su familia.
—No creo que pueda serles útil —se lamenta. Y yo tengo una idea.
—Debes demostrarles que eres más útil fuera del campo de batalla que dentro de él —le espeto, mirándolo fijamente. Un ligero rayo de esperanza dentro de las tinieblas—. Eres uno de los más inteligentes de la clase y tienes muchos conocimientos de ciencia y medicina. Házselo saber a tu superior y así te harán ayudante de enfermeros.
—¿Tú crees? —pregunta él, mordiéndose un labio.
“Te lo garantizo”, pienso. Porque se lo diré a mi hermano y él lo logrará. Pero como  supuestamente no puede haber favoritismos en el ejército, simplemente añado.
—Inténtalo—. Y le sonrío.
Entonces lo siento y le veo. Los ojos grises de Marc me miran y le devuelvo la mirada. Solo que esta vez no la esquivo, como acostumbro. Nos quedamos mirándonos fijamente unos instantes y veo el miedo de su mirada. No entiendo porque me está mirando. Pero quiero observarle bien los últimos minutos que pueda. El momento es interrumpido por el padre de Marc, que se lo lleva y le dice algo al oído. Pues llega el momento que han de marcharse.
—Suerte, Tom —le digo a punto de llorar—. Saldrás con vida de esta —añado sin creerme nada de lo que digo. Pero tengo esperanza. Me quito una de mis pulseras y se la doy—. Toma, para que no te olvides de mí y de mis consejos cuando estés en la guerra. Me la regaló mi hermano, es un hombre fuerte, lo sabes. Espero que te transmita parte de su fuerza.
Nos damos un último abrazo y me dirijo corriendo a mi casa, esperando encontrarme pronto a mi hermano y a Pedro allí. Vivo en la calle más importante de la capital y en una de las mejores casas que se pueden encontrar por allí, debido a relevancia de mi hermano. Es blanca, de dos plantas y columnas griegas con un amplio jardín que la bordea. Como todas las casas de los guerreros, tiene una bandera del continente y en el jardín destaca una fuente de cenicienta piedra que a veces considero un derroche.
Entro y veo a mi hermano en el salón con Pedro. Hablan muy serios y es muy raro ver a Pedro serio. La televisión está puesta pero no le hacen caso. En cuanto me ven se levantan del sofá negro.
—Mirs, no tengo mucho tiempo. Esta guerra es la grande y tengo que acudir al palacio…
No dejo terminar de hablar a mi hermano porque cojo un jarrón del mueble caoba del recibidor y lo estampo contra la pared. Tanto Pedro como Dani se quedan callados y me miran alarmados.
—¿Me estás diciendo que puede que sea la última vez de mi vida que te vea y tú no quieres pasar este tiempo conmigo?
—Mirs… —comienza Dani con cautela. Cojo un cuadro y también lo lanzo contra una pared haciendo que quiebre su cristal—. Mirs, me despediré de ti en el puerto. Haré que te permitan vernos partir y ese rato lo pasaré contigo.
Miro a mi hermano con la respiración entrecortada pero sus palabras han hecho mella en mí así que mi furia mengua y dejo de tirar cosas. No obstante, estoy tan enfadada con la situación que, aunque sé que puede que sean unos de los últimos momentos que pase con mi hermano no puedo evitar estar furiosa y pagarla con mi él. Aunque sé que me arrepentiré de ello.
—¡No vayas! —grito histérica—. Ya eres el mejor soldado del continente. ¡No necesitas más méritos! —Dani abre la boca para replicar, pero yo no le dejo—. Ya sé que te pueden condenar por desertor pero los tres somos hábiles. Podíamos huír.
—Esta vez es distinto Mirs, te prometo que sobreviviré —tercia con voz queda.
—Todos dicen lo mismo. ¡Pero esta es la mayor guerra en cien años! ¿Cómo voy a confiar en que tanto tú como Pedro saldréis con vida?
—Por eso mismo, Mirs. Porque es la mayor guerra en cien años y todo lo que has dicho es cierto —añade, decaído. Y es raro verlo así, parece vencido. Yo no sé lo que quiere decir y lo miro, apremiante—. Muy poca gente sobrevivirá a esta guerra. Ni siquiera puedo conjeturar que bando será el vencedor, ya que no se sabe nada sobre Hafix. Solo sé que en esta guerra no tengo que demostrar nada, pues por mucho que haga no decidirá ninguna batalla. Lucharé para sobrevivir y no sobresalir, te lo prometo. No me buscaré grandes objetivos ni me arriesgaré si puedo evitarlo. Creo que tú eres más importante que mi reputación y quiero volver, a buscarte.
Entonces me derrumbo, y aunque intento con todas mis fuerzas no llorar, una lágrima resbala en mi mejilla. Dani me abraza más fuerte que nunca y me da un beso en la mejilla.
—No quiero que te mueras, no quiero perderte —digo con una voz tan infantil que me sorprende.
—Pedro se quedará contigo esta tarde y te llevará al puerto al anochecer —responde sin soltarme y yo asiento.

La tarde me resulta dura y no sé si estoy flotando por culpa del torbellino de emociones que hay en mi interior o si estoy viviendo tan vívidamente la realidad que estoy aterrorizada. Pedro se mantiene firme y recupera su sonrisa. Me cuenta el plan de Dani para mí. A partir de los catorce años el gobierno de Lanan permite vivir sin tutor a la gente. Me quedaré en casa con la compañía de Katerina, la mujer que viene a hacer las tareas domésticas de casa. En estos momentos no está, puesto que uno de sus hijos también partirá a la guerra y lo debe estar despidiendo como es debido. Tendré que seguir asistiendo a clase con normalidad, como todos los alumnos que nos quedemos en Lanan y deberé seguir entrenando por mi cuenta. En caso de que ellos no volviesen ingresaría en una academia militar. No quiero ni pensar en esa alternativa porque perderlos duele demasiado.
Dan las seis y el rojizo sol comienza a declinar. Decido que este año no veré las pantallas de guerra. Lanan pone pantallas en todo el continente donde se televisan los combates de la guerra. Solo los he visto dos veces y fue una experiencia que no recomendaría a nadie. No soporto ver a mi hermano matando y luchando por su vida de la manera en que lo hace; perdiendo su humanidad y su bondad para convertirse en el más fiero y despiadado de los guerreros. No obstante, aunque no los vea sabré que es él el que está luchando por los bramidos y vítores de la multitud que observa las pantallas en las calles. Sufrí en su último combate porque por las reacciones de la gente podía adivinar lo que estaba pasando. Con cada silbido me daba un vuelco el corazón y con cada grito de júbilo sonreía inevitablemente.
El puerto está a rebosar de soldados uniformados y centenares de barcos inmensos están amarrados en la costa, listos para zarpar. Pedro me lleva hasta la zona ocupada por los altos cargos del gobierno que acuden para despedirlos pero los dejamos atrás para dirigirnos a la caseta donde están mi hermano y los oficiales de mayor rango. Pero algo me detiene.
—Miranda, se te ha caído esto.
Mi corazón da un vuelco y me doy la espalda. Marc está ahí, con su padre que es un alto cargo. Se acerca a mí, tembloroso, sujetando algo. Me pregunto qué se me habrá caído ya que no noto ausencia de nada. Cuando Marc me enseña lo que hay en sus manos no puedo creer lo que veo.
Se trata de una muñeca de trapo que fabriqué yo misma de pequeña y se la regalé a él con siete años, cuando lo conocí. ¿Qué hace Marc con ella en estos momentos? Presa de la sorpresa me dirijo a hacer algo que no hacía desde hacía años: hablar con él.

 3
—Sí, es mío —digo, siguiéndole el juego—. Y creo que se le ha caído un botón.
Me dirijo rápidamente a él y le agarro por el brazo bruscamente para llevarlo a un sitio apartado donde nadie pueda oírnos. Veo una caseta pero está cerrada con llave así que llevo a Marc a su parte trasera. Desde allí aún se puede ver el mar y escuchar el rumor de las olas y de la multitud. Pero decido que es lo suficientemente privado.
—¿Qué pretendes? ¿Estás jugando conmigo? —le espeto con dureza mirándolo fijamente a sus ojos grises. Él parece asustado, pero dudo que se trate de mí. Me mira respirando agitadamente y dubitativo.
—¿Jugando contigo? —repite y suspira—. Miranda, ¿por qué me odias?
Lo miro sin comprender y no digo nada.
—Antes éramos tan amigos… Eras la mejor amiga que he tenido nunca—, comienza a decir agachando la mirada—. Entiendo que aquel día te fallé. Debí haberte ayudado con el fuego y no quedarme simplemente mirando. También debí haber corrido detrás de ti cuando te marchaste herida y enfadada. Pero… ¡Tenía nueve años! —exclama fijando sus ojos en los míos—. No sabía lo que hacer… estaba asustado —. Hace una pausa y yo sigo incapaz de articular palabra, incrédula—. He pensado cientos de veces en pedirte disculpas pero tú desde entonces me mirabas con desprecio. Y aun encima tu hermano se hizo famoso y te aislaste, como si te consideraras superior a todos los demás. Nunca di reunido el valor suficiente de pedirte disculpas.
Trago saliva y agacho la mirada, procesando todo lo que me está diciendo.
—No te odio —murmullo con un hilo de voz, abrumada—. Ni siquiera sabía que significaba tanto para ti. De hecho, era yo la que pensaba que me odiabas.
—¿Qué? —Pregunta, frunciendo el ceño y negando con la cabeza—. ¿Por qué te crees que he decidido llevarme la muñeca que me regalaste el día que me caí y me hice la brecha en la rodilla? Me acuerdo que quisiste consolarme con ella… —. Una sonrisa se esboza en su rostro—. Porque quiero llevarme un recuerdo sobre ti.
—¿Te acuerdas de eso? —Pregunto impresionada.
—De eso y más. Como que amas el chocolate blanco y el negro te hace fruncir la nariz; que siempre levantas la mano izquierda en clase, porque con la derecha apuntas a la vez que preguntas; de tu mirada, siempre dura y seca pero firme y alzada…—Sigue enumerando hechos sobre mí que me sorprende que se haya fijado en ellos y más aún, que se acuerde. Y, con su mirada y sus gestos, sé que lo que dice es cierto.
—Nunca te he odiado—. Lo corto, sobrecogida—. Si todo cambió aquel día es porque pensé que habías descubierto mi horrible secreto—. Respiro profundamente y pienso que en la situación en la que estoy, con Marc sincerándose y a punto de morir, no tiene sentido seguir ocultando la verdad—. ¡Soy una apestosa bruja!
Marc me mira impresionado unos instantes y abre más sus ojos grises. Permanezco mirándole, nerviosa pero desafiante. Estoy expectante de cuál va a ser su reacción.
—Siempre te he querido Mirs mirs. Eso no cambia nada.
Mirs mirs, el nombre que me puso cuando éramos pequeños. Al oírlo me doy cuenta de que a él no le importa mi secreto. Más aún, que lo que ha pasado los últimos años no ha cambiado nada y que volvemos a ser los de antes. Pero es mejor todavía porque ahora sé que él también me quiere.
Olvido unos segundos la situación que se nos avecina y lo beso. Siento sus labios cálidos y, aunque no es el primer beso de mi vida, sí es el primero que le doy a Marc. Y puede que también el último. Parece que ambos nos damos cuenta pues no nos separamos y nos apretamos en un abrazo muy fuerte.
—Yo también te quiero. Desde el primer día en que te vi. Siempre ha sido así —susurro cuando separamos nuestros labios pero continuamos abrazados.
—¿Por qué hemos esperado tanto? —se lamenta Marc.
—No pienses en eso —digo acariciándole el rostro y una lágrima resbala de mi mirada. Él me la seca con el dedo de forma tierna—. Piensa en que no nos hemos despedido sin saberlo y, cuando vuelvas, estaré aquí.
El niega con la cabeza.
—Sabes como yo de sobra a dónde nos envían a los menores de diecisiete años—. Espeta con una sonrisa amarga. Yo no sé qué decir porque sé que tiene razón. Y no me extraña que él también lo sepa porque su padre es un alto cargo del gobierno y probablemente se lo haya comentado en alguna ocasión, quizás para disuadirlo de que se alistara voluntariamente—. Estoy muerto de miedo. Sobre todo ahora que sé que te perderé de verdad.
Lo vuelvo a abrazar con todas mis fuerzas. Durante la siguiente media hora aprovechamos el poco tiempo que nos queda. Nos ponemos al día de nuestros sentimientos, de nuestras vivencias, de los cambios que no nos hemos podido contar. Y nos besamos y damos cariño como siempre quisimos hacer. No puedo evitar pensar en lo estúpida que he sido y del tiempo que he perdido ignorándolo. Finalmente, el rojizo sol del crepúsculo está a punto de ponerse y se oyen los tambores que anuncian la partida. Me siento aterrada, no quiero dejarle marchar.
—Quédate la muñeca —digo aguantando el llanto—. Que te recuerde que siempre te he querido y que nada lo cambiará.
Me da un beso para luego quitarse su colgante. Lo conozco de sobra. Lo lleva siempre en el cuello desde pequeño. Es una luna de plata.
—Y tú quédate con esto, Mirs. Nunca te he contado qué significa, ¿verdad?
Lo agarro y me lo pongo con cuidado, mientras niego esbozando una sonrisa que no es de felicidad sino de amor.
—La luna siempre está ahí, aunque no la veamos. Cuando nosotros no la vemos la está viendo gente del otro lado del mundo y, al acabar el día, vuelve; porque siempre ha estado ahí. Lo mismo que yo, que aunque no esté a tu lado, estaré en el otro lado del mundo, siempre para ti.
No puedo evitar estallar del torbellino de emociones que recorren mi cuerpo y sucumbo al llanto. Marc me estrecha con fuerza contra su cuerpo, mientras me llena de besos. De pronto, oigo la voz de mi hermano a mis espaldas. Y, tras un último intenso beso, nos despedimos.
Sigo llorando pero intentando calmarme, y esta vez es Dani quien me abraza y me susurra suavemente que me calme, acariciándome el cabello como a una niña pequeña y recordándome a mi infancia. Siempre hacía lo mismo cada vez que tenía una pesadilla sobre la muerte de nuestros padres.
—¿Cuánto tiempo llevas escuchando? —Digo, entrecortada por mis sollozos.
—Lo suficiente —responde y añade susurrando a mi oído—. Lo protegeré, haré que vuelva sano y salvo para ti, si puedo.
Dejo de llorar y lo miro con ojos muy abiertos, sintiendo renovadas esperanzas.
—Pero no puedes. Siempre has dicho que los chicos no deberían acercarse a mí por conveniencia ya que te tú nunca harías nada por ellos.
—No es solo un chico, Mirs, y lo sabes… has encontrado a un gran hombre.
Siento una oleada de agradecimiento y afecto hacia mi hermano y lo lleno de besos. Él se ríe, recuperando su risa fanfarrona pero con un deje de tristeza.
—¿Podrías ayudar también a Tom? No duraría ni un minuto en un combate. Le he sugerido que sea ayudante de enfermeros.
—Lo intentaré, te lo prometo —dice él firme.
—Lo intentarás —repito débilmente. Sé el significado de sus palabras y la desesperanza vuelve a oprimir mis entrañas. Lo intentará y hará todo lo que pueda. Pero primero debe mantenerse a él con vida. Y, aun así, lo tendrá muy difícil.
Los barcos de los soldados de menor rango zarpan y oigo los vítores con los que son despedidos desde el puerto y la ciudad entera. Permanezco observando la escena abrazada  a mi hermano, que zarpará una hora después, con el resto de guerreros renombrados. Durante ese tiempo charlamos e intentamos hacer el momento agradable. No más llantos, no más quejas. Solo que denoto de sus palabras que se está despidiendo. No tengo fuerzas para reprocharle que no lo haga, que vuelva con vida y que proteja a Pedro, a Marc y a Tom. A medida que pasan los minutos la charla se vuelve más forzada y se nos acaban los temas de conversación pues se acerca el momento inevitable. Los últimos barcos con soldados acaban de zarpar y llega el turno del “Raudo”, el navío más importante de Lanan, el navío de los mejores guerreros. Me da asco pensar que el presidente y la mayoría de los más poderosos del gobierno se quedarán aquí, sin partir a la guerra, haciendo que los soldados decidan la guerra que ellos han inventado. Del gobierno, sólo zarpan hacia Hafix el ministro de combate, el ministro de estrategia y el ministro de batalla. Pues sí, tenemos tres ministerios encargados de la guerra. Al fin y al cabo, vivimos en una cultura en la que la guerra es importante y está bien vista.
—Ten —me dice mi hermano cuando los últimos rayos de sol se esconden en el horizonte. Me entrega su más preciado anillo que, aunque esté colmado de riquezas, es el más preciado porque era de nuestro padre. Es de oro blanco y era su antigua alianza. Yo me quedé con la de nuestra madre y Dani con el de nuestro padre. En el interior tiene escritos sus nombres: María y Bruno—. Por si no vuelvo, quiero que lo tengas tú.
En ese preciso momento se despide de mí y yo me aferro a él en un fuerte abrazo y susurro frenéticamente:
—Vive, haz lo que sea, pero vive y tráemelos a todos.
Él me mira como si no me conociese. Lo cierto es que yo tampoco me reconozco. Antes solía decirle a mi hermano que no luchase, que no matase, que dejara las armas… Ahora me sorprendo pensando lo contrario, no me importa lo que haga con tal de que vuelva y consiga proteger a Marc, Pedro y Tom.
Pedro llega hasta nosotros y también me despido con emoción de él. Aunque hemos tenido toda la tarde para despedirnos no desperdicio el momento de dedicarle otro abrazo. Él también me hace un regalo: una pulsera de cuero que ha hecho él mismo. Me la pongo con cariño y me inunda la gratitud. Pedro es de familia humilde y sólo como guerrero ha conseguido llevar comida a su familia, que vive lejos de la capital.
Permanezco inmóvil, observando como suben al navío. El “Raudo” es el más grande de todos y está decorado por estandartes escarlata con incrustaciones de oro. No evito pensar que es un derroche, con eso se podría mantener a decenas de familias.
 La ruta más aconsejable para llegar a Hafix es por el mar. Para ello, la capital de Lanan es la mejor situada. Hay otra ruta, pero nadie parece querer recordarla y a nadie le gusta nombrarla.
“La tierra maldita”, “El otro continente”, “El sendero de la muerte”. Son algunos de los nombres con los que la gente conoce la ruta alternativa. Aunque tiene un nombre: Daos. Es como un ancho pero corto país situado en el único trozo de tierra que puede unir a los continentes de Lanan y Hafix. Pero tras la guerra ambos continentes firmaron el un tratado en el que conseguir que aquella tierra no fuera concurrida por ningún habitante de ninguno de los dos continentes. Las historias cuentan que nadie puede salir de allí con vida. Y, lo cierto, es que es muy difícil. Dani me ha contado como verdaderamente es. Es una tierra donde los brujos pierden sus poderes, así pues, inhabitable para ellos; pero a la vez una tierra llena de peligros mágicos, así que también inhabitable para los no brujos. Si bien no es imposible atravesarla, es muy improbable salir de allí con vida o en suficientes buenas condiciones como para que los miembros del continente contrario no te maten. Se habla de miles de peligros que allí se encuentran. Muchos fueron consecuencia del derroche de armas tanto mágicas como no mágicas de la guerra de hace cien años. Pero otros tantos fueron impuestos tras la misma para que nadie quisiera atravesarla.
A pesar de que la mayoría de la gente cree que Daos es un lugar donde encontrar una muerte segura, Dani me ha revelado que hay gente que vive allí. Se trata de los desterrados y los delincuentes que huyen de la ley. Es muy fácil ser localizado dentro del continente, por eso se ven obligados a refugiarse en Daos.
El bullicio de la muchedumbre aplaudiendo y emitiendo vítores me hace salir de mis pensamientos. El ruido de las exclamaciones me molesta. No sólo porque no lo considero un momento de celebración, sino porque necesito estar tranquila y sola. Así que busco un lugar para mí, donde nadie pueda encontrarme ni hablarme, ya que ahora me siento como un ser inerte capaz de reaccionar ante nada. Tras alejarme unos metros del puerto, encuentro unas rocas solitarias, a las que no me es difícil llegar debido a las enseñanzas de mi hermano que me permiten moverme como el mejor de los guerreros, es decir, como Dani mismo.
Me siento y arrebujo abrazándome a mis rodillas y observo como los barcos se van alejando y se pierden en la oscuridad de la temprana noche. Miro el agua del mar que casi roza mis pies y la toco con los dedos. Pienso que, en estos momentos, es el único elemento físico que me une a mis seres queridos: a los ojos ámbar de Tom, a la sonrisa de Pedro, a los brazos de Dani que siempre me han cuidado y a los labios de Marc.
Ese pensamiento duele y me hace desviar la vista hacia la luna, que aún no está llena pero reluce con fuerza bañando el océano con rayos de plata. Esa visión causa que, instintivamente, agarre el colgante con forma de luna que ahora cuelga de mi cuello: el regalo de Marc. Y, en estos instantes, me doy cuenta de que Marc también está mirando la luna en este momento. Algo me dice que de veras lo está haciendo y que está pensando en mí, como yo estoy pensando en él.
Entonces siento lo sola que estoy y el miedo que tengo. Ahora se hace tangible. Ya es una realidad. No temo ni al dolor ni a la muerte y nunca he tenido miedo de cosas triviales como los insectos o la oscuridad. Solo tengo miedo a una cosa: la pérdida. Quizás porque la viví siendo muy pequeña cuando murieron mis padres.
El miedo a la pérdida aflora en mí y se hace tan intenso que tengo ganas de gritar, patalear y llorar hasta quedar sin energías. Pero en lugar de eso me quedo inmóvil, tiesa como una piedra, observando el océano. Me siento como en un abismo del que estoy a punto de caer. Lo que me mantenía y me hacía sentir viva se ha ido y ahora siento que estoy a punto de precipitarme sin brazos que me socorran.
No reparo en quien pueda salir vencedor o no de esta guerra ya que eso no me importa. Puede ser que viviera mejor si ganaran los brujos, al fin y al cabo, yo también soy bruja. Intento imaginar cómo será mi vida a partir de ahora y me doy cuenta de que ya nada será igual y lo único que podré hacer será sobrevivir. Ese pensamiento me hace sentir débil y me recuerdo a mí misma que yo no soy débil, que soy una de las mejores guerreras que existen y he conseguido que nadie descubriera que soy una bruja, lo cual es también un gran logro en este continente. Solo que yo lo que realmente quiero es ir a la guerra con ellos y estar a su lado, tanto si puedo protegerlos como si no; porque la muerte y la guerra no medan miedo si yo estoy en ella.
Entonces, tengo una idea.
Partir tras ellos. Ese pensamiento me enciende y hace que mi cabeza vuelva a funcionar. Sé que ya no quedan barcos a los que subir para llegar a Hafix. Pero hay otra ruta, aquella que nadie quiere nombrar.
Algo me dice que puedo conseguirlo. A pesar de que tenga quince años, no sólo soy una de las mejores guerreras de Lanan, al fin y al cabo he vencido hasta a mi hermano, sino que también soy bruja. Además saco las mejores notas de mi clase y estoy sobrada en experiencia sobre supervivencia que me han enseñado tanto Dani como mis padres y Pedro.
Si los criminales pueden vivir allí, ¿por qué yo no? Ellos no pueden escapar de la Tierra Maldita porque serían descubiertos y ejecutados. Yo sí puedo salir: soy bruja y en Hafix me recibirán como a una de ellos. El modo de llegar a la guerra ya lo encontraré al llegar a Hafix.
Me levanto de un salto y corro hacia mi casa con energías renovadas y una única idea en la mente: atravesaré Daos y llegaré hasta mis seres queridos.
Daos, la tierra a la que sólo los desesperados quieren llegar. Pues bien, yo estoy aún más desesperada que ellos.



 4
Empiezo a correr lo más rápido que me permiten mis piernas y, debido a mi práctica, es una velocidad considerable. Mi casa se encuentra en el centro de la capital así que no está muy lejos. Recorro las calles del camino con memoria experta y habituada. De hecho, los habitantes de Lanan solemos movernos o a pie o a caballo. El otro vehículo más rápido que tenemos el carro. Y, según he estudiado en los libros de historia, antes no era así.
Lo que sucede es que, tras la gran guerra de hace cien años, los recursos energéticos habituales de los humanos (petróleo, combustibles, pólvora etc) desaparecieron debido al gasto y derroche de ataques y armamento. Además, la magia también jugó un gran papel en ello. Una estrategia de los brujos fue esa, dejar a los no mágicos sin sus fuentes de energía. Como contraataque los mágicos también dejaron a los brujos sin ese tipo de fuentes de energía. Según nos cuenta el gobierno y según hemos estudiado, él único recurso energético que utiliza actualmente Hafix es su propia magia. Es muy limitada en ese aspecto así que nos describen Hafix como un mundo poco desarrollado, parecido a la antigua Edad Media. Todos nos hemos preguntado cómo será realmente y yo decido que pronto lo sabré por mis propios ojos.
Así pues, solo nos queda la electricidad. A pesar de ello, no hay dinero para mantener muchos generadores. Por lo tanto, no es muy utilizada. Más bien es controlada por el gobierno para sus propios intereses. Y, como vivimos en una cultura de guerra, para la propaganda de esta: con televisores y pantallas gigantes en todo el continente. Es cierto que también poseemos vehículos eléctricos pero es demasiado caro mantenerlos, incluso para el gobierno. He estudiado que antiguamente también había armas de fuego y armas nucleares. Ahora no podemos permitírnoslas y volvemos a luchar con espadas.
A medida que avanzo entre las poco transitadas calles de la ciudad mi plan va cobrando forma en mi cabeza, como una chispa que se enciende y ya no se puede apagar. Adivino que la mayoría de la gente estará ya en sus casas, meditando la situación que se avecina y añorando a sus seres queridos reclutados, por eso casi no encuentro a ninguna persona por mi camino.
Precisamente la parte del plan que más problemática me podría resultar es la que me parece más sencilla. Llegaré desde la capital a la frontera de Daos mediante mi segundo poder mágico: el teletransporte. A mi madre casi le dio algo cuando yo tenía tres meses y vio que había aparecido desde la trona a la cuna por arte de magia. Fue en ese preciso momento cuando descubrió que yo era una bruja.
A pesar de que no controlo mucho mis poderes porque nunca he podido utilizarlos libremente, sé que lo conseguiré. Estoy tan decidida a llegar a la frontera con mi poder que sé que no fallaré. No existe otra alternativa, debo teletrasportame y lo lograré. Por primera vez en mi vida siento una emoción hasta entonces desconocida: estoy orgullosa de ser bruja. Toda la vida he estado avergonzada de ello, debido a la represión del continente de Lanan sobre los brujos, pero hoy siento lo opuesto. Ya que, mi poder puede significar que mis seres más queridos sobrevivan.
El plan parece perfecto. Escribiré una nota para la señora que se encarga de las tareas de mi casa en la que le contaré que he partido en barco junto al resto de los soldados por decisión de Dani y que, además, es un asunto secreto. Sé que ella no lo cuestionará ni sospechará. Confía en nosotros y siempre se le ha dado bien guardar nuestros secretos. Después cogeré provisiones y me prepararé para el viaje y, finalmente, me teletransportaré a la frontera con Daos lo antes que pueda.
Cuando por fin llego a mi casa actúo muy rápido. Escojo y guardo las provisiones en mi mochila especial para la guerra, que me ha regalado Dani hace dos años y apenas he tenido ocasión de utilizar. Guardo ropa, alimentos que pueda necesitar, armas y utensilios que sean útiles para la supervivencia (como linterna, cerillas, medicinas, cuerda entre otras cosas). Garabateo apresurada la nota para la encargada de la limpieza y la deposito sobre la mesa del recibidor. Sé que ahí la verá.
Sin embargo, no puedo evitar observar mi casa con aire nostálgico, a pesar de que aún no he partido. Paseo entre sus paredes recordando los momentos vividos en ella, el lugar donde crecí. Porque una parte de mí se da cuenta de que no la volveré a ver y, también, de que seguramente no volveré con vida.
Percatarme de ello no me asusta. Tengo claro los riesgos de mi plan y está claro que lo más probable y seguro es la muerte. Pero la otra opción sería quedarme aquí y esperar resignada a observar cómo se desarrollan los acontecimientos sin mi intervención. Yo nunca he sido así. Nunca me he quedado a esperar resignada. Siempre he sido dueña de mi destino y lo seguiré siendo, sin confiar en la suerte.
Por otro lado, pienso que el fracaso no es una opción. He de conseguirlo y confiar en ello me dará fuerzas para lograrlo. Me mentalizo de que soy capaz, ya que he sido entrenada durante toda mi vida para ocasiones como esta.
Me pongo manos a la obra y, con todo listo y preparado, agarro un viejo mapa del continente de mi hermano y localizo la frontera con Daos. La visualizo con mucha concentración y cierro los ojos imaginándome que aparezco allí. Sorprendiéndome incluso a mí misma, ya que no estoy habituada a utilizar mi poder, aparezco justo dónde quería. Pero no ha salido tan bien como esperaba.
Estoy en una explanada de arena ante un oscuro cielo repleto de nubes de las que se asoman los plateados rayos de la luna. Me encuentro entre dos grandes murallas; ambas de piedra gris, según lo que mis ojos en la penumbra de la noche pueden distinguir. Solo que no contaba con el estrepitoso ruido de una alarma sonando. Permanezco paralizada porque no sé qué significa.
De pronto, escucho pasos de gente corriendo hacia a mí y sólo se me ocurre una idea: alejarme corriendo de ellos lo más rápido que pueda. Comienzo a correr en dirección opuesta a los pasos justo cuando logro ver a dos mujeres y un hombre con uniforme de guardias avanzando velozmente hacia mí.
—¡Detente! —Vocifera una de las mujeres con una voz ronca y potente.
La ignoro y observo como la primera flecha que me disparan pasa por encima de mi cabeza pero sin alcanzarme. Decido apresurar más mi carrera, preguntándome si lanzarán más flechas y sabiendo que no puedo hacerles caso ni hablarles porque intentan matarme.
La segunda flecha me roza la oreja y, sin tiempo a recuperarme de la impresión, la tercera flecha que me disparan me alcanza el brazo izquierdo. No puedo evitar gritar de dolor pero reúno todas mis fuerzas para seguir corriendo. Oigo sus risas de regodeo y triunfo a mis espaldas. No obstante, he tenido suerte. La flecha no se ha incrustado en el brazo. El dolor me hace aflojar el paso contra mi voluntad y me percato que seguirán disparando hasta matarme.
--¡Así no podrás ir muy lejos, bruja! —Se burla de mí el hombre.
Claro que no podré ir muy lejos, hasta yo lo sé. Intento pensar con más rapidez que mis piernas, que ya flojean el paso, y decido teletrasportarme hacia el otro lado del muro. Cuando siento como se tensa un arco para dispararme de nuevo, cierro los ojos concentrándome en mi poder. Y, a pesar del dolor y la fatiga,  aparezco en lo alto del muro, no al otro lado de él.
Me acuesto e intento ocultarme velozmente. No ha salido como esperaba y deduzco que se debe a que con la fatiga y la herida abierta, no tengo fuerzas para teletransportame más lejos. De todas formas, he logrado salvarme la vida.
Tumbada sobre la fría y dura piedra intento rebajar el ritmo de mi respiración, que era frenético, e intentar respirar sin hacer ruido. Es un esfuerzo considerable debido a lo asustada, cansada y preocupada que estoy. Me doy cuenta de que la herida sangra mucho y que tengo que hacer algo para solucionarlo. Oigo las voces de los guardias que me perseguían y sé que no puedo arriesgarme a coger el botiquín de mi mochila porque haría demasiado ruido. Por lo tanto, cojo un pañuelo y hago un torniquete improvisado con él.
—Mi primer día como guardia en la frontera ha sido bastante emocionante —comenta una de las mujeres.
 Sé que son guardias por su uniforme. Y me reprocho interiormente no haber previsto que me encontraría con ellos. Me doy cuenta de que fallé en la planificación de mi plan. No debería haber sido tan impulsiva y haberme parado por lo menos un par de horas a pensarlo.
—Sí has tenido suerte —afirma el hombre—. ¡Una bruja poderosa! A veces no tenemos esa diversión en semanas.
—¿A dónde creéis que ha ido?
—No tengo ni idea pero si está tan loca y desesperada como para aparecer en la frontera de Daos haciendo sonar la alarma es que volverá.
—Entonces la mataremos —tercia la mujer de voz más grave y autoritaria con voz escalofriantemente fría y tranquila.
—Sí, yo también la quiero muerta. Para el presidente valdrá más sin vida —comenta con anhelo el hombre—. Puede utilizarla como arma en esta guerra.
—¿A qué te refieres?
—A que es un golpe contra los brujos que el primer día desde el anuncio de la guerra aparezca uno más muerto.
Los tres ríen a carcajadas.
—¿Es momento para abrir el Whiskey?
—No, espera a que la matemos a ella o a otro de su calaña —se mofa la mujer de voz grave.
Escucho como se alejan, eufóricos. Sigo intentando controlar mi respiración porque cada vez parece que quiero respirar más fuerte. La curiosidad puede conmigo y asomo la cabeza para ver a dónde se dirigen los guardias. A lo lejos, entreveo una enorme tienda de tela blanca con estandartes y banderas del continente. Los guardias entran y supongo que es donde pasan la mayor parte del tiempo.
Vuelvo a girarme y me permito respirar con fuerza. Me repugna como los guardias se toman a los brujos, como si fueran animales que hay que cazar y, aún encima, celebrar su muerte con alcohol. De todas formas yo no quiero matarlos. Intento pensar en algún modo de salir de estas sin tener que matar a nadie y no veo la forma. Me debí haber planteado que tendré que matar si quiero que mi misión tenga éxito. Muchas veces he tenido la tentación de preguntarle a Dani qué se siente al matar a una persona. Nunca me he atrevido. Sobre todo por el hecho de que, cada vez que nos acercábamos al tema, el semblante de Dani se apagaba y oscurecía por una sombra de dolor.
La herida sigue doliendo y, como los guardias ya están lejos, saco el botiquín con cuidado de mi mochila. Desinfecto la herida e intento coserla tal y como me han enseñado. Tengo algo de anestesia que me inyecto antes de proceder a coserla. Pero aun así debo morder un trozo de tela para aguantar mejor el dolor. Me cuesta una barbaridad coserla y el resultado no es muy bueno, aunque es lo mejor posible teniendo en cuenta de que sólo dispongo de un brazo para ello. Después vendo la herida y me doy por vencida, desplomándome sobre la fría piedra y observo la luna.
Pienso que quizás es mejor desistir y volver a teletransportarme a la capital. No sé cómo atravesar la frontera sin que los guardias me maten. Pero entonces, una nube solitaria se aparta de la luna y esta reluce con fuerza sobre mí, logrando que el colgante de plata de mi cuello brille a su vez. Lo agarro dulcemente y lo observo. Pienso en Marc y en el futuro que deberíamos haber tenido juntos; pienso en Tom y en que tiene muy pocas posibilidades de salir con vida de esta a no ser que alguien lo ayude; también en Pedro y en su infatigable sonrisa que necesito en estos momentos y en los del resto de mi vida; y, por supuesto, en Dani, que siempre me ha protegido y entrenado para ocasiones como esta y no puedo permitir desperdiciar todo lo que me ha enseñado y hecho por mí.  Decido que no hay marcha atrás y que estoy haciendo todo esto por ellos.
Con este pensamiento y, a pesar de lo asustada que estoy, el sueño comienza a apoderarse de mí y cierro los ojos, pensando que no se está tan mal. Que vengan a por mí, los estaré esperando…
Al alba despierto sobresaltada. La alarma está sonando de nuevo. Pero esta vez no he sido yo quien la ha accionado.






sábado, 25 de agosto de 2018

Poema "Princesa Encarcelada"


De verde esmeralda y frío dorado sus poderes entre esperpento.
A la princesa maldijo la bruja de la sociedad y el dinero.
En una celda de apagados barrotes y de su voz en tan sólo un momento
Privándola a la anciana democracia helena en el hierro.
Dictadura psicológica y de los grilletes de los billetes. De lo encubierto.
Con un piano por compañía, los en apariencia pálidos y delicados dedos
 por fuera, más de duro diamante e inquebrantable mármol por dentro
Rozaron las teclas y surgieron las notas. Las palabras anhelaban con fuero
 la melodía y descubrió que cantar podía. Fuerte como acero.
Así, palabras y música, amantes, olvidaron su agonía. Y de la hiel veneno.
Cantó la princesa a la fraternidad de las gentes que la quisieron.
A la justicia de los inocentes. A la igualdad de sus súbditos y adeptos.
Y de paz y amornía por amor unidos su deseo.
Cantó para los oídos que escucharla anhelaban. A pieles privadas sin consenso
De su tacto. A labios sellados. Al olfato de las rosas ya olvidado y zalamero.
En amor y pasión las palabras y las notas se fundieron.
A un mundo podrido. Hacia el amor desinteresado que no espera reflejo.
Dos palabras: alma amiga. Y cantó la princesa acordes ardientes de fuego.
Torrentes de canciones de agua y lluvia y de estragos sus aguaceros.
Vendavales de melodías en el desierto. Y cuales terremotos conciertos
Que de la tierra hizo temblar de explosión de inspiración sus cimientos.
Música que resuena del genio creador como un placentero sueño
Llegando a sus aliados, sus partidarios del tirano prisioneros.
Alentándolos la incandescente antorcha de esperanza de luz agujero.
Y derrocar al tirano y de su plan de esclavitud intento.
Letras y acordes usurpando ungüentos del embrujo se unieron.
Cual rayo, cual relámpago, cual choque, cual trueno.
Entre gente contaminada resuenan de los solitarios cánticos su eco,
De oasis de personas de consciencia, grandes valores y pensamiento.
Se lee en su voz alzando su discurso en sintonía entre rumores austeros,
Peligroso mas inofensivamente ofensivo de energía y poesía sin miedo.
Armas más letales que afiladas hojas de dagas, los instrumentos.
Agonizaban las hiedras y espinos que su celda custodiaban entre lamentos.
Con firme ética y principios ilesos apuntando al sol directos.


viernes, 17 de agosto de 2018

Poema "La Ninfa"


El aventurero, rebuscando, sigue y adora la montaña.
La hierba crujir sus pasos entre las fieles copas de árbol.
Y las hojas que al compás del viento entre latidos danzan.
Un día llegó sin pretender llegar a una laguna de cristal azulada.
La más bella ninfa emergió cual espejismo y visión.
No la empañaron rocas batallando con la cascada.
Ni acariciando la tierra , impasibles, las calmadas aguas.
Receló de ella el montañero con actitud defensiva y hostil.
Se dio cuenta de que era el ser del que otros hablaban.
Viajeros que su belleza alababan y los embrujaba.
Una náyade por todos admirada y quien a todos ignoraba.
Pero este montañero despertó su curiosidad.
La ninfa olió tal sentimiento. La ninfa de las tres melodías y caras
En vano desplegaba su embriagador encanto y armas.
Poco a poco se fue haciendo hueco en el corazón
Del montañero, de espaldas ya al sol, hasta vacíar su alma.
Sin voz le hacía señas, melodías y le dedicaba palabras.
El viajero decía pero tres condiciones quiso ponerle:
Garantía y Prudencia. Palabra y Lucha. Libertad y Seguridad.
Pues el montañero no está dispuesto, sin más, renunciar a la montaña.
Cuando un hombre desea a una ninfa hay alocado fanatismo.
Cuando un hombre ama a una ninfa hay pasión alocada.


miércoles, 15 de agosto de 2018

Capítulo 27 "Primavera de Tormenta"

La web ha cambiado título y enlace:

https://espanol.free-ebooks.net/ebook/Tormenta-de-Primavera




27 TRACIÓN, ¿O NO?
La misión había sido un éxito. Laisho regresaba a Vuelaflor victorioso junto a sus tropas. Una batalla más vencida en aquella guerra de dimensiones colosales. Sin embargo, no entendía porque en ningún momento se había quitado a Marta de la cabeza.
Soñaba con su cabello castaño y alborozado. Que no había pasado nada que lo distanciara y aún estaban juntos reviviendo buenos momentos y sensaciones. El aroma del mar con su rostro hundido en su pecho. El olor del campo con su mano en la espalda... Despertaba y su presencia todavía lo acompañaba. Lo que había visto en sus sueños seguía allí, como si no hubiese imaginado nada y todo hubiese sido real. Ya durante el día, bien estuviese elaborando estrategia y dirigiendo a sus hombres o bien estuviera en el campo de batalla mantenía su recuerdo en mente. Es más, ante los más duros golpes se motivaba pronunciando en un susurro el nombre de Marta.
Estaban separados, sí. Pero lo achacaba a la inocencia de Marta en materias de guerra. Una inocencia que tendría que dejar atrás a medida que se fuera adentrando en este gran conflicto bélico. Quería un poco de distancia y espacio. Se lo daría. Marta era un espíritu libre de un gran ímpetu. Era inevitable no verlo. Quizás, tras unos días, mostraría de nuevo su interés. Sabía que lo amaba y confiaba en ella y en su corazón.
Al entrar en Vuelaflor, el pueblo los recibió con honores. Le llegaron noticias de que la batalla en la Fortaleza de Hielo también había sido favorable, aunque no entraron en detalles. Eso lo alegró más. La muchedumbre se mostraba feliz entre gritos de júbilo aclamando sus nombres. Pero Laisho, entre todo el run run de la gente, llegó a comprender una frase que no supo si se la había imaginado. "¿Y la Esperanza Alada".

La tarde era albina. Un manto de nubes perladas tapaba la capital y, desde el mar, se extendía una neblina que invadía la ciudad. Laisho se dijo que se sentía frío. ¿Cómo no se iba a sentir frío si hacía frío? Había algo, en aquella tarde gris, que le decía que algo iba mal. Tenía un presentimiento. Uno de esos presentimientos que sólo un militar puede tener.
Sintió que aquello ya lo había vivido. Mientras seguían surcando la principal arteria de la ciudad entre la población vitoreando y volvió a decirse que era un idiota. Pues claro que ya lo había vivido. ¿De cuántas batallas victoriosas había salido?
Sin embargo, sus temores crecieron al llegar al palacio. A pesar de que le estaban felicitando por su éxito, todos sus conocidos mostraban semblante serio. Lo miraban casi evitando cruzarse con sus ojos. Y hasta vio pena en la mirada de Carlo.
Y Marta no estaba.
—¿Ocurre algo? --Preguntó a Carlo que, al fin y al cabo, era el más cercano a su exnovia.
—Os lo dirá todo la reina.
El salón de palacio estaba desierto, a excepción de la reina Elzia. La fantasmagórica luz de la niebla se colaba entre los ventanales mostrando las vistas de la capital desteñidas por el blanco.
—¿Y Marta? --Fue lo primero que dijo Laisho.
Elzia esbozó media sonrisa y respiró hondo. Le contó a Laisho todo lo sucedido hasta el momento en la Fortaleza de Hielo. Habían ganado la batalla y Marta, engañada, permaneció allí custodiando al nuevo rehén, Reidos. Laisho escuchaba estupefacto sintiendo una mezcla de rabia y frustación.
—Sólo que no contamos que las tropas del Reino del Este estarían ya esta mañana allí para rescatar a su príncipe—. Culminó Elzia su relato.
Laisho permaneció en silencio. Dio una vuelta en el salón mientras su respiración se agitaba.
—La has enviado a una misión suicida. La has engañado. La matarán.
—Vamos, alteza. Marta es una elfa. Allí es todo hielo, no podrán matarla. No pueden ni hacer fuego. Marta es lista sabrá esconderse y protegerse hasta que nuestra tropa llegue y la rescate.
—¿En qué punto habéis perdido vuestro juicio como reina justa a una retorcida psicópata que juega con la gente?
—Es la guerra. Vos lo sabéis bien. A veces debemos hacer jugadas estratégicas que nos duelen. ¿Qué os voy a contar que no habéis hecho? Además, si muriera, es sólo otra baja más.
—Marta es la Esperanza Alada.
—Lo véis así porque os importa. Porque la amáis. Miradlo con perspectiva y distancia.
Entonces se oyeron golpes en la puerta de madera.
—Adelante.
Entró Carlo bastante nervioso. Miraba a los dos reyes como quien observa un partido de tenis. No se daba decidido a hablar.
—Carlo, me preocupáis. Sosegaos. ¿Qué sucede? —Inquirió la reina.
—Nuevas noticias sobre Marta.
—¿Está bien? —Apuró Laisho.
—Marcha con la comitiva del reino del Este rumbo a Rosfuego. Como... como prometida del príncipe Reidos.
Silencio. Un silencio pesado. Y Laisho notó una jarra de agua fría sobre todo su interior. Ni se pronunció.
—Cómo veis, mi rey... esta chica es demasiado lista. Sana y salva. Y tanto.
—Tiene que haber una explicación.
Elzia también parecía inmóvil y paralizada. Solo que no se mostraba, en absoluto, alterada. A diferencia de Laisho.
—Los que ostentamos el poder no podemos dejarnos llevar por excusas. Nos ha traicionado. Recuerda que luchamos por valores que incluyen la justicia. La justicia conlleva la carga de castigar.
—No sé cómo podéis hablar con tanta ligereza de Marta —terció Laisho, todavía estupefacto.
—Vos habláis como corazón roto que sois. El amor y el poder no son compatibles. El amor se convierte en debilidad.
—Conozco lo suficiente a Marta para creer que tiene que haber un motivo más grande para que actuase de esa manera.
—“De esa manera”… prometiéndose con uno de nuestros principales enemigos. ¿Quién es el que habla ahora con ligereza? —Murmuró Elzia. Se mostraba ligeramente ofendida—. Recomponeos. Ahora es nuestra enemiga. No podéis seguir guardándole cariño.
—Si todo el mundo creyera más en el amor ya no haría falta tener que hacer guerra por los valores que defendemos. El amor haría que fluyeran por sí solos entre la gente.
Laisho se dejó desplomar en un sillón de la pedregosa estancia. De repente, se sentía muy cansado. La noticia lo había desarmado pero se aferraba a su fe por Marta.
—Olvidáis que el amor tiene dos caras: la amable y la cruel. Cuando se acaba la pasión y el enamoramiento llegan el rencor y las decepciones que sumen a un corazón en las tinieblas. Hace vulnerable. Olvidadla, Laisho. Y, ahora, descansad. Lo merecéis, habéis conseguido una gran victoria. Espero que un buen sueño os devuelva la sensatez.
Durante los siguientes días intentó apartar a Marta de su mente. Se dedicaba a entrenar más duro que nunca y a asestar todavía sus más fuertes golpes a sus adversarios. Se mantenía ocupado informándose y tomando decisiones de su reino. Las palabras de la reina le habían causado ira porque una parte de él decía que la verdadera culpa era suya, así que se negó a partir a ninguna más de sus batallas. No le iba a meter en entuertos que podrían llevar a engaños como a Marta. No obstante, seguía acudiendo a las reuniones y dando consejos de estratega para las batallas que estaban teniendo lugar en el reino del Sur y sus traficantes. Las batallas estaban siendo favorables y todo apuntaba a un próximo golpe decisivo en esta guerra. Guerra que ya no quería sentir como suya.
De vez en cuando, entre miradas de compasión y de rabia, había gente que le hacía comentarios que el escuchaba sin responder. Comentarios que le hacían recordarla y también lo que había hecho y que preferiría que nadie le dijese.
—Esa traidora merece la muerte —lo abordó una capitana un día que se dejó ver por la taberna.
—No lo esperaba de ella. Pero había mucho libertinaje en su manera de actuar —añadió al  instante uno de los soldados enanos.
—Las malas lenguas dicen que era una lagarta que sólo buscaba el poder. Aquí no pudo —dijo en amago seductor una joven de la corte la tarde del segundo día después de la noticia.
—La elfa… tan mala como todos los de su especie. Nunca me pareció normal —comentó un duque residente en palacio, joven y frágil, que tan sólo se dedicaba a pasearse por palacio con sus mejores galas.
—Era rencorosa. No soportó la jugarreta que le hicimos. Ni siquiera la culpo —se resignó Alesio un día que estaban entrenando.
—Hay algo más que no sabemos, su majestad. Ella os amaba. Esconde algo —repuso Sajala en ese mismo momento.
—Da igual lo que diga la gente. Nos la ha jugado —Terció la reina en una reunión en la que ambos reyes debatían estrategia a solas y celebraban un nuevo golpe tras haber conquistado el reino del Sur.
La guerra era favorable. El pueblo se mostraba animado. Al cuarto día todos parecían haber olvidado a su querida Esperanza Alada. Había voces de odio que, en ocasiones, se hacían oír al pasearse por la capital. Muchos la querían muerta. Pero, en fin, la mayoría la habían olvidado celebrando las grandes victorias de sus reyes. Sin embargo, por mucho que quisiera alejarla de sus pensamientos, Laisho aún pensaba en ella.
Cuando estaba a solas consigo mismo y la almohada, antes de dormir, intentaba imaginar mil motivos para que Marta tomara ese rumbo. Algo, todo… le decía que no le había traicionado. Algo, todo… le decía que había intenciones ocultas en sus actos. Y, aun así, lo que dolía imaginarla con Reidos. ¿Qué habrían hecho? ¿Habría profanado esos labios y ese cuerpo que hasta hacía poco habían sido como los suyos? La cuarta noche estaba tan carcomido por esos pensamientos que decidió salir a dar rienda suelta a sus pasiones por la ciudad.
Enfundado en ropas modestas que no delatasen quien era, salió sólo en una noche clara y constelada hacia el primer local de fiesta que se encontrara en su camino. Acabó en un bar bastante decente donde rápidamente se le acercó una mujer. Era bella. La quiso amar y llegó a besarla. Pero, a pesar de su insistencia, pensó que podría pasar la noche besándola sin sentir nada. Sentía todavía demasiado por Marta. No fue capaz de compartir su lecho y salió del bar ante el enfado de la joven.
Caminando, solitario, rumbo de nuevo a palacio, se dio cuenta de que estaba borracho y cierta gente empezaba a reconocerle. Le restó importancia. Era rey, pero era humano, tenía derecho a una noche de fiesta si se le antojaba. Serpenteó por caminos para demorar la llegada a palacio mientras intentaba aclarar la mente. Solo que no contaba con que Fitles lo encontrase cuando se internó de nuevo en la calle principal rumbo a palacio.
—Hay novedades, alteza. La reina me encontró a mitad de palacio y me envía a contároslas —dijo muy rápido y balbuceando.
—¿Estás borracho? —Preguntó Laisho, también aturdido.
—No más que vos, alteza —replicó Fitles. El rey supuso que Fitles vendría de fiesta en medio de la noche en palacio y había sido la primera persona que se había encontrado la reina para dar la noticia—. Marta ha asesinado a la princesa Niara y está en busca y captura por el reino del Este.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Laisho quedó petrificado. Al instante, sintió una mezcla entre euforia y miedo. Euforia, por tener la prueba de que no les había traicionado, al fin y al cabo. Y miedo, por el peligro al que estaba ahora expuesta.
—Voy a ver a la reina. Gracias Fitles.
Apuró el paso mientras se daba cuenta de que no importaba nada, ni el poder ni el dinero si ella no estaba. Recordó aquella noche de nubes en la que tuvo sus primeras y únicas palabras con Reidos. Pues sí, él ya había conocido a Reidos. Habían tenido un parlamento cuando Laisho engañó al reino del Este sacrificando su propio ejército. Tuvo lugar en una ostentosa tienda militar en medio del campamento bélico del reino del Este.
—Acudís a parlamentar —dijo, sin saludar, un Reidos de cabello ceniciento y ojos ámbar que relucían de triunfo.
—Así, es —concedió, muy serio, el rey Laisho.
—Dejadnos —ordenó el príncipe Reidos a sus hombres, que obedecieron al instante.
Invitó a Laisho a sentarse frente a él, cara a cara, de igual a igual. Gesto de cortesía y respeto que él declinó.
—No me creo vuestra estratagema —terció, tranquilo, Reidos.
—Los negocios son negocios. Las estrategias, estrategias —replicó el rey Laisho, sin querer exponerse.
—Tan simple y tan complejo. Buena jugada —concluyó Reidos esbozando una sonrisa satisfecha.
Laisho temía ya cualquier cosa. Por lo tanto, no dudó en añadir:
—Se supone que no sabéis nada o si no deberíais darme ya muerte.
Se hizo una pausa dentro de la tienda escasa de mobiliario y decoración sin más ruido entre ellos que el crepitar de las llamas en las antorchas.
—No voy a mataros esta noche. Somos más parecidos de lo que nadie pueda imaginar.
—No me insultéis —escupió Laisho.
—Oh, no os hagáis el ofendido —dijo Reidos, petulante—. Pero lo sabéis.
—Creo que habéis escogido un bando equivocado.
Laisho se hacía una idea de lo que le estaba concediendo el príncipe. Sabía que de ser Osles el que sospechara el verdadero plan de Laisho y no Reidos, ya lo habrían matado. Salvo que Osles no era tan listo como Reidos y no se había dado cuenta. Algo indicaba al rey Laisho que había dentro de Reidos una justicia y bondad que no dejaba ver fácilmente.
Reidos se limitó a encogerse de hombros.
—Más adelante, uno de los dos le dará muerte a otro. Podría ser ahora, pero no queremos.
—O algo nos mate antes —concluyó Laisho antes de marchar.
Sí, algo había unido sus destinos y matado a ambos antes. Una mujer medio elfa llamada Marta. ¿Qué sería lo que fabricaba esa mujer que hacía derretir el corazón de los reyes y príncipes? ¿Qué le daba esa luz que cegaba a todos? Sí, a todos. Muchas veces quiso pegar a alguno más por verlo derretido ante esa luz,  esa energía, cuando era a Laisho a quien pertenecía. Nunca aspiró a poseerla más allá del respeto y del cariño pero eso no impedía que a veces tuviera punzadas de celos. Esa sonrisa angelical era ahora la perdición de Reidos.
—Quizás ha obrado bien y ha conseguido un duro golpe que debamos aprovechar pero está descontrolada. No podemos manejarla —dijo Elzia que lo estaba esperando en el salón del trono.
Laisho había llegado deprisa, sumido en sus recuerdos. La reina Elzia y charlaron gravemente sobre la noticia y sus repercusiones.
—¿Aspirábais a eso? ¿A manejarla? Recuerdo que fue vuestra mentira la que le hizo obrar así —espetó el rey.
—Sólo son conjeturas. Id a dormir. Tras un sueño reparador recobraréis el juicio —culminó una Elzia que parecía más confusa que nunca.
—Debemos protegerla —insistió.
—Ya veis lo que es capaz de hacer. Sé que vendrá por sí sola. Entonces, decidiremos qué hacer con ella.
Laisho cayó en un sueño turbulento al llegar a su cuarto que sólo fue capaz de conciliar por todo el cansancio acumulado. Despertó con la primera luz del día habiendo dormido escasas horas y con leve sensación de resaca que le martilleaba la cabeza. No obstante, se levantó rápido para vestirse y acudir a ver a Elzia de nuevo por si había novedades.
El palacio era un revuelo de murmullos. Algunos intentaron frenarlo para decirle a saber qué. Laisho los ignoró, directo a su rumbo y temiendo nuevas noticias.
—Ha llegado —anunció Elzia en cuanto lo vio.
Iba a seguir hablando con su voz gutural entre la luz clara de la mañana en Vuelaflor pero él la interrumpió, con el corazón en un puño.
—Quiero verla.
Elzia fijó sus ojos claros en él.
—Está en el calabozo.
Laisho calló unos segundos, paralizado pero ansioso.
—¿La habéis encerrado en una celda? —Escupió las palabras.
—Ella misma lo ha pedido —respondió la reina, haciendo una seña con la mano para callar al rey—. Cabe decir que yo iba a hacer lo mismo. No opuso resistencia. Se encaminó a la celda ella sola. No quiere hablar con nadie. Tengo la impresión de que sólo a vos os dirá algo.
—Ha matado a Niara, os lo recuerdo —insistió Laisho. Horrorizado de que el destino de Marta fuera ahora estar entre barrotes.
—Y yo os recuerdo cómo nos la ha jugado.
Laisho ignoró a la reina y se dirigió rumbo a las mazmorras lo más rápido que le permitían sus piernas cansadas pero fuertes a ver a Marta.


Capítulo 26 "Primavera de Tormenta" Lo prometido es Deuda.


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26 LO PROMETIDO ES DEUDA
Tenía a su enemigo delante y no podía evitar sucumbir al llanto. A lo mejor debía morir, había hecho mucho mal. Y ella creía en la justicia. Acurrucada sobre sí misma, escondió la cabeza en las rodillas y gimoteaba. Su corazón hervía en un cúmulo de emociones. Desde el rencor y odio que la había hecho orquestar aquella masacre hasta la culpa de haberse convertido en una auténtica asesina y carnicera. Sentía el helado suelo de mármol soportando la gran carga de su cuerpo y la que suponía su alma y todo daba igual. Que fuera lo que tuviese que ser.
Reidos se acercó a ella. Bien, iba a matarla. Había matado a su hermana. Era justo. Sin embargo, Reidos la abrazó.
Sin saber si era algún tipo de maniobra para acabar con su vida o un abrazo sincero, Marta se dejó caer sobre su pecho y siguió derramando lágrimas. Estaba a la expectativa de que, de repente, le insertara un puñal o algún tipo de arma letal. Qúe boba. Era inmortal. A lo mejor guardaba algún tipo de fuego mágico e iba a hacerla arder. Pero Reidos la mantenía entre sus brazos, respirando agitadamente y no hizo nada.
—Harta de valor —dijo Reidos, con voz queda.
Eso cogió con la guardia baja a Marta. Alzó la vista y se encontró con sus ojos ámbar, dolidos.
—Verme llorando de esta manera… ¿te hace burlarte de mí? —musitó Marta, dejando de llorar.
Desde las ventanas se veía una noche incipiente, donde los colores del cielo se mezclaban como en una pintura de tonos rosáceos apagados, dando lugar a la oscuridad. Reidos sostuvo la mirada de Marta.
—Has vengado a los tuyos y a los que querían matarte. No tienes nada que ver con este mundo más de lo que te ha hecho la gente a la que has matado —terció, bastante alterado.
Marta se deshizo de su abrazo. Corcel seguía en la ventana. Algo no la dejaba huir. Lo que hizo fue sentarse en la mesa del difunto líder de hechiceros y encenderse un puro medio consumido que tenía allí plantado el anciano. Nunca había fumado, ni siquiera en la Tierra. Pero tampoco nunca había matado, otro hábito recién adquirido. No vio problema en darle una calada que templó un poco su estado de ánimo.
—He matado a tu hermana —repuso.
—Y es mi culpa —dijo Reidos, que se irguió y la miraba sin atisbo de amenaza, con la espada envainada y sin rastro de fuego cercano.
—¿Tu culpa? —Logró escupir Marta antes de empezar a toser por la segunda y fuerte calada que había dado al puro.
Reidos se acercó a ella y le arrebató el puro para apagarlo en un cenicero de piedra.
—No caigas en la autocompasión por haber sido una niña mala —le reprochó, duro—.Cientos de personas en este mundo matan a mucha gente que más de la que tú has matado y les da igual. Es más, no tienen ni mayores motivos para matar más que el dinero o la diversión. Pero les da igual.
Marta retorció las manos con ganas de tenerlas ocupadas y se sirvió un vaso de zumo de limón del antiguo propietario de la estancia. Pensó que necesitaría algo más fuerte.
—Yo no soy como ellos —contestó, invitando con un vaivén a Reidos a un vaso, que denegó.
—Y lo sé, por eso cargo con la gran culpa de haberte hecho hacer esto.
Reidos, a pesar de no ser una persona trasparente, parecía sincero. Había dolor en sus ojos. Marta volvió a recelar de él. Siempre recelaba de él. Dio un pequeño sorbo al zumo que resultó ser demasiado agrio y lo plantó de nuevo con fuerza sobre la mesa.
—¿No quieres matarme?
—Lo prometido es deuda —contestó él, recuperando el tono solemne que lo caracterizaba—. Prometí que te rescataría hasta que pudieras escapar. Sigo cumpliendo mi palabra.
Marta negó con la cabeza.
—Es otra trampa. ¡Como la de tu hermana! —Exclamó, nerviosa e incrédula al mismo tiempo.
—Mi plan falló. Me olvidé de Niara y sus sucias mariposas —decía Reidos sentándose a su lado—. Nunca sospeché que las utilizara hasta ese punto conmigo. Sucia traidora —añadió, con desprecio—. Debí mantenerte a mi lado y que no llegara a acorralarte. Entiendo que tuviste que matarla para sobrevivir y escapar.
—Pero… era tu hermana —musitó Marta.
—Digamos que ni Osles ni Niara, ni yo teníamos grandes vínculos afectivos más allá de nuestra unión para instaurar un imperio —respondió el príncipe Reidos, poniendo los ojos en blanco.
Marta había aprendido ya en confiar en ese hombre más de lo que su instinto le decía. Decidió proseguir la charla con él, a pesar del inquietante murmullo de sus soldados fuera del Bastión Morado, ansiosos por matarla.
—Suena horrible.
—Niara murió como soldado que era —prosiguió él—. No empuñaría una espada pero era hábil en la guerra y tenía su bonita mente maniobrando estrategias y triquiñuelas que la hacían letal. Parecía una muñequita pero fue la mujer más peligrosa que llegué a conocer. Sé, que si la ocasión lo requiriera, no dudaría en matarme o apresarme. Tal y como vi que osaba hacer con el rey Osles.
—¿Cómo lo sabes? —Inquirió Marta, más tranquila pero triste. La culpa no se había ido y todavía sentía un dolor intenso dentro de ella.
—Sabía utilizar sus mariposas. En cuanto supe que estabas con ella fui corriendo hasta el cuarto donde intentó matarte y las vi. Usé las mariposas y vi lo que había pasado —explicó Reidos.
—¡Pero no lo has ocultado! ¡Has traído hasta aquí a soldados para que me maten! —No pudo evitar gritar Marta.
—Tenía que cumplir mi plan, Marta. No seas tan ingenua —dijo, con paciencia—. Quiero salvar tu cuello pero el mío también importa, ¿sabes?
Marta asintió con la cabeza. Se sentía conmovida ante el corazón tan bien escondido del príncipe del Reino del Este. Y supo entenderlo pues, de ponerse en sus zapatos, ella estaría igual. A la vez, que Reidos sabía ponerse en su lugar y no romper su promesa de que escapara salva.
—Entiendo. ¿Cuál es tu maldito plan ahora?
—Fingiremos que hemos luchado y has escapado —dijo, como si tal cosa.
—¿Te creerán?
—Tendrás que herirme y yo a ti.
—¡Qué bonito! —Exclamó Marta. No obstante, tenía mucho sentido.
—La guerra no es bonita. Lo que siento por ti y me hace actuar así, sí. Mis soldados nunca cuestionan mi palabra y, aun así, qué más da. Que se vayan, quedémonos solos.
—Empiezo a creerte —terció Marta. No dudó en golpear a Reidos haciéndole un moratón en la cara y cogió una antorcha rápidamente con la que se quemó parte del brazo izquierdo. Un dolor nada considerable con el de su alma. Reidos apenas se inmutó pero sonrió y asintió, a la vista de que Marta había actuado veloz con el plan—. Ya está, ya tenemos coartada— añadió Marta después y se irguió para pasear inquieta por la habitación blanca.
—La feliz ignorancia de la dulce equivocación —dijo Reidos, mirando su nuevo moratón en un espejo, como dándole aprobación—. Quiero tenerte, Marta. Te vi llena de luz, la que temía mi hermana y te veo ahora tan desenfrenada y triste que deseo con toda mi alma salvar tu esencia… a ti.
Marta se paró en seco. Suspiró y se encaró:
—No puedo amarte.
— No necesitas mi amor pero yo sí amarte —añadió él, acercándose a Marta y acariciándole el rostro.
—¿Y qué nos depararía ese futuro? O cambias o no estoy dispuesta a tenerte —contestó ella, inmutable—. No puedo luchar por lo que tú luchas. Yo quiero un futuro de justicia, de paz, de igualdad… de bien.
Giró la cabeza y clavó su vista en Corcel escondido entre la oscuridad de la reciente noche. Silencioso e invisible por sus dotes de bestia entrenada por elfos.
—Deja de hablar sobre el futuro. No me preguntes por él. Está ya en nuestras manos —terció Reidos, enigmático—. Pero sé que entre tú y yo no hay futuro. Aunque siempre podríamos escribir otra historia. Sin finales felices.
Marta no pudo evitar darle un abrazo en el que él se aferró con fuerza, tanto que la apretaba aunque no le molestaba, la reconfortaba. Él le besó el cabello. Ella no se opuso.
—Te aprecio, de verdad —afirmó Marta, franca—. Y tú parece que lo sabes todo. Sé que podrías hacer cosas buenas pero no quieres. Tendremos que despedirnos.
—Volveré, no te vas a librar tan fácilmente de mí. La vida se queda corta cuando te tocan el corazón —dijo Reidos, al deshacerse del abrazo.
Marta puso los brazos en jarras ante aquellos ojos que brillaban. Y supo que su sentimiento era fuerte y sincero. Y Marta sintió también dolor al estar haciendo daño a aquel hombre.
—Me haces sentir peor. Cambia.
—Tan sólo quiero refugiarme en el camino y no desviarme de él —repuso, con sinceridad y poniéndose nervioso. Marta nunca lo había visto perder el control.
—Realmente eres una persona que podría llegar a amar. Eres una lucha de luz y oscuridad. Parece que quiere luchar fuerte la luz pero siempre dejas vencer a la oscuridad.
Marta le acarició la espalda acorazada y él esbozó una sonrisa resignada para contestar:
—Es mi camino.
—Tu camino es lo que me aleja de ti. Y no sé ni a dónde vas.
—Yo tampoco. Pero es lo que debo hacer —insistió.
—Te diría que traicionases a tu reino, a tu hermano… Ya no sólo uniéndote a Elzia. Exiliándote, escondiéndote hasta que acabe todo esto. Pero no puedes—. Marta hizo una pausa—. ¡No puedes! Te amaría de no ser por tu oscuro camino, mi lealtad al reino… y…
—Tu amor por Laisho —adivinó Reidos.
Marta sintió una punzada en el corazón.
—Sí —confirmó, sonriendo dulce—. Tan sólo puedo pedirte una cosa —tomó aire—.Más allá de que me estés constantemente salvando la vida. Una vida más… ¿qué más da que sea una elfa? —Reidos hizo amago de hablar pero Marta lo detuvo—. Calla. Esta guerra es difícil para ambos bandos. Si ganase el reino del Este, te pediría que fueses fiel a la luz de tu corazón e intentases gobernar de la manera más justa posible. Que intentases frenar a tu hermano en su crueldad e intentases un bien mayor para la gente.
Mantuvieron una mirada cargada de sentimiento y palabras no dichas durante unos instantes. Reidos soltó una seca risotada. Sacudió la cabeza y, finalmente, contestó serio:
—Te lo prometo.
—A veces me sorprende ver eso que llamáis luz de mi reflejada en la gente. Me asusta y me gusta a la vez. Espero poder ser realmente esa luz en la que confiáis. Superar mis demonios interiores y llegar a conseguir un mundo mejor —habló Marta rápidamente.
—Tengo fe en ti. Nunca podré olvidarte.
Reidos cogió su mano suavemente y la besó.
—Nuestros caminos quizás vuelvan a cruzarse. Pero entonces tendremos que luchar a muerte —dijo Marta, abrumada ante sus palabras.
—No hemos nacido para estar juntos, a pesar de lo que siento —respondió él, tranquilo. Hablar de guerra no era algo grave para él—. Uno de los dos tendrá que morir.
—Sí. Gracioso, ¿eh? —Terció Marta, con una risita incómoda.
Entonces el clamor de los soldados se hizo más fuerte y, entre la constelada noche del exterior, se escuchaban gritos y golpes de alarma. Quizás sospechaban que deberían salvar a su general, a Reidos.
—Marcha. Te debo no deberte nada.
Reidos la agarró fuertemente del brazo y la arrastró hasta la ventana donde la aguardaba Corcel.
—Yo te debo mucho —dijo Marta con un hilo de voz. Reidos, impaciente, hizo un movimiento con la mano para restar importancia—. Supongo que no es un adiós.
—Llámalo “hasta luego”.
Tras dedicarle su última sonrisa. Marta vio como Reidos corría escaleras abajo y ella despegó con Corcel sorteando a los bárbaros soldados del Reino del Este rumbo, de nuevo, a Vuelaflor.

martes, 14 de agosto de 2018

Poema "Un Réquiem a los Vivos"



Este poema nació en por inspiración del grupo literario "Olladas" donde nos animaron a escribir un poema sobre la muerte, a nuestra manera. Espero que os guste!


UN REQUIEM A LOS VIVOS

En el olvido nace tu recuerdo perecido.
Resuena el fallecido corazón marchito
Reflejo de amor negro en ecos de latidos.
Resuena olvidando su existencia, su camino.

Sentimiento frío
Fría emoción
Indiferencia cálida
Cálida aflicción.

Vivos que están muertos
Alma en la memoria
Muertos que están vivos
Alma en el vacío

Labios morados y pálidos
Se marchitan los lirios
Una oda a los muertos
Un réquiem a los vivos.


Poema "La Sirena y la Estrella"


Su loco corazón da lo que recibe.
Canciones por canciones, poemas por poemas.
Abrazos por besos. Caricia por suspiros.
Su loco corazón ni padece ni siente, ni cosecha.
Ha olvidado como amar y se arrepiente.
Rompiendo las olas sobre las rocas la sirena piensa.
Su loca alma nada entre abismos de arboledas.
Enseñándole de nuevo el amor y sus temas.
Alma que ve arcoíris de mil colores
Y es ciega ante la bruma y las tinieblas.
Alma que escucha melodías de esperanza
Y es sorda ante las voces atacantes lastimeras.
Viene y va. Se abre y se cierra.
Se centra y se abstrae. Ignora y sabe.
Como el viento, sincera.
Como el agua, transparente.
Como el sol, brilla y de fuego su diadema.
Como la luna, aparece y se esconde.
Suspira la sirena por una estrella.
Entre el firmamento, la más cerca de ella.
Y la que le ofrece las más incandescentes señas.
Quisiera la sirena ser luna para a su lado tenerla.
La ilumina con sus disfraces y melodías tiernas.
Si la sirena pudiera fundirse con la espuma de perla.
Para evaporarse camino al cielo nocturno a verla.
Quizás la estrella callera en la tierra, cometa.
Por su cola el cielo no podrá alcanzar sin torpeza.
Si al menos la estrella bajase al mar y la quema
Y sus centellas danzando al compás de la marea.
Entre labios y pieles batallando despiertan.
En abrazos que olvidan distancias, que se enredan.
Otro día más. Y el mundo lo ignora. Y sueñan.
Desea otra noche más que aparezca
Y así, brillante de vida, contemplar su belleza.
Belleza de alma y apariencia de fuego y fuerza.
Aburrida de las criaturas marinas traicioneras.
Su alma no enloquece por astro cualquiera.
Criaturas de fantasía, extrañas y compañeras.
Mas no se obsesiona la sirena. La quiere, la anhela.
Y que desde lo más alto su confianza le ofrezca.
Sus rayos en el mar protegiéndola contra la niebla.


lunes, 13 de agosto de 2018

Poema "En el agua"


En las pálidas olas he visto las risas de los envidiosos,
Sus calumnias, sus crueles palabras en lunes azulados.
En lagunas de plata he visto las injusticias del mundo,
Gigantes pisando derechos. Templados martes soleados.
En la cascada torrencial he visto la ignorancia de quien
No quiere creer ni saber. Tétricos miércoles añorados.
En el oasis del desierto he visto la pobreza y el hambre
Encubierta de verdes imaginados y jueves anhelados.
En el hielo he visto derretirse las luchas de quien
No defiende en aquello que cree. Viernes esperados.
En la niebla he visto ahogarse los pensamientos
Que tantos han callado por miedo. Queridos sábados
Y el domingo he visto su mirada.
Reflejada en su mirada vi como el mar recibía al fuego.
Reflejada en sus palabras vi como florecían mil sueños.
Reflejada en su voz vi una ciega, sorda y muda pasión.
Reflejada en una ilusión vi ir y volver a mi corazón.
En sus ojos he visto los cuatro elementos y estaciones.
Los siete días de la semana y los siete pecados capitales.

jueves, 9 de agosto de 2018

Poema "Ave que vuela"


Ave que ve, desde lo lejos, a su amazona mientras sobrevuela
Desde la Galia hasta las aguas plata y los campos trigueños de Grecia.
Con el sol que resplandece, partió la amazona de las tierras de Troya, lejos.
Hasta el anochecer, dejando atrás a sus Aquiles, Ulises y Teseos.

Liberó la amazona de su cruel pastor a los ignorantes borregos,
se volvieron caballos alados con plumaje libre, plateados y esbeltos.
Y creyó ver su locura, su risa, su ingenio. Causa perdida llena de vida.

Incendio sobre las flores, las despojó del humo que brillante cegaba
Su aroma y vista del sol. Florecieron las coloridas rosas más bellas.
Y creyó oír su carácter, su fuerza, su pasión. De la fe ciega garantía.

Devolvió libros y lápices a niños que, sin sustento, mendigaban.
Se alzaron con conocimiento caballeros, reinas, príncipes y damas.
Y creyó oler su inteligencia y agudeza. Lengua sensata y alocada por día.

Recordó cómo llegó a ella y a revivir su helado corazón de granito.
Con sus guiños y palabras en el viento, el ave, como un leve himno.
El ave como espectro, fantasma lejano, con puro sentimiento la guiaba.
Desde el cielo la contemplaba mientras sobre sus andares volaba.