miércoles, 15 de agosto de 2018

Capítulo 27 "Primavera de Tormenta"

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27 TRACIÓN, ¿O NO?
La misión había sido un éxito. Laisho regresaba a Vuelaflor victorioso junto a sus tropas. Una batalla más vencida en aquella guerra de dimensiones colosales. Sin embargo, no entendía porque en ningún momento se había quitado a Marta de la cabeza.
Soñaba con su cabello castaño y alborozado. Que no había pasado nada que lo distanciara y aún estaban juntos reviviendo buenos momentos y sensaciones. El aroma del mar con su rostro hundido en su pecho. El olor del campo con su mano en la espalda... Despertaba y su presencia todavía lo acompañaba. Lo que había visto en sus sueños seguía allí, como si no hubiese imaginado nada y todo hubiese sido real. Ya durante el día, bien estuviese elaborando estrategia y dirigiendo a sus hombres o bien estuviera en el campo de batalla mantenía su recuerdo en mente. Es más, ante los más duros golpes se motivaba pronunciando en un susurro el nombre de Marta.
Estaban separados, sí. Pero lo achacaba a la inocencia de Marta en materias de guerra. Una inocencia que tendría que dejar atrás a medida que se fuera adentrando en este gran conflicto bélico. Quería un poco de distancia y espacio. Se lo daría. Marta era un espíritu libre de un gran ímpetu. Era inevitable no verlo. Quizás, tras unos días, mostraría de nuevo su interés. Sabía que lo amaba y confiaba en ella y en su corazón.
Al entrar en Vuelaflor, el pueblo los recibió con honores. Le llegaron noticias de que la batalla en la Fortaleza de Hielo también había sido favorable, aunque no entraron en detalles. Eso lo alegró más. La muchedumbre se mostraba feliz entre gritos de júbilo aclamando sus nombres. Pero Laisho, entre todo el run run de la gente, llegó a comprender una frase que no supo si se la había imaginado. "¿Y la Esperanza Alada".

La tarde era albina. Un manto de nubes perladas tapaba la capital y, desde el mar, se extendía una neblina que invadía la ciudad. Laisho se dijo que se sentía frío. ¿Cómo no se iba a sentir frío si hacía frío? Había algo, en aquella tarde gris, que le decía que algo iba mal. Tenía un presentimiento. Uno de esos presentimientos que sólo un militar puede tener.
Sintió que aquello ya lo había vivido. Mientras seguían surcando la principal arteria de la ciudad entre la población vitoreando y volvió a decirse que era un idiota. Pues claro que ya lo había vivido. ¿De cuántas batallas victoriosas había salido?
Sin embargo, sus temores crecieron al llegar al palacio. A pesar de que le estaban felicitando por su éxito, todos sus conocidos mostraban semblante serio. Lo miraban casi evitando cruzarse con sus ojos. Y hasta vio pena en la mirada de Carlo.
Y Marta no estaba.
—¿Ocurre algo? --Preguntó a Carlo que, al fin y al cabo, era el más cercano a su exnovia.
—Os lo dirá todo la reina.
El salón de palacio estaba desierto, a excepción de la reina Elzia. La fantasmagórica luz de la niebla se colaba entre los ventanales mostrando las vistas de la capital desteñidas por el blanco.
—¿Y Marta? --Fue lo primero que dijo Laisho.
Elzia esbozó media sonrisa y respiró hondo. Le contó a Laisho todo lo sucedido hasta el momento en la Fortaleza de Hielo. Habían ganado la batalla y Marta, engañada, permaneció allí custodiando al nuevo rehén, Reidos. Laisho escuchaba estupefacto sintiendo una mezcla de rabia y frustación.
—Sólo que no contamos que las tropas del Reino del Este estarían ya esta mañana allí para rescatar a su príncipe—. Culminó Elzia su relato.
Laisho permaneció en silencio. Dio una vuelta en el salón mientras su respiración se agitaba.
—La has enviado a una misión suicida. La has engañado. La matarán.
—Vamos, alteza. Marta es una elfa. Allí es todo hielo, no podrán matarla. No pueden ni hacer fuego. Marta es lista sabrá esconderse y protegerse hasta que nuestra tropa llegue y la rescate.
—¿En qué punto habéis perdido vuestro juicio como reina justa a una retorcida psicópata que juega con la gente?
—Es la guerra. Vos lo sabéis bien. A veces debemos hacer jugadas estratégicas que nos duelen. ¿Qué os voy a contar que no habéis hecho? Además, si muriera, es sólo otra baja más.
—Marta es la Esperanza Alada.
—Lo véis así porque os importa. Porque la amáis. Miradlo con perspectiva y distancia.
Entonces se oyeron golpes en la puerta de madera.
—Adelante.
Entró Carlo bastante nervioso. Miraba a los dos reyes como quien observa un partido de tenis. No se daba decidido a hablar.
—Carlo, me preocupáis. Sosegaos. ¿Qué sucede? —Inquirió la reina.
—Nuevas noticias sobre Marta.
—¿Está bien? —Apuró Laisho.
—Marcha con la comitiva del reino del Este rumbo a Rosfuego. Como... como prometida del príncipe Reidos.
Silencio. Un silencio pesado. Y Laisho notó una jarra de agua fría sobre todo su interior. Ni se pronunció.
—Cómo veis, mi rey... esta chica es demasiado lista. Sana y salva. Y tanto.
—Tiene que haber una explicación.
Elzia también parecía inmóvil y paralizada. Solo que no se mostraba, en absoluto, alterada. A diferencia de Laisho.
—Los que ostentamos el poder no podemos dejarnos llevar por excusas. Nos ha traicionado. Recuerda que luchamos por valores que incluyen la justicia. La justicia conlleva la carga de castigar.
—No sé cómo podéis hablar con tanta ligereza de Marta —terció Laisho, todavía estupefacto.
—Vos habláis como corazón roto que sois. El amor y el poder no son compatibles. El amor se convierte en debilidad.
—Conozco lo suficiente a Marta para creer que tiene que haber un motivo más grande para que actuase de esa manera.
—“De esa manera”… prometiéndose con uno de nuestros principales enemigos. ¿Quién es el que habla ahora con ligereza? —Murmuró Elzia. Se mostraba ligeramente ofendida—. Recomponeos. Ahora es nuestra enemiga. No podéis seguir guardándole cariño.
—Si todo el mundo creyera más en el amor ya no haría falta tener que hacer guerra por los valores que defendemos. El amor haría que fluyeran por sí solos entre la gente.
Laisho se dejó desplomar en un sillón de la pedregosa estancia. De repente, se sentía muy cansado. La noticia lo había desarmado pero se aferraba a su fe por Marta.
—Olvidáis que el amor tiene dos caras: la amable y la cruel. Cuando se acaba la pasión y el enamoramiento llegan el rencor y las decepciones que sumen a un corazón en las tinieblas. Hace vulnerable. Olvidadla, Laisho. Y, ahora, descansad. Lo merecéis, habéis conseguido una gran victoria. Espero que un buen sueño os devuelva la sensatez.
Durante los siguientes días intentó apartar a Marta de su mente. Se dedicaba a entrenar más duro que nunca y a asestar todavía sus más fuertes golpes a sus adversarios. Se mantenía ocupado informándose y tomando decisiones de su reino. Las palabras de la reina le habían causado ira porque una parte de él decía que la verdadera culpa era suya, así que se negó a partir a ninguna más de sus batallas. No le iba a meter en entuertos que podrían llevar a engaños como a Marta. No obstante, seguía acudiendo a las reuniones y dando consejos de estratega para las batallas que estaban teniendo lugar en el reino del Sur y sus traficantes. Las batallas estaban siendo favorables y todo apuntaba a un próximo golpe decisivo en esta guerra. Guerra que ya no quería sentir como suya.
De vez en cuando, entre miradas de compasión y de rabia, había gente que le hacía comentarios que el escuchaba sin responder. Comentarios que le hacían recordarla y también lo que había hecho y que preferiría que nadie le dijese.
—Esa traidora merece la muerte —lo abordó una capitana un día que se dejó ver por la taberna.
—No lo esperaba de ella. Pero había mucho libertinaje en su manera de actuar —añadió al  instante uno de los soldados enanos.
—Las malas lenguas dicen que era una lagarta que sólo buscaba el poder. Aquí no pudo —dijo en amago seductor una joven de la corte la tarde del segundo día después de la noticia.
—La elfa… tan mala como todos los de su especie. Nunca me pareció normal —comentó un duque residente en palacio, joven y frágil, que tan sólo se dedicaba a pasearse por palacio con sus mejores galas.
—Era rencorosa. No soportó la jugarreta que le hicimos. Ni siquiera la culpo —se resignó Alesio un día que estaban entrenando.
—Hay algo más que no sabemos, su majestad. Ella os amaba. Esconde algo —repuso Sajala en ese mismo momento.
—Da igual lo que diga la gente. Nos la ha jugado —Terció la reina en una reunión en la que ambos reyes debatían estrategia a solas y celebraban un nuevo golpe tras haber conquistado el reino del Sur.
La guerra era favorable. El pueblo se mostraba animado. Al cuarto día todos parecían haber olvidado a su querida Esperanza Alada. Había voces de odio que, en ocasiones, se hacían oír al pasearse por la capital. Muchos la querían muerta. Pero, en fin, la mayoría la habían olvidado celebrando las grandes victorias de sus reyes. Sin embargo, por mucho que quisiera alejarla de sus pensamientos, Laisho aún pensaba en ella.
Cuando estaba a solas consigo mismo y la almohada, antes de dormir, intentaba imaginar mil motivos para que Marta tomara ese rumbo. Algo, todo… le decía que no le había traicionado. Algo, todo… le decía que había intenciones ocultas en sus actos. Y, aun así, lo que dolía imaginarla con Reidos. ¿Qué habrían hecho? ¿Habría profanado esos labios y ese cuerpo que hasta hacía poco habían sido como los suyos? La cuarta noche estaba tan carcomido por esos pensamientos que decidió salir a dar rienda suelta a sus pasiones por la ciudad.
Enfundado en ropas modestas que no delatasen quien era, salió sólo en una noche clara y constelada hacia el primer local de fiesta que se encontrara en su camino. Acabó en un bar bastante decente donde rápidamente se le acercó una mujer. Era bella. La quiso amar y llegó a besarla. Pero, a pesar de su insistencia, pensó que podría pasar la noche besándola sin sentir nada. Sentía todavía demasiado por Marta. No fue capaz de compartir su lecho y salió del bar ante el enfado de la joven.
Caminando, solitario, rumbo de nuevo a palacio, se dio cuenta de que estaba borracho y cierta gente empezaba a reconocerle. Le restó importancia. Era rey, pero era humano, tenía derecho a una noche de fiesta si se le antojaba. Serpenteó por caminos para demorar la llegada a palacio mientras intentaba aclarar la mente. Solo que no contaba con que Fitles lo encontrase cuando se internó de nuevo en la calle principal rumbo a palacio.
—Hay novedades, alteza. La reina me encontró a mitad de palacio y me envía a contároslas —dijo muy rápido y balbuceando.
—¿Estás borracho? —Preguntó Laisho, también aturdido.
—No más que vos, alteza —replicó Fitles. El rey supuso que Fitles vendría de fiesta en medio de la noche en palacio y había sido la primera persona que se había encontrado la reina para dar la noticia—. Marta ha asesinado a la princesa Niara y está en busca y captura por el reino del Este.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Laisho quedó petrificado. Al instante, sintió una mezcla entre euforia y miedo. Euforia, por tener la prueba de que no les había traicionado, al fin y al cabo. Y miedo, por el peligro al que estaba ahora expuesta.
—Voy a ver a la reina. Gracias Fitles.
Apuró el paso mientras se daba cuenta de que no importaba nada, ni el poder ni el dinero si ella no estaba. Recordó aquella noche de nubes en la que tuvo sus primeras y únicas palabras con Reidos. Pues sí, él ya había conocido a Reidos. Habían tenido un parlamento cuando Laisho engañó al reino del Este sacrificando su propio ejército. Tuvo lugar en una ostentosa tienda militar en medio del campamento bélico del reino del Este.
—Acudís a parlamentar —dijo, sin saludar, un Reidos de cabello ceniciento y ojos ámbar que relucían de triunfo.
—Así, es —concedió, muy serio, el rey Laisho.
—Dejadnos —ordenó el príncipe Reidos a sus hombres, que obedecieron al instante.
Invitó a Laisho a sentarse frente a él, cara a cara, de igual a igual. Gesto de cortesía y respeto que él declinó.
—No me creo vuestra estratagema —terció, tranquilo, Reidos.
—Los negocios son negocios. Las estrategias, estrategias —replicó el rey Laisho, sin querer exponerse.
—Tan simple y tan complejo. Buena jugada —concluyó Reidos esbozando una sonrisa satisfecha.
Laisho temía ya cualquier cosa. Por lo tanto, no dudó en añadir:
—Se supone que no sabéis nada o si no deberíais darme ya muerte.
Se hizo una pausa dentro de la tienda escasa de mobiliario y decoración sin más ruido entre ellos que el crepitar de las llamas en las antorchas.
—No voy a mataros esta noche. Somos más parecidos de lo que nadie pueda imaginar.
—No me insultéis —escupió Laisho.
—Oh, no os hagáis el ofendido —dijo Reidos, petulante—. Pero lo sabéis.
—Creo que habéis escogido un bando equivocado.
Laisho se hacía una idea de lo que le estaba concediendo el príncipe. Sabía que de ser Osles el que sospechara el verdadero plan de Laisho y no Reidos, ya lo habrían matado. Salvo que Osles no era tan listo como Reidos y no se había dado cuenta. Algo indicaba al rey Laisho que había dentro de Reidos una justicia y bondad que no dejaba ver fácilmente.
Reidos se limitó a encogerse de hombros.
—Más adelante, uno de los dos le dará muerte a otro. Podría ser ahora, pero no queremos.
—O algo nos mate antes —concluyó Laisho antes de marchar.
Sí, algo había unido sus destinos y matado a ambos antes. Una mujer medio elfa llamada Marta. ¿Qué sería lo que fabricaba esa mujer que hacía derretir el corazón de los reyes y príncipes? ¿Qué le daba esa luz que cegaba a todos? Sí, a todos. Muchas veces quiso pegar a alguno más por verlo derretido ante esa luz,  esa energía, cuando era a Laisho a quien pertenecía. Nunca aspiró a poseerla más allá del respeto y del cariño pero eso no impedía que a veces tuviera punzadas de celos. Esa sonrisa angelical era ahora la perdición de Reidos.
—Quizás ha obrado bien y ha conseguido un duro golpe que debamos aprovechar pero está descontrolada. No podemos manejarla —dijo Elzia que lo estaba esperando en el salón del trono.
Laisho había llegado deprisa, sumido en sus recuerdos. La reina Elzia y charlaron gravemente sobre la noticia y sus repercusiones.
—¿Aspirábais a eso? ¿A manejarla? Recuerdo que fue vuestra mentira la que le hizo obrar así —espetó el rey.
—Sólo son conjeturas. Id a dormir. Tras un sueño reparador recobraréis el juicio —culminó una Elzia que parecía más confusa que nunca.
—Debemos protegerla —insistió.
—Ya veis lo que es capaz de hacer. Sé que vendrá por sí sola. Entonces, decidiremos qué hacer con ella.
Laisho cayó en un sueño turbulento al llegar a su cuarto que sólo fue capaz de conciliar por todo el cansancio acumulado. Despertó con la primera luz del día habiendo dormido escasas horas y con leve sensación de resaca que le martilleaba la cabeza. No obstante, se levantó rápido para vestirse y acudir a ver a Elzia de nuevo por si había novedades.
El palacio era un revuelo de murmullos. Algunos intentaron frenarlo para decirle a saber qué. Laisho los ignoró, directo a su rumbo y temiendo nuevas noticias.
—Ha llegado —anunció Elzia en cuanto lo vio.
Iba a seguir hablando con su voz gutural entre la luz clara de la mañana en Vuelaflor pero él la interrumpió, con el corazón en un puño.
—Quiero verla.
Elzia fijó sus ojos claros en él.
—Está en el calabozo.
Laisho calló unos segundos, paralizado pero ansioso.
—¿La habéis encerrado en una celda? —Escupió las palabras.
—Ella misma lo ha pedido —respondió la reina, haciendo una seña con la mano para callar al rey—. Cabe decir que yo iba a hacer lo mismo. No opuso resistencia. Se encaminó a la celda ella sola. No quiere hablar con nadie. Tengo la impresión de que sólo a vos os dirá algo.
—Ha matado a Niara, os lo recuerdo —insistió Laisho. Horrorizado de que el destino de Marta fuera ahora estar entre barrotes.
—Y yo os recuerdo cómo nos la ha jugado.
Laisho ignoró a la reina y se dirigió rumbo a las mazmorras lo más rápido que le permitían sus piernas cansadas pero fuertes a ver a Marta.


Capítulo 26 "Primavera de Tormenta" Lo prometido es Deuda.


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26 LO PROMETIDO ES DEUDA
Tenía a su enemigo delante y no podía evitar sucumbir al llanto. A lo mejor debía morir, había hecho mucho mal. Y ella creía en la justicia. Acurrucada sobre sí misma, escondió la cabeza en las rodillas y gimoteaba. Su corazón hervía en un cúmulo de emociones. Desde el rencor y odio que la había hecho orquestar aquella masacre hasta la culpa de haberse convertido en una auténtica asesina y carnicera. Sentía el helado suelo de mármol soportando la gran carga de su cuerpo y la que suponía su alma y todo daba igual. Que fuera lo que tuviese que ser.
Reidos se acercó a ella. Bien, iba a matarla. Había matado a su hermana. Era justo. Sin embargo, Reidos la abrazó.
Sin saber si era algún tipo de maniobra para acabar con su vida o un abrazo sincero, Marta se dejó caer sobre su pecho y siguió derramando lágrimas. Estaba a la expectativa de que, de repente, le insertara un puñal o algún tipo de arma letal. Qúe boba. Era inmortal. A lo mejor guardaba algún tipo de fuego mágico e iba a hacerla arder. Pero Reidos la mantenía entre sus brazos, respirando agitadamente y no hizo nada.
—Harta de valor —dijo Reidos, con voz queda.
Eso cogió con la guardia baja a Marta. Alzó la vista y se encontró con sus ojos ámbar, dolidos.
—Verme llorando de esta manera… ¿te hace burlarte de mí? —musitó Marta, dejando de llorar.
Desde las ventanas se veía una noche incipiente, donde los colores del cielo se mezclaban como en una pintura de tonos rosáceos apagados, dando lugar a la oscuridad. Reidos sostuvo la mirada de Marta.
—Has vengado a los tuyos y a los que querían matarte. No tienes nada que ver con este mundo más de lo que te ha hecho la gente a la que has matado —terció, bastante alterado.
Marta se deshizo de su abrazo. Corcel seguía en la ventana. Algo no la dejaba huir. Lo que hizo fue sentarse en la mesa del difunto líder de hechiceros y encenderse un puro medio consumido que tenía allí plantado el anciano. Nunca había fumado, ni siquiera en la Tierra. Pero tampoco nunca había matado, otro hábito recién adquirido. No vio problema en darle una calada que templó un poco su estado de ánimo.
—He matado a tu hermana —repuso.
—Y es mi culpa —dijo Reidos, que se irguió y la miraba sin atisbo de amenaza, con la espada envainada y sin rastro de fuego cercano.
—¿Tu culpa? —Logró escupir Marta antes de empezar a toser por la segunda y fuerte calada que había dado al puro.
Reidos se acercó a ella y le arrebató el puro para apagarlo en un cenicero de piedra.
—No caigas en la autocompasión por haber sido una niña mala —le reprochó, duro—.Cientos de personas en este mundo matan a mucha gente que más de la que tú has matado y les da igual. Es más, no tienen ni mayores motivos para matar más que el dinero o la diversión. Pero les da igual.
Marta retorció las manos con ganas de tenerlas ocupadas y se sirvió un vaso de zumo de limón del antiguo propietario de la estancia. Pensó que necesitaría algo más fuerte.
—Yo no soy como ellos —contestó, invitando con un vaivén a Reidos a un vaso, que denegó.
—Y lo sé, por eso cargo con la gran culpa de haberte hecho hacer esto.
Reidos, a pesar de no ser una persona trasparente, parecía sincero. Había dolor en sus ojos. Marta volvió a recelar de él. Siempre recelaba de él. Dio un pequeño sorbo al zumo que resultó ser demasiado agrio y lo plantó de nuevo con fuerza sobre la mesa.
—¿No quieres matarme?
—Lo prometido es deuda —contestó él, recuperando el tono solemne que lo caracterizaba—. Prometí que te rescataría hasta que pudieras escapar. Sigo cumpliendo mi palabra.
Marta negó con la cabeza.
—Es otra trampa. ¡Como la de tu hermana! —Exclamó, nerviosa e incrédula al mismo tiempo.
—Mi plan falló. Me olvidé de Niara y sus sucias mariposas —decía Reidos sentándose a su lado—. Nunca sospeché que las utilizara hasta ese punto conmigo. Sucia traidora —añadió, con desprecio—. Debí mantenerte a mi lado y que no llegara a acorralarte. Entiendo que tuviste que matarla para sobrevivir y escapar.
—Pero… era tu hermana —musitó Marta.
—Digamos que ni Osles ni Niara, ni yo teníamos grandes vínculos afectivos más allá de nuestra unión para instaurar un imperio —respondió el príncipe Reidos, poniendo los ojos en blanco.
Marta había aprendido ya en confiar en ese hombre más de lo que su instinto le decía. Decidió proseguir la charla con él, a pesar del inquietante murmullo de sus soldados fuera del Bastión Morado, ansiosos por matarla.
—Suena horrible.
—Niara murió como soldado que era —prosiguió él—. No empuñaría una espada pero era hábil en la guerra y tenía su bonita mente maniobrando estrategias y triquiñuelas que la hacían letal. Parecía una muñequita pero fue la mujer más peligrosa que llegué a conocer. Sé, que si la ocasión lo requiriera, no dudaría en matarme o apresarme. Tal y como vi que osaba hacer con el rey Osles.
—¿Cómo lo sabes? —Inquirió Marta, más tranquila pero triste. La culpa no se había ido y todavía sentía un dolor intenso dentro de ella.
—Sabía utilizar sus mariposas. En cuanto supe que estabas con ella fui corriendo hasta el cuarto donde intentó matarte y las vi. Usé las mariposas y vi lo que había pasado —explicó Reidos.
—¡Pero no lo has ocultado! ¡Has traído hasta aquí a soldados para que me maten! —No pudo evitar gritar Marta.
—Tenía que cumplir mi plan, Marta. No seas tan ingenua —dijo, con paciencia—. Quiero salvar tu cuello pero el mío también importa, ¿sabes?
Marta asintió con la cabeza. Se sentía conmovida ante el corazón tan bien escondido del príncipe del Reino del Este. Y supo entenderlo pues, de ponerse en sus zapatos, ella estaría igual. A la vez, que Reidos sabía ponerse en su lugar y no romper su promesa de que escapara salva.
—Entiendo. ¿Cuál es tu maldito plan ahora?
—Fingiremos que hemos luchado y has escapado —dijo, como si tal cosa.
—¿Te creerán?
—Tendrás que herirme y yo a ti.
—¡Qué bonito! —Exclamó Marta. No obstante, tenía mucho sentido.
—La guerra no es bonita. Lo que siento por ti y me hace actuar así, sí. Mis soldados nunca cuestionan mi palabra y, aun así, qué más da. Que se vayan, quedémonos solos.
—Empiezo a creerte —terció Marta. No dudó en golpear a Reidos haciéndole un moratón en la cara y cogió una antorcha rápidamente con la que se quemó parte del brazo izquierdo. Un dolor nada considerable con el de su alma. Reidos apenas se inmutó pero sonrió y asintió, a la vista de que Marta había actuado veloz con el plan—. Ya está, ya tenemos coartada— añadió Marta después y se irguió para pasear inquieta por la habitación blanca.
—La feliz ignorancia de la dulce equivocación —dijo Reidos, mirando su nuevo moratón en un espejo, como dándole aprobación—. Quiero tenerte, Marta. Te vi llena de luz, la que temía mi hermana y te veo ahora tan desenfrenada y triste que deseo con toda mi alma salvar tu esencia… a ti.
Marta se paró en seco. Suspiró y se encaró:
—No puedo amarte.
— No necesitas mi amor pero yo sí amarte —añadió él, acercándose a Marta y acariciándole el rostro.
—¿Y qué nos depararía ese futuro? O cambias o no estoy dispuesta a tenerte —contestó ella, inmutable—. No puedo luchar por lo que tú luchas. Yo quiero un futuro de justicia, de paz, de igualdad… de bien.
Giró la cabeza y clavó su vista en Corcel escondido entre la oscuridad de la reciente noche. Silencioso e invisible por sus dotes de bestia entrenada por elfos.
—Deja de hablar sobre el futuro. No me preguntes por él. Está ya en nuestras manos —terció Reidos, enigmático—. Pero sé que entre tú y yo no hay futuro. Aunque siempre podríamos escribir otra historia. Sin finales felices.
Marta no pudo evitar darle un abrazo en el que él se aferró con fuerza, tanto que la apretaba aunque no le molestaba, la reconfortaba. Él le besó el cabello. Ella no se opuso.
—Te aprecio, de verdad —afirmó Marta, franca—. Y tú parece que lo sabes todo. Sé que podrías hacer cosas buenas pero no quieres. Tendremos que despedirnos.
—Volveré, no te vas a librar tan fácilmente de mí. La vida se queda corta cuando te tocan el corazón —dijo Reidos, al deshacerse del abrazo.
Marta puso los brazos en jarras ante aquellos ojos que brillaban. Y supo que su sentimiento era fuerte y sincero. Y Marta sintió también dolor al estar haciendo daño a aquel hombre.
—Me haces sentir peor. Cambia.
—Tan sólo quiero refugiarme en el camino y no desviarme de él —repuso, con sinceridad y poniéndose nervioso. Marta nunca lo había visto perder el control.
—Realmente eres una persona que podría llegar a amar. Eres una lucha de luz y oscuridad. Parece que quiere luchar fuerte la luz pero siempre dejas vencer a la oscuridad.
Marta le acarició la espalda acorazada y él esbozó una sonrisa resignada para contestar:
—Es mi camino.
—Tu camino es lo que me aleja de ti. Y no sé ni a dónde vas.
—Yo tampoco. Pero es lo que debo hacer —insistió.
—Te diría que traicionases a tu reino, a tu hermano… Ya no sólo uniéndote a Elzia. Exiliándote, escondiéndote hasta que acabe todo esto. Pero no puedes—. Marta hizo una pausa—. ¡No puedes! Te amaría de no ser por tu oscuro camino, mi lealtad al reino… y…
—Tu amor por Laisho —adivinó Reidos.
Marta sintió una punzada en el corazón.
—Sí —confirmó, sonriendo dulce—. Tan sólo puedo pedirte una cosa —tomó aire—.Más allá de que me estés constantemente salvando la vida. Una vida más… ¿qué más da que sea una elfa? —Reidos hizo amago de hablar pero Marta lo detuvo—. Calla. Esta guerra es difícil para ambos bandos. Si ganase el reino del Este, te pediría que fueses fiel a la luz de tu corazón e intentases gobernar de la manera más justa posible. Que intentases frenar a tu hermano en su crueldad e intentases un bien mayor para la gente.
Mantuvieron una mirada cargada de sentimiento y palabras no dichas durante unos instantes. Reidos soltó una seca risotada. Sacudió la cabeza y, finalmente, contestó serio:
—Te lo prometo.
—A veces me sorprende ver eso que llamáis luz de mi reflejada en la gente. Me asusta y me gusta a la vez. Espero poder ser realmente esa luz en la que confiáis. Superar mis demonios interiores y llegar a conseguir un mundo mejor —habló Marta rápidamente.
—Tengo fe en ti. Nunca podré olvidarte.
Reidos cogió su mano suavemente y la besó.
—Nuestros caminos quizás vuelvan a cruzarse. Pero entonces tendremos que luchar a muerte —dijo Marta, abrumada ante sus palabras.
—No hemos nacido para estar juntos, a pesar de lo que siento —respondió él, tranquilo. Hablar de guerra no era algo grave para él—. Uno de los dos tendrá que morir.
—Sí. Gracioso, ¿eh? —Terció Marta, con una risita incómoda.
Entonces el clamor de los soldados se hizo más fuerte y, entre la constelada noche del exterior, se escuchaban gritos y golpes de alarma. Quizás sospechaban que deberían salvar a su general, a Reidos.
—Marcha. Te debo no deberte nada.
Reidos la agarró fuertemente del brazo y la arrastró hasta la ventana donde la aguardaba Corcel.
—Yo te debo mucho —dijo Marta con un hilo de voz. Reidos, impaciente, hizo un movimiento con la mano para restar importancia—. Supongo que no es un adiós.
—Llámalo “hasta luego”.
Tras dedicarle su última sonrisa. Marta vio como Reidos corría escaleras abajo y ella despegó con Corcel sorteando a los bárbaros soldados del Reino del Este rumbo, de nuevo, a Vuelaflor.

martes, 14 de agosto de 2018

Poema "Un Réquiem a los Vivos"



Este poema nació en por inspiración del grupo literario "Olladas" donde nos animaron a escribir un poema sobre la muerte, a nuestra manera. Espero que os guste!


UN REQUIEM A LOS VIVOS

En el olvido nace tu recuerdo perecido.
Resuena el fallecido corazón marchito
Reflejo de amor negro en ecos de latidos.
Resuena olvidando su existencia, su camino.

Sentimiento frío
Fría emoción
Indiferencia cálida
Cálida aflicción.

Vivos que están muertos
Alma en la memoria
Muertos que están vivos
Alma en el vacío

Labios morados y pálidos
Se marchitan los lirios
Una oda a los muertos
Un réquiem a los vivos.


Poema "La Sirena y la Estrella"


Su loco corazón da lo que recibe.
Canciones por canciones, poemas por poemas.
Abrazos por besos. Caricia por suspiros.
Su loco corazón ni padece ni siente, ni cosecha.
Ha olvidado como amar y se arrepiente.
Rompiendo las olas sobre las rocas la sirena piensa.
Su loca alma nada entre abismos de arboledas.
Enseñándole de nuevo el amor y sus temas.
Alma que ve arcoíris de mil colores
Y es ciega ante la bruma y las tinieblas.
Alma que escucha melodías de esperanza
Y es sorda ante las voces atacantes lastimeras.
Viene y va. Se abre y se cierra.
Se centra y se abstrae. Ignora y sabe.
Como el viento, sincera.
Como el agua, transparente.
Como el sol, brilla y de fuego su diadema.
Como la luna, aparece y se esconde.
Suspira la sirena por una estrella.
Entre el firmamento, la más cerca de ella.
Y la que le ofrece las más incandescentes señas.
Quisiera la sirena ser luna para a su lado tenerla.
La ilumina con sus disfraces y melodías tiernas.
Si la sirena pudiera fundirse con la espuma de perla.
Para evaporarse camino al cielo nocturno a verla.
Quizás la estrella callera en la tierra, cometa.
Por su cola el cielo no podrá alcanzar sin torpeza.
Si al menos la estrella bajase al mar y la quema
Y sus centellas danzando al compás de la marea.
Entre labios y pieles batallando despiertan.
En abrazos que olvidan distancias, que se enredan.
Otro día más. Y el mundo lo ignora. Y sueñan.
Desea otra noche más que aparezca
Y así, brillante de vida, contemplar su belleza.
Belleza de alma y apariencia de fuego y fuerza.
Aburrida de las criaturas marinas traicioneras.
Su alma no enloquece por astro cualquiera.
Criaturas de fantasía, extrañas y compañeras.
Mas no se obsesiona la sirena. La quiere, la anhela.
Y que desde lo más alto su confianza le ofrezca.
Sus rayos en el mar protegiéndola contra la niebla.


lunes, 13 de agosto de 2018

Poema "En el agua"


En las pálidas olas he visto las risas de los envidiosos,
Sus calumnias, sus crueles palabras en lunes azulados.
En lagunas de plata he visto las injusticias del mundo,
Gigantes pisando derechos. Templados martes soleados.
En la cascada torrencial he visto la ignorancia de quien
No quiere creer ni saber. Tétricos miércoles añorados.
En el oasis del desierto he visto la pobreza y el hambre
Encubierta de verdes imaginados y jueves anhelados.
En el hielo he visto derretirse las luchas de quien
No defiende en aquello que cree. Viernes esperados.
En la niebla he visto ahogarse los pensamientos
Que tantos han callado por miedo. Queridos sábados
Y el domingo he visto su mirada.
Reflejada en su mirada vi como el mar recibía al fuego.
Reflejada en sus palabras vi como florecían mil sueños.
Reflejada en su voz vi una ciega, sorda y muda pasión.
Reflejada en una ilusión vi ir y volver a mi corazón.
En sus ojos he visto los cuatro elementos y estaciones.
Los siete días de la semana y los siete pecados capitales.

jueves, 9 de agosto de 2018

Poema "Ave que vuela"


Ave que ve, desde lo lejos, a su amazona mientras sobrevuela
Desde la Galia hasta las aguas plata y los campos trigueños de Grecia.
Con el sol que resplandece, partió la amazona de las tierras de Troya, lejos.
Hasta el anochecer, dejando atrás a sus Aquiles, Ulises y Teseos.

Liberó la amazona de su cruel pastor a los ignorantes borregos,
se volvieron caballos alados con plumaje libre, plateados y esbeltos.
Y creyó ver su locura, su risa, su ingenio. Causa perdida llena de vida.

Incendio sobre las flores, las despojó del humo que brillante cegaba
Su aroma y vista del sol. Florecieron las coloridas rosas más bellas.
Y creyó oír su carácter, su fuerza, su pasión. De la fe ciega garantía.

Devolvió libros y lápices a niños que, sin sustento, mendigaban.
Se alzaron con conocimiento caballeros, reinas, príncipes y damas.
Y creyó oler su inteligencia y agudeza. Lengua sensata y alocada por día.

Recordó cómo llegó a ella y a revivir su helado corazón de granito.
Con sus guiños y palabras en el viento, el ave, como un leve himno.
El ave como espectro, fantasma lejano, con puro sentimiento la guiaba.
Desde el cielo la contemplaba mientras sobre sus andares volaba.





martes, 31 de julio de 2018

"Cara iluminada de la Luna" y "Cara oculta de la Luna"


Aquí os van dos poemas:

CARA ILUMINADA DE LA LUNA

Soñó con vendavales
Torbellinos y huracanes.
Soñó con incendios tormentosos,
Volcanes y terremotos.

El amor danza entre los vientos
Los sobrevuela con suspiros sinceros.
El amor danza entre las brasas.
Arden las emociones como lanzas.

Labios contra labios,
De dulce saliva inundados.
Pieles contra pieles,
Entre fuego y nieve.

Juntos se internan en cuevas
De cristales como lunas nuevas.
Juntos escalan los más altos montes.
Pecho con pecho, ven el horizonte.

De la mano corrían y paseaban.
Sortearon tempestades con andanzas.
De la mano vivieron mil aventuras,
Desde que nace el día a la noche oscura.

Se marchitarán los lirios de marzo.
Florecerán los claveles de mayo.
Quizás nazca vida de su vientre.
Quizás se encaminen hacia el verde.

Porque hasta que mate hay que vivir.
Vivir con amor nunca es morir.
Porque nuestra vida son historias.
Serán siempre inmortales en la memoria.


CARA OCULTA DE LA LUNA

Criatura mágica, ninfa y Hada.

Decía ser la sirena maldita que entregó su mirada
A un incandescente sol maligno
En busca de un príncipe que nunca la quiso.

Maldita su alma.
Maldita su coraza.
Malditas sus armas.
De la luna, oculta cara.

Él se asomaba cada día a la ventana.
La vio con su belleza interpretada.
Ante el océano Atlántico presencia.
Hacía resurgir a la Atlántida.

Párpados ciegos, mirada ciega.
No supo decidir si él era para ella.
No supo decidir en qué la desea.
Ni en qué momento fue su dueña.

Abrazó sus fantasmas.
Batalló con ellos hasta el alba.
Abrazó celos por quien la provocaba.
Abrazó sus penas con alabanzas.

Juró su apariencia de sapo dejarla.
Ser el príncipe que ella buscaba.
Más fiel que perros que guiaban.
Menos valiente que leones en la sabana.
Se fundió en su vista de murciélago
Rey ahora de la dicha el pobre diablo.
Con las caderas cual marea ondeando
Y pieles de algodón rozando.

Labios suaves y punzantes tocaba
Cual rosa roja y espinada.
No veía ni las flores ni las joyas
Con las que él la obsequiaba.

Y se desprendió de la satírica de su alma
De la autocompasión anhelada,
De las penas de una memoria desgastada,
Aferradas y humo en la espuma evaporada.

Porque vivieron hasta que mate.
Que lo que mataba los hizo vivos.
Vivir sin morir con el corazón vacío
Es vivir sin alma y sin destino.

Se curaron enfermándose.
Se lastimaron sin dañarse.
Revivieron sus sueños al amarse.
Bajo sábanas pereció el lamentarse.

jueves, 19 de julio de 2018

Aforismos

Aquí va una serie de aforismos escritos para entrar en el libro de dicho tema del grupo literario "Olladas". Finalmente, se ha escogido sólo uno para publicar. Comparto con vosotros otros pocos:


La indiferencia de las ovejas consigue que el lobo invada el rebaño con más facilidad y poder.

Ella no necesita que le bajen los pies a la tierra porque la bajan a los subsuelos, al inframundo. Ella lo que necesita es que la alcen a los cielos, a un paraíso en vida.

La vergüenza es una forma de tener esclavizada el alma y la mente.

La utopía y la religión coinciden en lo divino e intangible de su idea.

Pensar, decir. Decir, hacer. No, pensar y hacer.

Las locuras del corazón son enfermedades mentales disimuladas por no poder ser diagnosticadas.

No ser vulnerable en momentos de sufrimiento para no denotar la debilidad a la que pueda llegar el alma siendo flores marchitas y dejarla florecer en momentos de fuerza para demostrar cómo podemos ser leones.

martes, 17 de julio de 2018

Nuevo poema!


Poema en gallego que está dentro de un proyecto que tiene lugar:

A babor o barco zarpa feroz coma espadas dos piratas co precederon.
A estribor a melancólica melodía das gaivotas que o ven alonxarse.
Por diante un horizonte de mil azuis e mil destinos con soños agachados.
Por detrás a costa que nunca poderá ser cega nen muda nen sorda.
Cara a dereita unha praia que ao seu carán rompe silencioso o atardecer.
Cara esquerda a escuma golpea con forza e valor as impenetraveis rochas.
Escoitase o canto das sereas e das ninfas para o morto corazón do mariñeiro.
Un mariñeiro que camiña sobre o mar co vento agarimando o rostro.
Cancións que cheva a brisa ensianando de novo a amar ao esquecido corazón.
Alma que recorda o amor navigando raudo entre fortes ondas. Desperta
nun son de liberdade, nun canto ás emocións, nunha serenata á adrenalina.
Sube e baixa o barco danzando co océano e lonxe se dirixe
Atravesando os catro elementos na búsqueda atravesando augas, ó seu amor.

lunes, 11 de junio de 2018

Amar a la noche


En el club literario "Olladas" nos propusieron el reto de escribir un poema de verso libre que conjugara la idea del amor y la muerte. Presento aquí el mío sobre lo que significaría amar a una mujer al borde de la muerte pero que no le tiene miedo a morir.

AMAR A LA NOCHE

No pretendas a la joven crinada quieta y obediente, tal piedra.
El aliento de su beso es agua fresca en un mundo maloliente.
Su rosado rostro no te engañará ni huirá culpable pero correrá,
Serpenteando, sosegada, escondites en lo más profundo de su alma.
No busques a la muchacha sana y lozana. La enfermedad la atenaza.
Contempla su ocaso pardo de incipientes sombras. Su amanecer,
En una penumbra con rumoroso levante invernal de eclipse solar.
 Fin del mundo…
Quizá como anunciaba, decidido, el profeta con sus palabras huecas.
Amarla es asumir consecuencias. Arde su ondeante alma, belígera.
No quieras a la chica avergonzada, mustia y marchita. Abraza su noche.
Clara y constelada. Es luna de reluciente plata, ninguna brillará igual.
Sol de medianoche. Luz de un ocaso albino por la calina impertinente.
No huyas de una persona enferma con su nubífero halo de luz ya mortal.
Entre centellas asoma la tan noctámbula luna teñida de sangre escarlata.
No busques en vano un mediodía soleado en su corazón que se ralentiza.
Ama su cuerpo como paraje montañoso . Grande, imponente y fuerte.
del que nacen ríos cuyo cauce sucumbe a las cavernas huyendo de luces
hacia un profundo mar negro en la que gobiernan las parcas griegas.
Paciente por moneda, espera el barquero Caronte, ignorando el temporal.
 Dirección: laguna Estigia.
No emprendas una sordera simulada a los gritos espectrales  de un hades
 Nunca en vano ni ausente y cada día más presente. No ahogan su canción.
Narrando desde sus labios de fresa, sin moverse, su melodiosa historia
 Cuando la ves callada, en una sintonía de silencio templada y brillante,
Sin relatar su predecible desenlace, como el sol que se esconde en su lecho.
No quiere que le digan pobrecita. La irrita. Es libre en su inquieta mente,
prisión del que piensa.  Barrotes bañados en reluciente oro y diamante.

No temas a una mujer que no teme nada.

domingo, 3 de junio de 2018

El vacío

En este post incluyo un soneto titulado "El Vacío". Poco a poco iré recuperando actividad en el blog ;-)


EL VACÍO

Expertos los medios. Vacíos en el amor.
Dan consejos de quien no siente,
De gentes gentiles que no padecen,
Fingiendo fuerza, no tienen corazón.

Y ellas, las moscas que no muerden…
No como las doradas aladas mariposas,
En el corazón de las más coloridas rosas.
Sino en el apagado verde de sus hojas.

Vacías las mentes
Conciencias anuladas
Que pensar temen.

Existiendo, por ley, dócilmente.
Vacías, se informan las almas;
Ocupadas rumbo a su muerte.