domingo, 9 de septiembre de 2018

Capítulos 13 y 14 "El Camino que nadie nombra"

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13
La elegante pero temida aleta se encuentra apenas a siete metros de nosotros pero avanza con rapidez. Lo que antes resonaba como un suave vaivén del agua al moverse ante nuestras tranquilas y apesadumbradas brazadas se vuelve un chapoteo frenético formado por nosotros cuatro, nadando rápidamente para salvar la vida.
Soy buena nadadora, al fin y al cabo, la capital dispone de grandes distancias bañadas por el mar y Dani siempre me ha insistido mucho en que nade como parte de mi entrenamiento. Nado lo más rápido que puedo en otra nueva maniobra para sobrevivir. Afortunadamente, estábamos nadando bastante cerca de la orilla y solo quedaban tres metros para llegar desde donde avistamos al tiburón. No obstante, aun cuando estoy a un metro de la tierra, no me relajo e incluso espero a que llegue el dolor que signifique el mordisco mortal del depredador acuático.
Paolo y yo llegamos a la vez a la orilla. En ese momento me permito mirar a atrás y, aunque noto la fría mirada de Paolo taladrándome de forma reprochante, veo como Katerina se encuentra un metro detrás de mí con la aleta del tiburón a sus espaldas.
Veo por el rabillo del ojo como Paolo emerge del agua y ayuda a Sele a salir. Y, aunque he sido aconsejada a no hacerlo, le doy la mano a Katerina e intento salir yo también del agua. Oigo el grito desgarrador de Katerina y sin inmutarme sigo empujando de ella mientras salgo. Contemplo horrorizada cuando estoy en tierra y Katerina con medio cuerpo fuera, como el agua se tiñe de un rojo escarlata de la sangre de la mujer.
No puedo evitar mi expresión de horror y las fuerzas me flaquean. La mano fuerte de Paolo me ayuda a sacar a Katerina del agua, cuya mano se cierra muy débil sobre mi brazo y cuyo rostro adquiere una tonalidad muy pálida, acompañada de su gesto agonizante. Cuando está fuera del agua, la aleta del tiburón se aleja elegantemente y comprobamos sus estragos: la mitad de la pierna derecha de Katerina ha desaparecido y presenta una marca de un gran mordisco que sangra a borbotones.
—¡Hay que hacerle un torniquete! —Mi mente reacciona rápido y corto un jirón de tela de mi pantalón—. ¡También hay que lavarle bien la herida! ¡Hay que darse prisa!
—Miranda… —Paolo pronuncia mi nombre en tono seco y severo lo cual, aunque me sorprende, no logra que cese de preparar la tela.
—¿A qué esperáis? ¡Mojad un trapo para lavarle la herida! —Grito, comenzando a sentirme frustrada ante su inactividad. Observo conmocionada como Katerina gime y se revuelve con expresión de infinito dolor.
—Miranda, por favor… —murmura Sele.
Ignorándolos, arranco otro trozo de tela.
—¡Miranda escúchalos! —Es el grito roto de Katerina lo que me hace pararme en seco y detenerme en su mirada. Respira entrecortadamente, envuelta en sudor—. ¡No puedes hacer nada! Ya estoy muerta—. Intento replicar pero ella habla antes—. Por mucho que lo intentes no creo que logres salvarme de esta herida. Y, aunque lo consiguieras, solo ganaría unos días. Teniendo en cuenta que estamos en Daos, mucho menos. ¿O te crees que los peligros que hay aquí o los demás asesinos me perdonarían? Debiste haber dejado que el tiburón acabase conmigo en el agua.
—No pienso pedir perdón por salvarte la vida —replico. Pero me detengo y me desplomo sobre mis rodillas asumiendo que tiene razón.
—Alargarla, más bien. Has hecho mal. Deberías haber seguido los consejos de Paolo y dejarme atrás. Por poco el tiburón no te muerde también a ti.
—Tiene razón, Miranda —replica Paolo muy serio—. Tú deseas más que nadie salir de Daos. Así no lo conseguirás.
Niego con la cabeza pero agacho el rostro ante la heladora verdad de sus palabras.
—Marchaos ya —ordena Katerina, pero con voz mucho más débil—. Me quedarán cinco minutos, calculo. ¿No es así Paolo?
Paolo asiente, inmutable.
—No podremos salvarte, pero esperaremos hasta que te vayas —digo, esbozando una sonrisa forzada que pretende ser consoladora.
Es palpable como Katerina no está conforme pero está mucho más pálida que antes y, tras un gemido escalofriante, asiente cerrando los ojos. Le doy la mano y, acto seguido, Sele y Paolo hacen lo mismo. Katerina abre los ojos por un breve momento y sonríe.
—Ni este mundo ni el que estábamos eran buenos hogares para mi bebé. Prometedme que serán mejores para otros bebés. Para que crezcan sin miedo y sin violencia.
No sé si está delirando o lo dice en serio pero, sabiendo que quizás es lo último que oiga, respondo:
—Te lo prometo.
Katerina, con una mezcla de felicidad y dolor en su expresión, desploma la cabeza, inerte.
Mis lágrimas ya se han secado. Al final he acabado acostumbrándome al dolor continuo que conlleva Daos pero no por ello deja de doler. No enterramos a Katerina, pues Paolo insiste en que sería perder un valioso tiempo. Pero sí permitimos que su cuerpo flote por el río y se desintegre en las ahora turbias aguas en lugar de dejarlo tirado en la tierra de manera que cualquiera pudiera profanarlo. De todas formas, cogemos dos grandes rocas en las que inscribimos los nombres de Ian y Katerina, para honrar su memoria.
El cielo está brillante y el pardo sol del ocaso deslumbra en el horizonte. Parece que ya no somos capaces de estar callados si no que hablamos de cosas irrelevantes, casi absurdas; como si no hubiera pasado nada y nadie hubiera muerto; como si no estuviésemos continuamente en peligro de muerte ni estuviéramos en el mismo infierno.
Cuando empieza a oscurecer Paolo enmudece y nos guía al interior del bosque. Nos asentamos en una explanada de Tierra tras pescar tres peces de no muy buen aspecto y nuestro líder insiste en hacer una pequeña hoguera.
—Estamos cerca de la frontera con Hafix —anuncia Paolo.
Durante unos segundos no soy consciente de nada de lo que sucede a mi alrededor. Se acalla el murmullo de las ramas de los árboles con el vaivén del viento, los pájaros silencian su canto y no veo a mis acompañantes ni el espeso y oscuro bosque que me rodea. Tras mucho tiempo, experimento la felicidad. Hasta me siento extraña cuando siento la energía de alegría que sube por mi cuerpo. Entonces, veo sus caras: la de Dani, la de Pedro, la de Marc, la de Tom… Hacía mucho que ya casi no pensaba en ellos. Siento que estoy cerca de ellos y la emoción me hace temblar. Esbozo lo más parecido que mi rostro puede dibujar a una sonrisa pero, a pesar del torbellino que hay en mi interior, estoy paralizada. Paolo me pone la mano en el hombro y me devuelve a la realidad.
—Estamos muy cerca pero ahora nos espera lo más difícil. Hay obstáculos que desconozco para encontrar su salida. No es como entrar. Entrar en Daos siempre es mucho más fácil que salir. Y, repito, nos encontraremos con los carroñeros. Son la peor calaña que habita Daos y ya es mucho decir. Son los psicópatas y asesinos sin sentimientos más despiadados que habitan Hafix. Aquellos que han decidido entrar en Daos por sí mismos para dar rienda suelta a su instinto asesino —explica muy serio—. Pero no debéis mostrar miedo ante ellos. Tenéis que tratarlos como a los animales fieros.
Una losa se hunde en mi interior. Me lo tenía que haber imaginado. Siempre hay un “pero” sobre todo aquí, en Daos. No obstante, la esperanza no se ha escapado de mi cuerpo y siento que sería capaz de acabar con cualquier carroñero y obstáculo que se interpusiera ahora mismo en mi camino con las energías renovadas que tengo.
—Son ellos los que te han impedido volver a Hafix, ¿no? —Pregunta Sele con mirada escrutadora, desconcentrándome de mis pensamientos.
—Yo nunca he querido volver a Hafix —responde Paolo. Su mirada denota una tristeza que nunca había percibido en su rostro. Por primera vez lo veo rendido, y me doy cuenta de que se trata de sus recuerdos. Veo que Sele va a decir algo que seguramente sea impertinente, pero me adelanto.
—No tienes que darnos explicaciones.
—¿Sabes qué, Miranda? Creo que deberíais saberlo. La pena y la culpa son cargas de las que en algún momento hay que liberarse. Dado que puede que estoy cerca de la muerte… es mejor que me deshaga de esa carga.
Paolo se sienta, sereno y Sele y yo lo imitamos. Lo miramos serias y él comienza a hablar:
—En Hafix tenía una vida próspera, tras acabar mi época como militar fundé una empresa y mi negocio de vinos iba bien. Además, conocí a una hermosa profesora de la que me enamoré profundamente y nos casamos un año después de nuestra primera cita. Tuvimos a Elany, la niña más bella que jamás ha pisado este mundo y éramos felices. Mi negocio mejoró, superando incluso a los demás prósperos negocios cercanos de vino y eso conllevó más trabajo. La empresa creció y empecé a ganar mucho más dinero pero apenas podía pasar por casa. Siempre he tenido mucho genio y, a veces, lo pagaba con mi exmujer. Tras dos años difíciles nos divorciamos. Pero yo seguía viendo a mi Elany los fines de semana y era feliz.
>>Recuerdo todas aquellas tardes de sábados y domingos en las que podía escaparme del trabajo y llevaba a Elany al cine, al parque con los otros niños, al teatro, a conciertos, a museos… —Paolo alza la cabeza, cerrando los ojos y suspira esbozando una sonrisa. Me cuesta imaginar a Paolo en aquella época, cuando era feliz y no el anciano desengañado que es ahora—. Mi exmujer conoció a otro hombre que, aunque no frecuentaba los mejores ambientes, parecía bueno y se portaba bien con Elany, lo cual me parecía suficiente y si ella era feliz con él, ¿quién era yo para cuestionarlo?
>>Pero un día recibí la peor de las noticias que puede recibir una persona. El dolor que sentí no se lo deseo a nadie. Elany había salido a pasear con el marido de mi exmujer y una losa le había caído sobre su pequeña cabeza: había muerto. Todo apuntaba a que había sido él… —Paolo comienza a ponerse nervioso—. Era un brujo con el poder de la telquinesis y la policía lo señalaba como principal sospechoso. Tenía un motivo, con la muerte de Elany se llevaría parte de la herencia. Así pues, ciego de ira lo busqué.
>> La ira y el dolor me nublaron tanto el juicio que, cuando lo encontré, no reparé ni en sus lágrimas, ni en su mirada de pena y súplica; ni siquiera quise escuchar sus explicaciones y lo maté con mis propias manos. Cuando llegué a comisaría, dispuesto a entregarme satisfecho por haber vengado a mi querida hija, aparecieron los verdaderos culpables.
Sele emite una exclamación ahogada. Paolo esgrime una mueca y prosigue su historia:
—Unos niños habían estado practicando con sus poderes en la azotea de aquel edificio. Cuando sus padres no los vigilaban comenzaron a practicar con losas, con tal mala suerte que una de ellas cayó y alcanzó a Elany. Cuando me enteré hui. No solo estaba roto del dolor por perder a mi hija sino también por haber matado a una persona inocente. Sentía que merecía el peor de los castigos, pero también necesitaba huir y evadirme de mi pasado. Así que hui a Daos. Desde entonces nunca he querido volver. Pero ahora que siento que mi muerte se acerca por mi edad además de por los peligros de este continente, quería poder ayudar a alguien a escapar y darle la vida que yo no tuve, la que he quitado, la que mi hija tampoco pudo vivir… Una manera de aliviar mi culpa. Una expiación.
Permanecemos callados. El silencio es muy tenso y hasta parece que los pájaros se han callado como respeto a la pena de ese hombre. No me quiero imaginar lo que ha vivido y comparto su sufrimiento. Entonces, reparo en detalles de su historia que me descolocan.
—¿Cine? ¿Teatro? Por lo que cuentas, Paolo, parece que Hafix tiene todo tipo de lujos. Pero a mí siempre me han dicho que Hafix es un mundo pobre y que la gente no tiene casi dinero para vivir…
Sele suelta una seca carcajada y mira a Paolo con complicidad. Paolo me mira tranquilo, aun con la sombra de su historia en el rostro.
—He conocido a gente de Lanan suficiente y, además, en Hafix sabemos lo suficiente para revelarte que la vida que os hace vivir vuestro gobierno en Lanan es una mentira. Hafix es un mundo próspero donde la mayoría de la gente vive bien y disfruta de multitud de derechos que no se limitan a la magia. Hay libertad de verdad. Mientras que Lanan es una dictadura donde el pueblo está sometido y vuestro gobierno miente sobre Hafix para que no haya un levantamiento y no peligre su cómoda posición, donde unos pocos reúnen toda la riqueza a costa de la mayoría.


14
Durante los siguientes minutos, escucho de forma distante como Paolo y Sele me cuentan lo próspera que es la vida en Hafix. Parece hasta utópico. Me hacen partícipe de todos los lujos de los que la población allí dispone, todas las libertades de las que gozan, todos los derechos de los que disfrutan y lo feliz que es en general allí la gente, muy contenta con su gobierno, al contrario que en Lanan.
Las historias de cómo es la vida en ese continente desconocido para todos los habitantes de Lanan resuenan como un eco mientras mi furia con el gobierno de Lanan hace que esté a punto de estallar. Siento que he crecido viviendo una mentira. Pero no sólo yo, sino toda la población de Lanan. Pienso que nos han manipulado y todo para conservar la horrible dictadura del presidente, que no puede ser llamado así, a costa de la vida y felicidad del resto de la gente.
—Así pues, todo lo que os han contado en Lanan sobre Hafix es una tapadera, mentiras para evitar un levantamiento de vuestro dictador, no presidente.
Quiero hacer más preguntas a la vez que mi ira no desaparece. Pero entonces, escuchamos sonidos de pisadas cerca de nosotros. A pesar del inminente peligro, resoplo pensando que es típico de Daos, apenas hay momentos en los que tener la guardia baja y poder pensar en otra cosa que salvar la vida.
Paolo está muy serio y Sele se pone nerviosa, apuntando con su vista a todos lados.
—No tendría sentido que escapásemos. Nos cogerían de todos modos —comenta Paolo tranquilo, como quien habla del tiempo.
—Carroñeros —digo yo.
—Exacto. No podré daros instrucciones ni consejos en su presencia, ya que se darían cuenta. Solo os diré que penséis rápidamente en un plan para salvaros y reaccionéis deprisa. Utilizad vuestros puntos fuertes pero no mostréis todo de lo que seáis capaces.
Justo cuando Paolo termina su parlamento, aparecen a nuestro lado tres personas. Se trata de dos hombres fornidos y una mujer ancha. Visten con harapos y portan un hacha y dos espadas. En cuanto nos ven nos dedican miradas de regodeo y se sonríen con complicidad.
—Carne fresca —comenta el hombre más alto, cuya melena castaña le llega por los hombres y parece que lleva meses sin dedicarle un cepillado.
—No os conviene llevarnos —dice Sele muy segura y sonriendo.
La actitud de Sele parece descolocar a nuestros atacantes. Abandonan su expresión de triunfo y miran a la muchacha de forma escrutadora.
—Somos vuestro billete para salir de Daos —anuncia contenta Sele. Me doy cuenta de lo que trama. Está aprovechando su punto fuerte, la manipulación, para salir del entuerto.
—¿Qué pasaría si nosotros no nos queremos ir de aquí? —Replica la fuerte mujer con una voz áspera.
—¿Unos asesinos tan eficaces y fuertes como vosotros no querrían ir a un lugar donde tuviese más mérito matar que aquí? Siendo francos, aquí todos ya están medio muertos…
Pero el plan de Sele no sale como ella se esperaba. Los tres sueltan unas risotadas mientras uno de los hombres la apunta con la espada.
—Aquí siempre hay posibles víctimas todos los días sin tener que preocuparse por la ley —dice el hombre de melena.
—Sí, y además el peligro de muerte lo hace más emocionante —replica la mujer.
Sele cae presa del pánico y todo sucede muy deprisa. Intenta escapar y, justo en el momento en que se da la vuelta para echar a correr, uno de los hombres la atraviesa con su hacha.
Creo que entro en estado de shock. Apenas soy consciente mientras los asesinos de Sele nos atan las manos a Paolo y a mí y nos hacen enfilar el camino por el bosque. Paolo ha dicho que pensáramos rápido, pero mi cerebro parece no querer funcionar. La muerte de mi compañera, las revelaciones sobre Hafix y ser capturada por estos asesinos sedientos de sangre son demasiadas cosas que procesar y mi mente está paralizada.
Llegamos al final del bosque. Ante nosotros se extiende una explanada de Tierra que acaba en una zona llena de plantas enredaderas de un color verde oscuro. Allí hay varias jaulas de madera con gente asustada y demacrada. Son custodiadas por un círculo de carroñeros sentados alrededor de una hoguera.
Veo con horror montículos de tierra a nuestro alrededor que adivino se trata de tumbas de sus anteriores matanzas. Al menos se toman la molestia de enterrar los cuerpos. Paolo tenía razón, son psicópatas, gente que mata por puro placer y no por motivos como la guerra o la defensa propia. Solo la gente que está realmente enferma actúa de esa manera. Veo que tienen un montículo lleno de armas de todo tipo. Si pudiera llegar a ellas podría escapar. Analizo a mis captores y me percato de que no son buenos luchadores. Puede que sean asesinos implacables pero el ver como dos de ellos se pelean de manera bruta hace que analice su forma de luchar y no son tan hábiles como yo. Mi única opción sería salir de la jaula, hacerme con armas y escapar. No obstante, ello significaría dejar atrás a todas sus restantes víctimas. Pero yo no puedo hacer nada por ellos. Y, en caso de que huyera, ¿a dónde iría? Lo que quiero es salir de Daos y no escapar de una muerte para adentrarme de nuevo en los confines de este continente y enfrentarme a nuevos peligros de muerte sin cesar.
—Tú, ¿por qué decía tu difunta amiguita que erais nuestro billete para salir de Daos? —Pregunta uno de los carroñeros que nos capturó a Paolo, justo al acabar la refriega.
—Muy fácil. Porque sabíamos cómo salir.
—¿Ah, sí? Salir de aquí es prácticamente imposible —espeta el mismo hombre, con mirada de loco, como si escupiese las palabras. Luego se gira a sus compañeros—. ¿Les digo cómo?
—Díselo —dice una mujer.
—Sí, díselo, total ya están muertos. Será divertido contárselo antes de que mueran —añade divertido un hombre.
Todos ríen a carcajadas.
—Primero deberíais pasar por estas enredaderas espinosas. Lo hemos intentado y es prácticamente imposible… Después llegaríais a una zona con grandes vendavales para luego llegar a un terremoto, pasar por un suelo lleno de brasas ardiendo y, por último, un gran torrente de agua.
—Sí, lo sé, las pruebas de los elementos.
El hombre mira a Paolo boquiabierto. Entonces me doy cuenta de un detalle, las enredaderas huyen cuando uno de los carroñeros acerca, por un momento su antorcha a ellas.
—Entonces, ¿lo sabías?
—He oído rumores —se limita a responder Paolo.
—¡No nos matéis! —Grito fingiendo sollozar, dando golpes en los barrotes—. ¡Dejadnos ir! ¡Tened piedad!
Al principio los carroñeros me miran atónitos para luego dedicarse sonrisas de regodeo y acercarse a mí casi relamiéndose, como si hubieran encontrado a la víctima perfecta. Hasta Paolo me mira incrédulo. Me gustaría poder hacerle partícipe de mi plan pero no puedo.
—Tú serás la primera en morir —dice un carroñero y abren mi jaula y me empujan al suelo.
He logrado lo que quería. Dejo de fingir que soy una enclenque y golpeo a los carroñeros que están más próximos a mí. Escucho sus gritos de furia y me encamino al montículo de armas. Agarro una espada decente y cojo una antorcha. Quiero encaminarme a las enredaderas pero tres carroñeros se interponen en mi camino. Haciendo alarde de mis dotes de lucha, mato a dos y dejo inconsciente al tercero. El mundo parece detenerse, ya que todos me miran confusos.
Ignoro todo y acerco la antorcha a las enredaderas, comprobando eufórica que estas se alejan del fuego y ante mí se abre un camino. El camino que me llevará fuera de Daos. A pesar de oigo gente correr a mis espaldas, el mundo entero se detiene y solo existo yo. La pena y el dolor se esfuman de mi cuerpo y solo siento una emoción: esperanza.
Avanzo a grandes zancadas, corriendo como jamás corrí en la vida entre este bosque de enredaderas asesinas. Siento que estoy muy cerca de mi objetivo. Todas las penurias que he vivido desde que se anunció la guerra y desde que he entrado en Daos quedan atrás, ahora solo siento euforia y la adrenalina invade todo mi cuerpo.
Apenas soy consciente del gran vendaval que se produce al salir de las enredaderas y que arroja arena a mi rostro, abriéndome pequeñas heridas. Tampoco parezco reparar demasiado en el terremoto que viene después y consigo sortear las grietas que se abren en la tierra casi sin esfuerzo, haciendo piruetas y dando saltos tal y como Dani me ha enseñado a sortear obstáculos.
Un grito me despierta durante un segundo de mi trance. Me giro y veo a Paolo luchando con dos carroñeros en la zona del vendaval. Contemplo como Paolo lanza a uno de ellos por una de las grietas que se han abierto en la tierra a causa del terremoto. Paolo me mira y me grita algo que no soy capaz de discernir, debido al estruendo en el que nos encontramos por culpa del vendaval y el terremoto. Pero adivino que me pide que corra y llegue al final.
Llego al suelo lleno de brasas y, sin dudarlo dos veces, me adentro en él y casi no soy consciente del dolor cuando el fuego quema las suelas de mis zapatos y hace que me ardan las plantas de los pies. Corro y solo pienso en correr. Parece que la adrenalina calma el dolor y que ya no soy capaz de pensar en nada más que de llegar al final.
Por fin llego al torrente de agua del que hablaba el carroñero, que más que presentarme un impedimento me resulta un alivio a las quemaduras de mis pies. El agua me empuja, me hace retroceder pero yo lucho y sigo adelante. Cada torrente aparece cada cinco segundos pero yo lucho y es entonces cuando veo la salida.
Una gran puerta de luz dorada se alza apenas unos metros delante de mí. No puedo creer lo que estoy viendo. Me pregunto si estaré soñando pero el dolor me recuerda que sigo despierta. Ignorando todo corro y corro hasta que alcanzo la reluciente puerta.
Salgo de Daos.
           





  

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Enlaces a mis obras publicadas formato e-book

Tormenta de Primavera

Capítulo 12 "El Camino que nadie nombra"


12
Siento impotencia cuando las aguas vuelven a la normalidad y ya no hay rastro de Rober. Una parte de mí cree haber sido la culpable. Quizás hubiese podido salvarlo.
Nuestros rostros son un poema y solo Paolo rompe el tenso silencio.
—Le haremos una tumba aunque no podamos recuperar su cuerpo.
Ian se encarga de coger una roca no muy ancha y la coloca en la orilla. Sele graba con su cuchillo el nombre de Rober. Cada uno pronuncia unas palabras para despedirlo y rendirle honores.
—Debemos seguir adelante. Estando en Daos, cualquiera puede morir en cualquier momento —interrumpe Paolo.
Aunque detesto la frialdad de Paolo, admito para mis adentros que tiene razón. Tendré que cambiar mi forma de pensar si quiero salir con vida de aquí o, al menos, cambiarla mientras esté aquí. Ya habrá tiempo de volver a ser yo misma cuando llegue a Hafix. Pero una parte de mí empieza a pensar que nunca volveré a ser la misma. La guerra lo ha cambiado todo.
Avanzamos en silencio por los lindes del boque y la orilla del río. Resuena el piar de los pájaros con las ráfagas de viento que mecen los árboles en una danza acompasada. Tras una hora de caminata, Paolo anuncia que ya no nos encontramos en la zona de las corrientes. Pero aun así nadie tiene ganas de volver al río.
Parece que el discurso de Paolo ha hecho mella en todos nosotros pues veo que todos están muy alerta ante todo lo que nos rodea. Yo no soy menos, tengo mis cinco sentidos puestos en el camino. Todo parece tranquilo hasta que la camarilla entera damos un respingo porque oímos un ruido acelerado en el interior del bosque que se acerca a nosotros.
Nos quedamos inmóviles. Veo en las caras de los demás terror. Me doy cuenta de lo que oigo parece el ruido de unas bestias.
—Son perros salvajes —anuncia Paolo con alarma—. ¡Todos al agua! ¡Allí no nos cogerán!
Sin pararme a reparar en el resto me sumerjo en el agua, que está tibia. Noto el suelo embarrado en mis pies y compruebo con alivio que no hay corrientes. Me percato de que estamos todos en el agua menos Ian, que se encuentra apuntando con su espada hacia el bosque.
—¿Qué demonios haces, Ian? ¡Ven al agua o te matarán! —Brama Paolo fuera de sí.
—No pienso caer en las corrientes —responde Ian—. Haré frente a los chuchos. No creo que sean peores que los de mi pueblo.
—¡Ven aquí ahora mismo o te morirás! —Insiste Paolo.
Pero Ian no obedece. En el poco tiempo que lo conozco siempre me ha parecido cabezota y gruñón pero creo que ahora se está pasando. Deseo con toda mi alma que pueda con los perros pero una parte de mí lo duda porque nunca había visto a Paolo tan alarmado.
—Vámonos, y no miréis —dice Paolo empezando a nadar.
Obedecemos y comenzamos a nadar con un silencio tan solo roto por nuestras respiraciones jadeantes. Avanzamos unos metros y es entonces cuando lo oímos. El rugido de una estampida que ha llegado al campo y feroces ladridos de bestias sedientas de sangre. Lo siguiente que se escucha es a Ian forcejeando pero rápidamente empieza a gritar de dolor.
No quiero mirar y hacer caso a Paolo. Ver el rostro de Sele cuando ella sí se atreve a mirar lo dice todo. Ian gime de sufrimiento y no me quiero imaginar lo que le han hecho esos perros. Solo pienso que ojalá le hubiésemos obligado a meterse en el agua.
La agonía de Ian cesa finalmente y nadie se atreve a decir nada, sino que seguimos nadando lo más rápido que podemos. Comienzo a meditar en que Daos reserva las muertes más horribles que se pueda imaginar y que Paolo tiene razón: cualquiera puede caer en cualquier momento. Quizás sea yo la próxima. Pero, al menos, habré muerto luchando por los que más quiero.
Tras un cuarto de hora nadando, Paolo frena con nueva expresión de alarma. Vuelvo a estar asustada porque sé que significa ese gesto en su rostro. Se trata de un nuevo peligro.
—Salid del agua lo más rápido que podáis —ordena con fría calma.
En ese momento lo veo. Aunque me parece absurdo porque nos encontramos en un río y no en el mar, diviso la aleta de tiburón acercándose a nosotros.



jueves, 30 de agosto de 2018

Capítulos 10 y 11 "El camino que nadie nombra"


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10
Partimos al alba, con el reluciente sol matutino mostrándose entre jirones de nubes  perladas. Tomamos el camino que sigue el curso del río por decisión de Paolo. Aunque presenta muchas ventajas como la disponibilidad de agua y de comida, a todos nos parece demasiado bonito para ser el apropiado. Todos coincidimos en que es un lugar muy expuesto y no tardarán en aparecer los atacantes. Sin embargo, aceptamos el criterio de Paolo porque ha vivido diez años en Daos y, si lo ha logrado, es porque sabe lo que se hace.
No obstante, teníamos razón. A lo largo de una mañana en la que el paisaje no cambia nos surgen dos hombres que nos atacan. Pero Ian los mata con una facilidad y frialdad impresionantes. Ya no siento lo que sentía durante los primeros días aquí ante la muerte pero aun así aborrezco la forma de asesinar de Ian. Intento ser flexible y atribuir esta capacidad a sus años en el ejército. Al fin y al cabo, Dani haría lo mismo o algo mucho peor.
El río es estrecho y, en sus bordes, hay un bosque y una montaña verde. Cuando Ian acaba con un tercero pienso en este despreciable continente que es Daos. Me pregunto cómo pudo llevar a crearse este lugar y la respuesta no tarda en aparecer porque todo el mundo la conoce: se trata de las sobras que surgieron tras la guerra. La guerra. La mayor forma de traición del ser humano a sí mismo. El conflicto que surge cuando las palabras ya no sirven en el que el hombre traiciona a sus iguales y se dispone a matanzas y carnicerías para lograr sus objetivos. Lugar donde los valores y la ética mueren dejando al hombre mostrarse como un animal que sólo lucha para salvar el pellejo. De algo así no es tan extraño que haya surgido Daos. Pienso que deberían haberlo tomado como ejemplo para evitar más guerras. Pero el ser humano no aprende de sus errores.
—Así que hay guerra en Lanan de nuevo—. La voz de Katerina me hace volver a la realidad. Sin embargo, parece que ha estado adivinando mis pensamientos. Me dispongo a contarle todo lo que sé sobre esta nueva guerra que enfrenta a los dos continentes.
Pienso que ya basta de reservas y secretos. Le cuento a Katerina mi historia y todo lo que sé sobre la guerra entre Lanan y Hafix. Entonces me doy cuenta de lo lejano que suena ya todo lo que conocía hasta ahora. Mi antigua casa parece un lugar lejano al que nunca volveré e incluso el recuerdo de mis seres queridos se debilita. Odio esta sensación y me aferro al colgante de Marc. El efecto es inmediato, puede que su recuerdo lógico se desvanezca pero mis sentimientos no lo hacen.
Katerina me cuenta que la situación de descontento en Lanan es escandalosa. En todo el continente hay pobreza para la mayoría de los habitantes mientras que los guerreros y soldados se llevan todos los recursos de los que dispone el gobierno y también todos los honores. Muchos piensan que el presidente se está riendo de ellos y la semilla de la revolución está implantada. Por lo visto, el único lugar donde las condiciones son decentes es la capital. No puedo evitar pensar que en la capital también está la mayoría del pueblo en malas condiciones y me imagino cómo debe estar el resto entonces. Katerina relata cómo han ido surgiendo levantamientos y amagos de revolución que no han tenido éxito. Al fin y al cabo, el ejército de Lanan es muy poderoso y unos pocos guerrilleros muertos de hambre no tienen nada que hacer contra él. Además, la mayoría de la gente no tiene acceso a los medios de comunicación para ser partícipes de lo que ocurre y, los pocos que los tienen, no acceden a la información porque el gobierno los controla. Así pues, la mayoría de habitantes descontentos piensan que están solos pero la furia contra el gobierno no cesa por muchos golpes o castigos que reciban y la guerrilla sigue en pie, aunque actuando clandestinamente. A Katerina la capturaron en una reunión que tuvo lugar hace un año. En ella se decidió que habría un nuevo levantamiento mucho más fuerte cuando tuviera lugar la próxima guerra, cuando el ejército estuviese ocupado en otros asuntos.
—….así que has hecho lo mejor que podías haber hecho, aunque no lo supieras —me espeta Katerina con una sonrisa amarga—. Con la magnitud de esta guerra habrá un gran levantamiento. A ti, por ser la hermana del símbolo del ejército de Lanan, te habrían tomado como rehén o algo peor.
Sopeso sus palabras porque la gravedad de los hechos es visible pero decido ignorar la parte que me atañe a mí, ya que eso no me preocupa. No estoy muy convencida de que esté más segura en Daos que en Lanan.
—¿No tienes pensado volver a la revolución? —Pregunto tranquila.
—Fue lo primero que pensé cuando me contaste que había guerra. Pero estoy embarazada de dos meses —no puedo ocultar mi sorpresa abriendo mucho los ojos—, creo que es mejor que acuda a la seguridad de Hafix si consigo mantenerme con vida a mí o a mi hijo.
Asiento con la cabeza. Prefiero no hacer preguntas indiscretas, pero aunque quisiera tampoco podría pues acabamos de llegar a un gran cenagal. A pesar de que el sol del mediodía reluzca con fuerza y caliente nuestros rostros, el paisaje resulta apagado y lúgubre. El río brota con fuerza hacia el otro lado de su cauce y deja ante nosotros una tierra llena de lodo y barro. Hasta el bosque de nuestra derecha pierde su colorido y se muestra más apagado. Ante nosotros se extiende ahora un cenagal y enfilamos el camino por el barro y todo se sume en silencio. No sé si soy la única, pero desde que nos adentramos en el lodo me siento más triste y negativa. Comienzo a pensar que esta misión no tiene sentido, que acabaré muerta en Daos y tanto Dani, Marc, Pedro y Tom morirán en la guerra. Estos pensamientos hacen que me frene en seco y tenga ganas de gritar.
Entonces me doy cuenta de un detalle inquietante. Todos nos hemos frenado a la vez y todos compartimos un rostro de desesperación. Miro a Paolo que es el único que parece tranquilo y es cuando noto que comienzo a hundirme en el barro que piso. Me doy cuenta antes de que Sele lo grite:
—¡Arenas movedizas!
Veo como mis pies se van hundiendo lentamente sin sentir ya fuerzas por querer sacarlos y hundirme para siempre en la tierra. Parece que vuelvo a la realidad con este pensamiento que tacho de estúpido y observo como el resto de la camarilla, excepto Paolo, se están hundiendo en la Tierra. Sele e Ian gritan histéricos, Rober se mueve agitadamente y semeja que está luchando consigo mismo y Katerina llora, tocándose el vientre.
—Conozco este lugar —dice Paolo, sereno, como si hablase del tiempo—. Este cenagal os hace atormentaros y sumiros en vuestros pensamientos y emociones más negativos. Si no los controláis, os hundiréis en las arenas movedizas.


11
Apenas soy capaz de entrever por el rabillo del ojo como Paolo se va acercando al resto de la camarilla. No me paro a pensar porque no se acerca hacia mí. El dolor es demasiado fuerte.
En mi mente aparecen imágenes de Dani, Pedro, Marc y Tom muertos. Los veo como si los tuviese delante de lo nítida y vivaz que es cada imagen en mi mente. Pienso que probablemente sea cierto. Están en la mayor guerra que el mundo ha visto desde hace cien años y muy pocos saldrán de allí con vida. Y yo estoy en Daos, el continente que lleva a una muerte fija. Yo no seré menos, moriré aquí.
Siento que me hundo mientras mi respiración se vuelve difícil pero agitada. Siento que los he perdido, que todos mis esfuerzos han sido en vano. Ya no tengo motivos por los que luchar ni seguir viva y me tienta el dejarme llevar por las arenas y hundirme en ellas para siempre. El dolor es demasiado intenso y quiero que pare como sea.
“Que pare”. Ese pensamiento me hace acordarme de las palabras de Paolo con las que decía que estas arenas movedizas llevan a pensamientos negativos. Entonces, si quiero que esta tortura pare, debo salir de las arenas.
Me propongo contrarrestar mis pensamientos. La guerra no pudo haber empezado todavía, aun estarán en el campamento. Es cierto que queda poco pero seguro que siguen vivos. Y yo he tenido mucha suerte. Tras haber pasado tan solo dos semanas en Daos ya estoy dentro de un equipo que seguro que me hace salir de aquí y unirme a ellos. Todavía hay esperanza.
Consigo desperezarme de las arenas cuando las tengo por la pantorrilla y entonces me percato de que estoy sollozando. Ignoro mis lágrimas y logro salir llena de barro.
El efecto es inmediato, el dolor cesa, aunque no las dudas. Me alejo corriendo de las arenas a los lindes del bosque donde ya están casi todos los miembros del grupo. Miro sus rostros y también veo sufrimiento. Aunque todos están sucios y embarrados, el que se ha llevado la peor parte parece ser Ian, que está cubierto de tierra hasta la cintura. Con la mirada vacía y hueca, observan todos al mismo punto.
Ahí está Paolo agarrando a Rober por los hombros, que está sumergido hasta las rodillas en las arenas movedizas. Paolo le habla de forma firme pero suave y Rober semeja estar en un trance. Pero finalmente logra sacarlo, tirando de él por los brazos.
Permanecemos todos al borde de la espesura del triste bosque callados. Paolo nos observa, intacto.
—Estas arenas están hechas para sucumbir al dolor, a la tristeza, al sufrimiento… No permitáis que lo que habéis visto en ellas os nuble el juicio. Recordad lo que pensabais antes de estar en ellas.
—Es difícil —comenta Sele—. Si tú no me hubieses ayudado no sé cómo lo habría logrado.
—Lo mismo digo —afirma Rober—. Gracias Paolo.
—Y gracias por no ayudarme —añado yo, fingiendo indiferencia.
Paolo se acerca a mí y me dice muy serio:
—Estaba seguro de que tú serías la única capaz de salir sin ayuda.
Sus palabras me chocan como me chocó desde el principio que Paolo tuviese tanta confianza en mí. Pero no quiero que parezca que hay favoritismos ante los demás, así que asiento con una seca cabezada.
Enfilamos de nuevo el camino bordeando las arenas y el lodo. Por fortuna, no duran mucho más, rodearlas nos lleva diez minutos. Ahora el río adquiere una tonalidad azul cristalina mucho más alegre, incluso paradisíaca. Los árboles recuperan su verde encendido e incluso se escucha el canto de los pájaros al piar.
Durante la caminata nadie habla, cada uno inmenso en su propio dolor y en sus propios tormentos. Las arenas nos han traído a la mente los problemas que tanto queremos olvidar. Yo no soy menos y me pregunto si habrá algo de cierto en lo que he pensado cuando me estaba hundiendo. Me doy cuenta que, al mismo tiempo, desde que estoy en Daos nunca había sido tan optimista como en el momento de escapar de las arenas. Me aferro a esos pensamientos, a esa esperanza; ya que, como ya estoy aquí, no me sirve de nada ser negativa.
Nos detenemos diez minutos después de llegar al nuevo paraje. Paolo decide que ya es momento de que hagamos un descanso para comer y que, de paso, nos limpiemos el barro en un río ya aparentemente tranquilo. Rober se sumerge en las aguas, pero, en poco tiempo ocurre algo inquietante.
Corrientes. El río parece que erupciona y estalla en oleaje haciendo que Rober patalee e intente nadar entre las corrientes. Su mirada denota angustia y miedo, lo que no es de extrañar. Sin pensarlo dos veces, me quito mis botas y me dispongo a sumergirme para salvarlo. Pero dos fuertes brazos me sujetan.
No me detengo a mirar quien es mi captor. Sino que me retuerzo e intento zafarme de esos brazos gritando.
—¡Déjame! ¡Se va a ahogar! ¡Tengo que salvarlo!
—¡¿Es que quieres ahogarte tú también!?
El bramido de Paolo me hace dejar de resistirme, impotente, mientras veo como Rober se hunde en el río.
—Te he dicho que para sobrevivir en Daos tienes que saber dar la espalda a otros —Murmura Paolo con deje de pena en su voz.



miércoles, 29 de agosto de 2018

Capítulos 8 y 9 "El camino que nadie nombra"



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8
Me encamino en dirección a los lindes del bosque. Sé de sobra que no sería conveniente dirigirme hacia dónde entré en el bosque porque el camino me llevaría una semana y sé que no puedo aguantar tanto tiempo sin comida y sin agua. Así que sigo en línea recta hasta donde imagino que acaba el bosque. Soy consciente de que puede ser que me equivoque y el bosque se prolongue más de lo que pienso. En ese caso tendré que volver hacia el lugar donde entré en el bosque y confiar en que aguantaré ese tiempo sin agua ni comida.
Los siguientes tres días son difíciles. Decido dormir lo menos posible para llegar cuanto antes al final del bosque y así encontrar, como mínimo, agua. Sin comer aguantaré más, pero sigue siendo un inconveniente el no disponer de comida. No sé exactamente cuánto aguantaré sin beber pero, al cabo de un día, la sed se hace ya insoportable. Durante ese día mis entrañas rugen de hambre pero al segundo día se acostumbran a la falta de comida y paso de tener hambre a centrarme en la sed y sentir una gran debilidad y fatiga. El lado bueno es que estar tan pendiente de mi propio estado de salud y del malestar que me embarga, hace que no piense en nada más ni sienta dolor o tristeza.
Aunque cada paso me cueste un mundo, sobre todo con la quemadura en el talón, me obligo a seguir avanzando. Al tercer día, mi fatiga roza el desfallecimiento pero lo logro: llego al final del bosque.
Al momento de darme cuenta de que lo he conseguido, que he llegado a mi destino, me derrumbo sobre la tierra. Sigo consciente pero, al estar parada, parece que todo el cansancio que había en mí y que intentaba ignorar se apodera de mi cuerpo. Consigo ponerme con dificultad a cuatro patas y respiro agitadamente. Me asomo por un arbusto para ver lo que me espera. Frente a mí se encuentra la explanada de hierba que me encontré al llegar a Daos. En el otro lado hay otro bosque y, en el medio, dos hombres muertos.
Agudizo mis sentidos para comprobar que realmente estén muertos y no exista amenaza. Intento deducir porqué habrán fallecido. Ambos están heridos por lo que aventuro que se pelearían hasta la muerte. Entonces veo algo que anhelo: los hombres muertos tienen cantimploras colgando de su cintura.
La idea me parece ruin y abominable pero, ¿qué otro remedio me queda? Comienzo a reptar por la hierba con dificultad en dirección a los cadáveres. La debilidad me invade pero mi voluntad es más fuerte y llego al hombre más cercano. Agarro velozmente su cantimplora y casi dejo escapar una carcajada de euforia cuando compruebo que está llena de agua. Bebo bruscamente, con tanta ansia que algunas valiosas gotas se desperdician resbalando por mi rostro.
Al instante me siento mejor, aunque sigo estando fatigada. Vuelvo a ser más consciente de todo lo que me rodea pero me doy cuenta de que he forzado mi cuerpo demasiado y estoy demasiado agotada. Mi vista se comienza a nublar y, aunque sé que debería retirarme a un lugar seguro a descansar, la sed es insaciable y empiezo a reptar hasta el otro cadáver. Oigo un ruido inquietante al que no le presto atención.
            Jadeando, cojo la otra cantimplora, a la que apenas le quedan tres sorbos, pero noto una patada en el rostro que hace que me desplome y la cantimplora salga volando.
Me giro con la vista cada vez más borrosa y logro distinguir de pie delante de mí a la mujer que me amenazó el primer día que llegué a Daos. Sigue esgrimiendo esa sonrisa grotesca y lunática que se dibuja como una mueca en su rostro.
—Vaya, vaya… ¿pero qué tenemos aquí? —Gruñe con voz burlona—. La niñita que mató a uno de mis compañeros. Pero mírate, eres casi un cadáver. No tendré problema en quedarme con tus armas esta vez.
Se agacha sobre mí para quitarme el puñal que tengo en la cintura. Como respuesta, reúno las pocas fuerzas que me quedan y le asesto una patada en la cabeza. Retrocede del golpe y veo que le he partido el labio. Eso la enfurece. Sigo luchando por mantenerme lúcida y no perder el conocimiento pero también pienso en desenvainar mi espada y asestársela en el corazón en cuanto tenga ocasión.
Cuando la veo agarrar su viejo puñal ocurre algo que no esperaba. Cae desplomada al suelo con una flecha incrustada en su espalda. Miro para todos lados alarmada y, a lo lejos, distingo la silueta de un hombre que sujeta un arco y se acerca hacia mí. No parece un lunático, como el resto de personas que he visto en Daos, si no que alardea de una mirada firme y su apariencia es decente y pulcra.
El esfuerzo puede conmigo y me desmayo.
Cuando me despierto me levanto bruscamente mirando de forma histérica a mi alrededor porque no reconozco el lugar en el que me encuentro. Erguirse tan rápido ha sido mala idea porque me da un vahído y estoy a punto de perder de nuevo el conocimiento. Tardo unos segundos en recuperarme y noto que sigo estando muy débil pero que estoy mejor que antes.
Observo con curiosidad lo que me rodea y me doy cuenta, sorprendida, de que estoy en una cabaña de madera. Es tan grande como dos habitaciones de mi casa, pero parca en decoración. Hay seis camas de paja distribuidas en tres literas y yo me encuentro en la séptima, que es más grande. En el centro hay una amplia mesa con ocho viejos taburetes. Y, por último, hay varias estanterías de madera con algunos objetos extraños y armas.
No sé cómo he llegado hasta aquí ni qué significa todo esto. Solo pienso en la sed que tengo cuando encuentro, asombrada, una botella de vidrio llena de agua en una mesilla al lado de mi cama. La observo con recelo y ansia al mismo tiempo. Acto seguido, la sujeto y huelo para comprobar que no sea veneno. A pesar de que no huele a nada, sigo recelando; pero aun así bebo hasta que mi estómago no puede más.
Me siento mejor al instante y empiezo a sentir un olor a un delicioso pescado. Contemplo entonces que, en la mesa, hay pescado frito con verduras. Pienso que todo es demasiado bonito para ser verdad. No obstante, estoy hambrienta y llevo días sin comer. Así que, de todas formas si no lo comiera también acabaría muriendo. Me arriesgo a comer aunque pueda contener veneno.
Pero no lo tiene, la comida era deliciosa. Ahora que he comido, bebido y dormido estoy más fuerte y me pongo alerta. Sé que el motivo de que esté aquí tiene que ver con el hombre que vi acercarse a mí tras luchar con aquella mujer. Deduzco que puede tratarse de un aliado, otro no se habría tomado tantas molestias en salvarme. Aun así, cojo mi espada, que está situada al lado de la cama junto a mis restantes armas y desenvaino cuando oigo pisadas acercarse.
Se escuchan voces y entran por la puerta cinco personas que, aunque no parecen impresionados por verme, dejan de hablar cuando entran.
—Se ha despertado —comenta un joven de unos veinte años. Es alto, de cabello rubio pajizo y tiene la cara repleta de granos.
—Os dije que tenía agallas —replica con voz queda el mayor de todos. Lo reconozco, es el hombre que me ha rescatado. Con mi estado en aquel momento no había reparado en que es casi un anciano. Su cabello corto y su barba son canosos pero muestra fortaleza y firmeza en su porte con marcada musculatura.
Me quedo callada sin saber cómo actuar y los sigo estudiando. Hay una mujer de mediana edad con la cabeza rapada y cicatrices que parece dura; una joven bajita y pecosa con abundante cabellera pelirroja y rizada; y cierra la comitiva un hombre fornido de pelo negro y ojos oscuros.
Estoy esperando a que ataquen, pero no lo hacen. Sigo con la espada en alto, a pesar de todo. Finalmente, el anciano suspira y me habla:
—Entiendo cómo te sientes chiquilla. Estabas a punto de morir de hambre y sed y estabas a punto de ser asesinada por esa loca. Desde que has llegado a Daos no has vivido más que obstáculos y situaciones en las que has estado al borde de la muerte. Ahora te hemos rescatado y recelas de nosotros. Pues bien, tienes dos opciones: confiar o no confiar en nosotros. Eres libre.
Sus palabras me dejan anonadada pero comienzo a bajar la espada lentamente porque todo lo que ha dicho es cierto. Decido confiar en ellos. Es mi mejor alternativa para seguir con vida.
—Mi nombre es Paolo —se presenta el anciano—.Voy a dirigir a un grupo que escape de Daos y llegue a Hafix. He decidido que te quiero en ese grupo. Te ayudaremos a salir de Daos.



9
Decido confiar en este grupo porque lo veo como mi billete a salir de Daos. Meditándolo me doy cuenta de que no están mintiendo. No tienen ningún motivo para quererme muerta y, si así fuera, ya han tenido oportunidades de sobra de matarme. Tampoco quieren mis armas, si no ya las hubiesen cogido cuando estaba inconsciente. Parece que es cierto que han formado un grupo para salir de aquí, cosa que no me extraña; ¿quién no va a querer salir de Daos? Así todo tardo en confiar en ellos pero los voy conociendo, ya que me cuentan sus historias.
Ian es el hombre fornido de treinta y cinco años. Es un fanfarrón y gruñón que es un brujo con un poder leve: paralizar objetos en vuelo. Vivía en Lanan y consiguió ocultar durante toda su vida que era brujo. Incluso llegó a entrar en el ejército, lo que lo hace un gran componente en el equipo debido a su fuerza y habilidades de guerra. Descubrieron hace dos años que tenía ese poder y, entonces, huyó a Daos. Lleva aquí año y medio y ha pasado por todo tipo de peligros. A pesar de su imagen de prepotencia, es fácil llevarse bien con él.
Rober también es brujo y tiene veinticinco años. Aparentemente es frágil pero es muy inteligente y planificador. Paolo afirma que hasta planifica cuando va al baño. Vivía en Lanan pero se tuvo que enfrentar a todas las penalidades que conlleva ser brujo en ese continente hasta que no pudo más y mató a todos los que lo maltrataban por tener poderes. Desde entonces lleva en Daos año y medio. Es tímido y retraído pero ofrece a todos palabras amables.
Katerina tiene cuarenta años y, al igual que Rober e Ian, también vivía en Lanan. Allí, pertenecía a una guerrilla que luchaba contra la desigualdad y contra el presidente. Esta revelación me sorprendió porque no tenía ni idea de que había guerrillas en contra de la autoridad en Lanan. Seguro que Dani lo sabía pero no quiso decírmelo. Katerina es la que más me gusta de la camarilla. Es dura pero cuando te escucha y te mira se siente como te comprende y se pone en tu situación.
Sele es la más joven ya que tiene veinte años. Vivía en Hafix. Se crio toda su vida en un orfanato hasta que se escapó de él y comenzó una vida de pilluela y delincuente, cometiendo robos y timos. Al fin casi la atrapan y entonces huyó a Daos. Ha cogido confianza conmigo muy rápido. Me hace su confidente de secretos y bromea conmigo de una manera que hasta resulta incómoda. Los demás dicen que ha sobrevivido gracias a sus dotes de manipulación. Por lo tanto, decido no fiarme mucho de ella porque no sé si realmente me quiere como su amiga o quiere obtener algo de mí.
Paolo es el líder del grupo pero él parece no querer contar su historia. Lo único que sé de él es que tiene sesenta años y lleva diez en Daos. Eso le convierte en el líder idóneo porque sabe de sobra como sobrevivir aquí.
Durante los siguientes días me recupero. Paso el rato con mis nuevos compañeros y los voy conociendo aunque todavía no acabo de confiar del todo en ellos. Quieren que les cuente mi historia. Aunque no me lo preguntan directamente hacen comentarios y lanzan indirectas pero yo prefiero no contárselo aun.
La cabaña está situada al lado de un arroyo donde nos bañamos por turnos y pescamos pescado para freír en la hoguera. En ocasiones, Paolo se adentra en el bosque del oeste, en el que yo decidí no entrar; y vuelve con alguna presa que ha cazado, como aves o conejos. Paolo me recuerda que hice bien no tomar ese bosque aunque se pueda encontrar comida en él porque, además de las fáciles presas de caza, a medida que te internas en él también encuentras fieras y monstruos dispuestos a atacarte y devorarte.
La noche antes de la partida me escapo de una pequeña fiesta que hemos organizado. Sele baila mientras Rober toca un tambor improvisado. Antes, se han puesto a alardear de sus dotes de lucha. Me pidieron que mostrara las mías pero me he negado fingiendo dolor de cabeza y decidí entrar en la cabaña. Nadie me lo ha impedido pues aun hace cinco días que me rescataron y suponen que debo de seguir débil, aunque en realidad ya estoy como una rosa.
Me siento en la mesa de madera y devoro restos de conejo que han sobrado de la cena. Veo que la puerta se abre y entra Paolo, que se sienta a mi lado.
—No has querido demostrar tus habilidades de lucha. Eso me hace pensar que eres o muy mala o muy buena. Me inclino por lo segundo porque aún recuerdo como mataste a esos dos locos con los puñales.
Típico de Paolo. Soltar lo que piensa sin reparar en lo que le pueda parecer a otra persona.
—Ayudaría que me contases tu historia —añade con voz tranquila.
Inspiro hondo y por fin decido contarle a él lo que me ha ocurrido y porqué estoy aquí.
—Ha sido una completa estupidez —dice finalmente, cuando termino mi relato—. Pero el amor nos hace cometer estupideces.
—Quiero salir de Daos y encontrarlos, Paolo. ¿Y tú? ¿Cuál es tu historia? ¿Cómo has logrado sobrevivir diez años en este infierno?
Se lo espeto a la defensiva y también para cambiar de tema.
—Aun no quiero contar mi historia. Pero, en respecto a la segunda pregunta, no ha sido tan difícil sobrevivir aquí.
—¿Ah, no?
— La supervivencia en Daos no se diferencia tanto de la supervivencia rutinaria en cualquier lugar. Todo el rato estamos expuestos a peligros: las llamas de la chimenea, los cubiertos afilados, las alturas, los vehículos de la calle etc. Todos ellos pueden ser mortales pero estamos acostumbrados a esquivarlos. Para mí sobrevivir en Daos no ha sido mucho más diferente que ello. Para otra gente es más mortal porque tienen miedo y el miedo es una emoción paralizante y destructiva.
Asiento a lo que me cuenta y asimilo sus palabras. Me parece increíble como resta importancia a todos los peligros que hay aquí e intento tomar nota para poder salir de aquí.
—Si tuviera que apostar por alguien apostaría por ti —me espeta con voz queda.
—¿Por qué? —Pregunto, sorprendida—. Los demás están muy bien preparados.
—Tú seguro que más, aunque no quieras demostrarlo. Todos estáis desesperados, como todo el mundo que entra en Daos. Pero dentro de tu desesperación hay esperanza. Sueñas con salir de aquí no para salvar el pellejo, sino por la esperanza de reunirte con tus seres queridos. Te guía el amor, una emoción que suele morir en Daos y será una fuerza que te guíe aquí, por muy tópico que pueda aparecer.
Me rio amargamente.
—¿Algún consejo para sobrevivir aquí?
—Sí, pero como eres una persona con principios no creo que sean de tu agrado.
—Da igual, dispara.
— Sobrevivir significa saber dejar de lado a tus aliados cuando es preciso, obedecer órdenes que no nos gusten, velar por tus propios intereses y dar puñaladas a la espalda si es necesario.
Me quedo callada porque Paolo tenía razón, va contra mi educación y principios llevar a cabo esos consejos. Él me mira escrutadoramente como si hubiese adivinado mis pensamientos.
Finalmente, antes de dejarme vencer por el sueño que precede a la partida, les cuento a todos mi historia; que me hacen  mil preguntas, sobre todo porque mi hermano es famoso y nos preparamos para el viaje para salir de Daos.




Capítulos 6 y 7 "El camino que nadie nombra"


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6
De pronto me encuentro en la penumbra. Alzo la vista y veo un oscuro cielo de nubes de un gris que casi parece negro. La brisa es imperceptible y no siento ni frío ni calor, tengo la impresión de que me he vuelto atérmica, incapaz de sentir la temperatura. Estoy en una llanura de hierba de un lúgubre verde oscuro. A los lados de la amplia explanada, se encuentran dos bosques dispares. Ambos frondosos pero de diferentes tipos de árboles. A la derecha más altos y, a la izquierda, más gruesos. El color más llamativo de la izquierda invita más a adentrarse en ellos pero no sé lo que debo hacer.
Decido sentarme en la seca hierba para recuperar fuerzas y untarme la medicina en la herida del brazo. La medicina es milagrosa, en apenas dos minutos la herida casi ha sanado. Todavía soy un torbellino de emociones pero decido centrarme en mi siguiente paso. No sé si debería seguir recto por la explanada o adentrarme en alguno de los bosques. De hecho, no tengo ni idea de cuál es la dirección correcta para llegar a Hafix.
Sé que no puedo quedarme aquí eternamente y que, tarde o temprano, tendré que tomar un camino. Intento sopesar cuales pueden ser los peligros que conllevaría cada elección. Quizás en los bosques haya fieras o monstruos o también trampas. Pero puede ser, así mismo, que seguir recto conlleve otro tipo de peligros como obstáculos mágicos o incluso que lleve a un callejón sin salida y signifique que he perdido un gran tiempo en mi viaje. Me percato que no puedo sobrevivir más de dos semanas con las provisiones que he cogido y ello significará que el camino que decida tendrá que ser elegido en consecuencia.
Tras unos minutos de reposo y meditación decido avanzar hacia delante. Desenvaino mi espada y camino con cautela, poniendo los cinco sentidos en el camino que he enfilado. Sin embargo, todo parece demasiado tranquilo. Y eso no me gusta nada.
Me siento aterrada ante el peligro inminente que pueda surgir, porque sé que en cualquier momento aparecerá una amenaza. Pero llego a una bifurcación sin incidentes. Entonces me relajo, pensando que a lo mejor la afirmación de que Daos es una muerte segura sea tan solo una leyenda.
Ante mí se trazan dos caminos pero ninguno con buen aspecto. El primero lleva por un terreno húmedo y lleno de fango aunque sin rastro de agua, que sería un punto a su favor; mientras que, el segundo, es tierra árida sin atisbo de vegetación; lo cual me impediría encontrar comida. Así todo, sigo teniendo ambos bosques a mis lados; cuatro caminos esperando ser elegidos.
De pronto, varios hombres con mal aspecto comienzan a correr tras de mí. Pienso en luchar, pero, a pesar de que soy buena, no podré con tantos. Si estaba esperando alguna señal para salir corriendo, era esa. Comienzo a correr en dirección al bosque de mi derecha, con la esperanza de que si me interno en él los perderé de vista. No quiero matar a nadie. Es mejor que huya.
No obstante, la camarilla echa a correr detrás de mí gritándome y ordenándome que me detenga. Estoy tan asustada que a mi cerebro no le ha dado tiempo a reaccionar. Empiezo a pensar y sopesar cuales son mis opciones para no acabar muerta en la primera hora que paso en Daos y recuerdo una enseñanza de Dani: “En la guerra un golpe grande y efectivo es más rápido y demoledor que miles de golpes pequeños”. Decido entonces atacar de una manera tan sorprendente y mortífera que el resto de los que me persiguen ya no querrán vérselas conmigo.
Me armo de tripas corazón y agarro dos puñales. Me giro hacia mis atacantes y lanzo los dos puñales al mismo tiempo logrando que alcancen el corazón del líder del grupo y de la mujer que me habló por primera vez desde que llegué. Al fin y al cabo, Dani llevaba años entrenándome y soy mucho mejor guerrera que ellos, estoy segura. Esta maniobra que me ha enseñado no me cuesta esfuerzo y sé que los cogerá desprevenidos.
Sigo corriendo mientras oigo gritos y exclamaciones ahogadas a mis espaldas. La comitiva se ha detenido y ya no me persigue. Mi maniobra ha hecho efecto. Me alejo de ellos con el único pensamiento en mi mente de que es la primera vez que mato a sangre fría en mi vida y ha sido a dos personas al mismo tiempo. Pero lo que más me sorprende es darme cuenta de que no siento nada.



7
Corro y corro. Avanzo lo más rápido que me permiten mis piernas, lo cual es una velocidad considerable. Me interno en una carrera desesperada en la inmensidad de este bosque desconocido. No reparo en las ramas, piedras y demás obstáculos que hay en mis pies. Ni siquiera en que no tengo ni idea de cuál es la dirección correcta y que puede ser que me esté dirigiendo a una muerte segura.
Ya sé que la camarilla no me persigue. Sigo corriendo porque quiero sentir algo. Acabo de matar por primera vez y a dos personas, ni más ni menos. Debería haber sentido ya algo pero mi mente está en blanco y en mí no aflora ninguna emoción. Anhelo algún tipo de sentimiento; supongo que debería notar culpa, pena, enfado o quizás alegría o euforia. La adrenalina hace que no me canse de esta carrera.
Mi mente vuelve en sí cuando empiezo a notar que, a medida que avanzo, hace cada vez más calor. Pienso que debo estar enfilando un camino hacia el sur de este despreciable continente llamado Daos.
Justo en el momento en el que mi mente racionaliza con algo como la temperatura lo noto. Culpa. Al fin el sentimiento que tanto estaba esperando. Como ya he conseguido mi objetivo, me derrumbo en la tierra, frenando mi avance, y quedándome de rodillas con la vista clavada en el suelo.
Mis sistemas de defensa se activan y algo en mí me dice que he hecho lo correcto: los he matado porque si no ellos me habrían matado a mí. Además, en lugar de haber acabado con todos, solo he dado la muerte a dos. Sin embargo no me siento mejor y pienso que el asesinato es el peor crimen de todos. Porque cuando matas a alguien comentes el mayor robo posible: le arrebatas a una persona su regalo más preciado, la vida. Un regalo que la mayoría de las veces dan los padres por fruto de un amor infinito. A ellos también les estás robando cuando asesinas. A ellos y a todos sus seres queridos. Les robas a una persona que aprecian.
Paso de no sentir nada a ser un cóctel de emociones que logra que estalle en sollozos. Intento pensar que esta gente probablemente ya ha sido dada por desaparecida para siempre entre sus seres queridos, si es que aún tienen, por lo que el daño no ha sido tan grave. Pero eso no me hace sentir mejor, sigo pensando que soy despreciable.
Empiezo a asentarme y a acomodarme en el árbol que tengo a mi lado. Mi cuerpo me hace un regalo, me da sueño. El calor ayuda y mis párpados parecen pesados, con lo que empiezo a quedarme dormida y a olvidar mis pensamientos.
Los días siguientes son monótonos. Intento no pensar en nada y que mi mente no divague centrando todos mis sentidos en la tarea de avanzar mi camino. Me concentro en mis tareas pero todo es tan aburrido que, en ocasiones, mis atormentados pensamientos afloran en mi interior y me invade el dolor. Deseo con toda mi alma que pare y volver a sentirme feliz, como era hace apenas unos días. La guerra lo ha arruinado todo. Entonces me recuerdo que me tengo que centrar en mi plan e intentar escapar de una vez de este apestoso lugar.
Adivino que Daos me ha otorgado unas pistas para poder encontrar la salida a Hafix. Me he percatado que si avanzo hacia el sur cada vez hace más calor y que, si avanzo hacia el norte, cada vez hace más frío. Aunque parezca muy lógico me doy cuenta de que significa que no encontraré la salida ni  avanzando hacia el norte ni avanzando hacia el sur. Lo cual significa que tampoco la encontraré encaminándome hacia el oeste, porque allí es por donde he entrado a Daos desde lanan. Es decir, para llegar a Hafix debo enfilar el camino hacia el este. Dicho pensamiento me reconforta y me da esperanzas renovadas.
Tras cinco días de caminata donde los principales incidentes fue encontrar ciertas trampas, me doy cuenta de que el verdadero peligro del bosque es la falta de suministros. No he visto agua ni ningún alimento que no sea esta apestosa hierba en todo el camino. Es un gran problema porque me estoy quedando sin agua, apenas me queda media cantimplora pequeña y la comida no me durará eternamente. Intento alimentarme a base de la fruta que he traído porque contiene agua y así racionaré mejor mi cantimplora; pero no es muy agradable ya que el tiempo y el calor que hace aquí han hecho que esté a punto de pudrirse y el sabor es asqueroso.
Al alba del séptimo día en Daos me levanto aletargada y me enderezo con dificultad. Miro mi cantimplora y contemplo que apenas queda un cuarto de litro. Tengo que pensar en algo antes de quedarme sin agua. Un triste sentimiento de inquietud me invade e intento distraerme cambiándome de ropa. No he traído muchas mudas pero ya me las he puesto todas alguna vez y no huelen a rosas ya, precisamente. Engullo una manzana pasada. Afortunadamente aún dispongo de comida pero calculo que, aun racionándola bien, no durará más de dos semanas. Debo volver a dónde estaban mis atacantes.
Decido que sobreviviré, que saldré de Daos y que para ello me convertiré en una asesina implacable.