sábado, 1 de diciembre de 2018

Capítulos 2 y 3 "Tormenta de Primavera"


2 UN SUBSCONCIENTE MUY BROMISTA

Marta se sentía mareada. Todavía la borrachera no se había ido. Lo último que recordaba era haber vomitado en un callejón que apestaba a orina. Se sintió desnuda sobre un frío suelo de piedra. Alzó la vista y deseó estar inconsciente. Estaba en una amplia estancia de piedra con gente vestida con ropajes extraños y con peinados todavía más extraños que la miraban muy serios. Parecían sacados de la feria medieval.

Frente a ella, había una mujer de unos cuarenta años muy guapa sentada sobre un trono y con una corona que adivinó sería de oro blanco. Era pálida de ojos grises y cabellos de un negro azabache y brillante. Se sintió pequeña ante su mirada, pero a la vez acogida. A su lado, un joven de cabello pajizo con otra corona y atractivo, también sentado en un trono. El resto de los presentes eran una chica con ropas menos elegantes portando armas como una espada y cuchillos, igual que un hombre de mediana edad ancho y barbudo. Había cuatro personas vestidos con vestidos medievales que eran dos hombres y dos mujeres. Y, para completar el esperpento, un anciano de túnica azul marino que le sonreía.

Decidió que estaba soñando. Al fin y al cabo, no era la primera vez que soñaba con lugares como ese.

—Este sueño es extraño. Es como otros que he tenido… pero este parece tan real —dijo levantándose, farfullando, y tapándose lo máximo posible con la capa. Se echó a reír.

—Bienvenida —dijo Carlo.

Marta volvió a reír.

—Mi subconsciente es un bromista. ¡Tiene más sentido que yo!

—¿Qué dice? ¿Qué hace? —Preguntó la joven con armas.

—Disculpadla. Acaba de viajar de un mundo a otro que no es el suyo. Normal que esté aturdida —intervino Carlo.

—Y borracha —añadió el rey de cabello pajizo.

—¿De veras esta es la última elfa? —Inquirió el hombre grande y barbudo.

—Es mestiza —explicó el hechicero—. Tiene sangre élfica, la última de su raza, pero está mezclada con herencia humana.

—Este sueño es demasiado absurdo. Quiero dormir —se quejó Marta. ¿Qué iba a ser si no era un sueño? Pensó si la habían raptado unos locos para violarla o quizás llevar a cabo un ritual de fanáticos satánicos pero, era tan ridículo, que decidió que estaba soñando.

—Llevadla a sus aposentos para que duerma —ordenó la reina—. Quizás cuando despierte pueda razonar.

Haciendo Marta eses, Carlo la fue guiando por los corredores del palacio. Todo parecía real. El frío suelo en sus torpes pisadas. El tacto de la roca cuando rozaba con sus blancos y finos dedos las paredes. El olor a mar… Cuando entró en sus aposentos, percibió desde lo que entreveía de la ventana una gran ciudad de viviendas de escasa altura que daba a una gran playa. Por suerte, el alcohol la tenía muy aletargada e, ignorando a su acompañante, se desplomó sobre el colchón de una gran cama en la austera habitación y, pronto, le venció el sueño.

Despertó con una gran resaca. Los rayos de sol se infiltraban desde la ventana en la estancia. Marta estaba desorientada, fue abriendo los ojos poco a poco y descubrió que no reconocía el lugar donde se encontraba. Tampoco era algo raro. Habitualmente despertaba en lugares extraños: la casa de una amiga, la casa de un amante, un hotel, una residencia, algún lugar donde realizaba voluntariado… Pero lo vivido hacía unas horas retumbó de pronto en su mente, haciendo que se levantara bruscamente.

Sentado a su lado, estaba el anciano de la túnica azul, sonriendo.

—Está bien. No es ningún sueño. Es imposible tener esta resaca en sueños —dijo Marta casi gruñendo.

—Sois bienvenida a Palacio, al reino Clavel del continete Frondoso, reinado por la reina Elzia.

—Tengo resaca. Deja de marearme la cabeza. ¿Me habéis raptado unos chiflados o qué? ¡Sé defenderme!

—Lo sé de sobra. Yo también.

Acto seguido, el hechicero realizó una floritura haciendo que una llama leve brotara de sus manos y quemase a Marta en el antebrazo. Tal hecho hizo que Marta se quedase atónita.

—Sé lo que pensáis, mi señora —repuso Carlo sin apenas inmutarse ante lo que acababa de ocurrir—. ¿Nunca os habéis preguntado porque nunca habéis enfermado, las armas no pueden dañaros y, en definitiva, que sois inmortal?

Marta no respondió ya que el anciano tenía razón. Marta toda su vida ocultó lo que él había revelado. De hecho, Marta había burlado de manera increíble a la muerte en muchas ocasiones. Se resignó y resopló.

—¿Por qué has logrado dañarme tú?

—Porque tengo que revelaros que el fuego es lo único que os puede herir o matar, como a cualquier elfo. Porque vos sois la última elfa viva en todos los mundos. Y, por cierto, me llamo Carlo. Soy el hechicero de la reina Elzia.

Marta volvió a resoplar.

—Si eres hechicero deberías curar mi resaca.

Carlo cogió un pequeño tarro de cristal de contenido transparente y se lo ofreció. Marta, aun pensando que podría ser una trampa, se lo bebió. Automáticamente se sintió bien.

—Me imagino que querréis vestiros.

Le tendió un vestido blanco típico del medievo y Marta se lo puso rápido, sintiendo de pronto pudor por estar desnuda, tan sólo tapada por un edredón rojo, en frente de un anciano que decía ser un hechicero, que demostraba ser un hechicero. Marta se levantó y se dirigió a la ventana a respirar el aroma a salitre y la brisa templada. La ciudad era hermosa. Tenía cierto parecido con París, si París tuviese playa y sus casas fueran todavía réplicas de la Edad Media.

—La razón de porque no te he atacado es porque, aunque sea cosa de locos, lo que dices tiene sentido —repuso Marta, meditabunda—. Toda mi vida he tenido sueños con un mundo como este. Mis padres decían que era el mundo al que pertenecía. Murieron cuando tenía ocho años y fui a vivir con mis padrinos, que decían que mis padres estaban algo locos antes de morir pero que realmente yo pertenecía a otro lugar y tenía otro destino que no podía ni imaginar. Nunca hablaban al respecto del asunto, aunque yo preguntase. Tendían a ignorarme, sospecho que incluso a temerme, hasta que nos distanciamos. Pero nunca dejé de tener esos sueños y, sí, soy inmortal con un absoluto miedo por el fuego—. Hizo una pausa y respiró profundo—-. Supongo que tienes razón. Aunque sea absurdo pensar que sea una elfa. Sabía que era diferente pero… ¡una elfa!

De repente, un caballo alado de color dorado se acercó a la ventana volando. Era esbelto pero parecía un poco torpe. No obstante, Marta no sintió miedo. Creyó ver un viejo amigo.

—Un caballo que vuela. ¡Mola! Ya no hay nada que pueda sorprenderme —exclamó Marta sintiendo un extraño cariño por ese animal.

—El pegaso ha volado. Debo decírselo a la reina Elzia.

—Ei. Antes de nada dime que pinta aquí este… ¿lo has llamado pegaso?

Carlo comenzó a impacientarse.

—Una profecía enunció que vendría una elfa de otro mundo a ser decisiva en la gran guerra que tiene lugar ahora mismo en el continente Frondoso.

—¿Una guerra? ¿Por qué iba a ser yo decisiva en una guerra?

—El pegaso es vuestro. Os ha reconocido y ha venido a buscaros. Los pegasos son los animales de compañía legítimos de los elfos y su mayor arma. Con la palabra en élfico adecuada, un pegaso puede escupir torrentes de hielo. Solo un elfo puede montar un pegaso y sobrevolar el mundo sobre él —explicaba Carlo—. Pensadlo. Sois inmortal, sois diestra en la lucha y… disponéis de un pegaso que puede matar con aliento de hielo. Sois un gran arma.

Marta no contestó.

—Debemos marcharnos. La reina desea hablar con vos y conoceros, a vos y a vuestros intereses. Intuyo que no son dispares a los de su majestad.

—Está bien —dijo Marta acariciando al pegaso y contemplar como descendía volando hacia el jardín del palacio—. Le llamaré Corcel. De una forma sin ningún tipo de sentido, todo ha cobrado sentido. Es decir, de repente apareciendo en un mundo con magia que nadie podría creer que fuera real en su sano juicio… con un caballo con alas, con hechiceros y, aun encima, diciendo que soy una elfa, todo cobra sentido. El razonamiento de la no razón.

Carlo se limitó a esbozar una media sonrisa mientras abría la puerta. Marta no había decidido todavía si podía confiar totalmente en él pero también estaba presente el hecho de que era quien la estaba protegiendo y guiando en ese mundo de locos. No tenía otra opción que seguirle la corriente, de momento.

—Supongo que en la Tierra verán que he desaparecido sin dejar rastro. Tal y como ocurrió con mis padres —decía pensativa a la par que distraída mientras contemplaba el jardín real desde los ventanales de los corredores. El césped era de un reluciente verde alegre con bancos a ambos lados, rodeando una fuente y pavos reales paseando—. Toda mi vida he intentado averiguar qué les ocurrió realmente. La versión oficial fue un accidente de coche pero el caso fue cerrado sin explicaciones y sin que aparecieran sus cuerpos.

—La desaparición de vuestros padres fue un duro golpe para vos. Vuestro padre era elfo y vuestra madre humana…

—¿Qué sabéis de ellos? —Marta se giró bruscamente clavando sus ojos negros en Carlo.

—Poco. Aunque más de lo que deberíais saber por ahora.

—Os repito que toda mi vida quise información sobre ellos y que se marchasen así, sin despedirse, cuando tanto me quisieron de pequeña.

—Sólo os puedo decir lo que sé y no lo sé todo. A su debido momento, tendréis las respuestas que anheláis. Por ahora, disponéis de bibliotecas y sabios a vuestra disposición que os pueden hablar sobre vuestra sangre y familia ancestral, los elfos. Hay cientos de historias sobre ellos.

—Sonaré egoísta, pero yo de quien quiero saber es de mis padres —replicó Marta, dura.

—La información es como el agua, si te la otorgamos toda de repente será como un aguacero que no logres controlar. Si es escasa morirás de sed. Debe llegar poco a poco, cual río.

—No sigas mareándome con jueguecitos. Está bien, colaboraré con vosotros y este absurdo mundo si me dais lo que quiero: información.

—Eso no debéis decírmelo a mí, sino a su majestad —. Dicho esto, Marta se topó con que habían llegado a un gran portalón de color pardo al que Carlo dio tres golpes sonoros.
3 EL CABELLO DE ELFO NUNCA MUERE

—Moneda por moneda. Palabra por palabra. Acción por acción. Así son los tratos y supongo que querréis saber qué os pido y porqué, a la vez que querréis ponerme vuestras condiciones.
La reina hablaba con voz grave y un tanto gutural rezumando autoridad. Marta tenía la impresión de que esa mujer era la encarnación de la palabra reina. Parecía que había nacido para ello y no podía existir en la faz de ese mundo otra persona tan idónea para tan importante puesto. Era dura, emanaba fuerza pero a la vez bondad y confianza.
—Vale. Veo que quieres negociar conmigo, pues hablemos de negocios —contestó Marta, encogiéndose de hombros—. Aunque no estaría mal presentarse primero. Ya sabes, romper el hielo…
La reina esbozó una sonrisa con sus finos labios, rosados.
—Mi nombre es Elzia. Soy la reina de las dos guerras, del reino del Clavel y ahora del reino de Los Robles y de los ducados Zafiro, Lanza de Plata y Lengua de Fuego…
—Sois originales poniendo nombres —interrumpió Marta.
—Quien se sienta con corona a mi lado es Laisho, rey del reino de Los Robles.
—Imagino que sois pareja, ¿no?
Laisho resopló.
—Somos aliados en la Gran Guerra del continente Frondoso.
Marta lo observó. Tenía el ceño fruncido pero esa expresión en su rostro le daba cierto aire interesante. Al igual que a la reina Elzia, a Marta le dio la impresión de que también había nacido para ser rey. Resultaba atractivo pero no era precisamente una belleza.
—Eres un poco hosco, ¿no?
Laisho la miró con mala cara pero no contestó.
—Mi hosco aliado y yo somos los dos principales reyes referentes en el bando que lucha contra la invasión al continente del reino del Este. El resto de los que están aquí son mi consejera: Calina —. La mujer de cabello rubio y rizo saludó—. Mis guerreros personales: Sajala y Esbos—. Esta vez saludaron la joven armada de cabello corto y un hombre también armado de cabello rubio platino de mediana edad que destacaba por lo alto que era.
—Y mi guerrreo y mi consejero —prosiguió Laisho—: Alesio y Silero.
—Sin olvidar a mi fiel hechicero Carlo, que ya conoces —añadió Elzia.
—¿Tú no tienes hechicero?
—Los hechiceros son escasos en este mundo —se limitó a responder Laisho.
—Mi mundo está lleno de ellos y no sirven para nada. Carlo sí que es bueno que me ha curado la resaca —dijo sin pensar Marta.
Laisho rió, al igual que Sajalia. Excepto la reina, el resto la miraron con desaprobación.
—He hecho reír al rey hosco. Sí que debo ser decisiva.
Todos rieron menos Laisho, aunque no parecía ofendido.
—Presentaciones hechas. Vista vuestra espontaneidad que no sé si es fruto de la educación en vuestro mundo o de vuestra juventud —a Marta le estaba cayendo bien la reina—, os pido que me ayudéis en esta guerra.
—¿Cómo? ¿Y por qué debería escoger vuestro bando si decido hacerlo? —Preguntó Marta ya algo frustrada con la complicada situación que estaba apareciendo.
—Elzia es llamada la reina de las dos guerras —intervino el rey Laisho con voz queda pero decidida—. Eso es porque a pesar de todas las guerras que han tenido lugar, ella solo se ha inmiscuido en dos. Las dos que vio preciso intervenir. Su reino se caracteriza por la paz en los treinta años que lleva en el trono.
—Cabe añadir que he ganado las dos guerras en las que he participado y no pienso perder esta. También soy llamada “la reina que nunca pierde” aunque la Gran Guerra del continente Frondoso se me antoja la más complicada de todas.
—¿Por qué esta guerra es tan importante?—Insistió Marta, impresionada.
—Porque la iniciaron el rey y los príncipes del reino del Este. El rey Osles es un tirano loco y dictador que quiere imponer la fuerza y el miedo en la población —explicaba la reina Elzia con su tono de voz gutural—. Mis principios siempre han sido gobernar por el bien, la  paz, la justicia y los derechos de la gente.
—Principios en los que coincido —añadió el rey Laisho.
—Yo también. ¿Los habéis practicado?
—Vos misma lo comprobaréis —respondió Elzia—. Y he de decir que sí, o al menos es lo que siempre he intentado para mis súbditos. Así pues, ahora no puedo permitir que Osles avance a sus anchas por todo el continente imponiendo todo lo que odio y por lo que soy capaz de luchar. ¿Lo harías vos?
Marta calló. Si no mentían, les creía y confiaría en ellos. Algo en su interior decía que era verdad pero su prudencia le hizo contenerse aunque ella no destacase precisamente por ser prudente.
—Toda mi vida he querido algo bueno por mi mundo, ¿sabes? —Habló Marta tras su pausa—. Quería ayudar a la gente. Hice obras de caridad, voluntariado… He querido dar lo mejor de mí misma, de mi ser a la gente que me rodeaba y al entorno en el que estaba. Siempre he deseado poder ayudar a marcar la diferencia y hacer del mundo un lugar mejor, aunque fuese poner mi granito de arena, un paso más. Y siempre he estado frustrada en ese aspecto. Nunca es suficiente.
—Entonces entendéis nuestra causa y compartís nuestros principios, ¿me equivoco? —dijo el rey Laisho.
—No os equivocáis. Pero… ¿qué puedo hacer yo? No estoy dispuesta a luchar ni a matar.
—Lo comprendo. Podríais ser una gran asesina en guerra pero no es lo que os pido —prosiguió Elzia—. Sólo pido que me ayudéis. Que seáis dama de mi corte o guerrera, lo que deseéis. Seréis protegida y me ayudaréis en mis misiones diplomáticas. Podréis lograr para este mundo lo que no habéis logrado para el vuestro. Pensáis que no significáis nada pero en cuanto vuestro pegaso vuele…
—El pegaso ha volado, alteza —interrumpió Carlo—. Y ha acudido a saludar a su dueña.
Se escucharon murmullos y la reina inspiró con autoridad.
—Entonces no nos hemos equivocado con vos. Sois la verdadera última superviviente de sangre élfica. Un rayo de esperanza para el pueblo. Si tanto los soldados, como grandes señores y señoras, como meros campesinos y ciudadanos lo sepan, se animarán a la causa al saber que contamos con vos, la última elfa. Y, por supuesto, nuestros enemigos nos temerán más.
—Está bien. Creo que es justo que os ayude. Es lo que siempre quise, ayudar a mejorar las cosas —respondió Marta, finalmente—. A cambio, quiero información sobre mis padres.
—Respecto a ese tema lo único que sabemos es que alguien de este continente conspiró para matar a vuestro padre, el último elfo no mestizo.
La respiración de Marta se aceleró.
—¿Sólo eso?
—Y sospechas. Estamos investigando y, si lo deseáis, podréis uniros a la investigación.
—¿Qué sospechas? —Inquirió Marta levantando la voz—. ¿Qué quizás fue el rey del Este, como se llame?
—Podría ser.
—Acepto colaborar. Pero quiero información.
—No sabéis lo que me alegro teneros a mi servicio.
—Cualquiera de nosotros afirmará lo mismo —. Convino la guerrera de Elzia, Sajala. Dicho eso, lanzo su puñal al aire e hizo una floritura con él antes de volver a guardarlo.
—No seré ninguna esclava.
—No os toméis el gesto de Sajala como una amenaza —dijo el guerrero de Laisho—. Le gusta fardar porque sabe que yo soy mejor.
Marta rio. Le estaba cayendo realmente bien toda esa panda de extraños de otro mundo.
—Tampoco tengo esclavos —contestó la reina sonriendo—. Juntas y todos unidos, lucharemos por salvar a este mundo de la oscuridad. Lograremos que triunfe la justicia y los derechos del pueblo por ser feliz. O al menos lo intentaremos. No subestiméis la ligereza de mis palabras. Esta guerra es decisiva y estamos en desventaja..
—Estoy de acuerdo —convino Marta. No pudo evitar observar como los presentes la miraban con un atisbo de admiración al que no estaba acostumbrada y que le hizo clavar en el suelo pedregoso la mirada.
—De momento, recibiréis clases de protocolo y de cultura sobre el continente Frondoso y me serviréis cuando os lo ordene.
La reina se incorporó de su trono y se estaba acercando a la puerta a la vez que los demás también se levantaban de sus asientos, con andares de bailarina clásica.
—Dices que no soy esclava pero me estás dando órdenes.
—Órdenes leves que no creo te supongan ninguna carga —dijo sonriendo.
—No, supongo que no… —Marta pensó que era imposible discutir ante tan noble reina. Lo que había dicho sobre sus propósitos la había entusiasmado. Quería realmente ayudarla a lograr que el bien triunfara entre aquellos desconocidos reinos, ya que que no podía hacerlo en los países de la Tierra—. Una cosa más.
—Decid
Elzia se giró pacientemente, al igual que todos los demás.
—Me gustaría visitar el reino donde vivían los antiguos elfos. Son mi familia, creo que tengo derecho…
—No —dijo tajante la consejera de la reina, Calina—. Ese lugar está prohibido. Hace un siglo que nadie se adentra en él. Desde que desaparecieron los elfos hace dos siglos nadie ha salido con vida con él y nadie más se ha atrevido a pisarlo.
—Hace un siglo, el último que salió de él vivo, sólo dijo unas palabras antes de desplomarse —añadió el guerrero de Laisho, Alesio, con mirada fiera—: “El cabello de elfo nunca muere”.




Capítulo 2 "El Camino Que Nadie Nombra"


Enlace a la obra completa aquí:
2
El mundo se detiene y el sonido de las palabras del general se convierte en tan sólo un susurro que es para mí como un eco lejano. Tenía razón Dani al pedirme que controlase mis poderes. Siento como las llamas de las antorchas que adornan el estrado tintinean en un vaivén poco habitual. Me obligo a controlarme y a concentrarme para que mi piroquenis, que es el poder de controlar el fuego, no vaya a más y no empeore todo aún más delatando que soy una bruja. Afortunadamente, todo el mundo debe estar tan absorto con la noticia que ni se ha dado cuenta.
Guerra, guerra, guerra…
Esa palabra resuena en mis pensamientos y, a pesar de que intento distraerme, no logro quitármela de la mente. Apenas consigo entender al general dando instrucciones tanto a los soldados como a los civiles. Clavo mi mirada en un estandarte situado en el estrado e intento dejar mi mente en blanco cuando un increíble peso se cierne en mis entrañas y me dan ganas de vomitar todo lo que he comido en el desayuno.
El general deja de hablar y noto la mano de Pedro sobre mi hombro mientras yo sigo con la mirada perdida. Me giro y veo su sonrisa. Pedro nunca deja de sonreír aunque esta vez es una sonrisa triste, compungida y alarmada.
—Vamos —me susurra.
Y alzo la mirada viendo como todos los presentes comienzan a abandonar la plaza entre murmullos. No reparo en cómo hablan sino que sigo a Pedro, quien me sostiene por el hombro, y emprendo el camino a su lado con la mente en blanco y en estado de shock. Adivino que me lleva junto a mi hermano y no me equivoco. Allí está Dani muy serio pero todavía sereno y me da un gran abrazo. Pedro se une y aguanto las ganas de llorar.
Quiero hablar y decir mil cosas pero de mis labios no salen las palabras y solo puedo apretar más fuerte ese abrazo. Finalmente, los tres nos separamos y Dani me dice:
—Ya lo has oído. Partiremos esta noche. Deberías ir a despedirte de tus amigos. Nos vemos por la tarde —quiero replicar porque mis ojos no quieren perder la visión de mi hermano y la de su mejor amigo—. Prometo estar pronto en casa —añade.
Asiento sin rechistar y me dirijo hasta la zona de la plaza donde estarán mis compañeros de colegio. Mi cerebro comienza a volver a funcionar y reparo en la gente que me rodea. A pesar de que la mayoría adoptan un tono serio y sobrio; cuchicheando, hablando serios y muchos, llorando; me lamenta ver a gente celebrando la noticia. Al fin y al cabo, nos han criado en una cultura de guerra y las guerras están bien vistas.
Fue mucho decir por parte de Dani que fuera a despedir a mis amigos. Creo que los amigos se cuentan con los dedos de la mano; en mi caso, con uno. Mi mejor amigo y, de hecho, la única persona que me atrevo a llamar amigo es Tom. Es un chico menudo y bajito de pelo negro y tez pálida que va conmigo en clase. Desde los ocho años decidí no entremezclarme mucho con la gente de mi edad, salvo lo necesario, pues como soy una bruja debía tener la guardia siempre alta para no ser descubierta. Así pues, siempre me he limitado a ir a clase para sacar las mejores notas y nada más. Pero Tom es distinto. Es un joven tímido y muy buena persona. Me aporta una increíble confianza y, aunque no le he contado mi secreto, estoy segura de que lo aceptaría y no lo contaría.
Tom, tan ajeno a la guerra y tan diferente a mí en fuerza que no sé cómo será capaz de apañárselas en una batalla. Problema más grave aún sabiendo lo que solo los militares saben: a los soldados sin preparación menores de 17 años; es decir, menores de edad; los envían a las batallas perdidas. Batallas en las que solo necesitan enviar a los menos válidos, los prescindibles, los innecesarios… como en las maniobras de distracción. Ellos, los menores de diecisiete, irán a una muerte segura. Así que sé que esta es la última vez que veré a Tom y a…. Él.
Él es Marc. También es compañero de clase y es mi amor platónico desde que tengo siete años. Es un chico alto, esbelto, de cabello castaño y ojos grises. Es muy guapo, siempre lo ha sido y casi todas las chicas del colegio se morirían por salir con él. No hablamos ni nos saludamos a pesar de que a veces me doy cuenta de que me mira. Pero no siempre ha sido así.
Llegué nueva al colegio de la capital con siete años y él fue la primera persona que conocí. Aún recuerdo su sonrisa divertida cuando le espeté bruscamente a la profesora Elis dónde podía sentarme y él se ofreció para ayudarme. Éramos grandes amigos. Ideábamos juegos propios y los poníamos en práctica en lugares secretos como los bosques o las cuevas de las cercanías. A veces él venía a mí casa o yo a la suya y veíamos películas. Recuerdo cómo se reía con los chistes malos y, sobre todo, recuerdo su bondad. Era el primero en ayudar a cualquiera que se cayese, se le olvidase algo o tuviera un accidente; siempre tenía buenas palabras que regalar a los compañeros; era el primero en defender a un niño de alguien que se burlara de él y siempre era muy educado. Quizás fue esa faceta suya la que hizo que me enamorara perdidamente de él. Hasta el día del incidente.
Aquel día estábamos jugando ante la chimenea de su casa. Podía permitirse tal lujo por ser hijo de un alto cargo del gobierno y su casa era muy lujosa en comparación con las de la mayoría de la población. Me acuerdo que se acercó a mí en el juego de una manera que, a mis por entonces nueve años, me puso muy nerviosa y perdí el control de mis poderes. Surgieron unas llamaradas de la chimenea que me quemaron la pierna derecha y, horrorizada a la vez que avergonzada por lo que acababa de ocurrir, salí corriendo de su casa. Desde entonces no hemos vuelto a hablar.
No quise volver a mirarlo a los ojos después del suceso ni quise volver a acercarme a él. Me había expuesto demasiado y no podía permitir que volviese a pasar. Él tampoco me volvió a dirigir la palabra. Me pregunto si aquel día averiguaría mi secreto y ese es el motivo de que no me hable. Sea como fuera, me comporté de manera demasiado extraña ese día y no lo culpo por que no quiera relacionarse conmigo nunca más. Sin embargo, a pesar de que he intentado enamorarme de otros chicos, no consigo quitármelo de la mente. Aún conservo la marca de la quemadura de aquel día en la pierna derecha. Por ello nunca uso faldas y siempre llevo pantalones.
Me acerco a la zona donde están mis compañeros de colegio y no puedo evitar que se me encoja en corazón en un puño. Cada estudiante está con sus familiares, despidiéndose. Algunos lloran ante lo que se les avecina, otros parecen alarmados y algunos, los que tienen preparación en lucha, fanfarronean. Pienso que son unos necios que no saben que irán a una muerte segura. No quiero desvelarles la terrible realidad de lo que se les viene encima. Mejor que vayan felices y animados, así disfrutarán mejor sus últimos momentos.
Cuando veo a Tom le doy un abrazo y él me cuenta lo asustado que está. Consuelo a su destrozada madre e intento darle consejos sobre el combate. Sé que no servirán de nada ya que él no tiene práctica, pero al menos servirán para tranquilizarlo tanto a él como a su familia.
—No creo que pueda serles útil —se lamenta. Y yo tengo una idea.
—Debes demostrarles que eres más útil fuera del campo de batalla que dentro de él —le espeto, mirándolo fijamente. Un ligero rayo de esperanza dentro de las tinieblas—. Eres uno de los más inteligentes de la clase y tienes muchos conocimientos de ciencia y medicina. Házselo saber a tu superior y así te harán ayudante de enfermeros.
—¿Tú crees? —pregunta él, mordiéndose un labio.
“Te lo garantizo”, pienso. Porque se lo diré a mi hermano y él lo logrará. Pero como  supuestamente no puede haber favoritismos en el ejército, simplemente añado.
—Inténtalo—. Y le sonrío.
Entonces lo siento y le veo. Los ojos grises de Marc me miran y le devuelvo la mirada. Solo que esta vez no la esquivo, como acostumbro. Nos quedamos mirándonos fijamente unos instantes y veo el miedo de su mirada. No entiendo porque me está mirando. Pero quiero observarle bien los últimos minutos que pueda. El momento es interrumpido por el padre de Marc, que se lo lleva y le dice algo al oído. Pues llega el momento que han de marcharse.
—Suerte, Tom —le digo a punto de llorar—. Saldrás con vida de esta —añado sin creerme nada de lo que digo. Pero tengo esperanza. Me quito una de mis pulseras y se la doy—. Toma, para que no te olvides de mí y de mis consejos cuando estés en la guerra. Me la regaló mi hermano, es un hombre fuerte, lo sabes. Espero que te transmita parte de su fuerza.
Nos damos un último abrazo y me dirijo corriendo a mi casa, esperando encontrarme pronto a mi hermano y a Pedro allí. Vivo en la calle más importante de la capital y en una de las mejores casas que se pueden encontrar por allí, debido a relevancia de mi hermano. Es blanca, de dos plantas y columnas griegas con un amplio jardín que la bordea. Como todas las casas de los guerreros, tiene una bandera del continente y en el jardín destaca una fuente de cenicienta piedra que a veces considero un derroche.
Entro y veo a mi hermano en el salón con Pedro. Hablan muy serios y es muy raro ver a Pedro serio. La televisión está puesta pero no le hacen caso. En cuanto me ven se levantan del sofá negro.
—Mirs, no tengo mucho tiempo. Esta guerra es la grande y tengo que acudir al palacio…
No dejo terminar de hablar a mi hermano porque cojo un jarrón del mueble caoba del recibidor y lo estampo contra la pared. Tanto Pedro como Dani se quedan callados y me miran alarmados.
—¿Me estás diciendo que puede que sea la última vez de mi vida que te vea y tú no quieres pasar este tiempo conmigo?
—Mirs… —comienza Dani con cautela. Cojo un cuadro y también lo lanzo contra una pared haciendo que quiebre su cristal—. Mirs, me despediré de ti en el puerto. Haré que te permitan vernos partir y ese rato lo pasaré contigo.
Miro a mi hermano con la respiración entrecortada pero sus palabras han hecho mella en mí así que mi furia mengua y dejo de tirar cosas. No obstante, estoy tan enfadada con la situación que, aunque sé que puede que sean unos de los últimos momentos que pase con mi hermano no puedo evitar estar furiosa y pagarla con mi él. Aunque sé que me arrepentiré de ello.
—¡No vayas! —grito histérica—. Ya eres el mejor soldado del continente. ¡No necesitas más méritos! —Dani abre la boca para replicar, pero yo no le dejo—. Ya sé que te pueden condenar por desertor pero los tres somos hábiles. Podíamos huír.
—Esta vez es distinto Mirs, te prometo que sobreviviré —tercia con voz queda.
—Todos dicen lo mismo. ¡Pero esta es la mayor guerra en cien años! ¿Cómo voy a confiar en que tanto tú como Pedro saldréis con vida?
—Por eso mismo, Mirs. Porque es la mayor guerra en cien años y todo lo que has dicho es cierto —añade, decaído. Y es raro verlo así, parece vencido. Yo no sé lo que quiere decir y lo miro, apremiante—. Muy poca gente sobrevivirá a esta guerra. Ni siquiera puedo conjeturar que bando será el vencedor, ya que no se sabe nada sobre Hafix. Solo sé que en esta guerra no tengo que demostrar nada, pues por mucho que haga no decidirá ninguna batalla. Lucharé para sobrevivir y no sobresalir, te lo prometo. No me buscaré grandes objetivos ni me arriesgaré si puedo evitarlo. Creo que tú eres más importante que mi reputación y quiero volver, a buscarte.
Entonces me derrumbo, y aunque intento con todas mis fuerzas no llorar, una lágrima resbala en mi mejilla. Dani me abraza más fuerte que nunca y me da un beso en la mejilla.
—No quiero que te mueras, no quiero perderte —digo con una voz tan infantil que me sorprende.
—Pedro se quedará contigo esta tarde y te llevará al puerto al anochecer —responde sin soltarme y yo asiento.

La tarde me resulta dura y no sé si estoy flotando por culpa del torbellino de emociones que hay en mi interior o si estoy viviendo tan vívidamente la realidad que estoy aterrorizada. Pedro se mantiene firme y recupera su sonrisa. Me cuenta el plan de Dani para mí. A partir de los catorce años el gobierno de Lanan permite vivir sin tutor a la gente. Me quedaré en casa con la compañía de Katerina, la mujer que viene a hacer las tareas domésticas de casa. En estos momentos no está, puesto que uno de sus hijos también partirá a la guerra y lo debe estar despidiendo como es debido. Tendré que seguir asistiendo a clase con normalidad, como todos los alumnos que nos quedemos en Lanan y deberé seguir entrenando por mi cuenta. En caso de que ellos no volviesen ingresaría en una academia militar. No quiero ni pensar en esa alternativa porque perderlos duele demasiado.
Dan las seis y el rojizo sol comienza a declinar. Decido que este año no veré las pantallas de guerra. Lanan pone pantallas en todo el continente donde se televisan los combates de la guerra. Solo los he visto dos veces y fue una experiencia que no recomendaría a nadie. No soporto ver a mi hermano matando y luchando por su vida de la manera en que lo hace; perdiendo su humanidad y su bondad para convertirse en el más fiero y despiadado de los guerreros. No obstante, aunque no los vea sabré que es él el que está luchando por los bramidos y vítores de la multitud que observa las pantallas en las calles. Sufrí en su último combate porque por las reacciones de la gente podía adivinar lo que estaba pasando. Con cada silbido me daba un vuelco el corazón y con cada grito de júbilo sonreía inevitablemente.
El puerto está a rebosar de soldados uniformados y centenares de barcos inmensos están amarrados en la costa, listos para zarpar. Pedro me lleva hasta la zona ocupada por los altos cargos del gobierno que acuden para despedirlos pero los dejamos atrás para dirigirnos a la caseta donde están mi hermano y los oficiales de mayor rango. Pero algo me detiene.
—Miranda, se te ha caído esto.
Mi corazón da un vuelco y me doy la espalda. Marc está ahí, con su padre que es un alto cargo. Se acerca a mí, tembloroso, sujetando algo. Me pregunto qué se me habrá caído ya que no noto ausencia de nada. Cuando Marc me enseña lo que hay en sus manos no puedo creer lo que veo.
Se trata de una muñeca de trapo que fabriqué yo misma de pequeña y se la regalé a él con siete años, cuando lo conocí. ¿Qué hace Marc con ella en estos momentos? Presa de la sorpresa me dirijo a hacer algo que no hacía desde hacía años: hablar con él.



jueves, 29 de noviembre de 2018

Capítulo 1 "El Camino que Nadie Nombra"

Tras un tiempo sigo repitiendo capítulos de mis dos últimas obras. Os dejo los enlaces para leerlas enteras.

https://espanol.free-ebooks.net/ebook/El-Camino-que-nadie-nombra


1
El ardiente sol del amanecer me acaricia el rostro mientras yo tengo fijada la vista en mis apuntes de matemáticas. Siempre me han gustado las matemáticas, ya que en esta materia todo problema siempre tiene una solución. La roca sobre la que estoy sentada comienza a parecerme incómoda y empiezo a tener que moverme y apartar mi mirada de mis apuntes.
Alzo la cabeza y veo la llanura de tierra entre un círculo de rocas situada en lo alto de una montaña en la que estoy situada. Desde aquí hay unas vistas maravillosas del océano y del espectáculo que es la salida matutina del sol. En frente de mí están Dani y Pedro luchando con toda la fiereza que es posible en un combate simulado. No luchan con armas de verdad, sino con espadas de madera. Es indudable quien está ganando, ya que siempre es así: Dani.
Dani es mi hermano mayor, de hecho el único. Guapo a rabiar, famoso y el mejor guerrero del continente. No es de extrañar que tenga centenares de seguidoras y que todo el continente lo admiren. En ocasiones me pregunto qué ve todo el mundo en él. Quiero decir, yo lo veo simplemente como Dani: el chulo, el prepotente, el engreído… pero también el cariñoso, leal, inteligente y único hermano que tengo que es a la vez la persona que más quiero y que más rabia le tengo en este mundo. Dani, quien lleva toda la vida cuidándome y protegiéndome. Solo que me gustaría saber si sus fans pensarían lo mismo de él de pasar un día entero a su lado. A veces, aguantar a Dani es todo un arte más complicado que la guerra.
—Vamos, Pedro. Puedes hacerlo mejor —espeta Dani con fanfarronería a su contrincante tras realizar una arriesgada pirueta.
—Ambos lo sabemos, pero no quiero dejarte en ridículo.
            Dani resopla y no puedo evitar reírme, distrayéndome del estudio. Pedro, con su eterna sonrisa. Es el mejor amigo de mi hermano y es también como un segundo hermano para mí. Él y yo somos los únicos capaces de sacar de quicio a Dani y los únicos de los que parece no importarle que nos riamos de él. Pedro es de estatura mediana y bastante fuerte. Su cabello es negro y sus ojos, ámbar. Lo que más me gusta de él es que siempre está ahí; ocurra lo que ocurra, siempre dispuesto a ayudar desde el más grande hasta el más mínimo de los problemas, ofreciendo siempre consejo y ánimo. Creo que el mundo sería un lugar mucho peor si él no existiese.
Dani y yo nos parecemos, como hermanos que somos, en que somos altos, delgados y de tez pálida; con ojos negros y de cabello castaño oscuro. A pesar de que Dani esté teñido de un rubio platino y lleve siempre la melena muy repeinada, para el agrado de sus fans. Yo, en cambio, no presto tanta atención a mí físico y mi melena parece que siempre va por libre así que ni me devano los sesos en peinarla. Ambos somos fuertes y hemos heredado las habilidades de lucha y combate de nuestros padres.
Me quedo mirando la lucha entre Dani y Pedro y paro de estudiar. Es evidente que, aunque Pedro también es un renombrado guerrero, Dani es superior. Se mueven entre florituras de sus espadas y piruetas hasta que Dani gana a Pedro. Él simplemente se encoge de hombros y estrecha la mano de Dani sin perder su blanca sonrisa.
—Te toca, hermanita —me dice Dani con una media sonrisa chulesca.
—¿En serio? Vas a hacer que eche todo el desayuno —replico volviendo a fijar mi vista en los apuntes de matemáticas.
—Deja eso, sacarás un diez igualmente, como siempre —farfullea Pedro, jadeando del esfuerzo, mientras se acerca a mí para cogerme del brazo y arrastrarme hasta la planicie.
—¿Tienes miedo, hermanita?
Pongo los ojos en blanco. Mi nombre es Miranda y tengo quince años. Dani lleva toda la vida dándome clases de combate. Con cinco años agarré mi primera espada y él siempre se ha encargado de mi entrenamiento. Descartó la idea de que asistiera a una escuela militar, prefirió dirigir mi formación de guerrera él mismo. Sé que es, sobre todo, porque no quiere separarse de mí. Nuestros padres murieron hace diez años en una guerra contra los bárbaros del norte. Yo tenía cinco años y lamento no conservar muchos recuerdos sobre ellos. Desde aquel momento Dani se ocupó de mi educación, protección y cuidado. Él tiene veintisiete años, es decir, que ya era mayor de edad cuando nuestros padres murieron y se pudo encargar de mí. Por eso siempre estuvimos tan unidos y pasamos tanto tiempo juntos. Por eso, él solo me pierde de vista cuando tiene que partir a una batalla.
—Lista —replico solamente, agarrando de manera brusca la espada de Pedro.
Como soldados experimentados que somos, comenzamos a luchar sin mediar palabra. Sin ánimo de querer presumir, he decir que soy muy buena en esto, mejor que la mayoría de los soldados profesionales; al fin y al cabo, he aprendido del mejor. Conozco su estilo de combate y comienzo a moverme de manera automática. Permito que mi mente divague sobre cosas irrelevantes mientras ejecuto los golpes sin ser consciente de ellos. Tras un minuto, la intensidad de Dani aumenta y tengo que ser más consciente de mis acciones. Dani nunca me ha dejado ganar y eso me motiva más. Sin embargo, hoy ocurre lo nunca visto. Consigo acertar con mi espada de madera en el cuello de mi hermano. He ganado.
Los tres permanecemos mudos unos instantes. Dani y yo respiramos agitadamente del esfuerzo y yo miro a Pedro, quien no abandona su sonrisa pero un deje de sorpresa aparece en su rostro.
—¿Es que tienes un día blando, Dani? —espeto riendo—. ¡Es la primera vez que me dejas ganar!
Sigo riendo pero Dani no responde. Sino que mira hacia el suelo con el ceño fruncido. Conozco esa mirada demasiado bien y lo conozco también a él demasiado bien como para darme cuenta de que no me ha dejado ganar. Pedro comienza a reír a carcajadas y a aplaudir.
—Por fin la alumna ha superado al maestro —dice eufórico.
—Ni una palabra a nadie —musita serio Dani. Pero luego sonríe y me da un abrazo. Algo normal en él: pasar de la dureza a la ternura en tan sólo un segundo.
Durante la siguiente hora hablamos del futuro; concretamente, de mí futuro. Dani y, en general, todas las personas que conozco quieren que me haga soldado. Pues soy muy buena y, a pesar de que nunca he asistido a clases de guerra o combate, soy más apta para una batalla y para una difícil lucha que la mayoría de los soldados ya formados. Hoy mismo lo he demostrado venciendo a mi hermano, y él no lo ve sino como un argumento más a su favor para que siga su estela y me convierta yo también en una renombrada guerrera. ¿Qué pienso yo del tema? Ni lo sé realmente ni lo tengo muy claro. Es cierto que llevo la guerra en la sangre; no solo por mi hermano, sino también por mis padres. No obstante, las profesiones que más me llaman la atención para un futuro son aquellas con las que pueda ayudar a la gente. Soy la mejor estudiante de mi curso y opino que eso me abre puertas para poder dedicarme a lo que desee. Sin embargo, siento que me dejo llevar por las opiniones de los demás más de lo que debería y comienzo a pensar que si todos creen que la lucha sería mi mejor opción, ¿por qué no iba de hacerles caso?
La conversación es interrumpida cuando suenan los tambores de la plaza del centro de la ciudad. Significa que todos los habitantes de la ciudad debemos acudir allí a escuchar el discurso del presidente. Dani, Pedro y yo enfilamos el camino a la plaza por un estrecho sendero pedregoso que conocemos perfectamente. Aquella planicie de tierra donde nos encontrábamos era nuestro lugar habitual para practicar combates. Era nuestro lugar. Suponíamos que nadie más lo conocía porque era muy difícil llegar a él a través de los senderos angostos y llenos de silvas que permitían su acceso. A nosotros nos gustaba esa circunstancia porque nos permitía intimidad. No como en los centros oficiales de entrenamiento, que estaban llenos de soldados entrenando, ávidos admiradores de mi hermano que, si bien no lo hacían con mala intención, nos interrumpían para hablar con él y, de hecho, nos molestaban.
Vivimos en el año dos mil trescientos veinticuatro de la Tierra, en el continente Lanan. Según he estudiado en clase, hace cien años se produjo una guerra mundial entre el bando de los brujos y gente mágica y el bando de los no mágicos. La guerra fue catastrófica y sumamente potente. Con el resultado que el aspecto de la Tierra cambió y se formaron dos únicos continentes entre el infinito océano. En el continente de Lanan pasamos a vivir la población no mágica; mientras que en el continente Hafix es donde viven los brujos. Para evitar la destrucción total de la Tierra, que parecía probable debido al alcance de las batallas, en las que se derrocharon las armas nucleares y las armas mágicas; ambos bandos firmaron un tratado en el que acordaron esta distribución para vivir.
Ignoro cómo será la vida en Hafix, ya que en Lanan tenemos prohibido cualquier tipo de contacto con el otro continente y el gobierno tampoco parece dispuesto a facilitarnos información al respecto. Pero aquí las condiciones de vida no me agradan. Vivimos en una cultura de guerra. Se entrena a todo el mundo para el combate desde que son pequeños y en cuanto comienzan a destacar se los segrega para que exploten sus habilidades, siempre de manera enfocada a la guerra. Los soldados y guerreros son las personas que mejor opinión y posición social ostentan y las guerras son televisadas en pantallas gigantes en todo el reino de Conan, nuestro presidente. Actualmente luchamos contra los pueblos bárbaros del norte y contra los rebeldes del este. Ya que hace cien años que no tenemos noticias de Hafix.
Además, la desigualdad entre la gente es escandalosa. Simplemente existen dos clases: los guerreros y los no guerreros. Los que se dedican a la guerra son los que mejor viven, aunque solo los de mayor rango disfrutan de lo más parecido al lujo que se puede encontrar en este continente. Los otros, viven en la pobreza. Solo parecen tener mejores condiciones los médicos, enfermeros, profesores y profesiones que, en general, puedan también ayudar en la guerra, aunque sea de forma indirecta.
Y luego está la ley antimagia. Resulta que existen algunas personas que dentro de nuestro continente nacen con poderes mágicos, es decir, que son brujos. Estos son los marginados del continente. O se los repudia o se los destina para oficios que nadie quiere. Si dan problemas, son enviados a campos de trabajo. La mayoría de la gente cree que son solo eso, lugares donde se los hace trabajar. Pero mi hermano debido al puesto que ostenta dentro del gobierno sabe que son lugares donde se los explota y maltrata. No quiere hablar mucho del tema, pero una vez se le escapó decir que experimentaban con ellos para averiguar más cosas sobre el enemigo, es decir, los brujos.
La ley antimagia es lo que más me afecta. Y eso se debe a que yo he nacido con dos poderes mágicos: piroquinesia y telequinesia. Yo soy una bruja.
Mis padres se dieron cuenta de ello desde que cumplí un mes de vida. No quisieron deshacerse de mí, como la mayoría de los que tienen hijos con poderes. Los orfanatos están llenos de repudiados niños con algún poder. Mis padres decidieron criarme en una casa apartada de la civilización hasta que fuera lo suficientemente mayor como para poder controlar mis poderes. Desde que tengo uso de razón recuerdo estar practicando en ello. Esta circunstancia hizo todavía más difícil que Dani me criara. Afortunadamente, con seis años ya fui capaz de controlarlos y nadie sospecha nada. A parte de mí y de Dani, solo Pedro conoce mi secreto.
Miro al horizonte que se asoma entre las silvas mientras emprendemos la caminata y me pregunto, de nuevo, qué sería de mí si me descubrieran. Probablemente, debido a que soy tan buena guerrera, me utilizarían como rata de laboratorio o me matarían, considerándome una amenaza. Siento asco hacia el gobierno por tratarnos así. También aborrezco a la gente que le sigue el juego y ayuda a marginarnos más a los brujos. Sin embargo, también siento desprecio por mí cuando veo a alguien tratando mal a un brujo y yo no hago nada. ¡Cuánto me gustaría decirle unas cuantas palabras a quien se atreve a insultar o a reírse de la gente mágica! Pero no puedo. Me han educado desde pequeña a no llamar la atención al respecto. Y, aunque me muera ganas de incumplir esta orden, no puedo hacerlo por agradecimiento a Dani. Él ha luchado tanto por mí y por ocultar mi secreto que no puedo pagárselo haciendo que me descubran.
Sacudo la cabeza saliendo de mis pensamientos y vuelvo a fijar la vista en el camino y en todos sus obstáculos que ya me conozco de memoria y no me suponen ninguna dificultad. Comienzo a atender a la conversación de Dani y Pedro sobre el discurso y quiero hacerme partícipe.
—Dani, ¿tú sabes de qué irá esta vez el discurso de Conan? —Pregunto intentando adoptar un tono jovial.
—Acerca de eso te quería advertir algo, Mirs.
Mirs es mi diminutivo. Lo odio pero reconozco que Miranda es un nombre largo para pronunciar tan seguido. Afortunadamente solo me lo llaman los más allegados a mí y no son muchos ya que intento no inmiscuirme demasiado con la gente.
Noto una sombra en la voz de mi hermano y agarro los apuntes con fuerza involuntariamente. Los días en los que el presidente da sus discursos se cancelan las clases. Habitualmente concede sobre dos o tres discursos por año sobre asuntos relevantes para el gobierno como el anuncio de festejos, ceremonias, eventos; también sobre nuevas leyes y, en ocasiones, los más temidos: sobre guerras. Este año no ha dado ninguno todavía y ya estamos en otoño. Así que solo puedo preocuparme ante las palabras de mi hermano y levanto la vista de la tierra llena de piedras para girarme hacia los oscuros ojos de mi hermano.
—¿Qué ocurre? —Pregunto.
—Por ahora solamente he oído rumores —comienza él con cuidado, como si estuviese midiendo sus palabras. Yo me encrespo más porque mi hermano es tan importante que suele estar siempre enterado de todo. Que solo haya oído rumores es algo extraño —. Quiero que comiences a relajarte y a controlar tus poderes porque debes prometerme que, oigas lo que oigas, controlarás tus poderes.
Doy una seca cabezada como señal de asentimiento pero tengo la impresión de que una jarra de agua helada ha invadido mi cuerpo. Por suerte o no, llegamos ya a la ciudad, entonces no puedo hacer más preguntas ya que nos oirían.
Los tres emprendemos la marcha por las lúgubres calles de la capital del continente hacia la Gran Plaza. Lugar donde el presidente dará el discurso. Permanecemos serios y en silencio, tan sólo distraídos por amigos y admiradores de mi hermano. Intento despreocuparme observando el paisaje. Los edificios son tan grises y cochambrosos que aún me deprimo más. Intento restarle importancia a la situación, pensando que son sólo rumores. Aun así comienzo con mis técnicas de relajación y a intentar relegar mis poderes y sentimientos en lo más profundo de mi alma; donde no puedan aflorar al exterior.
Llegamos a la Gran Plaza en quince minutos. Ya está a rebosar de gente expectante, de todas las clases y de todos los aspectos y comentan entre murmullos de expectación qué será la notica que nos dará esta vez el presidente. Mi hermano se despide de Pedro y de mí para dirigirse al palco de autoridades. Mientras tanto, Pedro y yo nos encaminamos a los asientos principales que tenemos reservados en las primeras filas. Pedro se sienta ahí porque también es un guerrero importante y yo, por ser la hermana de Daniel, el mayor guerrero de Lanan.
A mí lado se sienta un joven soldado pelirrojo que me sonríe. Yo permanezco mirándolo fría para después girar la cabeza a Pedro, que se ríe, acostumbrado a mi actitud. Dudo si el soldado me sonríe porque verdaderamente le parezca agradable, lo cual dudo, o porque quiere acercarse a mi hermano. La mirada de Pedro me calma y fijo mi vista en la cicatriz que tiene en la mejilla derecha que se provocó en una batalla hace dos años. Dani también tiene varias cicatrices y no por ello gusta menos al continente. Las cicatrices están bien vistas en Lanan. Significan que has tenido una batalla difícil y has sobrevivido, a pesar de todo.
Resuenan de nuevo los tambores y mi hermano aparece en las pantallas de todo el continente. En cuanto se da cuenta, esboza la mejor de sus sonrisas y saluda acostumbrado ya a tanta admiración y el público estalla en aplausos y gritos de júbilo. No puedo evitar resoplar y Pedro ríe dándome un codazo mientras aplaude y silba divertido. Acabo soltando una risa nerviosa, después de todo.
El presidente Conan aparece en el palco y se sitúa en el estrado con mirada serena y decidida. Es un hombre de cincuenta años de cabello oscuro y piel oliva que emana autoridad con su presencia y sus palabras. Ni siquiera sé cómo llegó al poder; pero ya hace veinte años que es presidente. Según los libros de historia, en la antigüedad los presidentes eran elegidos por votación del pueblo. Ahora hay otros criterios que nadie parece preguntarse. Supongo que los gobernantes siguen siendo llamados presidente por hábito más que por otro motivo. Conocí a Conan hace un año en un evento del que mi hermano era protagonista. Recuerdo mirarlo con odio por permitir que vivamos en esta sociedad y él simplemente sonrió y bromeó diciendo que era una chica muy seria.
—Estimados ciudadanos —comienza su discurso el presidente con voz solemne. El silencio que provoca en el público es espeluznante. Semeja que se ha paralizado el mundo y pienso que así es—. La semana pasada ha sido avistado en la costa este de Lanan un barco de Hafix—. Todo el flujo de pensamientos que había en mi interior se paraliza para escuchar con toda mi atención el discurso del presidente—. Tras investigar, hemos descubierto que Hafix planea invadirnos. Lanan no sólo responderá sino que atacará antes que ellos. Por ello, todos los varones mayores de catorce años serán reclutados desde este mismo día. Y, por supuesto, todos los soldados mayores de diecisiete años; hombres o mujeres; serán llamados a filas también desde este momento. Lanan declara la guerra a Hafix y estamos seguros de que venceremos. Tras cien años volvemos a enfrentarnos y Lanan luchará hasta el final. ¡Gloria a Lanan!
Breve, claro y conciso; como todos sus discursos. Y, entre vítores y aplausos, se anuncia la mayor guerra desde hace cien años.



lunes, 26 de noviembre de 2018

El vacío


                                      EL VACÍO



Expertos los medios. Vacíos en el amor.

Dan consejos de quien no siente,

De gentes gentiles que no padecen,

Fingiendo fuerza, no tienen corazón.



Y ellas, las moscas que no muerden…

No como las doradas aladas mariposas,

En el corazón de las más coloridas rosas.

Sino en el apagado verde de sus hojas.



Vacías las mentes

Conciencias anuladas

Que pensar temen.



Existiendo, por ley, dócilmente.

Vacías, se informan las almas;

Ocupadas rumbo a su muerte.

viernes, 9 de noviembre de 2018

Prólogo "Tormenta de Primavera"


Os vuelvo a subir al blog las novelas "Tormenta de Primavera" y "El Camino que nadie nombra", capítulo a capítulo y poco a poco. 
PRÓLOGO
—Demostraremos que la libertad y una vida con valores no es sólo un sueño.
Crepitaban las llamas de las antorchas dando al lugar un aspecto de penumbra parda. El rey Laisho, con su típico ceño fruncido en señal de concentración, selló así su nuevo pacto con la reina Elzia. El rey Laisho era un joven de cabello pajizo y fornido. Hábil estratega militar, a la par que gobernante. La reina Elzia era de mediana edad aunque su cabello oscuro brillante y su piel tersa y pálida no lo aparentaban.
—Los valores nos definen. Como personas, como pueblo, como reino —contestó la reina Elzia con voz firme y gutural—. Compartimos valores. Compartiremos ejércitos para inculcarlos a un mundo en peligro.
El rey Laisho dio una seca cabezada en señal de asentimiento. Se encontraban en una parca tienda de campaña típica de los enclaves de guerra. De hecho, estaban en medio de una batalla. Se dispuso a salir al exterior, donde le esperaría la lucha hasta que el plan girase el destino de sus actos.
Con ojo analítico, observó a su escasa caballería en cuanto salió. No se trataba de una refriega usual ni convencional como sería alguna para alcanzar algún territorio o, quizás,  no perderlo. Estaba en juego un conocimiento mayor que escondían aquellos bosques. Los hechiceros habían anunciado que, en aquel día, una profecía sería desvelada en ciertas rocas de la espesura de los árboles húmedos de ese bosque. Así pues, el dictador Osles del Reino del Este contra los reyes Laisho y Elzia había enviado una escasa infantería para encontrarla. Sólo que Osles no había sido el único en ser avisado por los hechiceros de la profecía. Y eso él no lo sabía.
La aparición de la caballería de Laisho los cogería por sorpresa y ello les daría ventaja. Pero nunca se podía dar una batalla por ganada antes de librarla. La calma de una primavera que comenzaba anunciando tormenta traía tan sólo sonidos de pájaros noctámbulos e insectos atraídos por el incipiente buen clima. Entre la húmeda brisa y el sonido de ramas crujiendo al compás del vendaval, Laisho avanzó hacia la comitiva en su oscuro caballo. Eran buenos soldados bien escogidos. Mujeres y hombres entrenados e instruidos en educación militar. Le apesadumbraba tener que perder a algunos de ellos. Así era la guerra. Al menos, no estaba sacrificando inocentes entrenados a la fuerza como su enemigo, Osles.
—Aunque los ríos y mares se secasen, aunque el sol dejara de alumbrar, aunque el fuego helara y el hielo quemara… ¡Nuestro valor siempre seguirá intacto!
El rey pronunció estas palabras acercándose a sus soldados, que permanecían rezagados en su posición a la espera de órdenes. A modo de respuesta, se pronunciaron con vítores. Era la señal que Laisho quería alcanzar para que las fuerzas de Osles se dieran cuenta de que contaban con enemigos en el territorio y se desviasen de su objetivo: conseguir la profecía.
—Ni el dolor de la noche ni las lágrimas de la lluvia de las nubes del mediodía podrán con nuestros valores —prosiguió Laisho, con voz firme y soberana, ante el clamor de sus treinta soldados—. En el ocaso se quebrarán los enemigos y en el amanecer florecerá nuestro reino. La libertad no es sólo un sueño. Es un ideal por el que merece la pena luchar. ¡Que la libertad no sea sólo un privilegio de unos pocos!
Se causó el efecto perseguido. La noche calmada y centelleante bajo una luna menguante pálida y brillante cesó su calma, tan sólo quebrada por los vítores de los soldados del rey Laisho, y llegó el eco de pasos de gente trotando y gritando hacia ellos
Era el momento.
Laisho hizo un gesto y una comitiva de sus cinco soldados más cercanos se dirigieron al lugar donde el hechicero de la reina había indicado que se debería encontrar la profecía. Con culpa de honra por dejar al resto de su batallón combatiendo sin él, siguió las instrucciones de la reina Elzia y cruzó trotando los horondos y anchos troncos del bosque hacia donde la misma Elzia con su hechicero, Carlo, lo esperaban.
No cruzaron palabra y se internaron en la espesura entre el eco del resonar de la batalla intentando pasar desapercibidos hasta que se toparon con los combatientes del rey que buscaban la profecía. Todo iba saliendo bien. La maniobra de distracción había funcionado. Laisho, con maestría militar se dispuso junto a sus soldados a proteger a la reina y a Carlo.
El hechicero era listo e investigaba entre rocas milenarias sin descanso para su búsqueda. No obstante, nada era visible. No había señal de ninguna profecía. ¿Se habrían equivocado? ¿Habrían sido ellos los realmente engañados?
—Carlo, ¿estáis seguro de que es este lugar y esta noche? —Preguntó la reina en tono grave.
—Cuando el universo habla, hay que escucharlo —se limitó a responder el hechicero envuelto en un halo de misterio.
—¿Sois firme de que es lo correcto, mi reina? —preguntó el rey Laisho, afinando los sentidos hacia cualquier amenaza.
—Creo en la paz, en la libertad, en el amor a quien nos rodea… Podría seguir, tengo una lista de valores infinita —contestó ella, pendiente de los pasos de Carlo—. Si la profecía es cierta, será una gran ayuda para conseguirlo en esta gran guerra.
—Las profecías siempre han cumplido un papel importante en las guerras que he librado. Decisivo o no, es un rol en la batalla a tener en consideración —terció el hechicero, concentrado en su tarea pero pendiente de la conversación.
La guerra. La mayor guerra en décadas se cernía en el continente. Laisho sintió una punzada de preocupación ante todas las consecuencias. Hacía apenas un mes que se había declarado y las consecuencias primerizas ya habían sido nefastas.
En ese preciso instante, una nube solitaria clara y perlada se impuso sobre la reluciente luna y, en las rocas, aparecieron unas inscripciones doradas en un lenguaje desconocido para todos menos para el hechicero.
—Lo tengo —anunció Carlo, triunfante.
***
Días grises, pensamientos grises. A veces la historia no sólo se define por lo que la gente hace. A veces la historia se desarrolla por lo que la gente no hace. Aquella noche nublada de primavera congelada en su memoria, Marta desapareció.
 Se encontraba en una discoteca de la noche festiva universitaria de los jueves en Santiago de Compostela. Estaba bailando con dos amigas y, tras haber bebido más de la cuenta, decidió marcharse ella sola intentando buscar algún rincón donde vomitar sin ser vista. Vomitó y, tras ello, se desplomó en el suelo con toda su cabeza dándole vueltas. No se supo más de ella en toda la noche.
Marta pudo haber dado señales de vida, o de lo que estaba haciendo. Pudo haber avisado a sus amigas de que marchaba y qué pretendía al salir ella sola de la discoteca. Pudo haber pedido ayuda. Pudo haber llorado por teléfono a algún conocido. No hizo nada de eso. Simplemente se esfumó.
Sus amigas de la noche compartían su borrachera y no se enteraron hasta la mañana siguiente de que Marta no aparecía. No contestaba al móvil, su última conexión del whatsapp era de las tres de la madrugada, ningún conocido más tenía noticias de ella… En fin, era Marta. No había que dar mayor explicación.
Marta era una joven estudiante de medicina de veinticinco años. Estaba en el último curso, pendiente de entrar en la residencia de pediatría. Marta siempre había sido un espíritu libre. Por lo que sus amigas sabían, toda su infancia y adolescencia las desarrolló apuntándose a hacer muchas actividades y a sacar las mejores notas. Era experta en esgrima y artes marciales. Quiso entrar en el ejército pero lo descartó para, finalmente, a los dieciocho años marchar como voluntaria al Sáhara.
Todo el mundo se olió siempre algo fuera de lo normal en Marta. Ella también lo sentía.
Siempre destacó por ser altruista. Andaba buscando sin saber dónde encontrarse. Tras pasar meses entre africanos viviendo en la miseria, regresó a España y comenzó la carrera de medicina. Aun así, por un lado y por otro, Marta vivía a caballo entre mil lugares. Seguía realizando actividades de voluntariado de pueblo en pueblo de Galicia; cursó cuatro meses de Erasmus en Italia; se presentaba a cada beca permitida para ampliar sus horizontes… A veces los profesores ignoraban sus faltas a clase, que eran muchas.
Marta era alegre y llena de vida. Los profesores la adoraban por su dedicación, notas de matrícula de honor y entusiasmo y curiosidad por aprender. Motivaba a sus compañeros y, por ello, eran indulgentes con ella.
En fin, que era Marta. Había desaparecido, sí. Su gran defecto era beber demasiado al salir de fiesta y perder el norte. Ya aparecería. Aunque no sería extraño que apareciese en el otro lado del mundo, como Nueva Zelanda.
Quizás tras una semana sin aparecer por la residencia de estudiantes donde era lo más parecido a una casa que tenía; quizás sin asistir a clase ni actividades, quizás sin cambiar su hora de conexión del móvil y sin dar rastro de vida para ningún conocido… quizás así sus amigas alertarían a sus tíos y la policía la buscaría sin obtener resultado de que siguiera viva. Se iría apagando el sentimiento pero no el recuerdo en aquellos a los que tocó su corazón puro.
Una chica más desaparecida. Bien pudo ser violada, secuestrada, asesinada… Pasaba todos los días. Sólo que sus tíos tenían sospechas que no podían contar a la policía. Marta tenía un gran secreto en su vida que ni ella misma conocía.
El mundo miró para otro lado. Al menos este mundo llamado Tierra.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

¿Qué esperabas?

Este poema lo he escrito hace tiempo como un apoyo a las mujeres maltratadas del mundo. Estoy muy contenta de que el movimiento feminista esté creciendo cada día más. Hoy me atrevo a publicarlo. Y registrado, por cierto.


¿Qué esperabas hombre?
¿Qué esperabas?
¿Que te recibiera dócil
con mis mejores galas?
Cuando tú me insultas.
Cuando tú me atacas.
Sí,tú, ¿qué esperabas?
Lo que guardo de ti
no es más que añoranza.
De nuestros viejos tiempos.
De nuestras andanzas.
Cuando creía conocerte
y estaba enamorada.
Cuando todavía había
luz de amor en tu alma.
No este ardor de pasión
tan sólo fuego en la cama.
Gestos, caricias dulces
y las bonitas palabras.
Que se pudra tu sed.
Que se pudra tu alma.
Y si me hago independiente
y si mi voz dura se alza,
cambia el tono lastimero,
feminazi ahora me llaman.
Ofende mi fuerte libertad
y mi nueva "extravagancia".
De individuos que sueltan
piropos rasos en frases raras.
Que ofenden y discriminan.
Que a una mujer le marcan.
A la sexualidad se lanzan
como dagas sus chanzas.
Quizás tras una denuncia
Que, sin más, tomen por falsa,
me pueda alejar y evitar
tus más sucias puñaladas.
Y si tus manos puedan tocar
mi cuello y pálida piel alba,
que clamen por el azul cielo
mis más sinceras alabanzas
a jóvenes de oídos inocentes
y de labios aun escarlata.


En el agua

Poema de mi e-book "Acordes de Palabras"

https://espanol.free-ebooks.net/ebook/Acordes-de-palabras


En las pálidas olas he visto las risas de los envidiosos,
Sus calumnias, sus crueles palabras en lunes azulados.
En lagunas de plata he visto las injusticias del mundo,
Gigantes pisando derechos. Templados martes soleados.
En la cascada torrencial he visto la ignorancia de quien
No quiere creer ni saber. Tétricos miércoles añorados.
En el oasis del desierto he visto la pobreza y el hambre
Encubierta de verdes imaginados y jueves anhelados.
En el hielo he visto derretirse las luchas de quien
No defiende en aquello que cree. Viernes esperados.
En la niebla he visto ahogarse los pensamientos
Que tantos han callado por miedo. Queridos sábados
Y el domingo he visto su mirada.
Reflejada en su mirada vi como el mar recibía al fuego.
Reflejada en sus palabras vi como florecían mil sueños.
Reflejada en su voz vi una ciega, sorda y muda pasión.
Reflejada en una ilusión vi ir y volver a mi corazón.
En sus ojos he visto los cuatro elementos y estaciones.
Los siete días de la semana y los siete pecados capitales.